Opinión

Miseria 2021: ¿para qué sirve estar en el Gobierno?

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A pocos metros de la esquina de Córdoba y Gallo están parando hace dos meses ocho cartoneros: tres mujeres y cinco varones. Siete son de Santa Marta, un barrio de Lomas de Zamora. Aunque la realidad es que viven a medias: mitad de la semana sobre la vereda y el resto en el conurbano infinito. El mayor de todos es como el primer cartonero: “Empecé en el 2000”. Tuvo alguna vez casa precaria. Hoy vive en la parte de afuera de una vivienda deshabitada, tapiada desde el piso hasta el techo. Hay muchísimas por la zona, en especial yendo hacia el Abasto. Me entero por ellos que las viviendas en desuso son un tesoro cartonero: no hay nadie ahí para llamar a la policía. Aunque otros vecinos de la cuadra cada tanto sí llaman. Entonces van yirando entre viviendas con dueños ausentes. “Nadie quiere tener todo esto cuando abre su ventana”, dice comprensivo el viejo Polaco, quien tiene el rol de enseñar el trabajo a los nuevos cartoneros, la numerosa cohorte de pobres de pandemia. Además gestiona con enorme cuidado y paciencia los conflictos cotidianos. 

Un señor de unos 65 años baja de una pequeña camioneta. Empieza a hablar de sus derechos. Los bolsones y carros ocupan parte de un espacio para carga y descarga de mercadería. Les dice que respeta el derecho de ellos a juntar una moneda, pero que no puede ir contra el suyo que también está trabajando. “Nos peleamos entre giles y así está el país”, dice. Polaco se acerca y conversa en voz baja, y poco después corre un poco los bolsones. Nadie más interviene. El señor entra a la farmacia de la esquina y sale enseguida sin agregar palabra. Uno de los cartoneros, el que tiene tatuado en el pecho la leyenda 100% negro, bromea: “Le rayo la camioneta”.  Polaco ríe: “Es nuestra oveja negra”. 

Juntaron unos 30 bolsones, resultado de tres días y medio de trabajo. Ocupan un cuarto de la cuadra. Todos los lunes pasa el camión entre las 17 y las 18 hs. Ya están calculando que van a recibir alrededor de 20.000 pesos para dividir entre todos. A Miriam le corresponderán más o menos 4.000. Pero a veces se va con 1.800 o 2.000 pesos. “Ojo, no todos los días es fiesta”, aclara. Además de la recuperación de reciclables, reservan algunos objetos hallados en la basura para vender en la feria del barrio. 

Durante la conversación escucho frases como estas: 

-Nosotros comemos pollo en vez de carne. 

-Está muy jodido porque la plata ahora no vale nada. ¿Vos qué podés comprar con 1.000 pesos?. 

-Acá se vino un montón de gente, los que tocan timbre y piden una ropita o unas zapatillas. 

-Ellos se pueden poner anteojos negros pero nosotros que estamos en la calle… hay gente comiendo de la basura, tocando timbres, juntando cartón. Es como el 2001, es similar, la diferencia es que está contenido. No hay el quilombo que hubo en esa época pero puede faltar así (gesto con el dedo). 

-Cuando empecé en el 2000 nos pagaban 3 centavos el kilo de cartón y hoy 14 pesos. 

Miriam alza la voz: “Justo al principio de la pandemia cobrábamos 22 el blanco y 17 el cartón. Especulan con la necesidad de la gente. Aunque no lo creas también nos afecta el dólar. Igual en cualquier situación nosotros siempre vamos para abajo, nunca vamos para arriba”.

Se escucha un chiflido desde el bar Grillos que está enfrente. Alguien levanta el brazo con un termo. Me cuentan que los del bar los abastecen de agua caliente para el mate. Allí cargan sus celulares. La farmacia les presta el toldo. Debajo de su techo naranja duerme el Polaco todos los días. Solo veo un colchón. ¿Dónde tienen el resto de los colchones?, pregunto.  Son seis hoy. 

