Opinión

Hebe y sus antinomias

Hebe junto a César Milani en 2013, después de una entrevista para la revista "Ni un paso atrás"

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No resulta fácil, tan pronto, escribir sobre quien fue Hebe de Bonafini, sobre cual será el balance histórico de sus actos y dichos en medio siglo de apasionada actividad pública. Tan apasionada que más allá de la muerte lleva a sus seguidoras en Madres de Plaza de Mayo a considerar un insulto que el comunicado presidencial decretando duelo nacional por tres días las ponga en un pie de igualdad con las Abuelas. Y por si fuera poco, le recuerdan al presidente Alberto Fernández lo que Hebe decía de él. 

De poco le valió al Alberto su recuerdo acaramelado, el duelo nacional y las gestiones ante la FIFA para que los jugadores de la Selección Argentina llevaran un lazo negro por Bonafini: la puteada le llegó clarita desde el más allá. La crítica de Hebe a la subordinación al FMI es totalmente justa, pero peca por omisión: fue Cristina quien designó a Alberto y validó las concesiones estratégicas  de Sergio Massa.  

De poco les sirvió a Estela Carlotto y Norita Cortiñas, superar retóricamente los enfrentamientos del pasado, para sumarse al dolor expresado por Cristina Kirchner, la depositaria absoluta de la lealtad de Hebe. Sus elogios fúnebres integraron una verdadera catarata de apologías, muchas de las cuales procedentes de gente que ella habría criticado y aún denostado en alguna de sus explosivas declaraciones. El elogio fúnebre, sin retaceos, incluyó a una figura de la oposición política, María Migliore, ministra en el gobierno capitalino de Rodríguez Larreta, que exaltó a Bonafini, sin reticencias: “Hebe fue símbolo de lucha impulsando una agenda de justicia y derechos humanos en Argentina. Esa trayectoria es más grande que cualquier diferencia. Me quedo con eso”. 

En la Argentina la muerte borra las fallas y los defectos de las personalidades públicas. El certificado de defunción suele convertirse en un certificado de buena conducta.

En la Argentina la muerte borra las fallas y los defectos de las personalidades públicas. El certificado de defunción suele convertirse en un certificado de buena conducta. La ministra de Larreta puede quedarse con esa parte de la biografía como totalidad, precisamente porque es ministra de Larreta y, tal vez, porque estaría cercana al Papa Francisco, otro personaje de relieve que Hebe cuestionó con razón cuando era Cardenal y al que entrevistó, casi como emisaria de Cristina, cuando alcanzó el Papado. De allí la visita que le hizo a Hebe en el hospital, el arzobispo de La Plata, Víctor Manuel Fernández, amigo personal del Papa. A quien Bonafini -según una versión- le habría dicho: “estoy lista”. En mi caso, a diferencia de Migliore, no puedo “quedarme con eso” por una deformación profesional: la búsqueda obsesiva e incesante de la verdad histórica por sobre las afinidades políticas e ideológicas. 

Sin duda Hebe Pastor de Bonafini quedará en la historia como quien condujo a las Madres de Plaza de Mayo en su lucha heroica contra la dictadura más feroz que sufrió la Argentina moderna, y como la activista incansable que supo internacionalizar esa gesta en la prensa mundial, conquistando el apoyo de líderes revolucionarios como Fidel o Chávez y una amplia gama de mandatarios socialdemócratas y progresistas. Una merecida fama internacional que también funcionó como escudo protector para que las Madres, tanto las de Hebe como las de la Línea Fundadora, las Abuelas y otros organismos de familiares de desaparecidos, pudieran encarar en el territorio sus imprescindibles tareas de resistencia y denuncia. Negar este mérito sería hacerle el juego a quienes les arrebataron sus hijos y hoy levantan las banderas de la ultraderecha. Sería, además, una verdadera injusticia.

Los méritos indiscutibles de Bonafini se agigantan al asomarse a los años juveniles de Hebe, la muchacha humilde, “del montón” (como ella misma se definía), que solo había cursado la primaria, se casó con su novio de los catorce años y le resultaban “ajenas, indiferentes, la cuestión económica y la situación política del país”. Hasta que el 8 de febrero de 1977 le secuestran a su hijo Jorge Omar y el 6 de diciembre al segundo, Raúl Alfredo. Dos militantes del Partido Comunista Marxista Leninista. Y la joven, desesperada, salió a buscarlos con angustia y pasión de madre. Y en esa lucha contra un poder inmenso y oscuro que le niega el derecho a una respuesta primordial, coincide con otras madres que están padeciendo el mismo calvario. Madres que desafían un riesgo mortal en sus rondas de los jueves en Plaza de Mayo y que serán a su vez infiltradas y deberán soportar que una de ellas, Azucena Villaflor de De Vicenti, que las conduce en aquel momento, también desaparezca para siempre.

El dolor motoriza esa conciencia ingenua, ajena a cualquier forma de militancia y la transforma, con extraordinaria celeridad, en lo que se llamaba “un cuadro político”. Un cuadro político audaz, intransigente y certero.

El dolor motoriza esa conciencia ingenua, ajena a cualquier forma de militancia y la transforma, con extraordinaria celeridad, en lo que se llamaba “un cuadro político”. Un cuadro político audaz, intransigente  y certero, que muy pronto, en 1979, esas Madres con las que comparte la ronda, elegirán Presidenta de la Asociación. Presidencia que honrará poniendo el cuerpo, no solamente durante la dictadura sino también en la democracia, sufriendo represiones como las que a su turno lanzaron Carlos Menem o Fernando de la Rúa. Donde fue herida en la cabeza o pisoteada por los caballos de la Montada.

