Perdón que interrumpa Opinión

El pelotón y el comandante: Vaca Narvaja, Montoneros y un diálogo imaginario

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El comandante del sueño de Akira Kurosawa (en El túnel) camina después de la guerra. Vuelve a casa, cruza ese túnel. Va a paso firme hasta que aparece, caminando de atrás, un soldado muerto, un soldado que ignora su propia muerte. Tiene la cara azul. Hablan. El muerto mira en una colina la casa encendida de sus padres, se la señala: hay luz en casa, me esperan. Pero el comandante lo convence de que está muerto. Y ocurre algo peor: del túnel aparece un batallón entero. Muertos, formados y marchando. Ahora el comandante quiere convencer a todos de que perdieron, de que están muertos. Con la culpa encima del que dio las órdenes, él les cuenta su propio calvario en un campo, les jura que también hubiera preferido morir, hasta que finalmente decide darles una última orden militar (una que reabsorbe todas): acepten la muerte. El pelotón da media vuelta y regresa, se pierden en el túnel caminando.

La historia invertida: a un comandante no lo persigue un pelotón sino que a un pelotón lo persigue un comandante. Fernando Vaca Narvaja es como el sueño al revés. Camina detrás de un pelotón que vuelve a casa, y ese pelotón, formado entre vivos, muertos, sobrevivientes, quizás algún día lo convencerá de que el proyecto murió. Quizás, incluso, entre la tropa lleven la cabeza del padre del comandante Vaca Narvaja. Vaca Narvaja es una familia diezmada. Una familia cruzada por el dolor argentino. Y la cabeza del padre la cortaron los impiadosos que no pudieron cortársela a él, a ese hombre, que es un hombre del que nadie podrá decir: fue un cobarde. Pero el comandante del sueño que dice perdimos y morimos acá funciona en espejo: el pelotón le diría “perdimos y morimos, comandante”. Porque nunca dijo ¡guarisover!, nunca dijo la conducción: “perdimos, volvamos a casa”. Faltó ese retorno. Quizás el “sesgo de clase”, de elite, de la conducción montonera resida también ahí: en su exitismo. No perdimos. Vamos a pelear que tuvimos razón hasta el último día.

Habrá que hacer mejor una cuenta que no se puede posponer: la democracia que está por cumplir cuarenta años finalmente comienza de qué derrota y de qué victoria. 1979, el año de la primera Contraofensiva montonera, cuando emitían órdenes de guerra vestidos de fajina a miles de kilómetros, es también el año del paro sindical de Saúl Ubaldini y la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos porque al movimiento de derechos humanos no lo paró nadie. Derechos humanos, resistencia sindical y partidaria. Cambiaron las condiciones para derrotar la dictadura: no se la iba a derrotar militarmente. El campo de batalla ya estaba en otro lado. La dictadura empezaba a retroceder ante las reacciones a su plan económico y ante lo que se iba conociendo que hacían en la mesa de torturas. En eso tiene razón Vaca Narvaja: los militares no se fueron por la derrota de Malvinas. Más bien fueron a la guerra para no perder el poder. Y después perdieron todo junto. Pero a Fernando Vaca Narvaja lo persigue la historia. Oculta con estilo las canas, lleva una barba prolija, se lo ve: escapa del tiempo. Camina en el túnel.

Los reencuentros entre ex combatientes –como entre soldados argentinos y británicos– pueden ser conmovedores. Hay una camaradería prudente entre quienes dieron la vida cada uno por su país y se reconocen ahora, en los años después, sobre una piedad final. Un honor militar. El terrorismo de Estado quitó ese honor militar de cualquier escena. Cuando el campo de batalla es la mesa de torturas el honor militar se pierde.

Las reglas del método

En “El método” de Tomás Rebord tocó un día la entrevista a Fernando Vaca Narvaja. Como apuntó Mariano Schuster, la idea del programa está basada en que el entrevistado construya su “auto narración”. Son invitados a jugar su juego. Pero también, quizás, y aunque suene instructivo, el juego de los autonarrados cumple un acuerdo tácito: dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada. Corach –un político profesional–, Moreno –un violento de circo–, Maslatón –un político influencer–, distintos personajes están ahí, dentro del amplio juego donde cada dos años se votan inquilinos nuevos. Productos de la democracia. Pero la entrevista con Vaca Narvaja puso al límite justamente el método: trajo el agujero negro de la historia que no puede “contener” el formato. O que lo altera.  

