Hacen guardia telefónica las 24 horas

“Me salvaste la vida, te hago matambre a la pizza”: los vecinos de Zárate que evitan suicidios en el puente Brazo Largo

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En Zárate, un grupo de personas motivadas por sus convicciones morales y por las heridas de su pasado, resguarda la vida de aquellos que quieren dejar de existir, en medio del aumento exponencial de suicidios en todo el país. Se agrupan en la ONG Tu Esperanza, caminan por la ciudad y escuchan a vecinos desahogarse. En el último año, atendieron presencialmente a 204 personas en situaciones límites, y avisan que los casos aumentaron más del 20%. Por eso, solicitan ayuda y mayor compromiso del Estado, las instituciones y la sociedad. “No damos abasto”, dicen.

También hacen obras de teatro, dictan charlas en escuelas, fábricas y fuerzas policiales. Y tienen una teléfono abierto las 24 horas (3487- 301800) para los momentos más oscuros, que en el último año sonó un promedio de 20 veces por semana, con picos de 3–4 por día. Pero sobre todo, este grupo de evangélicos destina gran parte de sus recursos vitales a monitorear el Puente Zárate-Brazo Largo.

Este complejo (que une Buenos Aires con Entre Ríos), es, a la vez, sinónimo de progreso –monumento histórico, considerada una de las arterias viales más importantes de Sudamérica–, y lugar más elegido de los habitantes de la zona para arrojarse al vacío. En Zárate, según Gendarmería y la ONG, hay alrededor de 10 intentos de suicidio por semana, y la gran mayoría ocurre en este puente que tiene una extensión de 30 kilómetros.

En el medio del puente hay cámaras de monitoreo y carteles con números telefónicos y mensajes pegados en columnas y barandas que alientan a la gente a no arrojarse. “No sé cómo voy a alimentar a mi familia, pero vi el cartel y te llamé; ahora me estoy bajando del puente”, le dijo un joven de 30 años que perdió recientemente el trabajo a María de los Ángeles González, encargada de la ONG Tu Esperanza. “El 80% de los casos que nos llaman son varones adultos jóvenes que perdieron su trabajo o están endeudados y no saben cómo salir de ese laberinto”, le cuenta González a elDiarioAR.

Tiene 44 años e integra la ONG desde su creación, hace 9 años, tras superar una crisis (“me di cuenta que no quería terminar con mi vida, quería terminar con el dolor”). Junto a otras tres personas (Carla Palacio, Juan Manuel Coria y Valeria Moreira), hacen guardia de 8 horas durante todo el día, todo el año, a la espera de un llamado o un mensaje por redes. Coordinan su trabajo con el municipio, el hospital y capellanes especializados. Después de una intervención de urgencia, hacen un acompañamiento semanal.

La red de contención

El Centro de Monitoreo de Zárate es el primer eslabón. Desde las cámaras instaladas en el puente, empleados observan y detectan conductas “sospechosas”: un andar lento, las manos en la cara, la mirada sostenida en el río (“hay un gendarme que hace 25 años trabaja en el puente y sabe, a primera vista, si una persona tiene intenciones recreativas o fatales”, cuenta María). A continuación notifican a Gendarmería y a la ONG Tu Esperanza, que se trasladan en Uber o en un vehículo de Vialidad hasta el lugar. Hay veces que no se puede hacer nada, porque un auto frena de repente, el conductor baja y todo termina en segundos.

Otras veces llaman las propias personas desde el borde del puente (“Estoy en el puente, si no vienen me tiro”). Ocurre sobre todo al atardecer y en la madrugada. No sólo son zarateños, también se acercan habitantes de Baradero, Pilar, Campana, Capital Federal, incluso de otras provincias como Entre Ríos y Corrientes (“hace poco una chica viajó en Uber desde Corrientes, se arrojó y se salvó de milagro porque justo abajo estaban unos pescadores que la socorrieron”, detalla María). ¿Por qué eligen este puente? “La verdad es que no tengo una respuesta para esa pregunta”, dice María. “Lo que puedo decirte es que los folletos que pegamos salvaron muchas vidas. Por eso cuando llueve nosotros volvemos al puente, para revisar que no se hayan despegado”.

