Opinión

Maradona no murió, y no morirá nunca

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Me gusta la idea de pensar que hay algo más: además de esto, de estar reunidos para celebrar y para discutir la trascendencia de Maradona, muchísimo más allá del Diego jugador. Me refiero a que me gusta creer que existe una especie de sitio divino, a mitad de camino entre el cielo y el infierno, en donde —en este mismo momento— Diego está cumpliendo años. 

Pero, a falta de certeza, voy a ir con lo que tengo a mano y lo primero que me surge al volver a pensar en el peso simbólico de la existencia de Maradona, son preguntas.

La primera de esas preguntas, y aprovechando que esta es una mesa para pensar a Maradona desde la filosofía y la literatura, bien podría quedar sin respuesta, ¿no? 

Entonces, hagamos el ejercicio juntos: ¿alguno de ustedes cree que Maradona realmente murió? 

Yo no; no estoy tan de acuerdo. 

Porque, desde que Diego se nos fue, sus recuerdos empezaron a circular como si fueran una especie de llama olímpica que nunca se apaga del todo. No hay un solo día en donde el algoritmo no me muestre una imagen suya que no conocía. Una especie de arqueología infinita del paso de Diego por la vida. Y en ese tránsito, nosotros, el pueblo maradoniano, sabemos que vamos a vivir con la certeza de tenerlo para siempre de nuestro lado. 

También sé que es controversial pensar que Diego no murió. Pero yo insisto en dudar. 

Hay una frase que se le suele atribuir a Borges —porque a nosotros nos encanta pensar que todas las cosas las dijeron Borges o Perón y los citamos día por medio—, que dice algo así: “Todos morimos dos veces. La primera, cuando dejamos de existir; la segunda, cuando somos olvidados”. 

Entonces, tomando prestadas estas palabras, no solo me atrevo a pensar que Diego no murió, sino que puedo asegurar que no morirá nunca, como pasa con los dioses. Nosotros, los que lo extrañamos todos los días, somos conscientes de la inmortalidad de Diego mucho antes de haberlo perdido: si Diego logró ser inmortal estando vivo, ¿cómo no iba a serlo ahora que no está?

La segunda pregunta que me surge tiene que ver con el azar y con la fortuna, y acá podría ir a algo más científico y concreto. 

Lógicamente es imposible tener un registro de cuántas personas habitaron el mundo desde el big bang —o desde la creación divina, o lo que fuere que nos haya traído hasta acá—, pero podríamos pensar que fueron cientos de miles de millones los que vivieron una vida entera y se murieron antes de que naciera Diego. Si lo midiéramos en tiempos históricos, solo un grupito muy selecto de personas —entre los que estamos nosotros— tuvo la posibilidad de ser contemporáneo de Diego. Por poner un ejemplo: el 22 de junio del 86, solo había 30 millones de argentinos vivos. Solo nosotros vimos remontar por primera vez al barrilete cósmico de Fiorito en vivo y en directo desde el Azteca.

Treinta millones de personas que supimos, desde ese instante y para siempre, que los dioses, los movimientos telúricos o las reacciones químicas que regulan las leyes del Universo habían decretado que un día llegaría a este plano un nenito zurdo, que jugaría siempre sonriendo con nuestros mismos colores, y que gritaría en voz alta cada vez que le dijeran que no, cada vez que se le cruzara la desgracia a uno de los suyos, cada vez que hiciera falta hacer flamear su bandera.

A veces me invade el miedo de olvidarme de Diego: y entonces pienso cómo sería este momento histórico si él estuviera acá, escuchando de costado las cosas que estamos diciendo de él. 

Cada tanto me descubro en alguna sobremesa asociando cualquier anécdota con una oración que empieza diciendo: “Claro… como la vez que Maradona…” y completo con cualquier dato. Y, cuando me doy cuenta del truco, hago silencio, con la certeza de haberlo traído un rato más a jugar entre nosotros. 

Hace varios años, cuando murió mi vieja yo tenía treinta, me quedé un tiempo en esa especie de limbo rarísimo entre la depresión y el desamparo de la orfandad, y empecé a notar, muy rápidamente, que su voz se me iba desdibujando. A veces, en muy raras oportunidades, se me aparecía algún recuerdo nuevo, disparado por una emoción, un olor, una canción o un paisaje. Y nunca, pero nunca podía escuchar su voz. Aparecía el recuerdo, lo disfrutaba, sonreía, me emocionaba… pero nunca podía recordar su voz. 