Luego se desatan las reacciones previsibles sobre todo ante la bolilla negra de la memoria montonera: las contraofensivas. Hernán Confino, autor de La Contraofensiva: el final de Montoneros, dice que “la contraofensiva no se entiende sin las memorias sobre la contraofensiva, pero el tema es qué hacemos después si las queremos entender históricamente”. El historiador Christopher Hil suma esto en El mundo trastornado: “La historia tiene que ser reescrita en cada generación porque, aunque el pasado no cambia, el presente sí lo hace; cada generación se hace nuevas preguntas sobre el pasado y encuentra nuevas áreas de sintonía conforme vuelve a vivir diferentes aspectos de la experiencia de sus predecesores”, escribió 

Las dos cartas

El extremo maniqueo de hacernos creer que la militancia estaba hecha de “perejiles” que iban al muere no nos puede omitir el tabicamiento de información y la diferencia entre la capacidad decisoria de la conducción y la de los conducidos. Las organizaciones armadas no votaban en asamblea sus decisiones. Las contraofensivas parecen el capítulo final y más terrible de la lectura errada de la conducción montonera sobre la coyuntura real. Donde “la Orga” quedó atrapada en lo que el propio Rodolfo Walsh adelantó en su documento crítico a la conducción, en la otra carta. Walsh escribió la Carta abierta a la Junta Militar y antes escribió la Carta cerrada a la Junta Militante. Las claves de la crítica interna a la conducción montonera están todas contenidas ahí. Luego, la carta abierta, la que firma con nombre y apellido, es la que también quiere decirle al mundo: acá la guerra terminó, la tortura no conoce límites y la miseria será planificada. No firma como jefe de contrainteligencia de un ejército montonero sino que vuelve a ser el escritor que le cuenta a la sociedad y al mundo lo que pasa en la Argentina por fuera de un límite. Walsh “vuelve a operar” en sus dos cartas. Es político hasta el final. La contraofensiva cumple sus profecías críticas: Montoneros ya no entendía el país que quería revolucionar. ¿Más militarismo iba a derrotar a la dictadura o el militarismo construyó las condiciones y legitimidad del Proceso? Quedó entonces la mancha de esa “lectura coyuntural” profundamente necia y un manto de sospecha sobre por qué fueron al muere decenas de militantes. Y esa mancha actúa hasta el límite de imaginar una “entrega”, en una versión absurda que sus errores tozudos hacen verosímil. Conozco a Vaca Narvaja y a su familia, tengo respeto y afecto hacia él. Quisiera verlo más ahí, en esos “apuros”, ya no como comandante de un ejército imaginario sino como responsable de un pedazo de la historia.   

La dirigencia montonera, los sobrevivientes de esa conducción, no parecen haber elegido colectivamente la luz pública para reformular su relación con la historia y la política. Algunos, como el propio Vaca Narvaja, quizás lo intentaron marginalmente, sin éxito. Pero Montoneros se diluyó sin creer del todo oportuna una visión autocrítica común, una mirada adaptada a las condiciones de la época. Entonces veamos algo al respecto. En Argentina hay un uso (y abuso) de la referencia moral de Pepe Mujica. Por izquierda, por derecha. A Mujica se lo coloca en el lugar del viejo vizcacha rioplatense y el santo padre por un hecho: el hombre es ético, no robó, su casa humilde lo testimonia. Resulta evidente esa lavada de conciencia que significan las visitas a su chacra, el paseo entre sus perros, las fotos con el tractor viejo, sus remolachas agroecológicas y el gesto de quienes escuchan con ojos entrecerrados el sabio de una moral basada en un secreto: no robar. No es menor. Pero hay algo más en Mujica y los Tupamaros: el modo contundente en que de jefes guerrilleros se convirtieron en políticos de una democracia. Lo hicieron de cara al sol, de frente, en plazas, en “mateadas”, escuchando a los indiferentes a su épica, contemplando todo lo que la misma democracia tiene de derrota histórica y de oportunidad real. Las dos cosas. No dijeron ganamos, dijeron perdimos. Supieron fugarse de un penal y supieron fugarse de la cárcel de la historia también, para hacer otra historia. Una con más límites, sin cielo por asalto, ni asaltos. Hablar. Escuchar. Escuchar a quienes invocaron representar. La democracia lenta, viejo camino de tierra. El eterno “ahí vamos”.

