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OÍD EL RUIDO
Opinión

El ritmo distópico de la Inteligencia Artificial

Gonzalo Julián Conde, Bizarrap

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Brahma es para los hindús la fuerza creadora que dio origen al universo. A fines del siglo XIX fermentó en Brasil como cerveza. El nombre de lo absoluto en una antiquísima cosmología devino llamado a la ingestión y fiesta permanente. Para ser en cierto sentido fiel a los principios de semejante nominación, resulta que Brahma, la cerveza, acaba de invitar a beber y bramar música al ritmo de la doxa tecnológica de estos días. “Creá tu propia sesión con inteligencia artificial y ganá entradas para el BZRP Live Tour”. Sencillo: la marca de bebidas propone “escribir en unas pocas líneas tu historia (o lo que quieras contar)”. Los consumidores pueden conectarse con ChatGTP. Luego, “elegir una voz” hecha con la IA y, por último, “un beat”. Todo se resuelve en un parpadeo: “¡en un minuto tenés lista tu sesión para compartir en redes al mundo!”.

Las vanguardias históricas creían que cualquiera podía ser artista porque el arte era consustancial con la vida misma. Aquella aspiración ha quedado reducida a un acto reflejo sobre el teclado. Writing Books, Poems, and Music with ChatGPT: Incredible First-Hand Tips and Insights es un librito de Andy Leferink, escrito con la ayuda misma de la AI y promocionado en Amazon por centavos. Su autor lo escribió después de constatar que podía realizar “sin esfuerzo” una letra “excepcional” a partir de ese modelo de lenguaje de OpenAI. Leferink fue por más. “Escribí una introducción en piano original para una canción pop moderna”. El pedido debió estar a la altura de sus expectativas. Eso lo llevó a formular la siguiente recomendación a los posibles lectores: “Cuando le pidas a ChatGPT que genere letras o frases musicales, sé lo más descriptivo posible. Utilizá adjetivos y adverbios para transmitir el estado de ánimo o la emoción que querés expresar. Por ejemplo, podés preguntar ”¿Me das una progresión de acordes que transmita melancolía?“

Pocos días después de comprar online el ingrávido manual de operaciones de Leferink, me encontré con un artículo de Jacques Attali. Ex colaborador de François Mitterrand, prolífico escritor sobre variados asuntos y director de orquesta vocacional, suele ser conocido por su libro Ruidos, ensayos sobre la economía política de la música. Desde 2019, Attali viene preguntándose si el campo del arte será capaz de inmunizarse ante los avances de la IA. “¿Se puede siquiera imaginar que, a la larga, la inteligencia artificial pueda saber lo suficiente sobre el gusto de cada uno para producir, sin un artista humano, las obras de arte a las que cada uno de nosotros sea más sensible? ¿Merece todavía el arte su homónimo si ya no es una sorpresa, ni un asombro o una transgresión? A la larga, si esto se materializa, es la noción de libertad individual la que perdería su sentido”.

El pasado 30 de marzo, Attali volvió a la carga. Antes de sentarse a escribir le preguntó a ChatGPT cuáles pensaba que serían los tres principales problemas del mundo en 2050. “En unos segundos, vi escribir un texto muy articulado, comenzando por disculparse de no poder predecir el futuro. Luego explica que, teniendo en cuenta los últimos descubrimientos, los tres principales problemas dentro de treinta años serán el cambio climático, los riesgos epidémicos y el ciberdelito”. A diferencia de lo que supone la multinacional cervecera, Attali estima que “por el momento” las inteligencias artificiales “no son creativas”. Sin embargo, se encuentran en un proceso de aprendizaje constante y las futuras versiones de ChatGTP “podrán reemplazar a los humanos en una gran cantidad de tareas”, incluso “altamente calificadas”, lo que permitirá a cada persona “crear a su antojo” cuentos infantiles, novelas, ensayos filosóficos, obras musicales, esculturas, fotografías, películas, software. “Más aún, será posible encomendar a este software la tarea de inventar otro software que por sí mismo será capaz de crear otro software cada vez más creativo”. Entonces, la IA podrá tomar iniciativas. “Para empezar, podrán escribir correos electrónicos a tu estilo, utilizando tu buzón, o el de un líder privado o público, para dar órdenes, revelar secretos, ordenar embargos. Al multiplicarse, podrán crear un desorden indescriptible. Y peor aún, las inteligencias artificiales podrían unir fuerzas para usar tales aplicaciones contra humanos, o contra la humanidad en general”.

