El fin de la potencia infinita

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Conversaba el otro día con algunas amigas, como ya hemos tratado en esta columna, sobre el furor de la menopausia. Está en las series, en las películas, en las novelas. No es solamente una cuestión subjetiva, que una escuche hablar más del tema porque las balas ya pican cerca. Es que los millennials (sobre todo los mayores, que casi se caen de la categoría), la generación que se hizo a sí misma en los blogs, los que encontraron sus voces escribiendo diarios íntimos a cielo abierto, han oficialmente pasado los cuarenta. No es extraño, entonces, que vayan apareciendo también las versiones masculina: relatos de la andropausia, como dicen explícitamente en El resto bien, la nueva serie de Flow que protagoniza Benjamín Vicuña, dirigida por Daniel Burman y Daniel Hendler.

No tengo conocimientos de medicina y todavía ni siquiera fui a una consulta con endocrinólogo, así que desconozco las cuestiones químicas, pero creo que más allá de los procesos biológicos la menopausia y la andropausia aparecen hoy como metonimia o sinécdoque de lo que podríamos llamar la primera vejez. Ahora que la vida dura tanto y ser viejo es “ser viejo en serio” hay que ponerle un nombre a esa etapa en la que tus hijos ya son grandes pero tus padres todavía están vivos (los viejos en serio), una edad en la que nadie te caracterizaría como “joven” (si alguien lo hiciera, tu propio cuerpo te recordaría que es solo un piropo) pero la sensación es que todavía te queda mucho por delante, sobre todo porque es cierto. Un momento en el que falta para retirarse, para darse por hecha, pero al mismo tiempo hay que reconciliarse con el fin de la potencia infinita imaginaria de la juventud, con que hay cosas que una ya no va a hacer si no hizo; que hay tiempo, todavía, pero no tanto como para realmente hacerlo todo de nuevo. Estos términos fríos y hormonales vienen, entonces, a hablar de todo eso. 

Ariel, el protagonista de El resto bien, tiene una vida objetivamente maravillosa: éxito profesional y económico, una segunda esposa divina (interpretada con frescura por Violeta Urtizberea), cinco hijos divinos (un casi adulto aficionado al stand up, una adolescente que lo descansa, un púber freak que toca el piano y bebés mellizos) y un porvenir que, todo indica, seguirá siendo así de próspero gracias a Cocho, un dibujito que creó hace unos años con su mejor amigo. No es, a todas luces, el cincuentón promedio: le va mucho mejor, y ha incursionado también en la rejuvenecedora (pero enloquecedora) práctica de volver a ser padre de grande. Es, además, un perfil de varón en peligro de extinción: en un mundo de apáticos y fóbicos, Ariel es uno de esos entusiastas del compromiso que subliman su apreciación por el sexo opuesto no siendo mujeriegos sino casándose muchas veces, siempre con la misma alegría y esperanza. 

Todos estos privilegios no lo salvan, sin embargo, de la ya mentada andropausia. Están las señales del cuerpo; los dolores, la pérdida de tono muscular. Está el reconocimiento, también, de la relación, en los hombres, del paso del tiempo con una merma en la masculinidad; ya no se puede cargar peso para asistir a las damas, ni correr más rápido que nadie. En ese sentido, entonces, que el personaje sea un tocado por la varita (un tipo de buen pasar, fachero e históricamente exitoso con las mujeres) no resulta ya una desventaja sino una buena decisión: así como las mujeres sabemos que son nuestras amigas más lindas las que más sufrirán el paso del tiempo, son los tipos que supieron vivir en la cúspide de la masculinidad los que peor llevan la caída. 

Pero quizás lo más interesante de la serie es el modo en que este fin de la juventud se vive, también (y quizás especialmente para un hombre, aunque no exclusivamente) como una salida del centro de la escena. Su mujer, sus hijos, sus achacados padres y hasta las múltiples mujeres que trabajan en sus casas le viven recordando a Ariel que no es importante. Él parece genuinamente sorprendido de que a nadie le importe mucho si va a hacerse una vasectomía o si van a darle un premio. Se habla mucho de la euforia de los veintipico, pero no lo suficiente de eso que pasa a los treinta y a los primeros cuarenta; para bien y para mal, estás en el medio de todo. Ya no estás, como los de veintis, en la antesala de la vida, esperando que las cosas pasen. Son años que te acostumbran a cierto protagonismo; tanto las cosas buenas como las cosas malas te pasan a vos. Conseguir un trabajo nuevo, quedarse sin trabajo, tener un hijo, perder un embarazo. En algún momento, parece decir El resto bien, las cosas empiezan a pasar a tu alrededor. La vida te empuja a un costado: tus hijos pueden vivir sin vos, los amigos van tomando sus caminos, tu éxito o tu fracaso ya no sorprende a nadie. La decisión que tiene que tomar Ariel, incluso en las cosas más simples, es qué va a hacer con esa nueva realidad. Está la opción de enojarse, de seguir demandando amor y atención como un chico. Y está la otra (la que, sin spoilear demasiado, toma el personaje): aprovechar que ya nada es tan crucial, y que uno lo sabe, para correrse del centro y estar para lo que realmente importa. 

TT/MG