Bibliolancha, la biblioteca que recorre el Delta y que en pandemia da libros y ayuda

La Bibliolancha navegando las aguas del Delta y llevando libros a chicos, chicas y grandes

Ahora mismo, enfrente de la casa del escritor Juan Bautista Duizeide, don Chaves arranca su bote sin nombre. Más allá, a media isla de distancia, por el río Sarmiento, se oyen los rebajes de las lanchas colectivas, la insolencia de algún jet ski y la música inconfundible del motor de la Bibliolancha que, capitaneada por Guillermina Weil y con la poeta Marisa Negri a bordo, recorre escuelas, almacenes y casas llevando libros, organizando talleres a bordo con escritores, titiriteros y artistas variopintos con los chicos y chicas del Delta. 

Marisa Negri y Juan Bautista Duizeide son -apenas dos- tripulantes de un barco imaginario de escritoras y escritores que, un día, clavaron el ancla en el Delta para que sus literaturas y proyectos fluyan entre el verde y el río.

La lista de pasajeros de esa embarcación natural, a lo largo de la historia, incluye nombres ilustres: Domingo Faustino Sarmiento, Rubén Darío, Rafael Alberti, Leopoldo Lugones, Roberto Artl, Jorge Luis Borges, Bioy Casares, Silvina Ocampo, Oliverio Girondo, Marcos Sastre, Olga Orozco, Héctor Germán Oesterheld, Rodolfo Walsh, Haroldo Conti y tantos más que bebieron de las musas imaginarias de sus aguas.

Domingo Faustino Sarmiento, que fue uno de los escribas pioneros en fascinarse con sus aguas y verdes, dejó asentado en su libro El Carapachay: “tantas maravillas no fueron creadas para dejarlas abandonadas a las alimañas”. Con su puntería descriptiva, Roberto Arlt escribió, en una de sus aguafuertes que publicó en el diario El Mundo, en 1941, que “el Delta argentino es uno de los pocos lugares del mundo donde aún existe un puñado de hombres libres”.

Más acá en el tiempo, el Delta del Tigre fue el refugio de tipos comprometidos con la palabra: Haroldo Conti, Héctor Germán Oesterheld y Rodolfo Walsh. Hombres que, desde la pluma y la acción, no callaron frente a las atrocidades de la última dictadura militar. Intelectuales militantes que compartieron la pasión por ese mundo anfibio que los ocultó y los inspiró. 

En pleno siglo XXI, en un planeta en pandemia, con una notebook en lugar de una máquina de escribir, con un celular que no siempre tiene señal y con una conexión a internet que fluctúa como el nivel del río, escritoras y escritores con espíritu aventurero siguen llegando al Delta arrastrados por esa pasión renovada que generan sus aguas.

Letras, libros y sueños

Un viento que sopla desde el Este se mete por las ventanas abiertas y va trayendo olor a selva, a vida y muerte, a promesas. Juan Bautista Duizeide sabe que bastaría con dar unos pocos pasos, alcanzar el muelle, embarcarse y llegar, por agua, a cualquier parte del planeta.

-Eso me hace creer que puedo escribir sin mirar a Puán, a Palermo, a los suplementos literarios o a lo que fuera, sino proa al universo. Lo más probable es que se trate de una de las tantas jactancias de isleño, vicios absurdos que se van adquiriendo, así como la madera es redibujada por el agua, el aire, el barro, hasta que se pudre.  

Cuando Duizeide mira hacia su izquierda una ventana le muestra el verde y, tras ese verde de los cipreses calvos, algunos claros de follaje por donde asoma el arroyo Gambado al que -según cuenta- no suele faltarle el agua ni en las peores bajantes.

El escritor, periodista y piloto de buques mercantes ha navegado en mares lejanos, vivido a orillas de la Isla Santiago mientras cursaba el Liceo Naval y recorrido en kayak -centenares de veces- la Isla Paulino. En 2015, Duizeide ancló en el Delta que, aún hoy, lo tiene embelesado.

