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Tras el tiroteo en San Cristóbal

Adolescentes al límite: bullying, redes y un crimen que interpela a los adultos

El aislamiento de un adolescente es una señal de alerta, dice la psicóloga Clelia Conde

Claudia Regina Martínez

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El crimen de un adolescente contra otro en la localidad santafesina de San Cristóbal volvió a poner en primer plano una pregunta incómoda: qué está pasando con los vínculos entre chicos y qué lugar ocupa aquello que suele nombrarse, muchas veces de manera simplificada, como bullying. El episodio, en el que un joven atacó a un compañero y, según trascendió, pronunció la palabra “sorpresa” antes de disparar, generó conmoción no solo por la violencia del acto, sino por la aparente falta de señales previas claras. En ese contexto, la psicoanalista Clelia Conde (EFA) propone correr el foco de la etiqueta y pensar el problema en un marco más amplio: el del lazo social contemporáneo y sus transformaciones.

Para Conde, el primer punto es problematizar el propio término. “Bullying es una palabra que viene de afuera y a veces se usa para patologizar, en lugar de tomarlo como un hecho generalizado”, señala. En su mirada, más que un fenómeno aislado, lo que aparece es una transformación en la forma en que se expresa la violencia entre pares. “Los chicos tienen una base pulsional agresiva. Eso es constitutivo. Pero esa agresividad se va tramitando en relación con otros: con la autoridad, pero también con el par, que en distintos momentos es apoyo, modelo e incluso objeto de amor”, explica.

En esa línea, la psicoanalista Gimena Sozzi (EOL/AMP) introduce un matiz sobre el propio concepto. “Bullying es un término que se popularizó en inglés. ‘Bully’ se traduce como intimidar, matonear. ‘Bull’, como toro: aquel que, por las condiciones de su crianza y el tipo de ataque recibido, responde a la defensiva embistiendo sin miramientos”, señala. Y agrega que la convivencia con otros está atravesada por una tensión estructural: “La constitución subjetiva, así como la vida en comunidad, supone encontrarse con otros… muchos, diferentes. Esa diferencia es insoportable en tanto que el otro encarna lo radicalmente rechazado de uno”.

Las redes sociales amplifican el fenómeno.

Esa distinción entre agresividad propia del desarrollo y formas más dañinas también aparece en la experiencia cotidiana de las aulas. “Me parece que siempre existió el bullying, que tiene que ver con la autoestima, con reconocer la propia imagen y reconocer al otro diferente de uno y qué pasa con las emociones que eso produce”, señala María Laura, docente de escuela secundaria. Sin embargo, advierte que el fenómeno se amplifica con las nuevas tecnologías: “El tema está aumentando debido a los celulares y a las posibilidades de hacer tan fácil divulgar información o fotos. Eso hace que sea más fácil burlarse de otro y no hacerse cargo”.

El debilitamiento de los marcos de contención tradicionales

Para Conde, el fenómeno no puede pensarse sin atender al contexto social más amplio. “En el contexto actual, el lazo social está teñido de una cierta violencia. Entonces lo que aparece ya no es solo agresividad, sino algo más violento, más crudo”, afirma. Y vincula ese escenario con un debilitamiento de los marcos tradicionales: “Los dispositivos de control social -la escuela, la comunidad, los lugares donde se aprende a convivir- están profundamente desvalorizados. Son espacios de autoridad que hoy aparecen desdibujados, maltratados tanto en lo económico como en los discursos”.

Sozzi también ubica ese clima en una dimensión de época. “Se trata de una época signada por la habilitación social al odio y la segregación generalizada. Habilitación firmada y hasta promovida por el amo de turno”, advierte. Y plantea una pregunta de largo alcance: “Históricamente, al diferente, el amo le confiere un tratamiento específico: a los locos se los encierra, a las brujas se las incinera… Entonces, nos incumbe hoy: ¿cuál es el tratamiento de la diferencia que el otro encarna, en nuestra época?”.