Pipo pescador

Corre el año 2010. Un sábado a la mañana entrevisto a Pipo Lernoud, en un bar de Bulnes y Córdoba, cerca de su casa. Todas las cosas se ven como un sábado a la mañana. Nos sentamos en una mesa en medio del salón. Prendo el grabador y su historia se va soltando en sus capítulos conocidos entre Once, Plaza Francia, los coiffeurs de las comisarías, el escape a la Ibiza hippie, la vuelta, pero hay un detalle cuando entramos a algo que prometíamos entrar: la relación de la contracultura con la militancia política. Pipo me habla de su amistad con Manuel Belloni, militante de la FAP asesinado por la policía en 1971 en Rincón de Milberg. Me cuenta que tiempo antes Manuel lo citó en un bar para despedirse. No me vas a ver más. Paso a la clandestinidad. Eso le dijo a Pipo y tiramos de esa soga, nos metemos en la lucha armada. Nosotros no queríamos tomar el poder, queríamos evitar el poder, que se metan el poder en el culo, dice Pipo y larga la crítica previsible a la militarización. De golpe voy al baño. Cuando me paro, de casualidad, a dos mesas nuestras, contra una ventana, sentado, con pantalón negro de jogging y campera deportiva, vestido como un hombre grande para ir un sábado a comprar cosas al Easy con su mujer, está el “Pelado” Perdía. Nos mira fijo, no como desafiando, porque evidentemente ha escuchado todo, incluyendo el sambenito de una mención crítica a “la conducción de Montoneros”, sino como diciendo: qué puntería, hermanos, ustedes ahí, yo acá, y en el medio… Pipo Lernoud y Roberto Perdía a dos mesas de un bar porteño. Volví del baño, se lo mencioné en voz baja a Pipo. Pipo miró de reojo. Y seguimos hablando, con volumen más bajo. ¿Qué hubiera pasado si esos dos tipos se cruzaban antes? Los comandantes sólo hablaban con subordinados y se quedaron solos. Cuando me volví a dar vuelta ya no estaban Perdía ni su mujer.. Ni cuarenta años de democracia pudieron quebrar la distancia entre esas dos mesas. Florencia Angilletta trae: “Al pus de los setenta, a sus dolores y agujeros, aún le falta darle más lugar a los de los del montón, a las familias sin apellidos, a las historias a la que te criaste. Personas comunes que también vivieron esos años. Las memorias son muchas, la militante es una, pero a veces la más incómoda es la memoria popular de los setenta, donde no hay política y a veces ni siquiera hay rock”.

Luna y Rosa

¿Hay alguna palabra sobre los otros muertos que no sean sólo las de Ceferino Reato? Palabras que no le bajen el precio a la desproporción del terrorismo de Estado pero que pongan la cuchara también en historias como las de Hermindo Luna, un héroe popular en Formosa. Se cava un túnel adentro de otro y de otro.

Rosa vivió esos años en un barrio del Oeste del Gran Buenos Aires. Una noche pasó el infierno: buscaban a la hermana montonera de su esposo. Cortaron clavos rodeados de milicos, con hijos chiquitos. Se fueron. Los siguieron un tiempo. El tiempo pasó. Llegó la democracia, las crisis. Bolsillo mata memoria. Pero Rosa después, en los primeros dos mil, empezó a trabajar en el mantenimiento y la limpieza de un ex centro clandestino. Entró a ese trabajo por necesidad. Cada vez que entraba a algún lugar, a alguna oficina o sala donde había funcionado el campo se persignaba. “Cuando recién empezábamos yo estaba en mantenimiento, después pasé a estar en la entrada. Y más tarde me fui como cuidadora de sala. Un día me visitó un yerno y cuando llegó a la puerta se descompuso, me dijo que vio un montón de cosas. Se desmayó. Ese es un lugar de mucho respeto, y cualquiera tiene respeto por ese lugar.” Su yerno apenas sabía de oído lo que pasó ahí. La historia lo arremolinó en segundos.

