Los caballeros las prefieren trans

El tercer sexo, ¿se divierte?

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Así rezaba un titular de Revista ASÍ de 1971 cuando llegó a Buenos Aires aquel elenco de siete travestis brasileñas. El artículo decía: “Con el tercer sexo se divierten”. La foto las mostraba juntas, riéndose con una alegría desbordada que ni el blanco y negro podía apagar. Brillaban incluso en un momento del país escaso de color.

Cincuenta y cuatro años después, me encuentro haciéndome la pregunta: ¿El “tercer sexo” se divierte? ¿Nosotras nos divertimos?

Anoche fue otra de esas tantas noches porteñas sin plan fijo, solo el impulso de escaparse un rato del mundo. Entre amigas aparece siempre el mismo dilema:

—¿A dónde vamos?

La vieja confiable es Amérika, el epicentro travesti local desde hace décadas. La previa es en casa: minifalda, rubor y hielo. Salimos con los tacos afilados, dispuestas al jolgorio absoluto.

Ahí las travestis somos el foco central del lugar: sin nosotras se les cae la noche. Pagamos la entrada más cara que hay y, así sea que el transformista que está en la puerta nos mire con recelo, entramos sin darle importancia y pisamos la pista triunfantes, montadas a la altura de una fantasía.

Ahí ninguna va casual. Hasta la que vive en una pensión llena de humedad llega producida como vedette, porque cuando una travesti sale, ¡sale!

Los ventiladores industriales nos mueven el pelo y las extensiones como si estuviéramos en un videoclip; todas, bajo esa ráfaga agobiante, juramos ser de Victoria’s Secret. El perfume —dulce, intenso, inconfundiblemente travesti— se mezcla con el alcohol y el sonido que aturde. El labial termina donde quiere: en el borde de una copa, en el cuello de una camisa o en la bragueta del que más te guste. Porque Amérika es eso: el fuego travesti y el levante.

Los tipos que van ahí se aflojan, se animan. Alguno te invita un trago, otro te pide tu número, otro te dice lo linda que estás. Tranny chaser o no, te encaran igual. Y se arma la coreografía lógica de la noche: tacos altos, amigas, unas burbujas y la posibilidad de irte con alguien que te hace sentir deseada.

Ahora bien… ¿qué pasa cuando nos corremos de ese territorio seguro y nos animamos a ir a otros lugares?

Si vamos a una bailanta, al principio puede haber miradas incómodas, esa observación silenciosa que te escanea entera. Pero apenas comienza a sonar la cumbia, una se acostumbra. Y termina disfrutando.

Porque dentro de la marginalidad la gente ya sabe quiénes somos. No necesitan explicación. Conocen lo que es una travesti, porque, al igual que un almacén, siempre hay una travesti en cada barrio.

Y eso trae su precio: hipersexualización total. En la bailanta te van a apoyar toda la noche. Te van a tocar el culo. Te van a invitar un trago de vino en caja. Te van a querer devorar entera. Y para nosotras, quienes salimos con ganas de acción, perfecto: cada cual con su búsqueda.

Pero hay veces en que no todas estamos pendientes de eso, porque no somos solamente eso. Está la que está cansada de laburar en la zona; la que solo quiere tomar un trago en paz; la que adora escuchar la música de Néstor en Bloke y nada más; o la que simplemente no tiene ganas de que se le acerque nadie.

Entonces buscamos otra opción.

Y ahí probamos suerte en los boliches paquis donde pasan reggaetón, trap y música popular. No son chetos, no llegan a serlo, pero todo huele a pantalón chupín y clase media. Ese perfume a “correctito”, donde igual te empiezan a mirar como si fueras una intrusa en su ecosistema. Ahí las miradas cambian: van directas a la nuca. Las mujeres te miran sin ninguna discreción, como si fueras un desafío, un espejo incómodo o un chiste que todavía no ocurrió.

Otras, en cambio, te hablan en el baño con esa fascinación repentina:

—Ay, sos divina. ¿Vos te maquillaste? ¡Me encanta tu pelo! ¿Cómo aguantás esos tacos?

Esa mezcla rara de admiración y exotización que ya conocemos de memoria, que nos hace sentir caricaturas y que nos tiene hartas. Y los chabones… ahí empieza otra película. Más de uno, cuando pasás cerca, necesita llamar la atención como un nene malcriado: comentarios transfóbicos, desubicados, el típico que se hace el gracioso para que sus amigos lo celebren.

