ENSAYO GENERAL

Quedarse en casa

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El origen verdadero de la metáfora de la fricción (tal como la usan hoy los críticos culturales que hablan de “una vida sin fricción” como el ideal contemporáneo) es, por supuesto, la física: la fricción es esa fuerza que impide que las cosas se deslicen con suavidad, ese roce que va desgastando los objetos. De ahí, la metáfora pasa primero a la economía, y luego a la tecnología: la fricción como esos costos (de tiempo, de dinero) que entorpecen los intercambios, o como esos clics de más que hay que hacer en una aplicación y traban tu experiencia de usuario. En su aplicación a la vida cotidiana, creo que la mejor imagen al respecto la leí en El primer hombre malo, de Miranda July, mucho antes de todos los ensayos sobre cómo esa aspiración a una existencia sin desgastes está destruyendo el mundo. Parafraseo de memoria a propósito, para ponerla como me la acuerdo, pero era algo así como pasar días y semanas usando y lavando siempre el mismo plato, y la sensación de control y tranquilidad que daba eso, armarse un cosmos diminuto, infinitamente abarcable en su pequeñez.

Este fin de semana me vine a Uruguay de viaje por primera vez con mi pareja y nuestra bebé de cuatro meses. Hablé mucho del tema, en todas sus aristas: de la diferencia entre viajar con y sin bebé, de cuándo cada una de mis amigas se había “animado” a tomarse vacaciones con hijo y en qué términos, de qué había que esperar de un viaje así. Descansar: sí, más o menos, en algún punto. En este viaje de cinco días (que no habrá terminado cuando salga esta columna) vengo dedicando no más de una hora por día a resolver asuntos de trabajo, exceptuando las horas que me tomó esta columna. Eso es poco, para mí; en ese sentido, tener una hija te ayuda a desconectar, básicamente porque te obliga. El tiempo tiene otro valor: las horas que paso yo en la computadora se las robo al sueño o a mi pareja en un sentido muy literal. Tiene que estar muy justificado resolver el problema ahora y no a la vuelta, y eso te enseña algo sobre la urgencia relativa de las cosas. En otro sentido, no, no se descansa casi nada: mi hija duerme bien de noche pero sus siestas son muy erráticas, y salvo que mágicamente coincidan con el momento en que uno, que no viaja en cochecito, también podría acostarse a dormir, el día es más bien tener siempre las manos un poco ocupadas, estar un poco atenta. 

Pero más allá de ese balance, pensé muchísimo en las ventajas que hubiera tenido quedarse en casa; no haber venido, no haber hecho ningún viaje. De hecho, cada día que fuimos a la playa, o a caminar, o comer, o a tomar vino, pensé en las innumerables ventajas que hubiera tenido eso también: no haber hecho nada de eso, no hacer nada. Quedarnos quietos. La verdad es que bebé es muy chiquita, registra muy poco: para “cambiar de aire” le alcanzaría recorrer apenas el jardín de la casa, o dar una vuelta a la manzana. Llevarla a lugares, sobre todo a lugares que nos interesan más a los adultos que a ella (y, a los cuatro meses, esos lugares son todos) es básicamente una molestia para todos los involucrados con algunos chispazos de felicidad maravillosos en los que parece, por el segundo más breve, que todo se acomoda en su lugar, o al menos en algún lugar.

Recuerdo que en la serie Fleischman is in Trouble (basada en la novela homónima de Taffy Brodesser-Akner) el personaje de Claire Danes tenía una narrativa interna dirigida a las amas de casa que la miraban en menos a ella por tratar de criar y tener una carrera: las mamis exclusivas le dedicaban a ella una clase muy específica de desprecio, en la cual la miraban en menos por hacer las cosas peor, al tiempo que daban a entender que ella había elegido “el camino fácil”. La voz que narraba la serie, que era de otro personaje, decía que Rachel (el personaje de Claire Danes) sabía que había que decir que ser mamá tiempo completo era lo más difícil del mundo, aunque ella supiera que lo más difícil del mundo era ser mamá y además tener un trabajo. Yo honestamente no creo ninguna de las dos cosas: lo único objetivamente más difícil en esta vida, seas madre o no, es tener menos plata y menos salud; a igual nivel de ingreso y ninguna discapacidad, todo es cuestión de gusto y circunstancias. 

Pero pienso que la frase esa del personaje de Claire Danes, así como la imagen de la novela de Miranda July y la chica que usa y lava todos los días el mismo plato, hablan de una neurosis de época: quedarse en tu carril. No organizar nada para ir a ninguna parte, no adaptarse a nada ni a nadie; si tuviste hijos, limitarte, como mucho, a construir tus rutinas en torno de ellos, y nadie más, ya está, no estar para nadie; ni siquiera para vos misma, ni siquiera para tu propio deseo cuando se vuelve demasiado incómodo, demasiado inconveniente. Lo mismo si no tuviste hijos: no hacer ningún esfuerzo por mantener en tu vida a la gente que los tuvo, no acomodar nada, no meterse en líos que no son imprescindibles, porque no te da “el ancho de banda”. Uso estos ejemplos, pero va mucho más allá de esa discusión; no juntarse con nadie distinto, o directamente no juntarse con nadie, manejar los vínculos como se pueda desde tu propia casa, es hoy la enfermedad de gente jovencísima que ni se está preguntando todavía por su futuro reproductivo. 

En términos políticos, en términos comunitarios, esta especie de conservadurismo energético es la realidad a la que están tratando de adaptarse todos los que quieren conseguir posiciones de liderazgo: nadie quiere ocupar lugares incómodos, en ningún sentido. Ya casi nadie quiere ser el más laico del grupo de religiosos, o el religioso que trata de estirar un poco los límites de la religión; el religioso tampoco quiere organizarse para acomodar a su amigo el laico. Nadie quiere ya construir comunidades mixtas, política o socialmente; antes quizás tampoco lo queríamos pero no había remedio. Hoy, en cambio, es cada vez más fácil elegir la homogeneidad, juntarse solo con gente que ha elegido los mismos caminos para no tener que resolver nada. El problema, por supuesto, es que esa vida sin fricción es una pendiente que, justamente por la falta de roce, resbala muchísimo: es sorprendentemente fácil pasar de ir solo a las casas de la gente que te cae fantástico a no ir a la casa de nadie, no ir a ninguna parte, de hecho, porque desorganizar las rutinas es demasiado agotador. Es sorprendentemente fácil pasar de invitar a tu casa solo a tus íntimos a no invitar a nadie, a “resguardarnos”, con algún argumento mal hecho sobre salud mental, para después preguntarse por esas madres que e iban al cine o al teatro, esas familias caóticas, esos grupos de amigos llenos de tíos borrachos y chicos durmiendo entre dos sillas, esos lazos basados todos en cosas que te da demasiada fiaca hacer.