“Conocía algo de este Delta por algunas travesías en kayak en las que había zarpado desde Tigre y lo había atravesado. No decidí venir para acá. Fue un azar feliz. A pesar de problemas como la suciedad, la contaminación, la especulación inmobiliaria y la falta de espacios públicos, la lucha continúa. Hay que destacar la inmensa hospitalidad de Tigre, su apertura para quienes no nacimos aquí”, le cuenta el autor de La canción del naufragio (novela); Contra la corriente (cuentos); Alrededor de Haroldo Conti, Desierto y Nación I (ensayos) a elDiarioAR.

En estos tiempos de pandemia Duizeide escribe, coordina un seminario acerca del mar en la literatura argentina y dicta talleres literarios. Fabiana, su compañera, brinda clases virtuales a alumnos universitarios, pinta, hace grabados y mantiene presencial un taller con tres chicos de la isla. 

“Extrañamos horrores recibir gente, movernos, viajar, aunque tan mal acá no la pasamos, de hecho la pasamos mejor que la mayoría de los habitantes del planeta. Es un privilegio tremendo”, dice el escritor. “No hacemos largas travesías en kayak, como en verano, porque implica exponer y exponerse al contagio. Pero unas vueltitas cada tanto siempre damos: del muelle de casa al muelle de casa. Y prácticamente todos los días voy a correr a la cancha de fútbol”.

Libros que navegan con impacto social

Nautilus es una de las casas de la segunda sección del delta de San Fernando. Ese fue el lugar de veraneo de la familia de Marisa Negri durante varias generaciones. “Aquí aprendí a leer y a nadar, a explorar el monte y a reconocer el mundo por sus sonidos. Luego dejamos de venir. Fue un sueño el que me trajo nuevamente. Una clara señal de que tenía que volver a ver qué había en este recodo del río en el que había sido feliz”, le cuenta la poeta, docente y gestora cultural a elDiarioAR.

Marisa Negri se levanta muy temprano. Con el té de la mañana lee: primero el diario en el celular y luego libros: por estos días la novela de Valeria Luiselli, Desierto sonoro y la poesía completa de Julio Huasi. Después viene la escritura. En este momento está corrigiendo un libro nuevo que -quizás- se llame La oruga. 

Más tarde el trabajo docente: las clases, los talleres, las correcciones, los encuentros virtuales y el trabajo manual en el espacio taller/residencia de artistas que están construyendo con Gabriel, su compañero.

Desde que llegó al Delta Marisa trabaja, de manera voluntaria, en la Biblioteca Popular Santa Genoveva que tiene como uno de sus puntales el servicio de la Bibliolancha: una biblioteca que recorre las aguas con libros de cuentos, novelas, poesías y actividades para las infancias.

La función social de la Bibliolancha, en una zona como el Delta, es enorme. En su andar posibilita que personas que apenas han realizado la escolarización primaria accedan a un libro y motiva a niñas y niños para que se acerquen a la lectura a través de juegos. 

“Formamos parte de Bibliolanchas en red, una organización que compartimos con otras bibliotecas navegantes como la Bibliolancha Felipe Navegante de Quemchi (Isla de Chiloé, en Chile) y el Bibliobote de Villa Victoria que recorre las veredas del Río Putumayo en Colombia. Este año tenemos un proyecto común: contar la historia de nuestras comunidades a través de sus mitos y leyendas”, adelanta la bibliotecaria anfibia.

A la vez la Biblioteca Santa Genoveva, que en septiembre cumplirá 60 años de permanencia en la comunidad isleña, tiene otros proyectos: Libros para Viajar (servicio de lectura en las lanchas escolares), Escuela de Oficios Isleños, Escuela de Canotaje, Teatro y el año pasado participó del Programa Jóvenes y Memoria con el que llevaron a conocer el centro clandestino de detención El Silencio a un grupo de adolescentes de la isla.

