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Opinión - Columna nómade

En la cuatro por cuatro de Fruttero

T.S Eliot, autor de los Cuatro cuartetos que traduce Fruttero

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Miro a través de la ventana del cuarto del hospital donde está mi amigo Duncan. La avenida Juan B. Justo en invierno, la hora violeta en que la tarde se ocurece y los focos de los autos se encienden. Hay un montón de gente en la vereda yendo hacia algún lado. Es como si hubieran abierto los corrales y todos corrieran para llegar a su casa antes del bombardeo del noticiero. Duncan, que está internado porque una bacteria le entró a su cuerpo y está tratando de colonizarlo, me dice, con el suero puesto: “Ahora empieza la larga noche de las cuarenta horas”. El habla de la noche en ese cuarto de hospital, de la duermevela del enfermo, de los ruidos en los pasillos y las voces de los enfermeros, tal vez algún llanto en alguna pieza remota, los pasos elásticos de las crocs de los médicos, la radio del que cabecea en la guardia mientras mira de reojo el reloj que lo libere de ese martirio.  

Pero yo me acuerdo de una frase de T.S.Eliot que leí alguna vez entre sus ensayos, una frase que decía que había que escribir de manera que uno pudiera decir: “Así hablaría yo si tuviera que hablar en verso”. Porque mi amigo Duncan –probablemente la persona más inteligente que conozco- habla con esa potencia. Y mientras él se duerme y yo lo cuido, prendo una pequeña luz que hay en el cuarto y me pongo a leer los Cuatro cuartetos de T.S.Eliot que tengo en la mochila, editados por la Editorial de la Municipalidad de Rosario en una traducción audaz de Arturo Fruttero. Es increíble la potencia que tiene la poesía para ayudarte a pasar la pena. La poesía es mi fe: y es lo único en lo que creo.  

Cuando Eliot escribe los Cuatro cuartetos, Inglaterra está devastada por la guerra y los ataques a Londres son diarios: el bombardeo alemán hace que todos vivan en presente. A veces suenan las sirenas y la gente corre a refugiarse en los sótanos o lo vagones de subtes quedán detenidos sin electricidad y la multitud amontonada se contempla como puede: “El desierto está apretujado en el vagón del subte junto a vos, el desierto está en el corazón de tu hermano”, dice uno de los coros de The Rock, una obra de teatro con motivos religiosos que Eliot empezó a escribir antes de la guerra. Eliot fue siempre un yanqui extremadamente nervioso. Se vestía exageradamente como un inglés, así como Michael Jackson quería ser blanco. Eliot tenía la cara demacrada y a veces se la empolvaba para parecer a ún más dramático: tenía algo de actor en su forma de ser, como si nunca se supiera quién era en realidad. Su cerebro estaba poblado por muchos demonios y rápidamente encontró consuelo en la religión, y se fue a vivir un largo período con los curas de de la iglesia anglicana. Viviendo como un capellán, Eliot se confesaba y comía la hostia con el cuerpo de Cristo como desayuno. Escribir obras de teatro por encargo de la Iglesia de Inglaterra, le dio a sus versos cierto tono declamatorio, cierta oralidad que está presente en los Cuatro cuartetos, cuatro poemas titulados con nombres de lugares que el poeta visitó y que por motivos sentimentales le resonaban analgésicos cuando las bombas incendiarias caían sobre Londres. Traduce Fruttero: “El tiempo pasado y el tiempo futuro / permiten empero una pequeña consciencia./ Ser consciente significa no estar en el tiempo/ más tan sólo en el tiempo pueden el momento/ en el jardín de las rosas, /el momento en el emparrado donde la lluvia golpea, /el momento en la iglesia colada de aire al caer del humo/ser recordados; implicados en el pasado y en el futuro./ Sólo a través del tiempo, el tiempo es conquistado”.  

Lo increíble de la traducción de Fruttero es el poder emancipatorio que tiene. La hace en 1949, cuando los Cuatro cuartetos recién habían sido publicados en Londres. Como Salas Subirat con Ulises, Fruttero no tiene hermenéutica en torno a los Cuartetos, ni tiene versiones con quién cotejar sus traducciones, está de alguna manera solo, con su potencia y su inteligencia, aprendiendo de sí mismo en el fragor de la traducción. Traducción que permaneció inédita hasta ahora.   

Un hornero que hace su casa en un poste de luz es una traducción. Cada traducción trae desde otra lengua algo que explica nuestra época, nuestro sitio en el mundo, lo que llamamos duración. En el hospital, al lado de mi amigo Duncan, leo lo que traduce Fruttero: “Toda la tierra entera es el gran hospital/ dotado un día por un millonario arruinado,/ donde si nos va bien, no moriremos mal/ mediante su absoluto y paternal cuidado/ que, lejos de dejarnos/ chocará en todo lado”.  

Eliot, mientras trabajaba en los Cuartetos,  se había anotado una serie de rimas que pensaba utilizar. Fruttero tiene que lidiar con ellas en el castellano. También tiene que transmitir para este lado la presión conceptual y el tono de canción dramática que tienen estos poemas: no importa tanto el sentido de lo que se dice, sino la música que sostiene al poema. Porque T.S.Eliot empezó leyendo a los simbolistas y sus poemas fueron “música por encima de todo”. Me gusta tanto la osadía de Fruttero, que me puse a traducir un tramo de los Cuartetos que me encanta: “Si vinieras por este camino/ tomando cualquier senda/ saliendo de donde sea/en cualquier tiempo y en cualquier estación/sería siempre lo mismo: abandonar sentido y razón./ No estás acá para comprobar, aprender o satisfascer tu curiosidad, mucho menos recolectar noticias./ Estás acá par arrodillarte donde la oración tiene valor./ Y es más que un ordenamiento de palabras, la consciente ocupación del espíritu que reza, el sonido de la voz que reza.” 

Arturo Fruttero nació en Santa Fe en 1909 y murió en la misma provincia en 1963. Dos años más tarde murió T.S.Eliot, en Londres. Fruttero escribió poemas y ensayos y su obra completa que los incluye está prologada y recopilada por Osvaldo Aguirre en la Editorial Municipal de Rosario. Se ganó la vida como farmacéutico.  

FC

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