Desde lejos cerca Opinión

En defensa de la risa enlatada

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La risa enlatada, esas falsas carcajadas que se escuchan después de cada chiste en algunas series, apareció en la televisión estadounidense en los años ‘50, como una forma de marcarle a la audiencia cuándo debían reírse. También era un momento en el que se pasaba de la experiencia colectiva del cine al consumo solitario en el hogar, y las risas grabadas mantenían algo de la comunión social. El uso de la risa grabada, y no de la risa espontánea que podía venir de la audiencia en vivo, permitía conseguir sonidos perfectos, mejor adaptados al consumo televisivo. 

Las críticas a la risa enlatada son muchas y aparecieron casi al mismo tiempo que el uso de este recurso en la televisión. Desde considerarlas un insulto a la inteligencia de la audiencia hasta algo estéticamente desagradable o una vil manipulación. Pero ahora, que parece destinada a desaparecer, es un buen momento para pensar por qué podríamos extrañarla. 

Empecemos por la historia. La intuición de los productores de televisión de los ‘50 -de que las falsas risas podían hacer de los programas algo más disfrutable- fue puesta a prueba muchas veces.   En un estudio, hecho en 1974, pusieron a diferentes personas en una cabina, con auriculares a escuchar varios chistes. Algunos de ellos muy buenos, según había definido un panel de expertos, otros malísimos. Y en algunos casos se escuchaban las risas de otros supuestos participantes del estudio, mientras que en otros casos sólo escuchaban los chistes, sin interacciones. Y sí, cuando había risas que acompañaban, los participantes se reían más. Si otros se rien, debe ser gracioso. Tenemos tantas ganas de encajar con el resto del grupo que nos dejamos guiar por sus reacciones para sentirnos parte. 

Eso no quiere decir que seamos tontos, que no sepamos cuándo algo es gracioso a menos que nos lo muestren. De hecho, otro estudio hecho sobre el tema comparó dos programas: Seinfeld y Los Simpsons. Mientras en la serie Seinfeld hay risas que guían a la audiencia y señalan los chistes, en Los Simpsons queda librado al televidente definir los momentos de humor. Y los dos son graciosos. O al menos, en el experimento que hicieron un grupo de investigadores -donde escanearon el cerebro de los participantes mientras veían alguno de los dos programas- las mismas partes del cerebro se activaban al ver chistes con o sin risas. 

Pero no todas las risas son iguales. Cuando suena espontánea, tiene más efecto que cuando parece enlatada, como probaron en un estudio en el que grabaron chistes con los dos tipos de risas y evaluaron cuán graciosos le parecían a los participantes. En todos los casos, algún tipo de risa lo hacía más divertido, pero la espontánea le ganaba a la que sonaba enlatada. 

Ahora, ¿por qué funciona? Sabemos que la risa es contagiosa, todos pasamos por algún momento de ataques de risa con chistes malísimos cuando estábamos en alguna charla con amigos. Pero no sólo la risa es contagiosa, también tendemos a reírnos más de los chistes cuando conocemos a la persona que los hace y más aún si nos cae bien. Eso es parte de nuestras formas de interactuar, de mostrar nuestro agrado, de ser sociables, aunque en general sea inconsciente. Cuándo y cuánto nos reímos no siempre está relacionado con que algo sea realmente gracioso, sino mucho más con nuestro vínculo social. Pero eso no explica por qué escuchar risas enlatadas nos hace reírnos más de chistes hechos por extraños, en un programa de televisión. 

Y es que somos seres muy sociales, más sociales de lo que en general nos damos cuenta. Somos tan sociales que necesitamos sentirnos parte de lo que pasa a nuestro alrededor. Y eso incluye una tendencia a querer reírnos cuando el resto se ríe, incluso cuando sabemos que es falso. Queremos ser parte y eso influye en la forma en la que vemos al mundo, en qué pensamos que es gracioso. De hecho nos pasa con cosas mucho más objetivas que lo gracioso de un chiste. 

La necesidad de pertenecer, de adaptarnos a lo que piensa el grupo, ha sido muy estudiada. Y uno de los experimentos que se hicieron fue poner a un participante a definir entre varias líneas, cuáles eran iguales, algo que se podía ver fácilmente y cuando estaban solos respondían de manera correcta. Pero cuando la persona estaba entre un grupo de actores que señalaba como igual una línea claramente incorrecta, una proporción importante de personas terminaba opinando como el resto, aunque sus ojos le estuvieran diciendo lo contrario. Queremos pertenecer. Suponemos que el resto sabe algo que nosotros no y no queremos desentonar. 

Si las ganas de encajar en un grupo -aunque sea de desconocidos- puede llevarnos a distorsionar el tamaño de las líneas que vemos, no es tan raro, que cuando escuchamos a otros reirse, las cosas nos tiendan a parecer más graciosas. Y es cierto que agregar falsas risas a un chiste para hacernos reír más es un pequeño acto de manipulación. Están usando un truco, se aprovechan de nuestra necesidad de pertenecer para vendernos como mejor un chiste. Es éticamente condenable. Pero el resultado que logran es que nos riamos un poco más, que un chiste mediocre nos saque un cuarto más de sonrisa. Es una manipulación que puede hacer que las cosas nos parezcan más graciosas. Y cuando ya no esté, quizás la tele sea un poco menos graciosa. 

OS