Opinión

“Get back” y el encanto del pasado en un presente sin futuro

Get Back, el documental sobre los Beatles

Tres años antes de meterse con Los Beatles, Peter Jackson puso en práctica su experticia de narrador visual en They Shall Not Grow Old. La película se construyó sobre la base de imágenes originales de la monstruosa conflagración que azotó a Europa entre 1914 y 1918, y que pertenecen a los archivos del Museo Imperial de la Guerra. Jackson cambió el blanco y negro por un color modernizado. Presentó el conflicto con mayor nitidez, para hacer honor al título del documental. Se le criticó haber traicionado la experiencia original de aquel conflicto. En Get Back utilizó en parte el mismo procedimiento y criterio (la juventud permanente), aunque, en este caso, cosechó unanimidades. Al igual que en la guerra del 14, Jackon fungió como exhumador. No solo había que arrojar luz sobre lo que había ocurrido con Los Beatles en 1969, antes de su separación, sino darle una irradiación extraordinaria a las situaciones que habían sido filmadas en 16 milímetros. La tecnología le permitió reconvertir un ambiente agrisado en otro que esplende. El artificio de Jackson, señala Adam Gopnik, columnista de The New Yorker, “ha iluminado nuestro estado de ánimo”. Parte de la potencia del documental no es musical sino retiniana. La música sigue siendo la misma, mejor mezclada y masterizada, claro (la nitidez sonora se perfecciona a medida que envejecemos). Pero la hemos escuchado con los mismos ambiguos sentimientos que en el pasado (me recuerdo entrando y saliendo del Multicine de la calle Lavalle, en 1976, donde se exhibía Let it be). El cambio ha pasado por los ojos. “Se adaptaron a una luz más brillante con un nuevo estado de ánimo feliz”, dijo Gopnik. Get back¸en ese sentido, es una re-visión. Desde esa perspectiva, no nos importa escuchar tres veces seguidas la misma canción, con sus pifies y resoluciones a medias. Lo que vale es nuestra condición de intrusos en la escena desconocida. Con esa pátina de nuevo fulgor, los Beatles parecen “fieles a cualquier época en la que los veamos”. Una de las razones de esa victoria es, según Gopnik, que ellos “nacieron brillantes” y nunca podrían ser mera fantasmagoría. Sin embargo, nada puede ser atemporal. La sorpresa y el regocijo dejan aflorar también la nostalgia, de todo tipo, que edulcora este tiempo sin horizontes. 

La música, señalan Sandra Garrido y Jane W. Davison en Music, Nostalgia and Memory. Historical and Psychological Perspectives, es uno de los desencadenantes más poderosos de esa añoranza. Unos pocos compases pueden ser poderosamente evocadores. “De hecho, se ha comprobado que la nostalgia se desencadena más a menudo por la música que por otros estímulos”. Claro que también dependerá de la economía nostálgica del oyente, su grado de propensión a caer en ese estado de ánimo. Los Beatles suelen estimular escuchas fuertemente autobiográficas. Reclaman no obstante valoraciones superadoras. Fueron ellos los que impusieron una doxa prestada del modernismo cultural:  la del progreso artístico. Avanzar sin transar. En pocos años, digamos de Revolver a Abbey road, realizaron una verdadera revolución (ampliaron la forma canción, la pusieron en diálogo con diferentes tradiciones: la academia, la electrónica, las alteridades). La idea de la superación permanente sucumbió como otros desencantos. Get back, con sus 50 años a cuestas, provoca efectos curiosos: no hace más que reforzar desde el presente una corriente instalada desde el cambio de siglo, y que Simon Reynolds llamó la “retromanía”, es decir, una “locura” memorialista marcada por reuniones de bancas, discos tributos, box sets, festivales de aniversario y presentaciones en vivo de álbumes clásicos. “Cada nuevo año es mejor que el anterior para la música de antaño. ¿Será que el mayor peligro para el futuro de nuestra cultura musical es . . .el  pasado?”, se preguntaba cuando todavía no se habían desplegado las plataformas de streaming y las actuales formas de almacenamiento total. Un siglo, por lo tanto, bajo la primacía del prefijo “re”: reactivaciones, reediciones, remakes, recreaciones. Una “retrospección sin fin” que cada año traía una nueva oleada de aniversarios, con su consiguiente exceso de biografías, documentales, biopics y ediciones conmemorativas. Lo retro es un fetiche autoconsciente por la estilización de época expresada a través de pastiches y citas. Habría que añadir: el ejercicio de estilo. La copia que se despega del original, entre otras razones porque el referente verdadero quedó demasiado lejos. Get back recupera un origen que relega a la condición de simulacros a la saga de imitadores.  Esa superioridad es, también, su punto débil porque nos remite sin escalas a un paraíso perdido.