“Cuando empezamos fue duro, porque los lugares a la noche no tenían ni luz. A veces pienso que tengo diabetes de tanto aguantarme el pis para no ir una cuadra al baño.” Después hicieron un baño en la guardia. “Yo soy muy humana y me da mucha pena todo. Y una vez cuando subí al primer piso sentí cosas, tenía el llavero en la mano y pensé que había visto a la Virgen del Rosario de San Nicolás. Después bajé y le conté a una amiga, porque el llavero era de ella y guardábamos cosas en ese piso. Entonces, ella me dice que esa no era la Virgen sino un grillo. Yo miré así nomás, pero vi a la Virgen. Tenía y tengo mucha fe, y por eso no tenía tanto miedo. Pero sí sentía cosas. En otro momento nos encontraremos con mis compañeros y nos contaremos todas las cosas que vimos ahí.”

Lo que se oía, las visiones, las premoniciones, todo ese murmullo, eso que vibraba, era uno de los temas de conversación. Rosa tenía un compañero que era bravucón, decía que no creía en nada. La limpieza y el mantenimiento lo hacían personas que cumplían el laburo muchas veces ahí como en cualquier otro. Pero una noche este compañero estaba de guardia y dice que se le pasó una nena en camisón, caminando por delante de él. “Se vino para la guardia, estaba a cuatro cuadras. El muchacho era manda parte pero se fue y no volvió más. No quiso estar más ahí, se pegó un susto terrible.” “Otros compañeros iban, venían y veían cosas, pero Dios me protegió”, dice Rosa. Ella rezaba por todo lo que había pasado ahí (“hubo mucho sufrimiento”).

Una suerte de espiritismo envuelve la historia también. Una religiosidad con restos de voces. Un corredor de gritos y de silencios. La historia no pasa sólo por los libros: hay un juego de la copa popular, que trae sus espíritus, sus relatos contados a media voz, sus visiones. También es donde lo popular mete sus manos en la historia con mayúscula. Como el yerno de Rosa que parece decir: no tengo idea de la Historia pero abrí la puerta y se me vino toda encima. Dice el antropólogo Pablo Semán que hace veinte años él, en San Martín, cerca de unas instalaciones del ejército pasó con un remisero joven, que se refirió con temor a lo que sucedía en la zona. “Yo no entendí bien, después me di cuenta de que estaba hablando de almas en pena, y entonces le pregunté a qué se refería.” El remisero le dijo: “A toda a esa gente con la que hicieron todas esas cosas”. Esa era la manera que tenía para entender lo que fue el terrorismo de Estado y el respeto a las víctimas. “Esa es una de las formas en las que se acercó una buena parte de la sociedad argentina, un poco bajo la idea de no se puede hacer eso con otro cristiano, con otro argentino, con otro hermano. Y eso implica que la sociedad argentina repudió desde un lugar que no es el de la historia oficial, o el de los grupos que se enfrentaron políticamente, pero tampoco desde una neutralidad o teoría de los dos demonios. Más bien, una visión distante de la violencia y en defensa del respeto por el hecho de que esos años estuvieron habitados por un material inflamable, ominoso y demoníaco.” Esa sensación se oye y viaja entre voces, la de Rosa, la del remisero. “También –dice Semán– habla de una altura a la que estuvo una parte de la sociedad argentina que generalmente no es invocada y su voz es nuestra guía al concierto de las memorias”.

A veces nos enteramos que todavía caminamos entre fantasmas. 

MR

El comandante del sueño de Akira Kurosawa (en El túnel) camina después de la guerra. Vuelve a casa, cruza ese túnel. Va a paso firme hasta que aparece, caminando de atrás, un soldado muerto, un soldado que ignora su propia muerte. Tiene la cara azul. Hablan. El muerto mira en una colina la casa encendida de sus padres, se la señala: hay luz en casa, me esperan. Pero el comandante lo convence de que está muerto. Y ocurre algo peor: del túnel aparece un batallón entero. Muertos, formados y marchando. Ahora el comandante quiere convencer a todos de que perdieron, de que están muertos. Con la culpa encima del que dio las órdenes, él les cuenta su propio calvario en un campo, les jura que también hubiera preferido morir, hasta que finalmente decide darles una última orden militar (una que reabsorbe todas): acepten la muerte. El pelotón da media vuelta y regresa, se pierden en el túnel caminando.

