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La historia del modelo matemático que encerró a toda España en sus casas

El físico Alex Arenas

Cristina Armunia Berges

España —

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Antes de que en la isla de La Gomera apareciese el primer caso de coronavirus en España, un equipo de matemáticos de Zaragoza y Tarragona trabajaba en unos modelos de cálculo que anticipaban una catástrofe. Si eran correctos, el desastre iba a ser de tal magnitud que parecía imposible. El deseo aquellos días entre los investigadores siempre era el mismo: que hubiera algún error en las operaciones. No fue así. La predicción del modelo matemático elaborado por la Universidad de Zaragoza y la Universitat Rovira y Virgili era correcta. Tanto, que incluso el Gobierno español, y así lo relata el exministro de Sanidad Salvador Illa en un libro que acaba de publicar, se basó en sus cálculos para decretar dos semanas de confinamiento estricto a finales de aquel mes de marzo negro.

La segunda semana de enero de 2020, Alex Arenas, físico y catedrático de la Universidad Rovira y Virgili, había estado en Tokio participando en un congreso. Tanto él como el resto de sus compañeros se dieron cuenta de una cosa que no tenía relación alguna con las charlas a las que asistieron: la pandemia empezaba a tomar forma. “En Europa se hablaba de algún caso, pero en Japón la gente estaba bastante asustada”, recuerda el investigador al otro lado del teléfono. El mayor “choque de realidad” se produjo al hacer escala en Hong Kong, de vuelta a casa. Allí las autoridades habían hecho un gran refuerzo para controlar la epidemia. La cosa parecía seria.

Nada más llegar a España, los equipos de las dos universidades se reunieron. Desde 2018 habían trabajado en un modelo epidémico, pero con datos figurados. “Le propuse al grupo de Zaragoza que trabajáramos conjuntamente en adaptar nuestro modelo a los primeros datos que ya surgían de la epidemia. Todavía no se llamaba COVID-19”, recuerda.

Del Diamond Princess al INE

Se pusieron manos a la obra y empezaron las pruebas para modificar el modelo Nature Physics 2018 para adaptarlo al SARS-CoV-2. Al principio, trabajaron con los datos que se publicaron sobre el crucero Diamond Princess: “Era un barco en el que se infectó gente y no dejaron bajar a nadie. Se convirtió en una especie de laboratorio”.

“Yo recuerdo un día, el 28 de enero, en el que hice una primera estimación y pensé que algo debía estar mal. Si eso era cierto, lo que se nos venía encima era una catástrofe de una magnitud que no habíamos visto nunca”, cuenta. Unos días después, fue a comprar mascarillas a la farmacia de su pueblo y lo tomaron por loco.

El 15 de febrero, el modelo estaba en pleno funcionamiento y solo les faltaba conseguir los datos de movilidad en España, que les proporcionó el INE el día 26 de ese mismo mes. “Ahí empezamos a ver la magnitud de la situación y también empezó una nueva labor: la de intentar comunicar en qué momento estábamos y lo que podía venir”, relata.

Con los resultados en la mano, hicieron algún intento de contactar con instituciones, sin éxito. Así que decidieron montar una web divulgativa. Ese fue el disparador. Varios medios de comunicación se interesaron y sus datos empezaron a circular: “Nos dimos cuenta desde el minuto uno de que, si los datos que estábamos produciendo eran ciertos, el problema fundamental después de la infección iba a ser el sanitario”. El cuello de botella estaba en las unidades de críticos, que estaban diseñadas para una sociedad “que no está en una pandemia”.

El equipo de investigación estaba formado por ocho expertos: cuatro en Tarragona, dos en Zaragoza, uno en Brasil y otro en EEUU. Con grandes diferencias horarias entre los compañeros, Arenas relata cómo durante varios meses apenas si dormía dos horas entre las clases online y las interminables videoconferencias intercontinentales en las que se trabajaba sobre todo para lograr los primeros datos. “Estuvimos semanas en las que pasábamos horas y horas recogiendo información detallada que podía salir en cualquier medio. Nos fijábamos en aquellos primeros casos y los metíamos en el modelo”, cuenta.

“Nuestras conexiones con el equipo eran eternas. Era muy difícil porque al principio no teníamos ni siquiera una fuente de información fiable. Trabajábamos con datos que día a día mirábamos de la web de RTVE, de toda la prensa, porque necesitábamos saber dónde había aparecido algún caso porque eso era una semilla que nos daba una idea de cómo se extendería la incidencia”, recuerda. 

La llamada de Antonio Banderas

Los datos del estudio generaban cada vez más interés. Al punto que llegó a contactar con ellos para interesarse por la investigación el actor Antonio Banderas. Poco después, el 12 de marzo, recibieron la primera llamada oficial, de la Generalitat de Catalunya: “Nos habían visto en la prensa”. El 14 de marzo, el Consejo de Ministros aprobó el primer estado de alarma y el confinamiento. El 23 de marzo llegó la comunicación del Ministerio de Sanidad, de la mano de Fernando Simón. A partir de ese momento, comenzó un contacto fluido con Miguel Hernán, catedrático en epidemiología que formaba parte del grupo de expertos que asesoró al Gobierno en la gestión de la crisis de la COVID-19. Por entonces, se cuestionaba si el confinamiento debía levantarse o extenderse, y las decisiones se jugaban tanto entre los expertos en el Ministerio como en el Congreso de los Diputados en las negociaciones para que los partidos apoyaran la revalidación del estado de alarma.

