Eugenia Almeida: “Este momento histórico nos ofrece unos villanos que en literatura serían inverosímiles”
“El miedo. El miedo a lo que no podés decir. La sensación de que si lo decís cobra más fuerza”. Atravesados, muchos de ellos, por ese péndulo entre lo que se puede poner en palabras y lo que es mejor mantener en silencio. Movidos por lo incontenible de la violencia, inquietos a la vez por las dudas. Los personajes y las escenas de los cuentos que forman parte de Un dios sacude la casa (Edhasa, 2026), el nuevo libro de Eugenia Almeida, presentan ese tipo de oscilaciones y por lo general se mueven con sigilo. En todos hay sospechas, furias latentes, desbordes de lo supuestamente familiar o más o menos conocido.
Como ocurría en sus novelas, la escritora sitúa algunos de estos relatos en el ámbito de las fuerzas policiales y sus secretos; en los entresijos de las instituciones estatales, en los pagos chicos de la política y también en el mundo del trabajo. Hay, en todo lo que Almeida observa con inteligencia, un universo que se desintegra y es ahí donde, con un pulso narrativo extraordinario, la autora pone el ojo para narrar todo tipo de derrumbes.
– Cuando tiempo atrás hablamos por la salida de tu novela Desarmadero, me contaste que por lo general comenzabas tus novelas a partir de una suerte de escena que imaginabas y se iba formando en tu cabeza con fuerza. ¿Con los cuentos fue igual? ¿Notaste diferencias a la hora de encarar estos relatos cortos?
– La verdad es que una siempre está probando. Algunos de estos cuentos sí, surgieron como surgen las novelas, es decir, desde escenas que por alguna razón se imponen. Y hubo otros que surgieron más desde una voz. Era una voz que empezaba a hablar, que se hacía escuchar. Por ahí yo no distinguía tanto qué era lo que decía sino cómo resonaba, como si fuera un latiguillo, como si te estuvieran tocando la puerta. Y en función de eso empecé a dejar que esos cuentos que se expandieran un poco. A la vez, es cierto que siempre que he escrito novelas, pero cuando me siento a escribir no es que digo “voy a escribir una novela”. Sin embargo al arrancar se ha ido imponiendo eso. Pero en esta oportunidad yo sabía que quería escribir cuentos. Entonces, quizás ha sido diferente la manera de relacionarme con lo que escribía. Con una novela vos sabés que vas a estar mucho tiempo en un determinado escenario. Acá, por el contrario, tal vez era como caer en un cubo un par de días, estar ahí dentro. Después, como me pasa siempre, hubo muchísimo trabajo de corrección. Pero me gustó que, en tiempos alocados, la corrección de un cuento te permite entrar y salir con más facilidad. Con una hora libre no podés sentarte a corregir ninguna página de una novela porque hasta que entrás, hasta que ves cómo funcionan ciertas cosas, tiene que pasar mucho tiempo.
– Al recorrer estas páginas se puede advertir una condensación muy fuerte en cada relato. ¿Es producto de esa corrección que mencionás, te interesó indagar en todas las teorías que hay alrededor del cuento? ¿Sos lectora de cuentos en general?
– Yo leo muchísimos cuentos por trabajo en general, aunque también por elección. Leo muchos, pero muchos cuentos por semana. Sobre lo de las teorías que decís, en realidad las encuentro a posteriori. Es decir, las descubro mucho después y ahí digo “ah mirá, lo que dice Fulano es lo que me pasó acá” (risas). El cuento es un género que he disfrutado mucho como lectora, pero que nunca lo había transitado en un libro. Quiero decir, había escrito varios cuentos, pero siempre eran individuales o a pedido para alguna publicación. Entonces, acá fue como decir, “bueno, si cuando ese pedido viene de afuera lo hago y lo disfruto, ¿por qué no probar a hacer eso mismo por las mías?”. De alguna manera me resultó un ejercicio de la escritura más cercano al periodismo. Viste que está esa discusión de si el periodismo ayuda o perturba a quienes escriben literatura. Para mí ayuda. De todos los años que trabajé en periodismo me quedó esa cosa de tener una mancha en la cabeza, una entrega pendiente que te dice que son tantas palabras, que sí o sí tienen que estar para el lunes, no importa lo que pase. Creo que algo de ese entrenamiento me gustó. Por supuesto que no todos los cuentos que encaré llegaron a buen puerto, pero finalmente tuve una cantidad y en el libro quedaron aquellos que me pareció que estaban bien. Después, sí, coincido en que está esta condensación que vos decís, que por ahí es diferente cuando estás con una novela. Al menos en mi escritura de novelas. En el cuento se arma más como un relámpago, un momento en el que una dice “che, acá hay como un hueso”. Pensaba en un cuento que releí en estos días de Clarice Lispector que se llama “Lazos de familia”. Vos mirás ahí y decís no es que pasa mucho en el cuento. Y, sin embargo, pasa que todo está en el hueso, archi concentrado: todas esas relaciones familiares madre-hijo, todos los vínculos entre una pareja.