La historia invertida: a un comandante no lo persigue un pelotón sino que a un pelotón lo persigue un comandante. Fernando Vaca Narvaja es como el sueño al revés. Camina detrás de un pelotón que vuelve a casa, y ese pelotón, formado entre vivos, muertos, sobrevivientes, quizás algún día lo convencerá de que el proyecto murió. Quizás, incluso, entre la tropa lleven la cabeza del padre del comandante Vaca Narvaja. Vaca Narvaja es una familia diezmada. Una familia cruzada por el dolor argentino. Y la cabeza del padre la cortaron los impiadosos que no pudieron cortársela a él, a ese hombre, que es un hombre del que nadie podrá decir: fue un cobarde. Pero el comandante del sueño que dice perdimos y morimos acá funciona en espejo: el pelotón le diría “perdimos y morimos, comandante”. Porque nunca dijo ¡guarisover!, nunca dijo la conducción: “perdimos, volvamos a casa”. Faltó ese retorno. Quizás el “sesgo de clase”, de elite, de la conducción montonera resida también ahí: en su exitismo. No perdimos. Vamos a pelear que tuvimos razón hasta el último día.

Habrá que hacer mejor una cuenta que no se puede posponer: la democracia que está por cumplir cuarenta años finalmente comienza de qué derrota y de qué victoria. 1979, el año de la primera Contraofensiva montonera, cuando emitían órdenes de guerra vestidos de fajina a miles de kilómetros, es también el año del paro sindical de Saúl Ubaldini y la visita de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos porque al movimiento de derechos humanos no lo paró nadie. Derechos humanos, resistencia sindical y partidaria. Cambiaron las condiciones para derrotar la dictadura: no se la iba a derrotar militarmente. El campo de batalla ya estaba en otro lado. La dictadura empezaba a retroceder ante las reacciones a su plan económico y ante lo que se iba conociendo que hacían en la mesa de torturas. En eso tiene razón Vaca Narvaja: los militares no se fueron por la derrota de Malvinas. Más bien fueron a la guerra para no perder el poder. Y después perdieron todo junto. Pero a Fernando Vaca Narvaja lo persigue la historia. Oculta con estilo las canas, lleva una barba prolija, se lo ve: escapa del tiempo. Camina en el túnel.

Los reencuentros entre ex combatientes –como entre soldados argentinos y británicos– pueden ser conmovedores. Hay una camaradería prudente entre quienes dieron la vida cada uno por su país y se reconocen ahora, en los años después, sobre una piedad final. Un honor militar. El terrorismo de Estado quitó ese honor militar de cualquier escena. Cuando el campo de batalla es la mesa de torturas el honor militar se pierde.

Las reglas del método

En “El método” de Tomás Rebord tocó un día la entrevista a Fernando Vaca Narvaja. Como apuntó Mariano Schuster, la idea del programa está basada en que el entrevistado construya su “auto narración”. Son invitados a jugar su juego. Pero también, quizás, y aunque suene instructivo, el juego de los autonarrados cumple un acuerdo tácito: dentro de la democracia todo, fuera de la democracia nada. Corach –un político profesional–, Moreno –un violento de circo–, Maslatón –un político influencer–, distintos personajes están ahí, dentro del amplio juego donde cada dos años se votan inquilinos nuevos. Productos de la democracia. Pero la entrevista con Vaca Narvaja puso al límite justamente el método: trajo el agujero negro de la historia que no puede “contener” el formato. O que lo altera.  

Luego se desatan las reacciones previsibles sobre todo ante la bolilla negra de la memoria montonera: las contraofensivas. Hernán Confino, autor de La Contraofensiva: el final de Montoneros, dice que “la contraofensiva no se entiende sin las memorias sobre la contraofensiva, pero el tema es qué hacemos después si las queremos entender históricamente”. El historiador Christopher Hil suma esto en El mundo trastornado: “La historia tiene que ser reescrita en cada generación porque, aunque el pasado no cambia, el presente sí lo hace; cada generación se hace nuevas preguntas sobre el pasado y encuentra nuevas áreas de sintonía conforme vuelve a vivir diferentes aspectos de la experiencia de sus predecesores”, escribió 