Get back recupera un origen que relega a la condición de simulacros a la saga de imitadores. Esa superioridad es, también, su punto débil porque nos remite sin escalas a un paraíso perdido.

No es el propósito de esta columna hablar solamente de música sino arrojar luz, si se quiere, sobre otras modalidades de la nostalgia que han acompañado lo que va del siglo, a sabiendas, como dice el ensayista español Diego S. Garrocho, que “no hay nada más moderno que la nostalgia porque no hay nada más antiguo que el futuro”. De ahí que podría hablarse de una tensión permanente entre el horizonte de expectativas y el anhelo por las cosas que fueron y retornan como magro consuelo. Cada época escenifica esa dialéctica. A mediados de los setenta, George Steiner publicó Nostalgia del Absoluto, un ciclo de conferencias fuertemente críticas del “socialismo real” en las que lamentaba la pérdida de certezas de la sociedad occidental. “Como nunca anteriormente, hoy, en este momento del siglo XX, tenemos hambre de mitos, de explicaciones totales, y anhelamos profundamente una profecía con garantías”. 

Si algo no imaginaba Steiner en aquel 1974 es que 15 años después asistiría a un ciclo de demoliciones. Seguramente debió haberle sorprendido también que pocos años después de la caída del Muro de Berlín y la implosión de la Unión Soviética, casi en paralelo a la “retromanía” a la que hace referencia Reynolds, parte de los habitantes de los ex países comunistas se sintieron tomados por un novedoso sentimiento: la Ostalgie. El capitalismo había reconfigurado las sociedades. Un eco empañaba sin embargo la unanimidad. El sociólogo esloveno Mitja Velikonja se permitió rescribir aquella definición de Winston Churchill que, tras la derrota del nazismo, marcó una era, la de la Guerra Fría: “desde Stettin en el Báltico hasta Trieste en el Adriático, una cortina de hierro ha descendido sobre el continente”. Ese recorrido era trazado en 2010 por la Ostalgie. Como señala Maria Tedorova en Post comunist-Nostalgia, los que se criaron detrás de la “cortina de hierro”, aun siendo opositores o rechazando la ideología entonces imperante, habían perdido la capacidad de dar sentido a sus vidas. La nostalgia era activada en ellos por la desilusión.  Hinde Pomeraniec la ha auscultado en Rusos, su libro de crónicas. El alemán Karl Schlógel, autor del monumental y benjaminiano ensayo El siglo soviético/ Arqueología de un mundo perdido, recupera un chiste de los años estalinistas para dar fuerza al mismo razonamiento: “no hay nada tan impredecible como el pasado”.

Los integrantes del grupo de metal industrial, Rammstein, nacieron y se educaron en lo que fue la República Democrática Alemana (RDA). Cuatro años después de la reunificación editaron su primer disco en el que de distintas maneras tematizan la herencia cultural y política, así como los problemas derivados de la nueva identidad. Su segundo CD se titula Sehnsucht. Una de las posibles acepciones en castellano de esa palabra es…, sí, nostalgia. Rammstein ganó una notoriedad en Europa y Estados Unidos. La banda todavía existe y nunca ha abandonado por completo los tópicos que la constituyeron. “Alemania, Mi corazón en llamas/ Quiero amarte y maldecirte”, cantan en Deutschland, una de sus últimas canciones.

Quizá puedan pensar que me fui por las ramas y me olvidé de los Beatles. Paciencia. Antes, una escala habanera. Quiero hablar del ensayista cubano Iván de la Nuez. Exiliado en Barcelona desde 1991, escribió una década atrás El comunista manifiesto. Un fantasma vuelve a recorrer el mundo. Recordemos: en 1848, Marx y Engels anunciaron que un fantasma se cernía sobre Europa: el del comunismo. “Pero es ahora –cuando se da por muerto y enterrado–, que el comunismo sale del sarcófago y consigue apuntalar la frase en su sentido más preciso. Si lo propio de los fantasmas, según los diccionarios, es aparecer después de la muerte, entonces no es antes del comunismo –período en el que Marx y Engels despliegan la metáfora–, sino a posteriori, cuando podemos hablar de ese espíritu temible”. De modo que únicamente después del derribo del Muro de Berlín es cuando el comunismo se convierte en un fantasma que el espectro de un mundo muerto que insiste, con ardides muy dispares, en tirar de los pies a los que le han sobrevivido“. 

