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LECTURAS

Una dietética para la vida, correspondencia entre Tamara Tenenbaum y Natalia Kiako

El periodista Rodo Reich presenta el libro de Natalia Kiako y Tamara Tenenbaum.

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Querida Natalia:

La primera vez que nos vimos, en JuaJua Ramen (nos quedó pendiente la sopa de... ¿alga y costilla era? Iba a decir “no me olvido”, pero evidentemente un poco me olvidé), me preguntaste cuál era mi relación con la comida, qué interés podía tener por ella. Es lógico. Yo, que aparentemente no tengo nada que ver con la cocina, te propongo a vos, cocinera, que hagamos un libro de cartas sobre este asunto de comer. Evidentemente, dado que no recuerdo bien la sopa que se olvidó de traernos Jenny, está claro que tampoco recuerdo

bien qué te dije. Pero voy a tratar de responder de vuelta y, de paso, mejor.

Empiezo por decir que a mí me gustan un montón de cosas. Un amigo me pasó hace tiempo una carta en la que C. S. Lewis (el autor de Las crónicas de Narnia, que jamás leí, pero supongo que sabía lo que hacía) le respondía a una nena que le había pedido consejos para escribir mejor. Entre varias recomendaciones muy buenas, le ponía: “Si solo te interesa escribir nunca podrás ser escritora, porque no tendrás nada sobre lo que escribir”. Yo suelo tener el problema opuesto: me interesan demasiados temas. Hay algunas cosas, como la música y la literatura, que me interesan por el placer objetivo que me producen, porque me gusta tenerlas cerca. Otras cuestiones, en cambio, me atraen porque cruzan muchos dominios de la vida y sirvenpara pensar y decir verdades sobre las personas: leo mucho más sobre urbanismo, por caso, de lo que debería una persona como yo, que a duras penas sale de su casa y es incapaz de pintar una pared o siquierade leer un mapa analógico.

En ese primer almuerzo me dijiste que te gustaban los diagramas de Venn: en mi diagrama de Venn de estas dos clases de intereses que tengo, la comida está en la zona de intersección. Me interesa porque me encanta comer y cocinar, y también porque hablar de comida es hablar de muchísimas cosas: de placeres y obligaciones, de virtudes y pecados, de culturas y hábitos, de economía y de política.

Creo que siempre supe que me gustaba comer, o al menos no recuerdo un momento en el que no, pero el placer de cocinar lo encontré cuando me fui a vivir sola. No era de esas nenas que cocinaban con sus mamás en la cocina de sus casas, básicamente porque no me gustaba hacer nada en mi casa ni con mi familia (que es bárbara, mi familia, y mi mamá en especial, pero cada loco con su tema): cocinar fue, como comprar ropa* o pasear por un museo, cosas que descubrí que me gustaban una vez que pude hacerlas en mis términos.

En mi recorrido vital, además, la relación entre la comida y la escritura es bastante clave. En el año 2013, cuando me fui de mi casa a convivir con una amiga, trabajaba en una ONG feminista (FEIM se llama, la dirigía Mabel Bianco: si sos muy de Twitter la recordarás como la señora de saco fucsia que agarra la cartera y se va cuando Abel Albino dice en las audiencias por la ley de aborto que el HIV atraviesa la porcelana y los preservativos no te protegen de nada) y estaba tratando de terminar Filosofía, cosa que lograría tres años después, pero bueno, eso es harina de otro costal, para usar una metáfora de comida. En fin: ya había terminado de rendir los finales y tenía que entregar la tesis, pero como ya no iba a cursar me costaba sentarme a escribir. Lo que se me ocurrió, entonces, fue armarme un blog de bares, porque en esa época iba mucho a bares, y escribir una entrada por semana; quizás el razonamiento de “me cuesta escribir una cosa así que me propongo escribir otra para terminar también escribiendo esa” es confuso, pero yo creo que es un poco como el sexo; en general coger te da más ganas de coger, y no menos, y a mí con la escritura me pasa igual, si tengo que escribir algo que me da fiaca escribir me sirve sentarme a escribir algo que sí me divierte.

En esa época todavía no escribía, pero ya intuí que mi método venía por ahí, y entonces empecé a escribir sobre bares para destrabar la tesis. Con buen timing, porque en esa época estaban abriendo muchos lugares nuevos, y los periodistas de gastronomía que circulaban tenían treinta y largos y ya les daba fiaca curtir tanto la noche, así que me empezaron a escribir de revistas y marcas de bebidas para ir a cubrir los nuevos bares, y así fue que empecé con el periodismo.

