Hinde Pomeraniec explica la guerra a los más chicos: “Es un libro realista, pero con esperanza”
“Mamá, ¿cómo sigue lo de Irán?”. Los chicos vuelven de la escuela y sorprenden a sus madres con ese tipo de preguntas. Pero, ¿saben realmente qué implica una guerra? El tema vuelve una y otra vez a las conversaciones cotidianas. Gaza, Ucrania, Irán, bombardeos, imágenes de ciudades destruidas o familias huyendo aparecen incluso en hogares donde los adultos intentan filtrar el horror.
En ese contexto, la periodista y escritora Hinde Pomeraniec acaba de publicar ¿Por qué existen las guerras? (Siglo XXI Editores), un libro con ilustraciones de Penélope Chauvié pensado para lectores a partir de los ocho años que intenta abordar uno de los temas más complejos posibles sin subestimar a las infancias ni caer en simplificaciones y para encontrar el tono justo entre la verdad y la esperanza.
Con experiencia en literatura infantil y años de cobertura internacional –incluidos viajes a Ucrania en plena guerra–, Pomeraniec construyó un texto que explica conceptos como invasión, diplomacia, colonialismo o crímenes de guerra, pero también insiste en la importancia de la empatía y el diálogo.
—¿Cómo se te ocurrió escribir este libro?
—Se le ocurrió a Laura Leibiker. Porque yo estoy escribiendo un libro sobre la guerra en Ucrania. Estuve en Ucrania en el 2004, cuando fue la Revolución Naranja y después en el 2024. Ahí me embalé con la posibilidad de escribir un libro sobre eso, teniendo en cuenta además que yo ya había escrito sobre Putin y que en el último libro había un capítulo importante sobre Ucrania. Después viajé otra vez el año pasado. Me llevaron hasta muy cerca del frente, a Járkiv, donde ya se veía una cosa muchísimo más militarizada. Yo estaba escribiendo todo eso cuando Laura me pidió algún título para la colección Entender y participar, de Graciela Montes. Ya habíamos trabajado juntas y en un momento me dijo: ‘¿Y por qué no hacés un libro sobre la guerra para chicos?’. Trabajamos muchísimo con ella, con Graciela y con Paula Bombara por la complejidad del tema. Porque sabemos que no es una colección estrictamente para chicos, sino para chicos acompañados por padres o mediadores.
—¿Y qué tuviste en cuenta a la hora de escribir para chicos sobre temas tan complicados?
—Yo dirigí Editorial Norma durante algunos años y en el último tiempo era solo literatura infantil y juvenil. Entonces el trabajo de los autores con libros para chicos me resulta familiar, además de haber leído muchísimo para mis tres hijos. Así que conozco eso y soy de las que nunca pensaron la literatura infantil como una literatura en diminutivo. Al contrario: siempre me gustaron los autores que tratan a los chicos como personas, de menor edad, pero personas. Lo principal era hablar con la verdad. Ese fue el gran trabajo: decir la verdad sin atemorizar de más.
—¿Qué querés decir con “no atemorizar de más”?
—Sobre todo, no permitir que se pierda la esperanza. Sin mentir. Algo parecido a lo que uno intenta hacer como padre: no mentirle a tu hijo e incluso darle alguna suerte de ilusión de que él mismo puede llegar a colaborar para el cambio Porque hay una verdad durísima y es que los seres humanos se matan desde siempre. Entonces encontrar ese equilibrio fue muy complejo.
—En una parte hablás de las guerras civiles y decís que un amigo puede convertirse en enemigo. Eso es fuerte para los chicos.
—La Guerra Civil Española es algo que está muy presente desde siempre. Y hubo guerras civiles en América Latina. Es algo completamente aterrador. Porque tener un enemigo externo es una cosa. Ahora que el enemigo sea de pronto tu hermano es monstruoso. Pero de algún modo había que dar cuenta de eso.
—Varias veces aparece esta contradicción entre decirles a los chicos que los conflictos se resuelven hablando y ver que los adultos no lo hacen.
—Para mí era muy importante volver a la idea de la diplomacia. Porque da la sensación de que hoy lo diplomático no garpa. Como si hubiera perdido sentido la idea de sentarse a negociar, discutir, debatir y llegar a acuerdos. El insulto permanente es también una forma de bombardeo. Y existe algo parecido a un estrés postraumático producido por ese bombardeo retórico. Hay que cortarlar con eso. Los chicos tienen que saber que hay otra alternativa. Por eso insistí tanto con la diplomacia y con la idea de que los consensos existen. Nosotros crecimos en el consenso de posguerra, donde lo prioritario era llegar a acuerdos. Hoy pareciera que todo obliga a elegir entre un lado y el otro, esa exigencia constante de posicionarte en un extremo. Yo sigo pensando que es importante criar chicos que entiendan que existen los grises, los matices y la posibilidad de dialogar. Y que negociar implica ganar y perder algo. No se puede ganar siempre. Por eso me interesaba reivindicar la figura del diplomático, de la persona que se forma justamente para evitar guerras.
—Incluiste Malvinas, que también es un tema complejo y muy presente para los chicos.