A esa pérdida de referencias se suma otro fenómeno que, según Conde, impacta de lleno en la constitución subjetiva: el avance de la tecnociencia y las redes. “La imagen de sí ya no se construye en relación con otro humano, sino con un otro inhumano. Los tiempos, los ritmos, las formas que proponen las redes no son humanos”, advierte. En ese marco, “se promueve un individuo que no necesita del otro para sostenerse”, algo que puede derivar en aislamiento.

Ese diagnóstico encuentra eco en lo que observan los docentes. “Es mucho más problemático en este momento el tema de las redes sociales que problemas en el aula en sí”, cuenta Raquel, profesora de secundaria. “Todos los años se abren unas cuentas que son anónimas, que se llaman Confesiones y el número de la escuela. Y donde se suben cosas anónimamente, siempre de índole ‘Sos una puta de mierda’, ‘Te cogiste no sé quién con fotos, videos, etc. Como es anónimo, es muy difícil rastrear y saber de dónde viene. Hace años que viene pasando desde que está Instagram como red social preponderante en los adolescentes. En mi escuela más o menos se logra controlar, haciendo muchas intervenciones en cada curso, hablando cuando nos enteramos. Justo estuvimos hablando sobre la responsabilidad en multiplicar eso, en viralizar esas cosas. Porque si vos estás repostando y reenviando imágenes, videos de otras personas, también sos cómplice y tan responsable como el que lo subió por primera vez”.

El anonimato y la circulación masiva de contenidos también modifican los roles dentro de estas situaciones. María Laura retoma una herramienta que utiliza en clase: “Hay cuatro posiciones respecto de una situación de agresión o de violencia o este tipo de situaciones. Una es la víctima, la otra es el victimario, la tercera es el observador pasivo que es cómplice y este es el que gracias a la tecnología ha aumentado muchísimo y la cuarta es la que tiene que ver con la empatía y que es la que tenemos que tratar de fortalecer y aumentar, es la del ayudante, el protector”. Y agrega: “Yo trato de trabajar con los chicos de distintas edades este tema. Hay muchas formas de ser ayudante, protector. Y eso es lo que habría que fortalecer”.

Lo importante es hablar mucho del tema con los adolescentes

El aislamiento, una señal de alerta

Para Conde, ese entramado de vínculos debilitados y mediatizados tiene efectos profundos. El aislamiento, precisamente, es una de las claves para leer el caso de San Cristóbal. “Lo que a mí me partió el alma fue, por supuesto, la muerte del chico. Pero también que el que mata haya dicho ‘¡sorpresa!’”, subraya. Y arriesga una interpretación: “Es como si dijera ‘yo existía’. Es el grito de alguien que no encontraba manera de ser visible para el otro”. Desde el punto de vista clínico, lo define como “un pasaje al acto”: “Cuando el sujeto no encuentra cómo aparecer, irrumpe de la peor manera. Se convierte en ese resto que es el criminal. Es un último intento de sublevarse ante la nada”.

En ese punto, Sozzi introduce otra clave de lectura sobre las señales de alerta. “Los signos de que un sujeto sufre son variados, ya que inevitablemente variadas son las respuestas frente al malestar. No hay check-list que resista”, advierte. “Desde disminución en el rendimiento escolar hasta dificultad para conciliar el sueño. Desde aislamiento social hasta irrupciones de violencia”.

La irrupción de este tipo de hechos, con uso de armas, abre además otro interrogante: cuánto hay de imitación de fenómenos más frecuentes en otros países. Conde no descarta esa influencia, pero insiste en que el problema es más profundo. “Estamos asistiendo a un lazo social perverso, sin límites claros respecto de lo que se le puede hacer a un cuerpo”, sostiene. Y lo vincula con una lógica más amplia: “El capitalismo global ha puesto a los niños en un lugar de objeto. Son mercancía: en el consumo, en las redes, en la exposición permanente”.

En ese sentido, advierte sobre una transformación histórica del lugar de la infancia. “El niño pasó de ser un pequeño adulto a objeto de pedagogía y hoy, directamente, a mercancía. Y es la mercancía más vulnerable”, dice. La consecuencia es una pérdida de condiciones básicas para el desarrollo subjetivo: “Un chico hoy no tiene privacidad. Está todo el tiempo visto, filmado, expuesto. No es lo mismo crecer como sujeto de un juego que como objeto de una demanda”.

