Opinión - Panorama de las Américas

Cuba: la protesta, la pandemia y el eclipse de los benefactores

Alfredo Grieco y Bavio Panorama de las Américas rojo

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Ni un solo informe sobre las masivas protestas de la sociedad civil cubana del domingo pasado ha dejado de consignar con puntualidad, y sin inexactitud, que son las mayores manifestaciones antigubernamentales en la isla desde el Maleconazo de 1994. Tampoco faltó ni una vez a la cita de los noticieros la puntual insistencia en el uso de internet y en el salto cualitativo que ha dado la especie humana (naturalmente: hacia adelante) con el uso de las redes sociales. Ni el catálogo de miserias y padecimientos prolongados que dieron estímulo a la generalización social y territorial (pero no necesariamente etaria: más protesta la juventud) de las movilizaciones callejeras de este verano: penuria de alimentos, de medicamentos, de combustible, de electricidad, con apagones de horas que dejan sin luz y sin aire a las noches y sin refrigeración a la heladeras donde perece todo lo perecedero. Ni mucho menos el agravante de que todo esto ocurra en tiempos de pandemia, y el espanto de la represión policial que avasalla los derechos humanos de reunirse y peticionar a las autoridades. Para, finalmente, hacernos escuchar y mirar los eslóganes que corean Patria y vida (que revierte el castrista 'Patria o muerte'), a la Libertad, y a que no tienen miedo. Llegado este momento, el relato une todos los puntos en una gran línea victoriosa. Y llega a una conclusión, la de que estamos en los albores de un triunfo público ya irresistible de la resistencia clandestina de una sociedad contra el régimen de partido único que impuso el socialismo y el comunismo desde que las guerrillas de Fidel y el Che llegaron a La Habana, y derrocaron la dictadura pro-norteamericana de Batista en 1959.

Si cada uno de los hechos enumerados sobre lo sucedido y lo que sucede en Cuba es cierto, y aun si toda las condolencias dirigidas al pueblo antes sufrido, ahora también sufriente pero triunfante en su logro de visibilidad universal, la unión de todos los hechos en una misma narrativa continua, la de la historia de una hazaña de la libertad, es mucho menos evidente. Es bastante difícil de demostrar, no resulta de la observación inmediata. Más prudente es registrar que tanto en 1994 como ahora las mismas faltas se deben al eclipse total de dos benefactores socialistas periclitados, primero la Unión Soviética, después de la Venezuela de Nicolás Maduro, que compraban exportaciones cubanas y proveían a Cuba de petróleo, combustible para el transporte y para las usinas eléctricas, además de divisas. En los dos últimos años, más gravosa que la pandemia y su contagiosidad y letalidades locales, ha sido para Cuba la cuarentena. No la propia, sino las ajenas: toda la isla es como una empresa turística, hotelera, gastronómica en bancarrota, porque el turismo extranjero no viajaba al Caribe. Y no dejaba en la isla las divisas que el Estado necesita para comprar alimentos, que la isla no produce en cantidad suficiente para alimentar a toda la población. Y medicamentos. La investigación médica cubana puede desarrollar con éxito una vacuna eficaz contra el Covid-19, pero en las farmacias desde hace meses no hay antibióticos.

Un énfasis acordado con monotonía es apuntar a la diferencia abismal entre 1994 y 2021. La zanja es el acceso a internet y la proliferación de pululantes redes sociales, instrumento clave, y aparentemente ineludible, para la difusión de noticias, el debate de ideas o consignas, la discusión y concertación de formas de movilización, acción directa y ocupación vociferante y audible de las calles para gritarle al poder la verdad en la cara o al menos ante las cámaras de los medios. Esta constatación también es exacta, pero es imprecisa. Aquí se ha esfumado toda singularidad cubana. Con la probable excepción de Corea del Norte, no hay país donde esto no haya sido un dato del conflicto político y ante todo, como las redes, social. Con paroxismos en las primaveras árabes de 2011 y las marchas urbanas brasileñas de 2016 a favor del lawfare y del impeachment de Dilma Rousseff. Diez y cinco años después podemos dirigir un ojo más frío a los resultados de aquellos tórridos entusiasmos.

En todo caso, es innegable que las protestas cubanas son contra el gobierno. Que en Cuba es el del Partido Comunista Cubano. Si impugnan sus lemas, es menos ideológico y más desesperado. No hay una pendiente descendente o curva ascendente de 1994 a 2021. Porque al mutis por el foro de la URSS, que dejó de existir, siguió la entrada en escena, como nuevo protagonista munificente, de la República Bolivariana.

Miami Vice

La Revolución de 1959 introdujo cambios verdaderamente radicales. No siempre los que esperaban los insurrectos. El primer presidente revolucionario, Manuel Urrutia, tuvo que renunciar; el comandante Huber Matos, héroe de la guerrilla, fue encarcelado por traición cuando se sintió traicionado. Los sospechosos de haber apoyado al anterior dictador, el impresentable Fulgencio Batista, fueron sumariamente juzgados y más velozmente ejecutados por tribunales del pueblo que resultarían sospechosos a cualquier jurista. No se convocó a elecciones: desde el triunfo revolucionario hasta 2021, el pluripartidismo es la bestia negra de los Castro y ahora de Díaz-Canel. El sindicalismo pasó a depender más y más del gobierno. La Revolución nunca se privó de recurrir a las medidas con las que los gobiernos latinoamericanos de todo signo habían cautivado a los trabajadores: aumento general de salarios y control de precios.

El resultado de estas políticas es la Cuba de hoy, que sufre embates como la pandemia que jamás anticipó. El entusiasmo (la buena voluntad del Hombre Nuevo) se enfrentó a la economía. La reforma agraria se convirtió en ley y grandes latifundios de una isla que no conseguía escapar del monocultivo azucarero se convirtieron en cooperativas; empresas, bancos e industrias fueron nacionalizados. En febrero de 1960, ocurrió un hecho clave para el futuro de la isla y sus estigmas del presente. El encargado de negocios soviético Anastas Mikoyan viajó a Cuba y ofreció en nombre de Nikita Kruschev la compra de cinco millones de toneladas de azúcar en cinco años y un préstamo de cien millones de dólares para adquisición de tecnología de la URSS. Esa visita oficial auspiciada por Castro marcó que ya nada habría ser como hasta entonces en América latina.

El acuerdo con la Unión Soviética trajo a la isla petróleo crudo: las refinerías norteamericanas rehusaron procesarlo y Castro las expropió. Los Estados Unidos no compraron azúcar: Castro expropió todas las propiedades norteamericanas. En octubre de 1960, el presidente Dwight Eisenhower inició el embargo comercial que aún perdura. Los acontecimientos (una serie bien escalonada de represalias) se sucedieron vertiginosamente, según corresponde a una joven revolución. El verde oliva se convirtió en color de la isla: la sociedad se militarizó. Todavía al inicio de la segunda década del siglo XXI, en las fotos de La Habana contrastaban la anarquía de la decadencia urbana y una sociedad bien regimentada, ordenada en sus mitines o en las filas de escolares-pioneros con sus maestros-guías. La oratoria de los Castro era de barricada, la de Díaz-Canel es de burócrata. A los Castro se los temía, su sucesor es motivo de befa y burla. Para todo régimen, subsistir con un gobernante de quien el pueblo se ríe es un desafío que ninguna seriedad resuelve.

AGB/WC

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