Alexis tiene 18 años y trabaja hace dos meses como cartonero. Los primeros días no pudo pegar un ojo. La noche de la calle aterra. Otro de los cartoneros, también muy joven, perdió hace poco el trabajo que tenía en un taller mecánico donde se dedicaba a arreglos de chapa y pintura. 

La voz más experimentada es la que explica los motivos de la ausencia de colchones: “La calle es para dormir con cartón. En la casa es para dormir con colchón. Si vas a dormir solo como un perro, ¿para qué querés el colchón?.  Además que eso influye mucho en que venga el gobierno de la ciudad porque ellos no quieren colchones, ni frazadas, todo eso. Porque ellos dicen que se hace ranchada. Ranchada es cuando se hace un grupo. Nosotros éramos 36 y por eso nos dividimos. Porque olvidate, te tiran todo. Averiguá con quien quieras y te van a decir lo mismo. Te tiran todo. Díaz Vélez, Perón, Humahuaca y Gallo, la placita del hospital, ahí donde más o menos hacían ranchada, no les quedó nada”.  

Como si esta tarde estuviera hecha para mostrarme el funcionamiento de las cosas imperdonables, pasa por la calle Gallo el colectivo de cartoneros del MTE (Movimiento de Trabajadores Excluidos). El símbolo de una conquista como consecuencia de un extenso proceso organizativo que permitió que los niños no vayan en las carretas. Ni los cartoneros sobre los bolsones de un camión destartalado. Eso que hoy volvemos a ver por todas partes. Y miles de recicladores urbanos lograron incluso un salario social, primas por material recuperado, comedor, guardería, obra social. Recuperan toneladas, crean un valor económico y ambiental que no está retribuido en los términos de la justicia social que aprendimos. Aunque todos sean pobres el contraste entre los que pasan en el colectivo y los que duermen en la calle es sideral. 

El Polaco recibió varias veces la oferta para, dice él, “entrar al sistema”. Pero, con un dedo menos en la mano izquierda y un corte en diagonal que le atraviesa la espalda, no quiere. “Te empiezan a tomar lista, no podes usar estos carros, entonces no juntás nada y todo con el gancho de la obra social. Te quieren agarrar por ahí”. El resto de sus compañeros por supuesto no elige, no hay cómo ingresar hoy.

Este grupo es solo uno en medio de un alarmante estallido de nuevos cartoneros y ambulantes. La policía de la ciudad a veces avisa pero cada vez más arremete. Un ejemplo: el desalojo de “El Hotelito”, en el barrio 31. ¿Vieron el video? Ocurrió hace una semana y desde entonces tengo estas imágenes rondándome. ¿No hay un límite demasiado elemental transgredido ahí? Los chiquitos que estaban en el lugar no van a olvidar esa noche, menos aún su mamá. El desalojo salvaje de una madre con sus ocho hijos se produjo antes de que el gobierno nacional anunciara la decisión de no prorrogar el congelamiento del valor de los alquileres ni la suspensión de los desalojos. ¿Qué es lo que vendrá?

El equipo de trabajadores del CELS realizó junto con el IDAES de la Universidad Nacional de San Martín una investigación sobre la situación de los inquilinos en el AMBA: el 66,6% de los hogares inquilinos tuvo menos ingresos durante la pandemia y el 42,3% tiene deudas de alquiler. En el libro Post. Cómo luchamos (y a veces perdimos) por nuestros derechos en pandemia se presentan los resultados. Vale la pena leerlo. 

En su discurso de apertura de sesiones legislativas del pasado 1° de marzo, Horacio Rodríguez Larreta anunció el endurecimiento de la Ley de Seguridad: “Vamos a profundizar nuestros esfuerzos para reducir las situaciones que alteren la convivencia. Por eso vamos a enviar a la Legislatura una modificación de la Ley de Seguridad para extender las contravenciones y que los responsables de alterar la convivencia reciban las sanciones que correspondan. Una de ellas es la venta ambulante ilegal que se apropia del espacio público y atenta contra el trabajo legítimo de los comerciantes. Nosotros entendemos la situación de los trabajadores ambulantes y vamos a seguir trabajando junto a ellos para ofrecerles una alternativa de trabajo registrado y seguro. Lo que no podemos permitir es la ilegalidad porque la convivencia es la base de la sociedad”.