Conocí a Iván en La Habana, en 1988. Por entonces era uno de los jóvenes intelectuales que desafiaba al régimen castrista. La última vez que lo vi fue un domingo por la mañana de 1991. Pasé por su casa después de haber asistido a la inauguración en una plaza de la ciudad de una estatua de Lennon. Ahí supe de Pepé. Había formado a mediados de los sesenta el primer grupo beatle de Cuba. Lo tacharon de proimperialista. La única posibilidad de supervivencia que le ofrecían las autoridades es que se llamaran “Los guerrilleros”. Pero Pepe y sus amigos no quisieron saber nada de esa oferta y, en 1969, casi en sincronía con la desbandada de los Beatles, tuvieron que irse también con la música a otra parte. Iván esbozó una sonrisa piadosa al enterarse de esos detalles. Pocos días más tarde abandonaría la isla. A diferencia de muchos de su generación, nunca quiso quedar atrapado en las tenazas de la melancolía. Todos sus libros (Fantasía roja, El Mapa de sal, Cubantropía, Teoría de la retaguardia) dan prueba de su interés permanente por problematizar las relaciones entre arte y cultura. En El comunista manifiesto, además de revisar la “poética de la derrota” que emergió de las ruinas y dar cuenta de la capacidad de la cultura capitalista de convertir en fetiche y mercantilizar todo lo que toca, De la Nuéz pone el foco en esa Ostalgie de doble cara: la “exposición de un pasado que se proclamó futuro” y una “fuga desde este futuro que ahora sólo queda retratado como pasado”. Izquierda y derecha a veces se hermanan en ese ejercicio. ¿No es lo mismo que sucede, aunque por otras circunstancias, con Get back?

Esa simetría es la que nos facilita el camino para retornar sin tropiezos a los Beatles, quienes también tuvieron, sin saberlo, su papel en la disolución del comunismo a través de las furtivas escuchas en el Este de las canciones a través de las transmisiones nocturnas, siempre al margen de la ley, de Radio Luxemburgo, la BBC y Voice of America, y luego de los intercambios, mano en mano, de sus discos. “La Guerra Fría la ganó Occidente, no con misiles nucleares, sino con los Beatles”, dice Artemy Troitsky, un activista cultural en los tiempos de Leonid Brézhnev. Se lo cuenta a Leslie Woodhead, el autor de How the Beatles rocked the Krenmlin. The untold story of a noisy revolution. Woodhead es un reconocido documentalista. No cualquiera. Su cámara es la que captó por primera vez a John, Paul, George y Ringo en The Cavern, a principios de los sesenta. Parte de esos dos minutos en blanco y negro son utilizados por Jackson al comenzar Get Back. Woodhead trabajó muchos años en los países comunistas y fue de esa manera que reconstruyó una historia de la beatlemanía. “La encontré en lugares inesperados”. En las periferias y la academia. A su modo, bajo condiciones de adversidad o indiferencia, gracias a copias de copias de copias, los entonces soviéticos llegaron, con cierto retraso, a las canciones que los fab four cantaron en la azotea de Apple, así como aquellas que las precedieron. El propio McCartney pudo constatar la capilaridad de esas melodías cuando, en mayo de 2003, en plena Ostalgie, se presentó en la Plaza Roja. El público, de todas las edades, explotó con los primeros acordes de “Back In The USSR”. El video muestra cómo ríen ellas especialmente mientras el sexagenario Paul canta: “las chicas de Moscú me hacen cantar y gritar”. La cámara capta unos segundos al presidente Vladimir Putin. El ex KGB sigue el concierto con la sobriedad que se espera de un hombre de Estado. Claro que horas antes se había reunido en privado con McCartney. A pedido del hombre que, al llegar al poder, reivindicó la vieja grandeza del imperio zarista y machacó sobre la superioridad espiritual del universo ruso, especialmente ruso-ortodoxo, frente a otras culturas, Paul tocó “Let It Be”. Putin debió escucharlo con la esperanza de poder alguna vez imitarlo frente a su piano. “When I find myself in times of trouble…”.

AG

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