“El Delta sigue siendo un lugar de resistencia, donde la gente se organiza solidariamente más allá de la voluntad de los gobiernos de turno que siempre intentan decretar desde la ciudad las condiciones de vida de los isleños”, dice Marisa Negri, desromantizando el ideal de vida en la isla. “En pleno siglo XXI hay familias enteras que no cuentan con el servicio de luz eléctrica, el servicio de lanchas es muy escaso y oneroso, las oportunidades de estudios superiores son casi nulas”.

Esta situación recrudeció durante el ASPO, dejaron de pasar las lanchas de pasajeros, disminuyeron su frecuencia las almaceneras y los isleños se vieron ante la necesidad de armar redes solidarias para resolver cuestiones básicas de su existencia.

“Así surgió la Red Delta San Fernando, un grupo de WhatsApp que proponía sumar delegados por arroyo para intercambiar información y recursos. A partir de ella se formaron varios grupos de vecinos por arroyo y también la red de huertas isleñas coordinada por la biblioteca Genoveva”, dice Negri.

Usina de ideas  

Poesía en la Escuela es otro de los ejes en la vida de Marisa Negri. Es un programa que inició en 2010 con un grupo de poetas y que coordina junto a Alejandra Correa. Con los años crearon una red que se extiende por todo el país y por naciones hermanas como Uruguay, Perú, Chile y Paraguay.

“Los poetas van a la escuela a compartir lecturas que los hayan conmovido cuando eran niños o jóvenes y contagian su amor por la poesía, las escuelas se llenan de talleres, música, colores. Los chicos también escriben y leen junto a los poetas”, cuenta con pasión Marisa Negri. “Es una hermosa fiesta que nos sostiene y da sentido a nuestras vidas”.

También en sociedad creativa con Alejandra Correa crearon, en 2020, La Creciente: un espacio de capacitación virtual destinado a quienes desean leer y escribir poesía.

“Las clases por WhatsApp fueron una necesidad ya que no se podía llegar a la escuela por la creciente y derivaron en un proyecto que se llamó Memoria isleña en el que los adolescentes entrevistaron a sus mayores y ellos contaron la vida en las islas. Hoy estamos viendo cómo retomar eso desde la creación de un Museo Isleño en la biblioteca”, dice.

Como la Nautilus “es una usina de ideas y proyectos en estado de ebullición permanente”, el año pasado, en plena pandemia, Marisa Negri junto a Gabriel Martino y Daniela Rodi, crearon La Ballesta Magnífica: un sello editorial que inicia con La Noche, un conjunto de relatos ambientado en las islas de Alberto Muñoz.

Las influencias

El Delta con su sistema de arroyos, ríos y canales, sus casas abandonadas y antiguos naufragios es un tópico irresistible para muchas personas y una influencia permanente en los y las artistas que se sienten atraídos e influenciados por el dulce canto de sirenas de sus aguas.

“Estar acá ha influido en mi vida. Hay un antes y un después. Ha influido mi productividad en la escritura: escribí más de 10 libros en menos de 6 años. Si algo de eso vale la pena, lo dirán editores y lectores. Pero pude concentrarme de otro modo. También como asunto de la escritura viene asomando en cuentos, ensayos y hasta poesía”, dice Duizeide que volvió a la lírica por el amor a su compañera isleña.

La periodista, escritora y crítica literaria Gabriela Borrelli dice que “escribir en el Delta es una mezcla de tranquilidad y peligro. La literatura es como un escondite en sí mismo y es el lugar en el que los escritores heredan tradiciones que los hacen sentirse parte de este espacio encantado”.

Marisa Negri aclara que en su caso eligió al Delta “para vivir y eso es muy otra cosa. Tengo dos series de poemas sobre el Delta, una sobre la construcción de Nautilus y otra sobre los viajes en la lancha escolar pero mi relación con la isla no es sólo literaria”.

Haroldo Conti describió en su cuento Sudeste que “no hay uno de estos tipos que resista ese olor del río”. Los isleños lo llaman “mal de sauce” porque quienes visitan el Delta suelen entrar en un estado de ensoñación y cansancio que los atrapa y no los deja salir. En cambio, para otras personas, es todo un mundo de inspiración, sueños por cumplir y creación artística.

URR

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