A veces, cuando muchos días grises se encadenan y necesito el consuelo divino para responder las preguntas que me hago y que no tienen respuesta, hago trampa para escuchar las únicas tres palabras que todavía me acuerdo con su voz, como si las pronunciara ella: 

Nacho

Boca

Maradona

Quizás mi nombre, sí, pero ni Boca ni Maradona fueron las cosas que más veces escuché en la voz de mi vieja, pero el magnetismo del misterio tiene ese encanto: caminar por la cornisa del desconocimiento me sigue pareciendo fascinante, aunque eso no tenga respuestas.  

Entonces hago el ejercicio y me aparece una sonrisa como quien recuerda un momento en donde todo estaba sano, todo estaba por pasar, todo el camino estaba en el horizonte.

Nacho

Boca

Maradona

Con Diego empezó a pasarme lo mismo hace un tiempo. De golpe, me fui dando cuenta de que sus goles se me iban desvaneciendo. Primero me alerté y empecé a ver con obsesión miles de videos en donde hacía todos los goles posibles. Pero, al tiempo, otra vez… se diluían. Me quedaban las marcas indelebles de su existencia sobre el césped: los goles a Inglaterra, el gol imposible a la Juventus, el gol a Grecia y un puñado más de sus grandes éxitos.

Al principio me angustiaba: sentía que mi memoria se había puesto a jugarme en contra y pasé meses y meses peleando contra la reconstrucción del recuerdo. Pero, en contramano a esa desilusión, empezaron a aparecer otras memorias de Diego: frases, gestos, movimientos, declaraciones, peleas, emociones, desgracias: el resto. 

Cada tanto, hago la unión de los dos mundos y me voy hasta Tierra Santa, como le digo yo al Hospital Evita de Lanús, en donde nació el Diego, pero también nació mi vieja. Y ahí, un poco a contramano de mi agnosticismo, siempre miro para arriba, busco consuelo, respuestas, paz… o algo parecido a la fe.  

Una de todas esas veces que fui a Tierra Santa, tuve el momento de epifanía y confirmé lo que siempre había sentido por Diego. Desde que lo descubrí, siendo un nene que miraba partidos por tele en un pueblito del interior, supe que el magnetismo de ese jugador de rulitos con la 10 estampada en la espalda no ocurría adentro de la cancha. O, por lo menos, no solo ahí. 

Claro que la obra de Diego es imposible de separar de sus logros deportivos, pero la trascendencia de su existencia, el análisis de su discurso, de sus batallas, de sus banderas, de este Congreso, solo existe porque Maradona es el ser humano más increíble de este pueblo, con el detalle anecdótico de haber sido —además— el que mejor jugó al deporte que más nos gusta a todos.

Hoy cumpliría 66 años. Me gusta pensar que está festejando. Que está bien. Que es feliz. Que está en paz. Que lo están abrazando. Que alguien le hará llegar el mensaje y le dirá: “Mirá, Diego, tu pueblo te adora para siempre”. 

Sé que va a pasar el tiempo y que habrá otras instancias como estas en donde pensar y discutir sobre Diego. Pasaremos nosotros y también los que nos sigan. Pero sé también, que cada vez que una persona le cuenta a otra la historia del nene pobre que nació en el culo del planeta y se puso de pie contra todos para convertirse en leyenda, habrá enfrente suyo alguien, probablemente más chico, mirándolo con los ojos abiertos queriendo saber más, y más, y más.

Alguna vez leí que los pueblos tienen a los ídolos que se merecen. A mi me gusta pensarlo al revés: que son los ídolos los que tienen los pueblos que le corresponden. Porque nosotros siempre tuvimos a Diego de nuestro lado, pero él, y sé que de alguna forma lo sabrá, siempre tendrá en nosotros, los que vivimos con su recuerdo atado a los momentos más felices de nuestra existencia, a millones de personas que harán que el eco de su nombre no deje de resonar nunca.

Diego Armando Maradona.

Argentino.