Y nosotras quedamos en ese dilema eterno: ¿Los ignoramos y seguimos bailando? ¿O les partimos una botella en la cabeza y nos hacemos respetar, aunque después no podamos volver a entrar nunca más?

Porque con los tipos en esos boliches es así: ganas siempre tienen. Levante, atracción, deseo oculto… siempre. Pero en público jamás. Nunca encaran delante de sus amigos. Te miran toda la noche, te devoran con los ojos como si fueras un pecado que no quieren confesar. Y cuando ya todos están borrachos, ahí sí. Ahí se animan.

Cuando vos ya te fuiste, cuando estás caminando hacia un taxi, cuando estás llegando a tu casa… te aparecen mensajes en redes sociales, algún “hola, qué linda estabas en el boliche”. Porque sí: los tipos a las travas nos tienen entre ceja y ceja. Si no pasaron por vos, pasaron por alguna amiga, o vaya a saber cuántas más. Siempre hay una travesti en la cabeza de un varón heterosexual. Siempre.

Entonces decimos: bueno, ¿y si vamos a otro lado? Ahí aparecen los boliches caretas de la Costanera o las fiestas electrónicas snob. Para nosotras, muchas veces ir a esos lugares es comerse una humillación. Si llegás a entrar, tenés que estar toda la noche en pose, sosteniendo la imagen, tragándote la incomodidad. Siempre hay algún fantasma creyéndose un jeque árabe porque pagó para sentirse VIP y le traen una botella con bengala: esa palangana de clasismo que hace chispas en el aire. O sumarte al acting colectivo de lentes de sol a las tres de la mañana y tomar agua mineral como si fuera licor.

Y si no entrás, peor:

—La entrada es por lista.

—El lugar se reserva el derecho de admisión.

—Hoy no, no das con la imagen del lugar.

Y ese “no das con la imagen del lugar” es el golpe más sincero de todos. Es decirte en la cara lo que piensan: por travesti, no entrás. Esa segregación eterna que tiene este país, ese cis-apartheid que duerme liviano y se despierta rápido. Y ni hablar del patovica: el que se toma tres bondis para volver a su casa, pero que en la puerta del boliche se cree dueño del baile, juez de tu existencia.

En definitiva, las travestis siempre salimos pensando en términos y condiciones, como si la noche fuera un contrato por negociar. ¿Me dejarán pasar? ¿La pasaré bien? ¿Voy a poder ponerme en pedo tranquila sin que hasta el barman se burle? ¿Voy a poder hablar con un pibe que me guste sin que me tire los clichés más gastados: “Ay, no sabía que eras travesti”, “Pensé que eras mujer”?

Siempre hay preguntas. Porque para nosotras salir no es simplemente salir: es anticipar el daño, ensayar respuestas, respirar hondo y cruzar los dedos.

Y ahí, cansadas de una sociedad que no evoluciona, decimos: ¿y si vamos a un boliche gay? Y ahí comienza otra odisea: la del lugar sin ventilación, donde a las drag queens les pagan dos mangos por estar entaconadas toda la noche; donde la mariconada masculina está ocupadísima en acaparar todo el espacio como si la pista fuera propiedad privada.

¿Y qué hacemos las travestis ahí?

Nosotras, que con esfuerzo nos compramos un buen perfume, una pilcha linda, unos lindos tacos. Llegamos peinadas, con el rostro impecable, y apenas cruzamos la puerta la cara se derrite, los pies se ponen negros del piso sucio; nos empujan, nos ignoran y, encima, ocupan el baño de mujeres porque para ellos la mujer ahí no corresponde ni siquiera en su propio baño: adentro están o dándose con keta o chupándose las pijas flácidas detrás de una puerta rota.

Ahí no importa el olor a mierda, ni si el que pone el culo es libertario o si el que pone la pija es peronista. Ahí todo vale. Todo menos nosotras.

Entonces me pregunto de nuevo: ¿qué hacemos las travestis ahí? ¿Bailamos pegadas al DJ hasta quedarnos sordas? ¿Nos metemos en ese tumulto semidesnudo donde el olor a chivo mezclado con popper te parte la nariz?

Con los dedos pisados, el vestido enganchado en algún arnés, les digo a mis amigas:

—Vamos a la barra, chicas.