El autor de Les chemins de l'essentiel, un ensayo de 2018 donde sostiene que la plenitud y la libertad están asociadas con la frecuentación de las obras maestras de la creación humana, avizora peligros “reales” en el horizonte. “No hay manera de evitarlos, o de ignorarlos. Tampoco debemos contentarnos con maravillarnos de los inocentes juegos que ahora permiten estos programas, ni de los formidables medios que pondrán a nuestro alcance para reflexionar, crear, progresar y encantar mejor”. Para enfrentar los desafíos, Attali propone “con urgencia” una “carta global” que reconozca las esperanzas cifradas en la IA, pero, también, sobre la base de instituir un “estado de derecho planetario”, prohibir cualquier daño a los humanos. “Naturalmente, no lo haremos”, se lamentó.

Cuatro décadas atrás, Attali había descrito a la música como un “heraldo” anticipatorio de los cambios sociales y tecnológicos. La partitura es, para él, “un programa”, “un molde”, en definitiva, “un algoritmo abstracto” porque cristaliza una orden que el operador-intérprete llevará a cabo. Ruidos tuvo aciertos predictivos. No es casual que su autor sea una de las voces cantantes de Artificial intelligence and music ecosystem, un reciente libro editado por Martin Clancy, un musicólogo que, a la vez, es especialista en el secuenciador de audio y midi Ableton Live. “La IA es el comienzo rudimentario de la artificialización del cerebro”, advierte. A lo largo de su conversación con Clancy surgen Google Wavenet, la aplicación que puede recrear la voz de cantantes fallecidos a través del aprendizaje automático no supervisado, así como la IA de composición musical de Aiva Technologies, la primera en el mundo en recibir oficialmente el estatus de compositor por SACEM, la Sociedad de derechos de autor de Francia y Luxemburgo. Esta herramienta que ha sido financiada por la UE es la “autora” de una música celebratoria del Día Nacional en Luxemburgo y un himno para la ciudad de Dubái. Artificial Intelligence Virtual Artist no se priva de ningún género, como aquí puede escucharse:

Añade Attali: “La distinción entre realidad y ficción desaparecerá… ¿Qué clase de mundo será? Es difícil decirlo ahora. Sin embargo, diré que hay una tendencia en la que cada uno de nosotros nos escucharemos predominantemente a nosotros mismos. Como resultado, seremos un mundo de individuos narcisistas que solo se mirarán a sí mismos o a los amigos que han sido aprobados. Podemos presenciar los embriones de este desarrollo en TikTok e Instagram”.

Uno de los hitos de esta artificialización es Jukebok, un modelo generativo de música de Open AI, la misma empresa dueña de ChatGPT, que trabaja con muestras de audio originales y las transforma en un avatar sonoro. Esta IA puede crear nuevas canciones “deepfake” con sus propias letras, confeccionadas sobre la base de un modelo lingüístico. Ya lo ha hecho a modo de prueba con David Bowie, Michael Jackson, Frank Sinatra y Elvis Presley, quienes, de la mano de esta red neuronal retornaron del más allá. Aproximaciones espeluznantes del futuro presente que se hacen también con artistas que no han muerto. Hasta el propio Bizarrap, un hijo musical de las aplicaciones, ha sido fagocitado por la capacidad predatoria Jukebox.

¿Toda música puede tener su fake y ser reivindicada como propia? Alterando a Marshall McLuhan podría decirse entonces que “el mensaje es del medio”. La estadounidense Holly Herndon es una suerte de Björk con un doctorado en Investigación Informática en Música y Acústica y una audiencia más acotada. “Tuve una conversación con OpenAI después de que publicaran el proyecto Jukebox. Fui crítica porque no pidió permiso a los intérpretes vivos con los que estaban entrenando el extraordinario sistema. Me dieron la razón. Su argumento era que pensaban que JukeBox sonaba tan mal que a nadie le importaría que no fuera tan impresionante. Yo les dije: ´En absoluto`. Estás utilizando la imagen de alguien, y lo ideal sería invitar a un musicólogo para que contextualizara lo que significa. No sé si lo harán o no”, comentó Herndon a Clancy. Ella reconoce que existe una narrativa sobre la IA “que es aterradora y distópica” pero trata de “presentar otro lado” más positivo de ese relato a través de su música. Su último disco, Proto, de 2019, es bellísimo, y no solo por el contrapunto que establece con la islandesa. Allí, Herndon se lanzó a trabajar con una IA que llamó Spawn. Tanto el sustantivo como el verbo explicaban sus alcances: una capacidad generativa “basada en un set de entrenamiento”. La AI, dijo entonces la compositora residente en Berlín a Pitchfork, no es un instrumento o una herramienta, sino un miembro de grupo que dio forma a las canciones. “Frontier”, por ejemplo, comienza con una voz sin adornos a la que se une un coro de voces humanas e instrumentos virtuales. Hay ahí una suerte de transferencia tímbrica. La calidad de un sonido muda hacia otra forma de emisión. “Suena como un nuevo tipo de vocalización, aumentada por la máquina, no reducida por ella”, dijo Pitchfork.

