Opinión

Reunión de padres: gobierno, campo y policía

Martin Rodríguez rojo Perdón que interrumpa

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“El gobierno está reunido con la mesa de enlace”. Así dice el zócalo leído de refilón en el televisor de un bar. Déjà vu, sí, el subtítulo de esa película que ya vimos y nos sabemos de memoria. Aunque esta vez acompañado de la indiferencia general también se siente algo más: parece tratarse de la reunión de padres de la Argentina. Nombremos la partitura subterránea: democracia y retenciones, soja y Estado. Por debajo de esa “cumbre” se ubican todas las demás. Porque esa cumbre tensa y áspera entre viejos conocidos es la que habilita el compás de lo que sigue. Traigamos a Hannah Arendt cuando piensa el desarrollo tecnológico de la violencia como “la partida de ajedrez apocalíptica”: el triunfo de uno es el fin de los dos. No hay campo sin Estado. Y no hay Estado sin exportaciones. 

El resultado de la reunión dice que hubo cierta pipa de la paz (no subirán retenciones, no habrá cupos), pero esa fumata blanca se parece más a una pax armada: no asegura la ausencia de futuras tensiones, porque el orden que tenemos es un equilibrio que depende de ellas. ¿Quién, sino el campo, tiene poder en la Argentina? No es el único, por supuesto. Y no depende de la performance de sus protagonistas. Eduardo Buzzi, por ejemplo, el dirigente de la Mesa de Enlace de una década atrás, hoy es un hombre cercano al presidente. Resultaría casi imposible decir de memoria los nombres de quienes componen hoy la actual mesa de enlace. ¿Qué es la mesa de enlace sin nombres propios? ¿Una institución? ¿Y qué es una institución? ¿Algo que nombramos aunque no sepamos cómo se llaman los que la conducen? 

Todos soñamos una Argentina industrial, todos sabemos que las cuentas últimas del Estado se sostienen en la pampa húmeda. 2002 es, también, el año que hizo visible esta relación entre campo y Estado. Esta suerte de bipartidismo de la economía política. Ese modelo de empate fue la solución duhaldista a los problemas argentinos: retenciones para pagar el Plan Jefes y Jefas (nuestra “asignación” avant la lettre). Si a Alfonsín le dicen el padre de la democracia, Duhalde es el padre de esta segunda transición. Ya lo dijo el viejo Freud: a los padres hay que matarlos, pero para matarlos hay que reconocerlos como tales. Nada bueno sale de quien le da la espalda a la filiación. Incluso para dejar a Duhalde en donde pertenece hace tiempo: el pasado. 

Rafael Delpech, el secretario de agricultura de aquel gobierno, fue el único funcionario nacional presente en la inauguración de la Rural de agosto de 2002, y con gallardía soportó abucheos en su discurso y la subida de tono en el discurso de Enrique Crotto, quien sentía que la reciente aplicación de retenciones se explicaba como otro capítulo de un saqueo, otro manotazo “de la clase política” para su propia subsistencia. Los empresarios y productores querían acoplarse al runrún de una sociedad que le puso fin al “modelo” no sólo por la fuerza de quienes quedaban afuera (los desocupados, los piqueteros), sino, por la fuerza de quienes estaban adentro (los ahorristas). Si los noventa subrayaban un orden social tan sólido como injusto entre incluidos y excluidos, en 2001 se voló el tinglado: ya no hay afuera. Todo es afuera. Así lo patentó visionariamente Fogwill: Vivir afuera. Piquete y cacerola. El “modelo” era una iglesia derrumbada por sus creyentes. 

Ubiquemos esa foto entonces de agosto de 2002: el representante del Estado y el líder agrario, de fondo… la sociedad. Vista en perspectiva (y estirando argumentos hasta un segundo antes de que se rompan), podemos decir que de esa tarde olvidada en la Rural se desprenden los hilos que iban a reconstruir la misma política: un peronismo bonaerense sosteniendo el mínimo de gobernabilidad nacional y esos productores “ofendidos” que se sentían parte de la sociedad estafada. Ese agosto se conecta con el 2008 y el conflicto del campo. Kirchnerismo primero, macrismo después. El conflicto llegó, hundió sus raíces y dejó instalada esta sensación térmica de Medio Oriente: siempre estamos pisando el nervio del volcán. Nunca sabemos cuándo puede estallar. El peronismo gobierna con el sismógrafo permanente que mide los temblores de las capas medias y, más precisamente, el humor del campo. El 2008 completó el 2001. 