De ahí pasé a los restaurantes y al placer de cocinar en mi casa, copiando cosas que veía afuera o en internet; cocinando, entonces, no como mi mamá y mi abuela (ya hablaremos de nuestras madres y abuelas, supongo), sino tratando de imitar cosas que me parecían cancheras. Es interesante eso, la pregunta de si la cocina tiene que ver con el afuera o con el adentro, con lo hogareño o con la conquista del mundo. De escribir de bares y restaurantes pasé a escribir sobre otras cosas, también. Así que, bueno, como decía al principio de este párrafo: en mi historia, la comida y la literatura están muy cerca.

Por eso, entre otras cosas, soy fan de Nora Ephron, una escritora que también escribía mucho sobre comida y se la tomaba bastante en serio (me encanta habértela pasado, ya solo por eso vale la pena todo); y un poco también de este link que hizo ella a lo largo de toda su carrera salió la idea de este libro. Me daban ganas, como te conté ese día en JuaJua, de que nuestra correspondencia un poco imitara el libro de cocina que ella autoeditó para circular entre sus amigos, en el que recomendaba sus recetas favoritas, contaba anécdotas, daba consejos para recibir gente y cuereaba los modos en que otros lo hacían (actividad de la que te pido por favor no nos privemos). Pero te cedo la palabra: ¿cómo llegás vos, que te dedicás a eso, a tu relación con la comida y la cocina? ¿Qué te interesó inicialmente del asunto?¿Es lo mismo que te interesa ahora?

Un beso enorme,

T

* Una observación sobre el paralelo entre mi interés por la ropa y mi interés por la comida. Hace poco, en una discusión, mi novio me dijo que ya había descubierto que a mí solo me importaban tres cosas en la vida: “qué vas a comer, qué vas a tomar y qué te vas a poner”. Le puse la cara del meme de Guido Kaczka: está mal, pero no tan mal.

"Una dietética para la vida" es un intercambio epistolar entre Tamara Tenenbaum y Natalia Kiako.

Querida Tamara:

¡Dátiles! Eran dátiles con cerdo los de esa sopa que nunca llegó cuando almorzamos en JuaJua. Le perdonamos el olvido a Jenny, si ella me perdona haberle pedido la cuenta a su ¿amiga?, ¿habitué?, que no trabajaba ahí, pero tenía ojos rasgados y, bueno, soy solo una chica occidental parada en un restaurant coreano metiendo pasos de comedia.

Mientras esperábamos la sopa que no fue, te dije que me seduce esa transversalidad tan especial que tiene la comida, como pocas cosas: las drogas y el sexo, quizás. En fin, ese terreno que el walkman posmoderno tiende a llamar “biopolítico”. Dime cómo funcionan esas cosas en un lugar del mundo y te diré dónde estás. Dime cómo te relacionas con ellas como individuo y te empezaré a conocer. Ya que traés a Nora Ephron, pienso en Cuando Harry conoció a Sally. Ella y su manía de servirse los componentes de cada plato por separado, “on the side”,¿hay otro gesto que la pinte más de cuerpo entero?

Cuando me puse a cocinar me atrajo esa cosa sensorial. Y lúdica, pero de juego con reglas. Venía estudiando mucho yo también; en la carrera de Letras no tenemos tesis, sino unas materias eternas con examen final y además yo ya laburaba a pleno. No daba más de sintonizar trabajo mental de la mañana a la noche. Me metí en la cocina porque extrañaba comer rico –y en mi casa natal se comía muy muy rico–, pero me quedé porque la comida te pone a usar los sentidos, a estar ahí entera, de cuerpo presente y a hacer con las manos. Algo que me estaba faltando. Son pocas las cosas que me hacen olvidar de todo lo que no tenga adelante, y la comida –tocar la comida, olerla, probarla, ocuparme de su mutación y ser agente de su cambio de textura o sabor– lo logra.

Todavía me funciona. Cuando siento que están creciendo musgos, hongos y líquenes que adhieren mi culo a la silla, me levanto y me pongo a cocinar, así como otras personas salen a caminar. Tengo un estilo muy de hacer un ratito esto y otro rato aquello, sin poder quedarme quieta demasiado tiempo en una tarea o empiezo a aburrirme y distraerme horriblemente. Incluir la cocina en mi repertorio de alternancias cada día me salva.