Herndon ha ido más lejos con la IA: Holly+ es un clon que canta con su propia voz y se le puede pedir que entone cualquier cosa. En una reciente charla TED, mostró sus posibilidades. Había entrenado a la IA para que ofrezca su versión de “El canto de la Sibila”, una antigua canción catalana. “No es un idioma que yo hable ni una tradición vocal en la que me haya formado. Esas secuencias melismáticas son realmente difíciles de lograr”. Luego mostró una versión de “Bésame mucho”, el enorme bolero de la mexicana Consuelo Velázquez, en un perfecto español que Herndon no domina. De eso se trata el “spawning”, al que define como el certificado de defunción del sampler. La artista llamó más tarde a otro músico, Pher, para que interprete con ella su canción “Murky”. Un micrófono transmitía la propia voz del invitado. Un segundo artefacto hacía “cantar” a Herndon o, mejor dicho, “como” Holly, quien ha puesto su clon vocal a disposición de cualquiera para que la use y colabore con ella. “Si puedo permitir que la gente juegue con mi identidad digital, mi propiedad intelectual, ¿qué podrían inventar? ¿Podría otra persona salir de gira como yo, con mi permiso? ¿Podría formar parte de mil grupos diferentes en varios idiomas? ¿Y cómo sonaría?”.

A partir de Holly+, Herndon lanzó meses atrás una versión deepfake de “Jolene”, el clásico country de Dolly Parton. La voz, en este caso, no provino de su garganta, sino del clon, acompañado por la guitarra de Ryan Norris.

A diferencia de lo que se propone Herndon, FN Meka ha sido uno de los lados oscuros de la relación entre música y AI. El rapero creado artificialmente obtuvo medio millón de suscriptores mensuales en Spotify y más de mil millones de visitas en su cuenta de TikTok. Capitol Records decidió “contratarlo” en 2021 como “el primer artista de Realidad Aumentada en firmar con un sello importante”. La suerte de FN Meka fue tan breve como escandalosa. Repetía tanto el despectivo término “nigger” que el colectivo Industry Blackout lo calificó de “una fusión de estereotipos burdos” completados con insultos. El producto era apenas “una ofensa directa a la comunidad afrodescendiente y a nuestra cultura”. Capitol se sacó de encima a FN Meka en agosto pasado con las correspondientes disculpas y reconoció haber contratado al “cantante” sin hacer “suficientes preguntas” sobre sus contenidos.

Pero la puerta del infierno tan temido por Attali ya ha sido abierta. He tratado de asomarme cándidamente –ya lo han hecho tantos- y le pregunté a ChatGTP cómo “escribir” una canción de free style a lo Bizarrap. “Lo primero que necesitarás es encontrar una base instrumental que te inspire... Puedes buscar en internet o usar una de las muchas aplicaciones de producción musical disponibles para crear tu propia base”. Tenía que elegir un tema, como proponía la cerveza brahmánica. “Puede ser algo personal, social, político o simplemente una historia que quieras contar”. En cuanto al ritmo, me sugirió que fuera algo lento, con un tempo entre 60 y 80 BPM (pulsos por minuto). Si deseaba un estilo más romántico, podía utilizar una melodía con arpegios en la mano derecha y acordes sencillos en la mano izquierda. Si quería algo más animado, era mejor una melodía con ritmo sincopado y saltos de octava. ChatGPT me instaba a “no tener miedo de ser creativo”.

Le propuse una letra con los tópicos del trap argentino y me devolvió esto:

Los jóvenes del barrio luchan por sobrevivir

Pero el sistema les trata como si fueran criminales, no se puede resistir

Buscan una salida, pero no hay luz al final del túnel

Y cada vez más amigos caen, el barrio está en peligro.

ChatGPT recomendó finalmente que la practicara con insistencia antes de grabarla. Después, podía publicarla en YouTube.

AG

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