El gobierno nacional definió terminar el IFE con la emergencia social a cuestas en noviembre de 2020. Los resultados están literalmente a la vista, a la vuelta de cada esquina. En algún momento inicial de la pandemia distintos funcionarios del gobierno nacional participaron del debate impostergable: salario social o ingreso universal. Esta discusión se esfumó justo cuando las condiciones que la fundamentan se agravaron: hambre, pobreza, desempleo, trabajo no registrado.

Hoy los referentes sociales con responsabilidad en el Ejecutivo dicen, quizás con impotencia: “Es más difícil ser oficialismo que ser oposición”. Cuesta comprender que no se saquen todas las conclusiones políticas de esta afirmación. No se trata de romper la unidad construida, pero hay una pregunta incómoda: ¿Para qué sirve? 

A pocos metros de la esquina de Córdoba y Gallo están parando hace dos meses ocho cartoneros: tres mujeres y cinco varones. Siete son de Santa Marta, un barrio de Lomas de Zamora. Aunque la realidad es que viven a medias: mitad de la semana sobre la vereda y el resto en el conurbano infinito. El mayor de todos es como el primer cartonero: “Empecé en el 2000”. Tuvo alguna vez casa precaria. Hoy vive en la parte de afuera de una vivienda deshabitada, tapiada desde el piso hasta el techo. Hay muchísimas por la zona, en especial yendo hacia el Abasto. Me entero por ellos que las viviendas en desuso son un tesoro cartonero: no hay nadie ahí para llamar a la policía. Aunque otros vecinos de la cuadra cada tanto sí llaman. Entonces van yirando entre viviendas con dueños ausentes. “Nadie quiere tener todo esto cuando abre su ventana”, dice comprensivo el viejo Polaco, quien tiene el rol de enseñar el trabajo a los nuevos cartoneros, la numerosa cohorte de pobres de pandemia. Además gestiona con enorme cuidado y paciencia los conflictos cotidianos. 

Un señor de unos 65 años baja de una pequeña camioneta. Empieza a hablar de sus derechos. Los bolsones y carros ocupan parte de un espacio para carga y descarga de mercadería. Les dice que respeta el derecho de ellos a juntar una moneda, pero que no puede ir contra el suyo que también está trabajando. “Nos peleamos entre giles y así está el país”, dice. Polaco se acerca y conversa en voz baja, y poco después corre un poco los bolsones. Nadie más interviene. El señor entra a la farmacia de la esquina y sale enseguida sin agregar palabra. Uno de los cartoneros, el que tiene tatuado en el pecho la leyenda 100% negro, bromea: “Le rayo la camioneta”.  Polaco ríe: “Es nuestra oveja negra”. 

Juntaron unos 30 bolsones, resultado de tres días y medio de trabajo. Ocupan un cuarto de la cuadra. Todos los lunes pasa el camión entre las 17 y las 18 hs. Ya están calculando que van a recibir alrededor de 20.000 pesos para dividir entre todos. A Miriam le corresponderán más o menos 4.000. Pero a veces se va con 1.800 o 2.000 pesos. “Ojo, no todos los días es fiesta”, aclara. Además de la recuperación de reciclables, reservan algunos objetos hallados en la basura para vender en la feria del barrio. 

Durante la conversación escucho frases como estas: 

-Nosotros comemos pollo en vez de carne. 

-Está muy jodido porque la plata ahora no vale nada. ¿Vos qué podés comprar con 1.000 pesos?. 

-Acá se vino un montón de gente, los que tocan timbre y piden una ropita o unas zapatillas. 

-Ellos se pueden poner anteojos negros pero nosotros que estamos en la calle… hay gente comiendo de la basura, tocando timbres, juntando cartón. Es como el 2001, es similar, la diferencia es que está contenido. No hay el quilombo que hubo en esa época pero puede faltar así (gesto con el dedo). 