Las dos cartas

El extremo maniqueo de hacernos creer que la militancia estaba hecha de “perejiles” que iban al muere no nos puede omitir el tabicamiento de información y la diferencia entre la capacidad decisoria de la conducción y la de los conducidos. Las organizaciones armadas no votaban en asamblea sus decisiones. Las contraofensivas parecen el capítulo final y más terrible de la lectura errada de la conducción montonera sobre la coyuntura real. Donde “la Orga” quedó atrapada en lo que el propio Rodolfo Walsh adelantó en su documento crítico a la conducción, en la otra carta. Walsh escribió la Carta abierta a la Junta Militar y antes escribió la Carta cerrada a la Junta Militante. Las claves de la crítica interna a la conducción montonera están todas contenidas ahí. Luego, la carta abierta, la que firma con nombre y apellido, es la que también quiere decirle al mundo: acá la guerra terminó, la tortura no conoce límites y la miseria será planificada. No firma como jefe de contrainteligencia de un ejército montonero sino que vuelve a ser el escritor que le cuenta a la sociedad y al mundo lo que pasa en la Argentina por fuera de un límite. Walsh “vuelve a operar” en sus dos cartas. Es político hasta el final. La contraofensiva cumple sus profecías críticas: Montoneros ya no entendía el país que quería revolucionar. ¿Más militarismo iba a derrotar a la dictadura o el militarismo construyó las condiciones y legitimidad del Proceso? Quedó entonces la mancha de esa “lectura coyuntural” profundamente necia y un manto de sospecha sobre por qué fueron al muere decenas de militantes. Y esa mancha actúa hasta el límite de imaginar una “entrega”, en una versión absurda que sus errores tozudos hacen verosímil. Conozco a Vaca Narvaja y a su familia, tengo respeto y afecto hacia él. Quisiera verlo más ahí, en esos “apuros”, ya no como comandante de un ejército imaginario sino como responsable de un pedazo de la historia.   

La dirigencia montonera, los sobrevivientes de esa conducción, no parecen haber elegido colectivamente la luz pública para reformular su relación con la historia y la política. Algunos, como el propio Vaca Narvaja, quizás lo intentaron marginalmente, sin éxito. Pero Montoneros se diluyó sin creer del todo oportuna una visión autocrítica común, una mirada adaptada a las condiciones de la época. Entonces veamos algo al respecto. En Argentina hay un uso (y abuso) de la referencia moral de Pepe Mujica. Por izquierda, por derecha. A Mujica se lo coloca en el lugar del viejo vizcacha rioplatense y el santo padre por un hecho: el hombre es ético, no robó, su casa humilde lo testimonia. Resulta evidente esa lavada de conciencia que significan las visitas a su chacra, el paseo entre sus perros, las fotos con el tractor viejo, sus remolachas agroecológicas y el gesto de quienes escuchan con ojos entrecerrados el sabio de una moral basada en un secreto: no robar. No es menor. Pero hay algo más en Mujica y los Tupamaros: el modo contundente en que de jefes guerrilleros se convirtieron en políticos de una democracia. Lo hicieron de cara al sol, de frente, en plazas, en “mateadas”, escuchando a los indiferentes a su épica, contemplando todo lo que la misma democracia tiene de derrota histórica y de oportunidad real. Las dos cosas. No dijeron ganamos, dijeron perdimos. Supieron fugarse de un penal y supieron fugarse de la cárcel de la historia también, para hacer otra historia. Una con más límites, sin cielo por asalto, ni asaltos. Hablar. Escuchar. Escuchar a quienes invocaron representar. La democracia lenta, viejo camino de tierra. El eterno “ahí vamos”.

