Motosierra en carne propia: desde la clase media alta hasta la baja el ajuste al consumo es transversal
“No era lo que yo esperaba de (Javier) Milei”, admite el ingeniero Juan Carlos Iorio, jubilado de 85 años, vecino de Villa Martelli, que lo votó en 2023. “Si bien su política me resultaba adecuada, no fue así con respecto a los ingresos personales. Hoy sobreviven bien los políticos, la gente que trabaja totalmente en negro o la minoría que logró buenos empleos. Yo me sentí muy perjudicado en la relación entre gastos y jubilación. El caso más significativo es la liberalización de la cuota de las prepagas. En noviembre de 2023, la prepaga representaba el 23% de mi jubilación y hoy es el 42%. Cobro la jubilación máxima, pero no puedo mantener la vida que tenía y lamento tener que recurrir a los ahorros de toda la vida para sostener aunque sea una parte de esa vida”, refunfuña Juan Carlos. Es parte de la clase media acomodada que lleva tres años ajustándose el cinturón, pasándole la motosierra a su presupuesto personal, y que ya empieza a cansarse.
“La pérdida de capacidad de consumo es un tema central de la agenda”, señala un reciente informe de la consultora W, de Guillermo Oliveto, que publica esta semana por Paidós el libro Hiperconsumo. Deseo y frustración en la vidriera infinita. Las caídas del empleo formal y de los ingresos de asalariados y trabajadores independientes explican por qué se impone limitar, restringir, ajustar y recortar, y por qué se hace difícil llegar a fin de mes. Es una preocupación transversal a todas las clases sociales, según releva W en focus groups en las principales ciudades del país: desde el ABC1, el 5% de las familias más ricas del total, hasta el D1, la clase baja que está por encima de la línea de pobreza y que reúne al 29% de los hogares. W no releva el D2, es decir, el 23% de los hogares más pobres.
“La caída del consumo es un tema de todos”, advierte la consultora de Oliveto, aunque no incluye al mercado del lujo, que crece, como contamos hace una semana en elDiarioAR. Los hogares C1, que ganan más de $14 millones y forman parte de la clase alta, el 4% del total de la sociedad, entraron en la era del “consumo atento, sensato, eficiente y prudente”: redujeron gastos fijos, como servicios, seguros y prepagas, y recortaron los extras, como salidas, recitales, viajes y aplicaciones. Buscan ofertas y promociones, y ahorran menos.
La clase media alta, el C2, que cobra entre $6,5 millones y $14 millones, intensifica sus ajustes y dice que llega “con lo justo”. Según W, pone el foco en “lo básico”, es decir, la comida y los impuestos, palabra con la que muchos ciudadanos engloban también las tarifas. Busca evitar las deudas con la tarjeta. Limita viajes, salidas, recitales y gastos fijos. Ya no se da lujos ni se premia, y esquiva los “excesos”. Aquí la búsqueda de promociones es permanente.
“No más comidas afuera, solo salir a tomar algún café, no ir más al teatro ni al cine, salvo con los bonos del gremio docente. No más vacaciones ni fines de semana largos saliendo a algún lado, no más peluquería, poca compra de libros, salvo para capacitaciones de mi trabajo”, cuenta Verónica Williner, docente universitaria e investigadora del Consejo Nacional de Investigaciones Científicas y Técnicas (Conicet). “Si no, no puedo pagar los impuestos ni llegar a fin de mes”, explica.
El C3, la clase media baja, que gana entre $3 millones y $6,5 millones, hace malabares para llegar a fin de mes, según la firma de Oliveto. “Cualquier imprevisto rompe la economía. Viven al límite”, describe a quienes no compran primeras marcas, solo ofertas, ven crecer sus deudas, toman préstamos para tapar baches, se privan de cualquier gusto y apuntan a las compras hormiga para que el dinero rinda. El D1, la clase baja no pobre, con ingresos inferiores a $3 millones, enfrenta problemas para sostener la alimentación básica: come menos y peor, lo que puede; redujo de cuatro comidas diarias a una, pasó de la carne al pollo, de la verdura a la harina, de la leche líquida a la leche en polvo y abandonó las marcas.
“Encontramos un consumidor que profundiza desde 2024 su conducta estoica: prudente, frugal, muy controlador, que trata de optimizar al máximo un poder adquisitivo que se acota, que no alcanza para lo que rendía antes y que dificulta la cotidianeidad”, describe Oliveto. “Esto impacta en el humor social: hay creciente incertidumbre, preocupación, tensión; todavía no decepción, pero sí incomodidad por una economía cotidiana que cada día cruje un poco más y es más difícil de sobrellevar”.
La consultora Moiguer encuestó a 3.000 personas de los segmentos C1 a D en la ciudad de Buenos Aires y nueve provincias, y también detectó que, por primera vez, la mayoría perdió la expectativa que mantenía en los primeros dos años de gobierno libertario de que su situación personal mejoraría. El pesimismo (41% de los encuestados) comienza a superar al optimismo, que cayó 14 puntos porcentuales respecto del mejor momento de Milei (del 52% en 2025 al 38% actual). “El futuro pierde fuerza como organizador del presente. La expectativa de mejora se debilita incluso entre quienes más habían sostenido el optimismo: los jóvenes y el ABC1”, señala el reporte. Martín Eandi, manager de Moiguer, apunta que los jóvenes se encuentran más vulnerables frente a las deudas y el empleo, mientras que el ABC1 empieza a perder poder de compra en dólares, ve encarecerse el acceso a sus consumos habituales y enfrenta problemas en sus negocios e inversiones.
“Los gastos fijos se vuelven cada vez más impredecibles”, concluye el informe. “Las boletas de servicios son como un unboxing: cuando las abro, descubro cuánto me toca pagar esta vez”, cuenta un encuestado joven de clase media del Área Metropolitana de Buenos Aires (AMBA). Eandi agrega que el ingreso disponible, es decir, lo que queda en el bolsillo tras pagar los servicios básicos, se redujo 17% en la era Milei. Cuatro de cada diez hogares recortan gastos esenciales para darse algún gusto, como ropa, electrónica, salidas y viajes.
Para disfrutar, muchos también se consuelan con la “bolucompra”, según cuentan los encuestados por Moiguer, es decir, “pequeñas compras de bajo costo que satisfacen el deseo de consumir sin comprometer demasiado el presupuesto”. Así, las importaciones puerta a puerta crecieron 641% respecto de 2024, de la mano de portales como Shein y Temu. La mitad de la gente compró algo en alguno de los tantos bazares chinos que se multiplican al calor de la apertura comercial y de esta necesidad de comprar tonterías baratas. “No compro carne, recorro todo y compro solo lo que está barato. Pero en otras cosas sí gasto. Mis hijas fueron a Bariloche y les compramos siete outfits distintos por Shein, $100.000 con botas incluidas”, relata una madre salteña de clase media. Habrá que ver cómo vota el bolsillo cuando llegue a las urnas dentro de 11 meses.
AR/CRM
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