– En los cuentos de Un dios sacude la casa aparece algo que aparecía mucho en tus novelas: la institución policial. En particular lo que hacen las fuerzas, lo que mueve a los integrantes de esas fuerzas, la impunidad en términos generales. ¿Qué te atrae de ese universo al que siempre estás volviendo?
– No sé si es que me atrae, diría que me interesan mucho las instituciones y la violencia en general. Y, en particular, hay una serie de instituciones como la escuela, la justicia, la policía, los manicomios, los psiquiátricos, donde se percibe un particular uso de la violencia. No es la violencia, a secas, es una violencia diferente la que está enmarcada dentro de cualquier institución. Y yo tengo muchas preguntas sobre qué es lo que nos pasa como individuos una vez que estamos dentro de una institución. A veces me parece que empezamos a ejercer una violencia que no era la propia, la que uno tenía de por sí, sino algo que se va armando o tomando una forma muy particular al interior de esos espacios. En la policía eso pareciera amplificarse. Quiero decir: hay grises muy grandes. Y los ciudadanos de a pie nos topamos siempre con esos grises, de los que también somos parte. Cuando somos chiquitos o vemos películas norteamericanas, siempre aparece en las historias gente que dice que quiere que haya tranquilidad y que todos estemos bien. De grandes, sabemos que si una persona desea eso en Argentina y lo busca siendo integrante de una fuerza de seguridad es muy probable que salga expulsado rápidamente. Entonces, me interesan mucho esos cruces entre la palabra, lo que se desea, lo que se dice y lo que se calla. También me interesa como lectora. Hace poco leí el libro de Osvaldo Aguirre, Rosario narco, y leo muchos libros de ese tipo donde se puede ver el modo en que las fuerzas de seguridad están atravesando el mundo del delito, fomentándolo, fagocitándolo. No sé, me parece que hay algo de lo social muy importante dando vueltas ahí y que, cuando escribo, se mete. También tengo preguntas sobre cómo los jueces, los fiscales, los abogados, los tribunales, la policía, los penitenciarios y todo ese mundo necesita de la ilegalidad para existir. Son actores sociales muy poderosos y es interesante también pensar cómo producen criminalidad, algunos conscientemente y otros no, para que determinado circuito se mantenga. La idea, también, de que haya unos supuestos buenos, unos supuestos malos.
– Mencionabas el libro de Osvaldo Aguirre, que es un texto de no ficción. ¿Qué te parece que puede hacer la ficción con esto?
– Me parece que lo que puede hacer la literatura, la ficción, es pensar algunas de esas cosas desde las personas y desde un como si. Lo que la literatura te ofrece es eso: un infinito laboratorio para pensar y para sentir cosas que están hablando de la realidad, incluso si se tratara de literatura fantástica. Después, también creo que, en algunas circunstancias, no nos es fácil pensar en las personas. Si yo pienso, por ejemplo, en un policía de acá de Córdoba, que tenemos muchísimos casos de gatillo fácil. O apremios ilegales en las comisarías, torturas, violaciones. En esos casos yo no tengo la estructura moral y psicológica para interesarme en ese ser humano que está haciendo eso. Lo único que quiero es que lo detengan, lo juzguen y que vaya preso. Pero, en el plano de la literatura yo sí puedo acercarme como escritora, y todavía más como lectora, a tratar de reparar en algo que nos dé una mirada un poco más completa. Creo que es eso. Igual, para mí, la literatura lo que te tiene que ofrecer antes que nada es placer. El placer de estar ahí leyendo. Todo lo otro que hace, lo hace de modo colateral.
Tengo preguntas sobre cómo los jueces, los fiscales, los abogados, los tribunales, la policía, los penitenciarios y todo ese mundo necesita de la ilegalidad para existir. Son actores sociales muy poderosos y es interesante también pensar cómo producen criminalidad, algunos conscientemente y otros no, para que determinado circuito se mantenga.
– Un universo lateral que también se ve en los cuentos y en tu obra previa es la política. Pero, digamos, tal vez no a nivel internacional o nacional, sino la política del pago chico, del que da algo para recibir algo, la micropolítica con personajes que rosquean, que se mueven en las sombras.
