Panorama Político
Kicillof, entre la solidez de su construcción política y los huecos de su texto económico
La lectura del momento político se asemeja a aquellas imágenes lenticulares que adornaban los útiles de la escuela. Con un leve giro, la ilustración en la regla cambiaba radicalmente y, así, un leoncito inofensivo podía transformarse en una fiera al ataque.
Al compás de la vida cotidiana empeorada por bajos salarios o directamente el desempleo, servicios públicos caros e insufribles —con el transporte a la cabeza—, y una moral ramplona que signa toda acción del gobierno ultraderechista, la imagen de los Hermanos Milei cayó varios puntos en los últimos meses. Se respira en las calles y lo dicen las encuestas en forma unánime, más allá del leve repunte reportado en la última semana.
Desde un brinco espasmódico marcado por la victoria electoral de octubre, los sondeos señalan deterioro que excede la percepción de Milei: caída en intención de voto, pesimismo para lo que viene y creciente atribución de responsabilidad de la crisis a la ultraderecha gobernante. Todo ello, con la contracara de una mejora en los números de la oposición, con Axel Kicillof recortado sobre el resto, y apoyos cercanos a los dos dígitos, probablemente inéditos para la izquierda argentina, en la figura de Myriam Bregman. La consultora Tendencias, que fue la primera que reportó un ascenso de la abogada del Frente de Izquierda, luego ratificado por Atlas/Intel y otras, terminó un trabajo sobre intención de voto (4.730 casos en mayo, todavía no publicado) que ubica primero a Milei, con 36,5%, seguido por Kicillof, con 29,9%, y tercera Bregman, con 14,6%. Asoma una disputa por el voto opositor.
Es un combo inquietante para el oficialismo: más allá de sus notorias diferencias y de la pericia política para sostenerse —a comprobar—, Kicillof y Bregman representan voces nítidamente opositoras a los Hermanos. Podrá haber trasvases entre ambos, o cobrará vuelo otra opción tacticista, más pragmática, pero no parece que el oficialismo pueda pescar votos en ese mercado. Algunos encuestadores, como Juan Courel, de la firma Alaska, vaticinan que la derrota de Milei en 2027 es altamente probable.
La proyección de opositores duros es coherente con la composición del 60% que declara su rechazo al gobierno. Desde la llegada de La Libertad Avanza a Casa Rosada, el segmento adverso con una evaluación “muy mala” del Soez es claramente mayoritario sobre las opciones “mala” y “regular”. Sube o baja la marea, pero el voto antimileísta tiene un núcleo sólido, por lo que no sorprende que se destaquen políticos que difieren del Milei en lo ideológico, en la práctica y en lo formal. Imitadores de estilo arrebatado desde el “peronismo de Perón”, gobernadores blandengues, candidatos formateados por consultoras de marketing y predicadores evangélicos, afuera.
No sorprende que se destaquen políticos que difieren del Soez en lo ideológico, lo procedimental y lo formal
La regla lenticular
Pero hay que prestar atención al componente lenticular de la regla que mide la realidad.
Existe una marcada confianza en el círculo de poder, con el mercado financiero como exponente principal, sobre la reelección de Milei en 2027.
Transformado en un profeta místico, Luis Caputo vaticinó dos cosas en las últimas semanas: que se vienen los mejores 18 meses en muchas décadas, y que la postulación del ultra será “un paseo”, con la oposición humillada. Sobre lo primero, nadie se anima a tomarlo en serio, entre otras cosas, porque lo anunció en marzo y ya los números de abril —industria, construcción y consumo— lo desmintieron. A la espera del milagro, serán en todo caso 17 meses de jolgorio, no 18.
Hay bastante endogamia en ese optimismo, propio de una elite que abreva en un acotado menú de análisis político y mediocre calidad informativa
En cambio, la confianza de que el Presidente contará con un segundo mandato prevalece entre empresarios y ejecutivos de las finanzas, Vaca Muerta y el agronegocio. La idea de que la elección de Milei es causa y efecto de un cambio de paradigma, que se metió en el seno de la mayoría de los hogares, dispuestos a “bancar” aunque sufran, es proclamada en los altavoces del poder real. A lo sumo, si no es Milei —porque sus groserías y idus terraplanistas abochornan hasta algunos convencidos—, será otro, pero el rumbo no está en duda.
Hay bastante endogamia en ese razonamiento, propio de una elite que abreva en un acotado menú de análisis político y mediocre calidad informativa. Ese hombre propenso a las fake news y el agravio amargo que se vislumbra detrás de la cuenta de Twitter de Marcos Galperín tiene una oferta generosa para alimentar sus prejuicios en los medios de mayor difusión.
Vigencia del Soez
Hay, sin embargo, factores sólidos para pensar que las urnas favorecerán a Milei el año que viene. Primero, las encuestas pueden fallar y la opinión pública se volvió bastante volátil.