Pipo pescador

Corre el año 2010. Un sábado a la mañana entrevisto a Pipo Lernoud, en un bar de Bulnes y Córdoba, cerca de su casa. Todas las cosas se ven como un sábado a la mañana. Nos sentamos en una mesa en medio del salón. Prendo el grabador y su historia se va soltando en sus capítulos conocidos entre Once, Plaza Francia, los coiffeurs de las comisarías, el escape a la Ibiza hippie, la vuelta, pero hay un detalle cuando entramos a algo que prometíamos entrar: la relación de la contracultura con la militancia política. Pipo me habla de su amistad con Manuel Belloni, militante de la FAP asesinado por la policía en 1971 en Rincón de Milberg. Me cuenta que tiempo antes Manuel lo citó en un bar para despedirse. No me vas a ver más. Paso a la clandestinidad. Eso le dijo a Pipo y tiramos de esa soga, nos metemos en la lucha armada. Nosotros no queríamos tomar el poder, queríamos evitar el poder, que se metan el poder en el culo, dice Pipo y larga la crítica previsible a la militarización. De golpe voy al baño. Cuando me paro, de casualidad, a dos mesas nuestras, contra una ventana, sentado, con pantalón negro de jogging y campera deportiva, vestido como un hombre grande para ir un sábado a comprar cosas al Easy con su mujer, está el “Pelado” Perdía. Nos mira fijo, no como desafiando, porque evidentemente ha escuchado todo, incluyendo el sambenito de una mención crítica a “la conducción de Montoneros”, sino como diciendo: qué puntería, hermanos, ustedes ahí, yo acá, y en el medio… Pipo Lernoud y Roberto Perdía a dos mesas de un bar porteño. Volví del baño, se lo mencioné en voz baja a Pipo. Pipo miró de reojo. Y seguimos hablando, con volumen más bajo. ¿Qué hubiera pasado si esos dos tipos se cruzaban antes? Los comandantes sólo hablaban con subordinados y se quedaron solos. Cuando me volví a dar vuelta ya no estaban Perdía ni su mujer.. Ni cuarenta años de democracia pudieron quebrar la distancia entre esas dos mesas. Florencia Angilletta trae: “Al pus de los setenta, a sus dolores y agujeros, aún le falta darle más lugar a los de los del montón, a las familias sin apellidos, a las historias a la que te criaste. Personas comunes que también vivieron esos años. Las memorias son muchas, la militante es una, pero a veces la más incómoda es la memoria popular de los setenta, donde no hay política y a veces ni siquiera hay rock”.

Luna y Rosa

¿Hay alguna palabra sobre los otros muertos que no sean sólo las de Ceferino Reato? Palabras que no le bajen el precio a la desproporción del terrorismo de Estado pero que pongan la cuchara también en historias como las de Hermindo Luna, un héroe popular en Formosa. Se cava un túnel adentro de otro y de otro.

Rosa vivió esos años en un barrio del Oeste del Gran Buenos Aires. Una noche pasó el infierno: buscaban a la hermana montonera de su esposo. Cortaron clavos rodeados de milicos, con hijos chiquitos. Se fueron. Los siguieron un tiempo. El tiempo pasó. Llegó la democracia, las crisis. Bolsillo mata memoria. Pero Rosa después, en los primeros dos mil, empezó a trabajar en el mantenimiento y la limpieza de un ex centro clandestino. Entró a ese trabajo por necesidad. Cada vez que entraba a algún lugar, a alguna oficina o sala donde había funcionado el campo se persignaba. “Cuando recién empezábamos yo estaba en mantenimiento, después pasé a estar en la entrada. Y más tarde me fui como cuidadora de sala. Un día me visitó un yerno y cuando llegó a la puerta se descompuso, me dijo que vio un montón de cosas. Se desmayó. Ese es un lugar de mucho respeto, y cualquiera tiene respeto por ese lugar.” Su yerno apenas sabía de oído lo que pasó ahí. La historia lo arremolinó en segundos.

“Cuando empezamos fue duro, porque los lugares a la noche no tenían ni luz. A veces pienso que tengo diabetes de tanto aguantarme el pis para no ir una cuadra al baño.” Después hicieron un baño en la guardia. “Yo soy muy humana y me da mucha pena todo. Y una vez cuando subí al primer piso sentí cosas, tenía el llavero en la mano y pensé que había visto a la Virgen del Rosario de San Nicolás. Después bajé y le conté a una amiga, porque el llavero era de ella y guardábamos cosas en ese piso. Entonces, ella me dice que esa no era la Virgen sino un grillo. Yo miré así nomás, pero vi a la Virgen. Tenía y tengo mucha fe, y por eso no tenía tanto miedo. Pero sí sentía cosas. En otro momento nos encontraremos con mis compañeros y nos contaremos todas las cosas que vimos ahí.”