España llevaba confinada dos semanas. El 14 de marzo el Gobierno había limitado los movimientos en todo el territorio nacional para contener el coronavirus y solo se permitían los desplazamientos para hacer compras de primera necesidad, acudir al médico o a trabajar, así como para el cuidado de personas vulnerables, ir al banco o echar gasolina. La siguiente fase, la que fue del 30 de marzo al 9 de abril iba un poco más allá, obligaba a los trabajadores no esenciales a quedarse en sus casas. 

Salvador Illa, en su libro El año de la pandemia, relata la importancia que tuvieron los modelos matemáticos en las decisiones que se tomaron a partir de entonces. A mediados de marzo, el CCAES y el Comité Científico Técnico COVID-19, formado por especialistas de las diferentes comunidades autónomas e instituciones, estaban inmersos en el análisis de diferentes modelos predictivos. El virus se expandía a gran velocidad y las unidades de cuidados intensivos empezaban a resentirse, relata Salvador Illa en el capítulo que lleva por nombre España Confinada.

La decisión del confinamiento reforzado

Entre varios estudios matemáticos, uno terminó por convencerlos de que se necesitaba un confinamiento mucho más duro para frenar la ola que venía y sus consecuentes ingresos de urgencia. “Especialmente uno que había publicado un grupo de investigadores de la Universidad Rovira i Virgili y que, con una carta enviada a The Lancet, habían alertado de que en dos semanas se colapsaban las UCI”, detalla el exministro.

“Nos reunimos con ellos y con el Comité Científico. Fue un martes, 24 de marzo. Analizamos el modelo y discutimos las hipótesis en que se basaban”, recuerda Illa. “Los técnicos se mostraban cautos en relación con las hipótesis de las que se partía para modelar la evolución de la epidemia. En especial, las relativas al número de infectados, de contactos diarios que tenía cada persona, el periodo de incubación o la duración de la enfermedad”, relata. A partir de ese día, el Gobierno fue requiriendo al equipo “informes de posibles escenarios”.

El 26 de marzo “todo cambió” con una llamada de Pepa Sierra (del CAAES), explica el entonces ministro: “Necesitamos verte. De forma urgente”, le dijeron. “Miriam [directora de Comunicación del ministerio de Sanidad] convocó a Fernando [Simón], Pepa [Sierra] y Miguel Hernán al llegar al ministerio. [...] Me contaron que habían vuelto a revisar el modelo de la Rovira i Virgili, que habían podido consultar información sobre movilidad con datos de Facebook y que la habían contrastado con la de Italia. Nuestro confinamiento era más estricto que el italiano, con estado de alarma teníamos una reducción de movilidad de casi el 60% de lunes a viernes y de un 80% los fines de semana”, relata. La conclusión a la que llegaron, y la que le trasladaron a Illa, era contundente: “Necesitamos reducir a un 80-85% la movilidad durante 15 días o las UCI colapsarán. Y hay que tomar ya la decisión”.

Illa preguntó a los comensales que cuál era su propuesta y fue Miguel Hernán quien respondió: “Un confinamiento total de dos semanas, un cierre total. No con la intención de doblar la curva, para eso necesitaríamos mes y medio, sino para que cuando llegue el pico de UCI, no se desborden”. Illa se dejó la comida a medias.

Todos estaban convencidos. Utilizar “el cartucho” del confinamiento total una sola vez y evitar que las UCI colapsasen. Ese mismo día Illa llamó a Sánchez para explicarle la situación.

Con los datos de Arenas en la mano, el Gobierno endureció la cuarentena el 28 de marzo, obligando a todos los trabajadores no esenciales a permanecer en su casa. El miércoles 1 de abril, recuerda Illa en su libro, se registraron 950 fallecidos por coronavirus, el pico de muertes. De no haber adoptado estas medias para cortar la transmisión desde mediados y a finales de marzo, la situación en las UCIs hubiera sido “insostenible”, calcula el exministro. 

Después de colaborar con el Gobierno en un momento histórico, Arenas admite sentirse un poco desanimado. “Nos queremos olvidar muy rápido de lo que ha pasado, como si no fuera a pasar más. Y al contrario, los condicionantes ambientales, el cambio climático, la movilidad a nivel global, la deforestación, el contacto con el mundo animal van a traer más epidemias”, advierte. El investigador cree que, aun con todo lo que ha pasado, “no hemos aprendido a prepararnos”.

Arenas recuerda que las infecciones que se propagan por el aire son muy peligrosas “porque no se ven”. “Necesitamos hacer lo que se hizo hace dos siglos, que fue desinfectar el agua para potabilizarla y que fuera de uso común para cualquier vivienda. Esto vamos a tener que hacerlo con el aire y no lo estamos haciendo”, dice.

Entre recuerdos y charlas, Arenas sigue trabajando en su despacho. Ahora, en modelos epidémicos que contemplan vacunación, pérdida inmunitaria, y aceptación o rechazo social de medidas preventivas. También en modelos de predicción que se basan en las aguas residuales y en otro tipo de problemas de sistemas complejos, que no son sobre epidemias, pero sí sobre problemas que nos siguen golpeando como la congestión de tráfico en las ciudades o la pérdida de la conectividad neuronal. “Nosotros simplemente estábamos haciendo lo que sabíamos hacer”, añade. “Hacíamos modelos y podíamos saber lo que podía pasar”, concluye.

CAB

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