-Cuando empecé en el 2000 nos pagaban 3 centavos el kilo de cartón y hoy 14 pesos. 

Miriam alza la voz: “Justo al principio de la pandemia cobrábamos 22 el blanco y 17 el cartón. Especulan con la necesidad de la gente. Aunque no lo creas también nos afecta el dólar. Igual en cualquier situación nosotros siempre vamos para abajo, nunca vamos para arriba”.

Se escucha un chiflido desde el bar Grillos que está enfrente. Alguien levanta el brazo con un termo. Me cuentan que los del bar los abastecen de agua caliente para el mate. Allí cargan sus celulares. La farmacia les presta el toldo. Debajo de su techo naranja duerme el Polaco todos los días. Solo veo un colchón. ¿Dónde tienen el resto de los colchones?, pregunto.  Son seis hoy. 

Alexis tiene 18 años y trabaja hace dos meses como cartonero. Los primeros días no pudo pegar un ojo. La noche de la calle aterra. Otro de los cartoneros, también muy joven, perdió hace poco el trabajo que tenía en un taller mecánico donde se dedicaba a arreglos de chapa y pintura. 

La voz más experimentada es la que explica los motivos de la ausencia de colchones: “La calle es para dormir con cartón. En la casa es para dormir con colchón. Si vas a dormir solo como un perro, ¿para qué querés el colchón?.  Además que eso influye mucho en que venga el gobierno de la ciudad porque ellos no quieren colchones, ni frazadas, todo eso. Porque ellos dicen que se hace ranchada. Ranchada es cuando se hace un grupo. Nosotros éramos 36 y por eso nos dividimos. Porque olvidate, te tiran todo. Averiguá con quien quieras y te van a decir lo mismo. Te tiran todo. Díaz Vélez, Perón, Humahuaca y Gallo, la placita del hospital, ahí donde más o menos hacían ranchada, no les quedó nada”.  

Como si esta tarde estuviera hecha para mostrarme el funcionamiento de las cosas imperdonables, pasa por la calle Gallo el colectivo de cartoneros del MTE (Movimiento de Trabajadores Excluidos). El símbolo de una conquista como consecuencia de un extenso proceso organizativo que permitió que los niños no vayan en las carretas. Ni los cartoneros sobre los bolsones de un camión destartalado. Eso que hoy volvemos a ver por todas partes. Y miles de recicladores urbanos lograron incluso un salario social, primas por material recuperado, comedor, guardería, obra social. Recuperan toneladas, crean un valor económico y ambiental que no está retribuido en los términos de la justicia social que aprendimos. Aunque todos sean pobres el contraste entre los que pasan en el colectivo y los que duermen en la calle es sideral. 

El Polaco recibió varias veces la oferta para, dice él, “entrar al sistema”. Pero, con un dedo menos en la mano izquierda y un corte en diagonal que le atraviesa la espalda, no quiere. “Te empiezan a tomar lista, no podes usar estos carros, entonces no juntás nada y todo con el gancho de la obra social. Te quieren agarrar por ahí”. El resto de sus compañeros por supuesto no elige, no hay cómo ingresar hoy.

Este grupo es solo uno en medio de un alarmante estallido de nuevos cartoneros y ambulantes. La policía de la ciudad a veces avisa pero cada vez más arremete. Un ejemplo: el desalojo de “El Hotelito”, en el barrio 31. ¿Vieron el video? Ocurrió hace una semana y desde entonces tengo estas imágenes rondándome. ¿No hay un límite demasiado elemental transgredido ahí? Los chiquitos que estaban en el lugar no van a olvidar esa noche, menos aún su mamá. El desalojo salvaje de una madre con sus ocho hijos se produjo antes de que el gobierno nacional anunciara la decisión de no prorrogar el congelamiento del valor de los alquileres ni la suspensión de los desalojos. ¿Qué es lo que vendrá?