Ni hablar cuando tenés un pibe. En JuaJua también hablamos un poco de esto: lo difícil que puede ser jugar con chicos. Jugar en serio, como ellos quieren y como parte del cotidiano (ser un tío visitón es otra cosa). Cuanto más chicos, más imposible la misión. El truco, al menos para mí, fue encontrar los juegos que me cuadran bien. Por ejemplo, ¿jugar a los muñequitos? Qué tortura. Fui negociando más temprano que tarde el pasaje a otros terrenos. A los muñequitos, hija, jugarás con tus amigas, con tu abuela que es un sol. Conmigo vas a pintar, a hacer manualidades, a disfrazarte y, claro que sí: vamos a cocinar. Ese lugar donde me mancho y no me importa, donde tengo curiosidad y me olvido de chequear el celu, bueno, donde juego igual que vos.

Vuelvo al comienzo, a la entrada en la cocina. También sentí en esa época otro bordecito que está en tu carta: el de encontrar lo que vos querías cocinar, como vos querías comerlo, ya no como lo hacían tu mamá o tu abuela. Me pasó lo mismo. Así como vos buscabas lo que te parecía canchero, yo –que de canchera nunca tuve un átomo– quería encontrar una cocina que me diera tanto placer como la de la infancia y que me hiciera bien. El componente del bienestar era importante, el de comer rico también, y no pensaba soltar ninguno de los dos. Porque ñoña sí, pero testaruda más. Al día de hoy mi estilo en la cocina va mutando según voy cambiando yo. Dime cómo cocinas y ¿te diré quién eres?

Después hubo una pila de factores agregados. Por ejemplo, que mi novio tenía un sistema digestivo estallado y cocinar era casi de fuerza mayor para acompañarlo en una. Que armé un blog donde escribir sobre mi cocina, un rincón que me permitía ser banal, un poco pava, ligera, sin el peso de ninguna mirada crítica literaria. Sin ningún objetivo más que jugar. Qué placer. Ese blog, muy inesperadamente, cobró vida propia y empezó a tener lectores. Y eso también me encantó. Ahora le hablaba a alguien.

Todas estas cosas uno las elabora después. El otro día escuché a Juana Molina decir algo así en una entrevista: que aprendió a describir y argumentar acerca de su música a medida que le hacían notas de prensa, pero nada de eso lo había razonado antes, con tanto discurso. Ella solamente tocaba. Uno hace lo que hace porque lo hace. Como se te antoja comer un durazno o aceitunas. Porque sí.

Así es siempre con la comida: lo que te gusta te gusta y punto. Podés entrar en rachas profundas de manía con un ingrediente o con un plato determinado, ¿no te pasa? A mí sí, meses enteros de manzana verde o romance intenso con algún curry. Podés “cultivar un paladar” y que tu gusto cambie (acá hay mucho para charlar). Podés escaparle al picante como a la peste durante años y un día, como si nada, entrarle con pasión. También podés encontrarle explicación a cada una de estas cosas, seguramente. Pero intelectualizarlo está en un segundo plano y en una instancia posterior. Primero se te antoja.

Incluso en la parte técnica, la cocina es primero acto y presencia, después sistematicidad y fenomenología. Con la teoría no se cocina, y por eso aprendemos casi siempre conviviendo entre hornallas con otros que nos muestran cómo se hace: si no son madres, serán amigos, o encontramos compañía en los libros de recetas, con sus pasos detallados y sus consejos prácticos. El libro de cocina por excelencia es el de recetas, un libro-acto. El que se mancha con el uso, porque habita el espacio con vos. Los demás libros –incluso de materia culinaria o de gastronomía– se leen en otro lado.

Compartimos el entrecruzamiento entre escritura y comida, por lo visto. También compartimos la curiosidad antojadiza y zumbona por casi todo. Lo que tengas para contarme a lo largo de estas cartas no es la excepción. Una buena puerta de entrada para conocerte puede ser este asunto de los gustos: ¿qué te copa comer? ¿Qué te gusta cocinar? La respuesta a las dos preguntas no necesariamente es la misma.

Espero ansiosa lo que vaya viniendo, un abrazo.

N.

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