Opinión - Cuadernos de invierno

Vindicación del boca a boca

Fabián Casas Cuadernos de invierno

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Mi hija está fanatizada con la saga de Harry Potter y me pregunta si hay alguna posibilidad de conocer a Emma Watson. Estamos en la calle, hace un frío infernal y tenemos que llegar a su colegio, así que, para que apure el paso le digo: “Sí, claro, dejalo en mis manos”. Después me quedo pensando en el boom de los libros de J.K. Rowling y creo que leí en algún lado que los chicos hacían colas en las librerías para esperar llevarse el ejemplar apenas esté a la venta. ¿Por qué autor o autora uno haría esto? Martín Gambarotta publicó tres libros hermosos de poesía: Punctum, Seudo y Relapso + Angola. Sin duda si él estuviera por sacar un nuevo libro, yo haría la cola en la librería, impaciente, para tener el ejemplar. 

Hace varios años que no veo a Gambarotta, pero siempre me acuerdo de una noche, en la sobremesa de un bar, donde me preguntó si había leído el nuevo libro de Laura Wittner. Yo lo había leído y me pareció que estaba bien. Me gusta mucho la poesía de Laura, daba por sentado que el libro era bueno, así que sin percatarme, lo orbité por arriba. Pero Martín me preguntó: “¿Leíste ese poema donde ella dice que su novio la llamaba chiflando y ella 'erguía su cabeza como un setter?'”. Quedé estupefacto. ¿Dónde estaba ese verso genial? Fue como si Martín me diera un password para volver a leer el libro de Laura. Así lo hice y disfruté un libro singular que se llama La tomadora de café y que si no fuera por mi amigo, me hubiera pasado desapercibido en su total intensidad. 

Todo para decir que a veces pienso que las cosas más poderosas en nuestra vida no nos llegan por recomendación de la publicidad, sino por el consejo de una amiga, o por algo que vemos de golpe y nos sacude sin que esté premeditado. 

“Era un pibe desconocido que pasó andando sin manos llevando en los brazos una pila de discos –me dice Santiago- . Pasó por una diagonal del barrio El Mondongo. Yo lo crucé en la bici y me quedé asombrado primero porque andaba sin manos y eso me parecía espectacular y segundo porque llevaba una pila de vinilos y el que iba mostrando adelante era el primer disco de los Ramones: cuatro chabones en camperas de cuero frente a una pared de ladrillos, me pareció la mejor portada del mundo, pero la vi rápidamente. Me fui pensando por qué se llamarían Ramones, si sería música mexicana. Me volví loco. Me puse a averiguar y conseguí tener sus discos en cassettes TDK grabados. Se llamaban Ramones por un tributo a Paul McCartney, por un seudónimo que tuvo en un momento que era Paul Ramone”. 

A veces pienso que las cosas más poderosas en nuestra vida no nos llegan por recomendación de la publicidad, sino por el consejo de una amiga, o por algo que vemos de golpe y nos sacude sin que esté premeditado.

Ahora con Spotify y los sistemas de control en el celular uno logra saber rápidamente quién es quién en este mundo. No es necesario llamar a la policía. 

Es cada vez más difícil practicar el arte de salir a buscar aún a riesgo de perderte y de no encontrar nada. 

Estamos sentados en una terraza al sol, practicando el anti veganismo. Me pasan la ensalada y la entraña. Domín, que hace el asado sin sacarse la campera de cuero –como si fuera uno de los Ramones- cuenta que él vio la película de Scorsese, Mean Streets, alquilada en un VHS, donde aparece un tema que lo fascinó y que no sabía de quién era y cómo se llamaba. Alquilaba una y otra vez el VHS para ver en los créditos finales el nombre del tema y el autor, pero como los VHS tenían mala definición no lograba verlos. Después de mucho tiempo supo que era un tema de Phil Spector, Be My Baby, cantado por las Ronettes. 

A pesar del sol, Caaman está tapado hasta la cabeza con una bufanda. Antes de venir al asado pasa siempre por una panadería donde, él dice, hacen el mejor pan del mundo. También dice que cuando estaba en quinto año, iba a ver a Charly García en Planeta Júpiter. Y que lo primero que Charly tocaba apenas llegaba (era un lugar que quedaba cerca de la casa del músico y él iba de manera espontánea) era una balada super emotiva, en inglés, que lo volvía loco. “Yo captaba pedazos de la letra –dice- pero como no había internet no la podíamos rastrear a medida que la íbamos escuchando. Hasta que un año después compré el disco Songs in the Key of Life de Stevie Wonder y descubrí que el tema era Saturn. Obviamente me pareció que la de Stevie era un cover, que la original era la de Charly”. 

Me acuerdo de una temporada en Miramar, en el camping. Mi amigo Fafa había ido con su pareja y pasamos unos días geniales, hasta que se quedó sin plata y me dijo que se iba a ir del camping sin pagar, si yo podía hacerle el favor de desarmarle la carpa a la noche y guardarla. Le dije que sí. Fui con una linterna y la desmonté. De golpe se cayó un libro que Fafa se había olvidado. Lo iluminé y vi la cara del autor, una cara de pájaro increíble. Era Samuel Beckett. Pensé que con esa cara no podía escribir mal. Me metí en mi carpa, con la linterna, a leer Molloy. Una vez que pasé las páginas donde Molloy crea un sistema para chupar piedras pasándolas entre sus bolsillos y la boca, no pude parar hasta terminarlo. Ningún artilugio de promoción editorial me hubiese preparado para eso.

FC

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