El equipo de trabajadores del CELS realizó junto con el IDAES de la Universidad Nacional de San Martín una investigación sobre la situación de los inquilinos en el AMBA: el 66,6% de los hogares inquilinos tuvo menos ingresos durante la pandemia y el 42,3% tiene deudas de alquiler. En el libro Post. Cómo luchamos (y a veces perdimos) por nuestros derechos en pandemia se presentan los resultados. Vale la pena leerlo. 

En su discurso de apertura de sesiones legislativas del pasado 1° de marzo, Horacio Rodríguez Larreta anunció el endurecimiento de la Ley de Seguridad: “Vamos a profundizar nuestros esfuerzos para reducir las situaciones que alteren la convivencia. Por eso vamos a enviar a la Legislatura una modificación de la Ley de Seguridad para extender las contravenciones y que los responsables de alterar la convivencia reciban las sanciones que correspondan. Una de ellas es la venta ambulante ilegal que se apropia del espacio público y atenta contra el trabajo legítimo de los comerciantes. Nosotros entendemos la situación de los trabajadores ambulantes y vamos a seguir trabajando junto a ellos para ofrecerles una alternativa de trabajo registrado y seguro. Lo que no podemos permitir es la ilegalidad porque la convivencia es la base de la sociedad”.

El gobierno nacional definió terminar el IFE con la emergencia social a cuestas en noviembre de 2020. Los resultados están literalmente a la vista, a la vuelta de cada esquina. En algún momento inicial de la pandemia distintos funcionarios del gobierno nacional participaron del debate impostergable: salario social o ingreso universal. Esta discusión se esfumó justo cuando las condiciones que la fundamentan se agravaron: hambre, pobreza, desempleo, trabajo no registrado.

Hoy los referentes sociales con responsabilidad en el Ejecutivo dicen, quizás con impotencia: “Es más difícil ser oficialismo que ser oposición”. Cuesta comprender que no se saquen todas las conclusiones políticas de esta afirmación. No se trata de romper la unidad construida, pero hay una pregunta incómoda: ¿Para qué sirve? 

A pocos metros de la esquina de Córdoba y Gallo están parando hace dos meses ocho cartoneros: tres mujeres y cinco varones. Siete son de Santa Marta, un barrio de Lomas de Zamora. Aunque la realidad es que viven a medias: mitad de la semana sobre la vereda y el resto en el conurbano infinito. El mayor de todos es como el primer cartonero: “Empecé en el 2000”. Tuvo alguna vez casa precaria. Hoy vive en la parte de afuera de una vivienda deshabitada, tapiada desde el piso hasta el techo. Hay muchísimas por la zona, en especial yendo hacia el Abasto. Me entero por ellos que las viviendas en desuso son un tesoro cartonero: no hay nadie ahí para llamar a la policía. Aunque otros vecinos de la cuadra cada tanto sí llaman. Entonces van yirando entre viviendas con dueños ausentes. “Nadie quiere tener todo esto cuando abre su ventana”, dice comprensivo el viejo Polaco, quien tiene el rol de enseñar el trabajo a los nuevos cartoneros, la numerosa cohorte de pobres de pandemia. Además gestiona con enorme cuidado y paciencia los conflictos cotidianos. 

Un señor de unos 65 años baja de una pequeña camioneta. Empieza a hablar de sus derechos. Los bolsones y carros ocupan parte de un espacio para carga y descarga de mercadería. Les dice que respeta el derecho de ellos a juntar una moneda, pero que no puede ir contra el suyo que también está trabajando. “Nos peleamos entre giles y así está el país”, dice. Polaco se acerca y conversa en voz baja, y poco después corre un poco los bolsones. Nadie más interviene. El señor entra a la farmacia de la esquina y sale enseguida sin agregar palabra. Uno de los cartoneros, el que tiene tatuado en el pecho la leyenda 100% negro, bromea: “Le rayo la camioneta”.  Polaco ríe: “Es nuestra oveja negra”. 

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13 de marzo de 2021 - 23:40 h