Si Manuel Adorni indigna hoy, podrá ser un pasivo asumido mañana. Los medios encontrarían motivos para cambiar el prisma. Quizás la aprobación de la compra de Movistar Argentina por parte de Telecom-Clarín —un dominio de mercado clamoroso—, que se rumorea inminente, provoque una súbita desatención a Adorni, las jubiladas y la cascada en el prime time de la tele y los portales.
Segundo, el antecedente de las elecciones de medio término de 2025 es insoslayable. Tras una derrota abrumadora en la provincia de Buenos Aires en septiembre, La Libertad Avanza se acercó a las urnas nacionales de octubre con pronóstico reservado por razones económicas y la carita de José Luis Espert en la boleta de la provincia de Buenos Aires. Milei emergió con una mayoría legislativa que no consiguieron los tres presidentes que lo antecedieron. Un proceso particularísimo, liderado por una extorsión a cara descubierta de Donald Trump y Scott Bessent al votante de un país del fin del mundo, lejos de aumentar el rechazo dio resultado y sacó a muchos argentinos del sillón de su casa un domingo de octubre, para ratificar el rumbo de Milei y bloquear “un regreso al pasado”.
Un tercer elemento que fortalece la confianza de la elite está dado por un peronismo inmerso en melodías gastadas, sin abordajes entendibles sobre cuál es la respuesta ante la economía que formatea Milei con motosierra.
Con las maldades de Karina, los negocios de Santiago y los devaneos filosóficos de Federico, la propuesta ultraderechista está clara: un topo destruye el Estado, para dar paso a un sálvese quien pueda. Suena feo, pero en la mirada libertaria y en cierto sentido común, es el motor de la competencia y el crecimiento.
Con las maldades de Karina, los negocios de Santiago y los devaneos filosóficos de Federico, la propuesta ultraderechista está clara
Allí la cámara vuelve a Kicillof, único candidateable peronista que registran las encuestas.
Contra pronósticos casi unánimes, el gobernador bonaerense logró independizarse de la voluntad de Cristina como ningún dirigente supo hacerlo en veinte años. El eje Patria-Cámpora hoy luce a la defensiva, forzado a optar entre negociar espacios con Kicillof —en una pulseada en la que el gobernador puede imponer condiciones como no conoció el apellido Kirchner—, o volcarse a frustrar una candidatura del “traidor”, si no para consagrar a un reemplazante, que sirva para que pierdan todos. Esa página está abierta.
“Está plantado en la cancha. No es títere de nadie y confronta con Milei. Con eso se despegó del pelotón”, resume un influyente ministro bonaerense.
Kicillof marca un paso que genera disidencias y ansiedad entre sus heterogéneos aliados, que llegan a ver en él características procrastinadoras de impronta albertista, pero los resultados electorales conseguidos e indicios de que van cediendo ciertas resistencias en las provincias (por porteño, por bonaerense, por hijo político de Cristina, por su origen de izquierda) extienden el crédito. “Este año tiene que pasar a otro plano, es un desafío”, amplía la voz.
El entorno del gobernador relata diálogos con dirigentes de todas las provincias. En algunos casos, se dan en un cono del silencio, por razones de conveniencia mutua. La indiferencia/no agresión pactada con el gobernador Martín Llaryora en una reciente visita a Córdoba es un ejemplo bastante relatado.
El “pase a otro plano” alude a la construcción de un liderazgo y una estructura partidaria que sean vistos como un activo por los referentes provinciales. En otras palabras, que un cartel de un candidato a intendente en La Banda, Trelew u Oberá junto a la leyenda Kicillof Presidente sume en lugar de restar a ambos. “La ingeniería electoral no está en la mesa”, agrega el ministro bonaerense.
Las fuentes kicillofistas son unánimes en un punto. El conflicto con Máximo y Cristina se va a agravar hasta el momento de la definición de las listas y, muy probablemente, más allá. Hay cuestiones personales y políticas consideradas insalvables de uno y otro lado. Llegado el caso, un escenario de primarias es concebido cada vez más como un paso necesario para ordenar el tablero y consagrar un liderazgo.
Hasta allí, el activo político de Kicillof.
¿Y el económico?
El gobernador se movió poco de la estrategia de denunciar la política económica de Milei. “Escudo para proteger a los bonaerenses y red para sostener a los afectados por la motosierra”, fue la premisa electoral en 2025. Le sirvió para ganar la elección local de septiembre, no para evitar una ajustadísima derrota en octubre.
Caputo empezó a repartir RIGIs a diestra y siniestra
Milei disparó la inanición del Estado. Redujo el gasto nacional a 15 puntos del PBI, hundió a las jubilaciones, las universidades y la cobertura de salud. Paralizó la obra pública y se empeñó en bajar impuestos a los ricos. Se encuentra en plena implementación de esquemas de promoción de actividades hiperlucrativas, como la producción de gas y petróleo (RIGI), que representa un hachazo para los ingresos estatales con vigencia por treinta años. Enunciado en 2024 como un esquema de incentivo a inversiones estratégicas, con resultado real exiguo (porque parte de las adhesiones fueron sobre proyectos que se iban a hacer de cualquier manera, y las de minería están casi todas en veremos), Caputo empezó a repartir RIGIs a diestra y siniestra.
