Opinión

Una de vampiros

Tamara Tenenbaum Ensayo general rojo

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La semana pasada, una amiga tuiteó que si leía una novela más sobre treintañeras en crisis tendría que matarse. En otro momento yo quizás le hubiera contestado: que novelas sobre treintañeras en crisis hay mil millones diferentes, que lo que hace a una novela interesante es la escritura o las ideas o lo que fuera pero no necesariamente el tema, que cualquier tema se ve aburrido cuando una lo resume de esa manera o mil argumentos más. En general le tengo mucha fe al realismo; es definitivamente lo que más consumo, en todas las formas de la ficción. Ni de chica logré entusiasmarme con el fantástico o la ciencia ficción, mucho menos con el fantasy y ni siquiera con el policial o el terror, más allá de excepciones ocasionales como Borges, Poe, Conan Doyle, Ursula K. Le Guin o Stanisław Lem. Esto no dice nada en absoluto de dichos géneros o de los autores que los practican; habla solo de mi gusto, y sobre todo de mi relación con ese universo de imágenes, recuerdos y reglas que identificamos con la realidad. Suelo pensar que el mundo real es suficientemente rico y maravilloso, que puedo encontrar toda la fantasía que necesito en un poema sobre un divorcio o sobre una muerte sin necesidad de que suceda nada extraordinario; tengo ese mismo vínculo prescindente con todo lo espiritual, lo new age o lo paranormal.

 

Y sin embargo, esta vez me pasó a mí exactamente lo mismo que a mi amiga. Durante meses no logré engancharme con mis lecturas habituales, con los libros que yo esperaba que me gustaran sobre padres muertos, amores, separaciones y adolescencias de melancolía y descubrimiento. La frase que me venía todo el tiempo a la cabeza era ‘sobredosis de realidad’. Quizás era toda la información que estaba consumiendo, o era el encierro, pero justo en el momento en que más me habría convenido encontrar poesía en el tipo que barre la vereda frente a su local de arreglos de zapatos, en una ollita de azúcar y agua convirtiéndose en caramelo o en el verde amarillo del pasto pisoteado, yo allí solo podía ver superficie. Mis amigos se enganchaban cuidando plantas o haciendo pan, y yo por primera vez tenía hambre de algo que no fuera de este mundo.

 

En mi mesa de luz, entre los libros que venía dejando para después, encontré La sed, de Marina Yuszczuk. Conozco muy bien a su autora, pero no había querido preguntarle mucho sobre esta novela: yo sabía que, a diferencia de toda su literatura previa, era una historia de vampiros. Creo que al zambullirme en esta ficción de género empecé a pensar en el modo en que la realidad y el realismo se habían gastado para mí. El libro empieza con un primer capítulo que es casi un prólogo, en el que una mujer aterrada escapa de una criatura misteriosa en el cementerio de la Recoleta. A continuación, la historia se adentra en el punto de vista de una vampira, una que se supone de las últimas de su especie, y que llega en barco desde Europa a la Buenos Aires del siglo XIX. Esta nueva protagonista, entonces, nos cuenta su origen: su madre la abandonó en el castillo de un señor misterioso, como hacían muchas otras mujeres en el pueblo con las hijas que no podían mantener. Allí, el dueño del lugar las convertía y les enseñaba la sed: el relato, de forma sutil y jamás pedagógica, arma el mundo de ese castillo como una especie de mansión de estrella de rock, en la que un hombre poderoso les enseña a sus cautivas a amar lo que él ama hasta que lo necesiten (aunque –dado que el amor puede fallar- también las tiene amenazadas). Al cabo de muchos años, el pueblo se rebela contra las orgías y los asesinatos del castillo; las otras vampiras que vivían allí (“mis hermanas”, las llama la narradora y protagonista) son asesinadas, y nuestra heroína huye llevando sus cabezas como recuerdo y compañía. 