– Sí, creo que está muy relacionado con lo anterior. El mundo de la política también tiene como un discurso que pareciera ponerse como por fuera de lo nuestro. Pero no me refiero solo a votar. Me refiero a todas esas otras cosas que son hacer política, que es intervención en la vida social, aunque sea en lo pequeño o privado. Si desprecio a alguien en el trabajo o en el negocio porque es mujer o porque pertenece a una minoría, por ejemplo, yo ahí estoy estableciendo una forma de política. Eso no es que vaya de arriba hacia abajo, ¡va de abajo hacia arriba y lo vamos armando todos nosotros! Y en el mundo puntual de los políticos, hay muchísima gente que lo que hace es traficar esa zona turbia que tenemos todos. Afortunadamente hay otra gente que hace otras cosas, que piensa en el bien común, ¡pero son tan, tan, tan poquitos! Pero incluso entre algunos que piensan en el bien común –o en lo que ellos creen que es el bien común– hay una dinámica de justificación de los métodos para acceder al poder para hacerle el bien al otro, que son sucios, que espurios. Después, claro, a nivel nacional, qué sé yo, tenés el caso ANDIS, un caso de corrupción gigante. Y puede aparecer alguien que no supiera, que justificara, que estuviera o no al tanto. Cuando estás en un pueblo pequeño todo el mundo sabe, las cosas están a la vista: quién está con quién, quién aprieta a quién, quién colabora con quién.
– Lo interesante, al menos en tus cuentos, es cómo se van cruzando los discursos, los personajes parecieran estar como a mitad de camino.
– Es que creo que en la vida es así. Y que eso también nos permite mirarnos a nosotros. Si el otro es llevado a un extremo, el otro es un súper villano y automáticamente yo me convierto en un ángel. Al contrario, si empezamos a mirar los grises de todo una empieza a mirar sus propios grises. A mí me interesan más esas zonas opacas porque ponen en evidencia que muchas veces tenemos la opción de hacer daño o no hacer daño. Y no digo “hacer el bien” porque eso sería mucho. Digo apenas hacer daño o no hacer daño. Este momento histórico nos ofrece unos villanos que en literatura serían inverosímiles. Tenemos de presidente a un señor que es una cloaca de odio que puede decir abiertamente que hay quemar en la hoguera a determinadas personas y da sus nombres. Y uno dice bueno, ¿si yo pusiera un personaje así en una novela qué me diría un editor? Seguramente que no puede ser. No sé mucho de leyes pero me pregunto por qué no hay ningún fiscal en Argentina que pueda actuar de oficio y señalar que un presidente de la República no puede tirar nombres propios de periodistas y decir que hay que quemarlos en la hoguera. Bueno, pareciera que no hay fiscales así, que no existen esas personas. A mí eso, literariamente y en la vida, me resulta más inquietante que el híper villano. Porque está claro que es obsceno decir lo que dijo el presidente pero, ¿y todos los demás? ¿qué pasa con todos los demás que no están cumpliendo con su trabajo?
– En tiempos en los que en este terreno el panorama está cambiando mucho, hay varios relatos del libro que se inscriben en el mundo del trabajo. Uno, de hecho, relata un accidente laboral tremendo que sufre un chico. También hay trabajadores de actividades manuales, digamos, hay un sereno, entre otros. ¿Qué te interesaba en esas zonas?
– Sí, a mí el trabajo manual en general es algo que me atrae mucho. De hecho me hubiera gustado dedicarme a eso. Y soy bastante hábil para arreglar cosas. Siempre entre los amigos hacemos bromas de que yo lo que en realidad siempre quise era poner un chiringuito que se llamara “¿Me lo dejas ver?”. Que es algo que siempre cuando alguien reniega por alguna cosa que se rompió (risas). Me produce una satisfacción enorme poder arreglar con las manos lo que se rompe. Además creo que hay un montón de trabajos que por ahí parecen del otro siglo pero que siguen ahí y son híper necesarios. También es cierto que me inquieta bastante que aquel mundo del trabajo que conocimos o que imaginábamos cuando éramos chicos, en el panorama laboral de hoy no existe más. No existe más y aparecen muchas preguntas en relación con esto. Ya no en el largo plazo, pienso nomás en cinco años. ¿Qué trabajos van a ser lo que perduren? Imaginemos un colapso de Internet. O un colapso de energía eléctrica, mucho peor. ¿Quién va a tener trabajo y cómo va a trabajar? Hay generaciones de chicos que nunca han trabajado de otra manera que no sea a distancia con una compu, medio freelance, medio part time, medio precarizados. También pienso en los Rappi, esas personas que trabajan llevando comida a otras que lo piden desde sus casas. Pienso en toda la gente que está en alguna aplicación de manejo, ¿cuándo va a colapsar ese mercado si todos hacemos lo mismo? Lo hemos visto cuando quebraban un montón de fábricas y quedó un montón de gente sin trabajo en los 90, durante el gobierno de Menem. Era todo parripollo o canchas de pádel. Ahora, ¿cuáles van a ser los lugares de trabajo de esas personas que ya están, de hecho, archi precarizadas?
– Ese futuro que iba a llegar con promesas de mejora y se evaporó rápidamente.
