Siempre valoré a las personas capaces de contar un chiste. En los albores de mi pre-pubertad, iba al grupo los sábados de mi colegio. Jugábamos al fútbol y teníamos charlas sobre temas relevantes para nuestro crecimiento. Allí había un coordinador (un muchacho que me parecía de otra generación, pero esa era la impresión que nos producían en ese tiempo los chicos de la secundaria) que nos contaba chistes. Su arte estaba en tomar cuentos que quizá eran conocidos, pero podía desarrollarlos durante varios minutos y hasta crear una sensación de novedad.
Hay una gran diferencia entre quien cuenta un chiste y quien hace reír. Hoy esto es lo más frecuente. Quizás sea una costumbre que comenzó con los bloopers en los ’90. Tengo el recuerdo de haber escuchado mucho antes a Luis Landriscina en el auto de mi abuelo, en un viaje de varias horas. Hay un abismo entre el arte de ese viejo cuentista y el efectismo del stand up contemporáneo. Este último me gusta en algunos casos puntuales, pero en muchos otros me resulta un poco invasivo y fácil.
¿Qué es lo que me atraía de ese muchacho capaz de hacer que una veintena de niños se quedasen quietos y expectantes? Si lo tuviera que decir con palabras actuales, diría que tenía el don de compartir el goce. Lo digo de otro modo: tenemos la idea de que el goce es algo a lo que es preciso renunciar; sin embargo, lo que trasciende el goce es compartirlo, sacarlo del cuerpo propio y encontrarlo en otro.
La pregunta básica del pensamiento freudiano es cómo un animal autoerótico como el ser humano es capaz de pasar de una fuente de excitación personal a un vínculo; es decir, de un auto a un hetero-erotismo. De lo contrario, la sexualidad no sería más que un simple ejercicio de estimulación recíproca. A decir verdad, este es el ideal de buena parte de la sexología actual; se trata de aprender a franelearnos. El psicoanálisis va por otro lado.
Compartir es algo que se les enseña a los niños desde muy pequeños, sobre todo en los jardines de infantes. “Hay que compartir”, dice mi hijo menor de tres años. Que lo enuncie de un modo superyoico, como una obligación, muestra cuánto le cuesta aún: afirma la máxima universal cuando el (objeto de) goce es de otro, pero cuando es a él a quien le toca ceder dice “No quiero compartir”.
La experiencia de la renuncia es diferente a la de la pérdida. En psicoanálisis hablamos mucho de la “castración”, operación simbólica que denota el pasaje por una instancia de más o menos negatividad; por ejemplo, el final de una relación amorosa supone alguna manera de castración, en la medida en que la separación conducirá a un duelo. A través de este, lo que se pierde se recupera.
La castración no es una mera inscripción negativa; es la simbolización de la pérdida y, por lo tanto, el surgimiento de un nuevo modo de desear. En el caso del duelo, la aparición de la nostalgia benigna, que permite reencontrarse en los recuerdos que les dan una matriz y un sostén a nuevos deseos –una nostalgia que no añora volver al pasado, tendencia que más bien se vincula con la pulsión de muerte.
Ahora bien, la renuncia es una operación distinta. Al renunciar no se pierde un goce, sino que se lo trasciende. A través de la renuncia se le pone un freno a la descarga inmediata, para que haya un encuentro con el otro. Por eso Sigmund Freud planteaba que es con la renuncia a la pulsión que se funda una civilización. Esa renuncia no es la represión, sino una inhibición de la acción individual y directa, para crear el espacio de lo común.
La diferencia entre el chiste y el humor está en que este último es una acción que se da entre dos o más, de manera común, mientras que el chiste es la simple satisfacción personal, aunque sea entre varias personas conjuntamente. El humor funda una comunidad, mientras que el chiste reclama el goce del idiota. Por eso en el chiste suele generarse el malentendido que a veces lleva a decir “No fue gracioso”.
Es un aspecto corriente en la neurosis obsesiva que haga chistes que, para los demás, sean formas de agresión encubiertas. En el chiste, el obsesivo justamente no renuncia a su agresión, solamente la disimula y –podríamos decir– “se caga en el otro”, refugiándose en el semblante de un lazo social.
La renuncia tiene mala prensa, quizá por el énfasis que en una sociedad individualista tiene la aspiración de que las cosas empiecen y terminen en uno. Por eso la presenté a través de uno de sus modos comunitarios, el humor. “Cambio todo por el don que hace a las mujeres reír”, dice una canción de Babasónicos que ilustra bien lo que se gana en la renuncia.
El don que hace reír no es el mismo que produce efectos de seducción. Como suele pasar con Adrián Dárgelos, sus letras son mucho más profundas de lo que suponemos. La canción no pide el poder mágico que lo vuelve irresistible ante las mujeres, sino un modo de vínculo que es refractario al mero intercambio –el don– y que se basa en la intimidad del humor con lo que este tiene de amoroso.
Esta canción de Babasónicos le responde al verso de Los Redondos que planteaba “Las minitas aman los payasos”. Entre una letra y otra, hay dos formas de entender el lazo erótico y su fundamento en la constitución de un espacio común de renuncia. En el “Cambio todo” del verso de Dárgelos está la referencia a la ofrenda que trasciende al individuo.
¿Qué significa compartir? Aprender a renunciar, sin que esta operación sea la una pura pérdida. Todo lo contrario. En la renuncia, lo que hay se multiplica y alcanza para todos, tal como enseña el milagro bíblico de los peces y los panes. Al compartir, lo poco es un montón y hasta deja un resto.
LL/MF