Federalismo sin fetiches. El modelo de gobierno desde 2002 parece hacerse con centro en una primera paritaria que hace posible todas las demás: la negociación de retenciones. Cómo hacer convivir Ingeniero Budge y un feedlot. La visión demasiado AMBAcéntrica, como dice el politólogo Federico Zapata, que se tensiona con los interiores del país. 

Líneas de fuego

Una semana, entonces, marcada por dos líneas de fuego: la negociación con quienes exportan y liquidan dólares y con quienes portan armas en la provincia. Veámoslo así. Hace pocos días en el acto que iba a mostrar más salario, mejor formación y modernización de equipos para la policía se vio a Berni intentar una demostración de fuerza: incitó a un saludo de la tropa policial al gobernador. El riesgo no es esta pantomima que sacude cierta “sensibilidad”, sino el filón paradójico de que esa pantomima exhiba, a fin de cuentas, la falta de poder en su secuencia rutinaria: Berni grita el poder que a esta altura muchos dudan que tenga sobre su fuerza, frente a un gobernador que a esta altura muchos dudan que tenga todo el poder sobre su ministro. Lo que no se tiene, parece, se sobreactúa. El karma del Frente de Todos (¿dónde está el poder?) del cual la rebelión policial fue –también– un síntoma en su mismo matete geográfico: ocurría en La Plata, en Olivos, en La Matanza. Como si se preguntaran, ¿pero a quién le reclamamos?

El “estilo castrense” es anecdótico, visto incluso como subsidiario, si ese poder se consumara donde se tiene que consumar. Dicho en criollo: lo que sea, que sea. Con 38 años de democracia en la espalda en los que tuvimos sublevaciones militares, atentados terroristas, hiperinflaciones, saqueos, una semana con cinco presidentes, y arrastramos el dato permanente de ese más/menos un tercio de pobres, con una inflación que no afloja, con inseguridad, con restricción externa, con Pandemia, en fin, con ese combo de atrás para adelante, difícil asustarse sólo por un “estilo”. Y a la vez: ¿nadie leyó el diario? El gesto ocurrió el día después del brutal crimen de la joven Úrsula. ¿Quién la asesinó? Un policía, al que ella había denunciado.

En diálogo con un comisario mayor del interior de la provincia, el hombre mensura con su sociología rápida el espíritu de muchos jóvenes que integran la fuerza: “Hoy en un curso de un año ya tenés salida laboral, estabilidad, un sueldo, obra social, y muchos beneficios que te da la policía. Por eso la gran mayoría no tiene vocación de servicio, sino la búsqueda de una salida laboral segura, concreta y rápida. Estos muchachos llegan con falta de formación.” Sabe y no se niega a tener una mirada en la que todo tiempo pasado fue mejor, y uno podría decir, ¿cuál era la edad dorada policial? ¿La “maldita policía” de los noventa? ¿La policía de Camps? El comisario da en la tecla sobre algo: ¿a cuánta velocidad un joven se convierte en policía? Ya no hablamos sólo de la cadena de fallas estatales, leyes del menor esfuerzo y complicidades corporativas que hacen posible la existencia de escenarios de impunidad para un crimen; y que no empiezan y terminan en la policía. 

Por lo pronto desde septiembre el gobierno de la provincia agarró el conflicto donde empezó: el reclamo salarial. Desde la revuelta policial hasta estos días, en promedio, a los policías se les incrementaron por lo menos 11 mil pesos. En ese recibo de sueldo se les aumentaron las llamadas horas Core de 50 a 120 pesos (aunque se bajó el tope de esas horas de 120 a 80 horas mensuales); también les subieron de 2500 a 5000 el valor mensual del pago por ropa de trabajo (el uniforme) y alrededor de 5 mil pesos del sueldo básico. Un aumento considerable por encima de muchas paritarias, aunque compensa lo retrasado que venían esos sueldos… Con el tema salarial más controlado, muchas cosas que pasan en la fuerza se explicarán también al calor de una interna de la cúpula policial. El clásico: “entre el 1 y el 2”. ¿Quién es el 1? Daniel “Fino” García, quien era el segundo durante la gestión de María Eugenia Vidal. Y hoy es muy cercano a Berni. El 2: Jorge Figini. 

Paritarias: con los que tienen los dólares que el Estado necesita, con los que llevan las armas que el Estado monopoliza. Los que no negocian: los mosquitos. Los llamados Aedes Albifasciatus, el mosquito común que vive una semana y será polvo, sombra, nada. Mientras tanto: la insoportable levedad de su zumbido.

MR

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