Ese Estado raquítico enfrenta a cualquier opositor que asuma la Presidencia a la imposibilidad de restaurar el poder adquisitivo de jubilados, docentes y empleados públicos, mientras saca a las universidades del subsuelo y retoma la construcción de cloacas. El próximo gobernante no tendrá con qué responder a todas las urgencias a la vez. El financiamiento externo no existirá, porque Milei se lo habrá consumido todo, como en 2019 lo había agotado el pulcro Mauricio Macri. Y si alguien se tienta con la receta burda de la emisión monetaria como recurso constante para solventar el déficit, disparará la inflación y su capital político se extinguirá en cuestión de semanas.
Queda una receta vieja como la Biblia: cobrarles impuestos a los que más tienen para rescatar a los desclasados.
NS/NC
Kicillof no comunica nada concreto al respecto, más allá de algún criterio general. Transmitió a su equipo que, dada la magnitud del desfinanciamiento premeditado del Estado, es imposible saber dónde estará parado quien asuma en diciembre de 2027.
El gobernador bonaerense no avanzó en el estudio de aumentar el impuesto a las personas físicas (conocido como Ganancias, que en Argentina afecta al 10% de la población, el decil de ingresos altos, muy por debajo de los países europeos e incluso vecinos), ni Bienes Personales (o riqueza, que Milei redujo al mínimo y se cobró cinco años por adelantado), ni a las ganancias extraordinarias (Galperín, ganadería), ni a las grandes herencias y fortunas, ni un esquema de retenciones a ciertas exportaciones. Kicillof fue uno de los pocos dirigentes que marcó críticas a los efectos nocivos del RIGI en la producción de gas y petróleo, pero tampoco dio indicios de qué hará con ese verdadero cepo a los ingresos estatales y al desarrollo de la industria local.
Esta semana, una opinión del periodista Diego Iglesias en la radio Futurock, sobre la necesidad de levantar la bandera de cobrar impuestos con criterio de justicia social, para doblegar el sentido común coronado por la derecha de que todo gravamen en “un robo del Estado”, disparó la furia de Milei, Caputo y Galperín. “Delirante”, “zurdo ignorante”, “envidioso”. Retórica conocida, pero el camino que ofrece el oficialismo, guste o no, está claro.
La contundente expresión “no tengo idea” es fidedigna de las respuestas de media docena de voces del entorno de Kicillof consultadas sobre eventuales modificaciones impositivas con alguna mínima precisión, lo que refleja más una voluntad política de no tratar el tema, que desconocimiento real.
Uno de ellos se permite ir más allá al decir que “no hay dudas de que Galperín tiene que pagar más impuestos que el que vende medias en el tren, a quien hay que ayudar, más que cobrarle”. La fuente —clave en un hipotético gobierno de Kicillof— pone el acento en un sistema impositivo progresivo “sobre lo patrimonial y los ingresos”. En otras palabras, Bienes Personales, grandes fortunas y Ganancias.
“El mundo está pareciéndose a una película distópica y la mayoría somos zombies. Se acelera la hiperconcentración, el Estado no hace nada y carga el peso a los de abajo”, concluye.
El capítulo impositivo requiere calibración precisa y fortaleza política para responder el previsible bombardeo mediático que ve comunismo por todas partes. De allí a la ausencia casi absoluta de una explicación sobre cuáles son las medidas concretas que permitirán superar el agujero fiscal que dejará El Topo, hay un abismo.
En el discurso de Kicillof, gana visibilidad el reclamo por la desprotección comercial de ciertas industrias, como textiles y neumáticos, o la defensa de sistemas de subsidios aburdos, como la “zona fría” ampliada en 2021 a medio país, incluidas las provincias del centro del país, por iniciativa de Máximo Kirchner.
En esos puntos, el texto de los Hermanos Milei encuentra argumentos efectivos, que les sirven para luego perpetrar sus verdaderas intenciones. Si la protección a textiles, neumáticos o heladeras redunda en precios extraordinariamente altos para los trabajadores, es un tema a abordar desde una perspectiva progresista, de izquierda o peronista. No alcanza con enumerar los males que genera la economía libertaria, conocidos por todo aquel que reciba un sueldo y espere el tren. Se impone explicar cómo no empeorar las cosas.
Si por la “zona fría” resulta que un maestro o un carpintero que vive en Merlo debe pagar un extra en su factura de gas, para solventar el subsidio que beneficia a un hacendado de Pergamino, a unos 200 kilómetros, la economía cruje, el Estado se queda sin fondos y la inflación se dispara.
Es, en definitiva, la ausencia de una explicación genuina, un texto político, sobre cómo se cocinó el caldo que permitió que un día desembarcara un topo con la promesa de destruir al Estado, y cosechara votos tanto en Merlo como en Pergamino.
SL
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