Y ahí, con el dinero que tanto nos cuesta ganar, nos compramos por fin una merecida botella. Nos sumergimos en nuestro propio mundo. Brindamos con esos vasos de plástico que nadie sabe si están lavados. Nos celebramos. Reímos entre nosotras. Y nos quedamos pegadas a la barra, único punto donde se puede respirar un poco.

Desde ahí vemos pasar la noche como quien mira un documental raro: uno que sacan casi muerto porque se pasó de gh; otro descompensado en el piso; otro que prefiere hablar por Grindr antes que hablar cara a cara; otros dándose besos de tres o cuatro, chapándose como criaturas anfibias. Vemos la poca diversión y la mucha destrucción. Vemos la noche consumir a todos menos a nosotras, que sobrevivimos apoyadas en una barra pegajosa.

Hasta que alguna dice:

—Chicas, yo tengo un cliente. Me voy.

Otra:

—Estoy cansada, no aguanto los tacos.

Y otra:

—Vamos, ya estoy borracha.

Y así, cuando el sol empieza a colorear las veredas repletas de botellas rotas y vasos destrozados, nos subimos a un Uber con la resaca y un silencio raro en el pecho.

Y ahí aparecen las preguntas: ¿Me divertí? ¿La pasé bien? ¿Me habrá transferido la que prometió “después te lo devuelvo”?

Llego a casa y empiezo el ritual del final: me saco las pestañas postizas, dejo los zapatos en el balcón, pongo la ropa con olor a humo en el canasto. Y mientras me quito el maquillaje, me atraviesa un pensamiento que vuelve cada vez: quizás ya estoy grande; quizás no estoy para salir tan seguido; quizás soy yo la que no aprende a divertirse en estos espacios.

Pero después, cuando se me asienta el corazón, entiendo que no. Que no soy yo. Que lo que pasa es que ya no nos divertimos: simplemente aprendimos a distraernos. A poner el cuerpo para fingir brillo para las redes y para el alma.

Y acá es donde vuelvo al pasado, a los años '70, a los periódicos repletos de espectáculos de travestis; a Tres Bocas, donde las maricas se resguardaban y festejaban mutuamente; a Hidrógeno Discoteque, donde Vanessa Show imitaba a Nélida Roca y Ana Lupez hacía de Liza Minnelli.

Vuelvo a esos archivos donde una comunidad exhalaba carnaval sabiendo que la policía les respiraba en la nuca, que los milicos las miraban con hambre de desaparecerlas, que las contravenciones las esperaban en cada esquina, que el sida llegó unos años después y borró maricas de a decenas. Y aun así lo “gay” era alegre. Era festivo. Una desesperada resistencia.

En esas vivencias veo algo que hoy casi no se ve: alegría verdadera, no distracción. Resistencia, no anestesia. Fiesta, no consumo. Comunidad, no segmentación.

Hoy, en muchos lugares, la noche se volvió un escenario agotado, predecible, sin sorpresa, con performers que buscan que los halagues, no que te diviertas. Una fiesta que se repite y es más de lo mismo. Y, sin embargo —y acá está la razón por la que escribo esto—, sé que en la risa travesti todavía queda magia.

Porque nadie sabe —de verdad nadie— lo que nos cuesta llegar hasta ahí: el recorrido para vivir bajo un techo, para tener una botella en la mesa, para elegir un perfume, para pagar una entrada. Nuestro camino cuesta el doble, siempre costó el doble. Y aun así seguimos.

Sabemos que no encajamos, que el mapa está repartido hace rato: las lesbianas por allá, los gays por allá, los heteros por acá y las travestis en ninguna parte, en la intemperie, en el margen del margen. Y aun con esa certeza —cruda, aprendida— salimos igual.

Nada nos frena. Nos mueve otra cosa: un espíritu de fuego, una garganta seca que pide trago, ruido. Salimos aunque sepamos que muchas noches vamos a volver heridas, cansadas, humilladas.

Pero también hay otras noches. Noches en las que, al final, todo se da vuelta: la humillación se vuelve anécdota, el golpe se transforma en historia, la derrota en carcajada. Y aparece esa risa trava, indestructible, filosa, contagiosa. Esa risa que me salva incluso cuando la noche no quiso salvarnos. Y quizá —después de todo— ese sea el verdadero motivo por el que sigo saliendo.

BDR/CRM