 

Así termina embarcada con destino a ese continente desconocido, y entonces recuerdo algunas de mis historias de vampiros favoritas, y que justamente me gustaron por lo mismo que esta: tanto en la serie Buffy, la cazavampiros como en las películas Only Lovers Left Alive de Jim Jarmusch o The Addiction de Abel Ferrara (protagonizadas, respectivamente, por vampiros rockeros y por una vampira estudiante de filosofía), los vampiros viven entre la gente, en mundos prácticamente iguales a los nuestros. Siempre son habitantes de la noche, y solo dos cosas los distinguen de los demás borrachos, poetas y buscavidas que pueblan las calles de las ciudades cuando oscurece: su inmortalidad, que les permite cruzar siglos y épocas de la humanidad, y su relación con la sangre, que curiosamente los pone en una posición a la vez de violencia y de vulnerabilidad. Los vampiros suelen tener una fuerza sobrehumana para matar, o al menos el talento para hacerlo con frialdad y poder seguir adelante con sus (no)vidas, pero esa misma voracidad que los vuelve capaces de desplegar poderes descomunales es su debilidad. En La sed, como en muchos otros ejemplos del género, el vínculo de los vampiros con la sangre funciona antes como metáfora del deseo que como metonimia del hambre. Esto es decisivo en la arquitectura de un relato: si los vampiros chupan sangre porque la necesitan (para sobrevivir) o porque la quieren. En Buffy, recuerdo, habían incorporado al universo la alternativa de que los vampiros podían beber sangre de animales, de modo tal que un vampiro pudiera prescindir, si así lo quería, de matar seres humanos (como quiere Ángel, el vampiro al que dan un alma a modo de maldición). Así, los vampiros no son animales: son monstruos; no son inocentes como el oso que mata para comer. En La sed, nuestra vampira no consume sangre de animales, pero estrictamente tampoco necesita la sangre humana para vivir, dado que ni está viva ni es mortal. Sin sangre, ella se angustia y se debilita, pero sobre todo, es evidente que goza cuando la consume, lo que se le mezcla con el sexo que también practica en abundancia, con varones y mujeres, en un San Telmo decimonónico arrasado por la peste y las huellas de la guerra del Paraguay, sucio y peligroso, el espacio perfecto para camuflar a una asesina como ella. Disfrazada de dama de la noche, de burguesa perdida, la vampira arrasa con su nueva ciudad hasta que un día, por razones difíciles de entender (no son morales, no son del todo prudenciales tampoco: quizás sencillamente esté cansada), decide encerrarse.

 

Entonces, y prometo que este es el último spoiler, la novela nos devuelve a ese primer capítulo y a esa mujer contemporánea que corría despavorida en el cementerio de la Recoleta; una mujer de treinta y pico o tal vez cuarenta, que tiene un hijo, un trabajo aburrido y una madre enferma. Los libros que nos gustan siempre dicen lo que queremos que digan, o más bien: dicen lo que somos capaces de escuchar. Puede que sea por eso que yo leo esto, pero en mi interpretación, la novela La sed está haciendo una pregunta sobre el realismo, nos está proponiendo esa pregunta en la experiencia de lectura: ¿cómo interesarnos en la cotidianidad gris de una treintañera que habla con las enfermeras de su madre, discute con su marido y lleva a su nene al dentista después de haber pasado cien páginas con una vampira mentirosa y sedienta que recorre Buenos Aires en el siglo XIX cambiándose las enaguas y limpiándose la sangre de la boca? La sed se terminó de escribir ya durante la pandemia, y tal vez la obra (la autora, pero sobre todo la obra) sabe lo apremiante de esta pregunta en este momento. La novela narra una serie de muertes sangrientas y aventureras, y allí, en el medio, o más bien casi al final, una muerte común del siglo XXI: una persona anciana, un hospital, sondas, papeles, un cuerpo que se va apagando de a poco.

 

Mientras leía las últimas páginas, la ventana me distrajo. En el piso de enfrente y arriba, un chico de veintipocos años había salido a tomar sol en cueros junto con una chica de su misma edad. Me llamaron la atención, sobre todo, los rulos de él, ensortijados y dorados, que le llegaban por debajo de los hombros, armando un look como de galán de los ‘80. Me quedé pensando en el vínculo de ellos dos, en qué harían ahí tan libres a esa hora de la tarde, y sobre todo en que hacía mucho que yo no hacía esto, de quedarme un rato largo espiando una vida ajena; las vidas ajenas me interesan tanto que ni siquiera necesito conocer a la persona para entusiasmarme con un chisme, pero eso también se me había ido. Quizás la curiosidad sea más como el sexo que como el sueño, algo que cuando no se ejerce se apaga en lugar de acumularse, y que tal vez la vampira y su mundo retorcido me devolvieron algo de las ganas de realismo y realidad, como el encuentro con un cuerpo nuevo te recuerda cuánto te gustaba habitar el tuyo.

TT

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