Un cuadro que habla y lo hace con una sinceridad poco común en la escena política. Muchas veces con agudeza y algunas otras rozando el exabrupto o incluso exudando prejuicios de todo tipo, hasta racistas, como su famoso insulto a “los bolitas de mierda” que le habían invadido la Plaza. Su Plaza. 

Durante los primeros 27 años de régimen constitucional, los gobiernos se mostraron poco atentos a las Madres de Plaza de Mayo, con la solitaria excepción de Adolfo Rodríguez Saa, que las recibió sin la previa concesión de una audiencia. Un gesto amable condenado al vacío por la fugacidad del mandato presidencial que apenas duró una semana.

Hasta que Néstor Kirchner asumió la Presidencia en 2003 y no solo las recibió y mimó, junto con Cristina, sino que las asumió como Madres de todos los argentinos ante la Asamblea de las Naciones Unidas. Al poner fin a las leyes del olvido y dar comienzo a la ronda de juicios a los genocidas que aún continúa pese al tiempo transcurrido, los Kirchner se hicieron acreedores al reconocimiento de Hebe y sus seguidoras y no hay nada cuestionable en esa actitud. Lo cuestionable en todo caso es que Hebe y la Asociación extremaran su adhesión orgánica, aceptando decisiones inaceptables del kirchnerismo y bendiciendo a personajes como Aníbal Fernández, a quien no vacilaron en condecorar con ese pañuelo blanco que representaba la lucha por los hijos desaparecidos. O, peor aún, la extensa declaración de amistad personal con el general César Milani, oficial de inteligencia y jefe del Ejército en el gobierno de Cristina, acusado de secuestrar y hacer desaparecer al conscripto Alberto Agapito Ledo, que era su asistente personal, en el Tucumán sangriento de 1976. 

Una extensa nota, ampliamente ilustrada en la revista de las Madres (“Ni un paso atrás”), donde el represor  Milani apoya un brazo cariñoso sobre el hombro de Hebe, bajo el título “La Madre y el General”, sacudió y desilusionó a muchas personas, pero especialmente a la riojana Marcela Brizuela de Ledo, madre del soldado y Madre de Plaza de Mayo, que se enteró de la entrevista de su Presidenta con el General a través de la televisión. Y que cuando llamó a Buenos Aires, para que Hebe le explicara lo inexplicable, recibiera una contestación indignante por parte de la secretaria: “En este momento no te puede atender porque está en el baño”. Marcela Brizuela de Ledo y su hija Graciela debieron afrontar esa y otras humillaciones por tratar de conocer la suerte corrida por Alberto.

Y no era precisamente “gorila”, como podría argumentar desde la ignorancia política algún exaltado; Graciela, como su madre, había adherido, al comienzo, a la política de derechos humanos del kirchnerismo:

“Yo lo conocí al doctor Kirchner en el Chamical, cuando vino para un 4 de agosto, aniversario de la muerte (del obispo) Angelelli, y yo le entregué, porque mi mamá no podía ir porque mi padre estaba muy enfermo ya, yo le entregué toda la documentación que mi mamá tenía, todas las denuncias, yo le entregué a él en sus manos. Nosotras apoyamos lo que había hecho. Por eso esta gran desilusión”.

Hebe estuvo a punto de ser arrestada por negarse a declarar en la investigación de "Sueños Compartido. Dijo que su querido Shoklender la “había cagado”. Declaración que no alcanzaba para evitar un daño de proporciones a la causa de las Madres.

A la adhesión total al kirchnerismo puro y duro, Bonafini sumó su relación madre-hijo con Sergio Shoklender, que había estado preso junto con su hermano Pablo, acusados de haber asesinado a sus padres. Bonafini, que inició su relación con Sergio cuando este aún se encontraba preso, se asoció con él en el proyecto “Sueños Compartidos”, un plan para construir viviendas populares, que debía financiar el ministerio de Planificación Federal, a cargo de Julio De Vido y culminó en una causa judicial por “desvío” de 200 millones de pesos (de la época), que aún está por ser definida en el Tribunal de Casación Penal. Causa en la que Hebe estuvo a punto de ser arrestada por negarse a declarar ante el juez y en la que manifestó que su querido Shoklender la “había cagado”. Declaración que no alcanzaba para evitar un daño de proporciones a la causa de las Madres y de los organismos de derechos humanos en general. Favoreciendo el tan expandido “son todos chorros” que esparce la reacción y promueve odios criminales.

Aprovechando el escándalo, los eternos portavoces de la derecha argentina, lanzaron una vasta campaña para desprestigiar a todas las agrupaciones humanitarias. Un daño irreparable en un país que debe mantener un alerta constante en defensa de los derechos humanos. 

Pocos días antes de morir, Bonafini había presentado un escrito pidiendo la extinción de la acción penal porque afectaba su derecho a ser juzgada en un plazo razonable. Una apelación pobre, triste, burocrática, ajena al temperamento explosivo de la Madre que tantas veces se jugó la vida. Lo que nunca debió hacer, aunque la nublara el instinto maternal, fue confundir a un personaje tan turbio e inquietante como Shoklender con sus hijos y su nuera, inmolados por su militancia sin tacha. Un pasivo imposible de ocultar en el imprescindible balance, donde el activo se construyó luchando durante años en la calle y en esa Plaza donde descansarán sus cenizas.

MB

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