– Es que muchas veces pienso que, viendo lo que ocurre en este momento, el futuro deseado está atrás. Ojo, a lo mejor no, a lo mejor soy yo que no estoy viendo cosas buenísimas que están pasando. Pero sí tengo esa sensación de que esto de mirar la historia pensando que más adelante va a venir algo buenísimo no está funcionando, al menos para mí. Yo lo que veo para adelante es la oscuridad. A la vez, me parece que rápidamente tenemos que recuperar algunas de las cosas que funcionaron bien en el pasado y recuperarlas rápido. Y no es un tema del momento de Argentina, de este presente que es calamitoso. Es más de la mitad del mundo que va hacia el abismo. No sé. Es una época en la que a mí se me queman los papeles y no sé mucho qué pienso de muchas cosas. No sé qué pensar de un futuro posible, pero sí me parece que hay un montón de cosas que funcionaron antes y que, bueno, a lo mejor podríamos volver a repensar.
– Esta percepción generalizada de ahogo, ¿se mete de alguna manera en la escritura? ¿Cómo es tu experiencia en ese sentido?
– Todo afecta a la escritura. Lo más íntimo y lo más social y el clima de época. Digo, no necesariamente la afecta de manera lineal en lo que una escribe sino en la disposición para escribir. Y en cómo en medio de lo atronador que está todo una intenta construir un poco de silencio para hacer algo. Pero al mismo tiempo es híper necesario para sobrevivir. Quiero decir: no sólo es necesario en mi escritura sino fundamentalmente necesito en esta época más que nunca que haya buenos libros, que haya buenos discos, que haya buenas obras de teatro. Porque todo eso es lo que te hace respirar. Pero eso en el plano de la sed, digamos. En el plano de la industria del libro es un momento dramático. Como para cualquier industria que no sea la especulación financiera, es un tiempo terrible y en ese sentido a mí me impacta mucho el esfuerzo que está haciendo los editores. Son ellos, sobre todo los pequeños y medianos, los que hacen el movimiento indispensable para que un manuscrito se vuelva un libro. Y tengo varios amigos editores independientes y los admiro porque sé lo difícil, lo cuesta arriba que es seguir haciendo libros en medio de esta recesión que hay. También pasan varias cosas a la vez. Porque también está la guerra declarada que tiene el gobierno nacional y muchos gobiernos provinciales hacia la cultura y también el Estado se ha retirado de espacios comunitarios. Todo esto tiene un efecto muy fuerte.
Ya no en el largo plazo, pienso nomás en cinco años. ¿Qué trabajos van a ser lo que perduren? Imaginemos un colapso de Internet. O un colapso de energía eléctrica, mucho peor. ¿Quién va a tener trabajo y cómo va a trabajar?
– Otro asunto que ronda tus textos tiene que ver con padecimientos alrededor de la salud mental. ¿Te preocupa este asunto también? ¿Lo ves exacerbado?
– Me preocupa muchísimo. Creo que es una de las cosas que más me preocupa en estos tiempos. Yo no me dedico a esa área, así que hablo como ciudadana de a pie. Pero la verdad es que nunca había visto un estado general de salud mental tan terrible. Nunca nos había visto tan rotos. No estoy hablando de personas individuales sino como colectivo. Después, claro, se pueden ir viendo, por ejemplo, los datos que se están dando a conocer en relación al suicidio. uno tiene datos, los datos se están dando a conocer en relación al suicidio. Y me preocupa mucho porque también todo eso está muy desmantelado. Las personas que trabajan en salud mental, la gente que yo tengo cerca, sobre todo si están en espacios públicos, reciben niveles muy altos de agresión justamente porque la gente no da más y estalla donde puede. Esto sí es algo que habría que atender ya porque es un caldo de cultivo muy peligroso. Yo no sé de diagnósticos, pero sí veo mucho padecimiento y mucha soledad en ese padecimiento y en ese desentenderse por parte del Estado.
– ¿Ves algún atisbo de luz en este contexto hostil? ¿Encontrás espacios en los que sí aparece algún tipo de reparo?
– Sí, claro, lo veo todo el tiempo. Y lo veo, por eso por ahí me desespero, como posibilidad a cada paso. Sobre todo en lo que hablábamos antes: en lo que nos permite asumir que podemos hacer daño o no hacer daño. En frenar y no sumarte a esa cosa que hay de la agresión inmediata. En ese sentido, yo estoy atenta, esperando en todo gesto que aparezca eso otro: ese que no te va a atacar, ese que no viene a desahogar su frustración. Y por suerte lo veo bastante en lo cercano. De hecho creo que si no hubiera muchísima gente moviéndose así, esto hubiera recontra estallado. Yo lo veo todos los días en gestos en los barrios, en las escuelas y en cosas muchas veces que pasan desapercibidas. O que se hacen sin hacer banderas, sin que las suban a Instagram.
AL
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