—Fue muy fuerte para mí pensar que hoy ya puede haber chicos con abuelos excombatientes. Yo tenía veinte años durante la guerra y de pronto entendí que había pasado suficiente tiempo como para que esos soldados fueran abuelos. Eso me dio una especie de radiografía de dónde está ese tema hoy y de la importancia que tiene en nuestra historia. Además me parece un ejemplo clarísimo de cómo un gobierno ilegítimo tomó una causa legítima y llevó al país a una guerra que hizo retroceder todo lo que se había avanzado en materia diplomática. Me parece que Malvinas es un tema bastante importante y es muy confusa la posición del gobierno argentino. Va y viene permanentemente con Thatcher como foto en los despachos o como uno de los modelos de gobierno favoritos del presidente Milei. Así que me parecía que era importante que estuviera
—También dedicás bastante espacio a Gandhi.
—Porque necesitaba mostrar que existieron otras formas de resistencia. Hoy cuesta imaginar que pueda existir un Gandhi, sinceramente uno no lo ve. Pero existió. Del mismo modo que existieron juventudes que salían a la calle, por ejemplo, las protestas contra la guerra de Vietnam en Estados Unidos. Y a mí me parecía que algo que era importante de destacar en el libro es que hay gente que monitorea las cosas, que es verdad que hay crímenes de guerra, pero que hay gente que está permanentemente trabajando para denunciarlos. Cuando los rusos se llevan a miles de chicos de Ucrania, los sacan del país, les cambian la lengua, los resetean, le hacen una especie de lavado de cerebro, eso es crimen de guerra. Quería que los chicos entendieran que hay crímenes de guerra, que puede ocurrir el famoso daño colateral. Lo ves con los rusos y con los israelíes. Pasan, largan el misil y al rato vuelven a largar el misil y matan a los socorristas. Eso es crimen de guerra. Eso no ocurría antes. Estamos en un momento de la humanidad que es muy trágico.
—En el libro explicás bastante, de hecho, qué significa un crimen de guerra.
—Porque los chicos escuchan esas expresiones todo el tiempo. Y me parecía importante bajar esos conceptos a algo entendible. Lo mismo con el dinero que se gasta en armas. ¿Qué significa realmente? ¿Qué se podría hacer con esa plata? Ahí es donde uno, cuando escribe para chicos, intenta traducir temas enormes a cosas más cercanas.
—¿Cómo trabajaron las ilustraciones?
—Había algo muy importante para mí: no quería que aparecieran guerras identificables de manera demasiado directa. Si digo que no dejan entrar comida, probablemente cualquiera piense en Gaza. Pero no quería un libro pegado a un conflicto puntual. Uno, porque como nos pasa en el periodismo en general, son cosas que están sucediendo en este momento y pueden envejecer muy pronto. En segundo lugar, por una cuestión ideológica concreta que es la idea de que este libro lo puedan leer todos los chicos y que no haya ningún adulto que diga este libro tiende para acá o para allá. Por eso lo cuidamos también en las ilustraciones.
—No aparecen banderas reconocibles.
—Exactamente. Queríamos algo más universal. Y trabajamos mucho para que, aun mostrando destrucción, también hubiera adultos acompañando. Me propuse hacer un libro realista, pero con esperanza. En las imágenes trabajamos mucho para que hubiera madre, abrazo, la sensación de “siempre vas a tener un adulto al lado que te protege”. Porque pensar que estás en tu casa y de pronto puede caer una bomba es terrible. Los chicos en Ucrania viven así. En Gaza también. En Israel, en el Líbano. Eso era imposible de esquivar. Estoy mirando en este momento la tapa y veo la destrucción y la desesperación, pero veo también a una mujer grande que puede ser una abuela o una madre llevando a los chicos de la mano. Y eso queríamos.
—También aparece mucho la idea de invasión y colonialismo.
—La idea de la invasión va de la mano del tema de la guerra. En los dos conflictos que más están captando la atención ahora, Medio Oriente y Ucrania, tenés la cuestión imperial y la cuestión colonial. En lo que tiene que ver con el conflicto entre Israel y palestinos, claramente hay ocupante. Y entonces es importante también entender qué significa, porque existe el concepto de guerra justa. Que se vayan corriendo los límites es otra cosa, pero existe. No es lo mismo si vos sos el que invade, que si sos el invadido.
—¿Qué cosas quedaron afuera del libro?
—En algún momento apareció la posibilidad de hablar del terrorismo y tuve la certeza de que era un tema aparte, que no tiene que ver estrictamente con esto. Aunque haya guerras en las que el terrorismo participa o guerras que comienzan por atentados terroristas. Pero ya la sola definición de lo que es el terrorismo es bien complicado. Fue mejor, me parece a mí, la elección que hicimos de dejarlo afuera.
—Al final del libro comentás que seguramente a los chicos les van a interesar más las películas o libros sobre guerras. ¿Qué recomendarías?
— Depende la edad. Pero hay algo que es clásico y es todo lo que tenga que ver con Ana Frank. Es angustiante y conmovedor, pero por otro lado sigue siendo una heroína fabulosa. Jojo Rabbit es una película que si la ven chicos no tan chiquitos con los padres me parece interesante, con esa cosa medio ensoñada que tiene. Después hay chicos a los que les gustan de verdad las películas de guerra tipo Rescatando al soldado Ryan. Chicos de 11 o 12 años se pueden enganchar mucho con todo eso. Y además ahora tenés La guerra de Troya, por Nicolás Schuff y Mariana Ruiz Johnson. Esa historia es un clásico. Y hay algo con la Segunda Guerra que les atrae particularmente, por el malo recontra malo de Hitler, un demonio. Pero ahí siempre lo más duro y cruel es decirles, sí, pero no fue un demonio, fue un ser humano.
CRM
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