Frente a ese escenario, la especialista reconoce que no hay respuestas simples, pero rechaza el fatalismo. “Siempre es posible la resistencia”, plantea. Sin embargo, advierte sobre factores que agravan la situación: la disponibilidad de armas, la dificultad para distinguir ficción de realidad en ciertas edades y la falta de experiencias concretas. “A muchos chicos les cuesta hacer cosas reales: ir a comprar, ayudar en la casa, entender que hay tiempos y límites. Todo aparece como continuo, sin cortes”, describe.

En esa línea, cuestiona una idea muy instalada en la crianza contemporánea. “Hoy pareciera que lo único que se espera de los chicos es que sean felices. Y la felicidad es el peor engaño. Lo importante es que alguien exista como sujeto”, afirma. Para eso, insiste, es necesario que haya expectativas: “Que se espere algo de ese niño, que haga cosas, que responda, que se equivoque. Eso lo constituye”.

Consultada sobre qué pueden hacer padres y docentes ante señales de alerta, Conde vuelve sobre el problema del aislamiento. “Más que conductas raras, hay que detectar la invisibilidad. Esos chicos ‘muy buenitos’ que se someten, que no molestan, que no aparecen. Eso es un problema”, advierte. Y agrega: “Se somete, se somete, se somete… y un día se cobra la humillación recibida”.

Los que repostean lo que aparece en cuentas anónimas son cómplices

En ese punto, Sozzi plantea la responsabilidad de los adultos. “La familia, la escuela, así como el campo de la salud, están llamados a leer las modalidades singulares de respuesta y a actuar en consecuencia”, señala. Y enumera posibles intervenciones: “Sea abrir a la conversación entre familias y/o adolescentes en contextos de cuidado y límite, sea consultar con el campo psi, sea promover espacios de debate y formación de docentes”.

En las aulas, esa preocupación también se traduce en la necesidad de intervenir a tiempo. “Creo que a veces los adultos estamos muy ocupados con otras cosas y se nos pasan por alto detalles y pistas de lo que les está pasando a los chicos. Y es una pena porque nos perdemos ahí una gran oportunidad de ayudar”, señala María Laura.

Al mismo tiempo, Conde diferencia entre conflictos propios de la edad y situaciones más graves. “Que haya agresividad, que se digan cosas, que haya comparaciones, es parte del proceso. El problema es cuando eso deriva en estados depresivos o melancólicos, en chicos que se comparan todo el tiempo con ideales imposibles”, explica.

En cuanto a los adultos, reconoce las dificultades del contexto -pluriempleo, crianza en soledad, falta de tiempo- pero insiste en la necesidad de sostener ciertos lugares. “Los padres están en una situación de estupor frente a lo que generan las tecnologías. Pero las reglas son las reglas: hay que comer sin el aparato, hay que poner límites, hay que hablar”, señala. Y subraya la importancia de la escuela: “Es el primer lugar donde se sale de la familia. El docente tiene que poder ejercer autoridad, aunque se equivoque. Ese lugar hay que cuidarlo”.

Finalmente, Conde vuelve a una idea central: la palabra como herramienta. “Hay que soportar incluso el odio del hijo para poder educarlo. Porque si no, ese odio queda en el cuerpo del niño”, afirma. Y concluye con una advertencia que excede el caso puntual: “Los chicos están en peligro, pero no solo de que otro chico los mate. Están en peligro de que todos nosotros los matemos de una u otra manera”.

Como cierre, Sozzi retoma el problema desde otra perspectiva: “Lo que me interesa destacar es que el bullying en los adolescentes -ya sea desde quien lo ‘padece’ como desde quien lo ‘actúa’- puede ser leído como un llamado a los adultos que conforman su red”. Y concluye con una advertencia: “Si hay humo es porque puede haber fuego… es esencialmente signo de que hay un sujeto”.

CRM

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