Lo que se oía, las visiones, las premoniciones, todo ese murmullo, eso que vibraba, era uno de los temas de conversación. Rosa tenía un compañero que era bravucón, decía que no creía en nada. La limpieza y el mantenimiento lo hacían personas que cumplían el laburo muchas veces ahí como en cualquier otro. Pero una noche este compañero estaba de guardia y dice que se le pasó una nena en camisón, caminando por delante de él. “Se vino para la guardia, estaba a cuatro cuadras. El muchacho era manda parte pero se fue y no volvió más. No quiso estar más ahí, se pegó un susto terrible.” “Otros compañeros iban, venían y veían cosas, pero Dios me protegió”, dice Rosa. Ella rezaba por todo lo que había pasado ahí (“hubo mucho sufrimiento”).

Una suerte de espiritismo envuelve la historia también. Una religiosidad con restos de voces. Un corredor de gritos y de silencios. La historia no pasa sólo por los libros: hay un juego de la copa popular, que trae sus espíritus, sus relatos contados a media voz, sus visiones. También es donde lo popular mete sus manos en la historia con mayúscula. Como el yerno de Rosa que parece decir: no tengo idea de la Historia pero abrí la puerta y se me vino toda encima. Dice el antropólogo Pablo Semán que hace veinte años él, en San Martín, cerca de unas instalaciones del ejército pasó con un remisero joven, que se refirió con temor a lo que sucedía en la zona. “Yo no entendí bien, después me di cuenta de que estaba hablando de almas en pena, y entonces le pregunté a qué se refería.” El remisero le dijo: “A toda a esa gente con la que hicieron todas esas cosas”. Esa era la manera que tenía para entender lo que fue el terrorismo de Estado y el respeto a las víctimas. “Esa es una de las formas en las que se acercó una buena parte de la sociedad argentina, un poco bajo la idea de no se puede hacer eso con otro cristiano, con otro argentino, con otro hermano. Y eso implica que la sociedad argentina repudió desde un lugar que no es el de la historia oficial, o el de los grupos que se enfrentaron políticamente, pero tampoco desde una neutralidad o teoría de los dos demonios. Más bien, una visión distante de la violencia y en defensa del respeto por el hecho de que esos años estuvieron habitados por un material inflamable, ominoso y demoníaco.” Esa sensación se oye y viaja entre voces, la de Rosa, la del remisero. “También –dice Semán– habla de una altura a la que estuvo una parte de la sociedad argentina que generalmente no es invocada y su voz es nuestra guía al concierto de las memorias”.

A veces nos enteramos que todavía caminamos entre fantasmas. 

MR

El comandante del sueño de Akira Kurosawa (en El túnel) camina después de la guerra. Vuelve a casa, cruza ese túnel. Va a paso firme hasta que aparece, caminando de atrás, un soldado muerto, un soldado que ignora su propia muerte. Tiene la cara azul. Hablan. El muerto mira en una colina la casa encendida de sus padres, se la señala: hay luz en casa, me esperan. Pero el comandante lo convence de que está muerto. Y ocurre algo peor: del túnel aparece un batallón entero. Muertos, formados y marchando. Ahora el comandante quiere convencer a todos de que perdieron, de que están muertos. Con la culpa encima del que dio las órdenes, él les cuenta su propio calvario en un campo, les jura que también hubiera preferido morir, hasta que finalmente decide darles una última orden militar (una que reabsorbe todas): acepten la muerte. El pelotón da media vuelta y regresa, se pierden en el túnel caminando.

La historia invertida: a un comandante no lo persigue un pelotón sino que a un pelotón lo persigue un comandante. Fernando Vaca Narvaja es como el sueño al revés. Camina detrás de un pelotón que vuelve a casa, y ese pelotón, formado entre vivos, muertos, sobrevivientes, quizás algún día lo convencerá de que el proyecto murió. Quizás, incluso, entre la tropa lleven la cabeza del padre del comandante Vaca Narvaja. Vaca Narvaja es una familia diezmada. Una familia cruzada por el dolor argentino. Y la cabeza del padre la cortaron los impiadosos que no pudieron cortársela a él, a ese hombre, que es un hombre del que nadie podrá decir: fue un cobarde. Pero el comandante del sueño que dice perdimos y morimos acá funciona en espejo: el pelotón le diría “perdimos y morimos, comandante”. Porque nunca dijo ¡guarisover!, nunca dijo la conducción: “perdimos, volvamos a casa”. Faltó ese retorno. Quizás el “sesgo de clase”, de elite, de la conducción montonera resida también ahí: en su exitismo. No perdimos. Vamos a pelear que tuvimos razón hasta el último día.