El Zárate-Brazo Largo no es el único caso. En el norte del país, el puente General Belgrano –que une Corrientes con Chaco– replica la escena a escala mayor: unos 560 voluntarios de la iglesia evangélica Casa de Dios, conocidos como los “Ángeles del Puente”, lo patrullan las 24 horas desde agosto de 2023, y en ese lapso registraron unos 260 intentos y rescataron a 163 personas; cinco se quitaron la vida frente a ellos.

Los dos viaductos figuran, con carácter urgente, en un proyecto de ley presentado en abril en el Congreso. Propone un programa nacional de prevención en infraestructuras de alto riesgo, con barreras físicas, mallas de contención, dispositivos antiescalamiento, cámaras y señalética con líneas de ayuda. El antecedente que citan los impulsores es el Golden Gate de San Francisco, que en 2024 completó una red de acero a lo largo de 2,7 kilómetros y redujo los suicidios un 73% en el primer año.

Matambre al rescate

Cada día, al entrar en su oficina sobre una iglesia evangélica a 20 minutos del puente, o ante situaciones límites que irrumpen en su día, María se disocia (“Cuando una conoce el dolor, deja de mirarse a sí misma”). Recuerda muchos casos. Como el chico solitario que caminó horas desde Campana hasta el puente. O con el que hizo una videollamada durante todo el trayecto hasta que lograron manotearlo desde el borde. O el que iba decidido y tropezó y, desde el piso de acero y losa de hormigón, agarrándose la rodilla, levantó la cabeza y leyó “No estás solo, llamame”. Pero hay un caso que María evoca en su intimidad.

Eran las tres de la mañana. Hacía dos horas había empezado su turno. Estaba en la oficina de tres ambientes: dos habitaciones y una sala de estar con un escritorio, una computadora y un teléfono. En silencio, divagaba. Los pensamientos se dispersan a esa hora con la ciudad apagada. Era un típico martes de julio. El teléfono sonó.

–Necesito hablar– se escuchó entre el viento.

–Estoy para escucharte, corazón–.

La mujer había recorrido unos 250 metros. En la mitad del puente Zárate–Brazo Largo, bajo la noche cruzó desde el sendero peatonal y atravesó la vía ferroviaria. Llegó hasta el angosto espacio que hay junto a la baranda. A esa altura, el viento sube 50 metros desde las aguas turbias del Paraná y se siente con mayor fuerza. Miró a su costado y vio, en una columna, un cartel. “Puedes superar esto”, decía. Y un número: 3487-589876. Llamó.

–Me voy a matar

–¿Por qué, corazón? Contame

–Mi hermana se quitó la vida hace un mes. Vivo con mi mamá y con mi sobrina, porque mi hermana tenía una hijita... No sé cómo voy a llevar todo esto adelante.

Empezaron a hablar. María escuchaba. De pronto, preguntó:

–¿Y vos a qué te dedicas?

–Soy chef. Pero ya no aguanto más, me voy matar– dijo desde el borde del puente.

–Pero esperá, si a mí me encanta el matambre a la pizza.

La imagen absurda de un matambre a las tres de la mañana la obligó a salir de la oscuridad del túnel. Y el drama, de a poco, empezó a disolverse con la risa, excusa suficiente para postergar cualquier decisión.

Hablaron de otros platos y delicias. María desde su oficina. La mujer desde el puente. A veinte minutos de distancia.

–Tenés que cocinarle a tu sobrina, nena. Le vas a tener que enseñar.

–Sí– entre risa y llanto.

Dos horas después, a las cinco de la madrugada, María dijo:

–Andá bajando, corazón.

–Bueno, ya bajé del puente–, al rato dijo la mujer.

Después agregó:

–Loca, me salvaste a la vida. Cuando te vea voy a cocinarte ese matambre a la pizza.

–Yo solo quiero que llegues a tu casa y abraces a tu mamá y a tu sobrinita.

Siguieron hablando hasta que la mujer llegó a su casa.

–Ya llegué. Voy a entrar y voy a abrazar a mi mamá y a mi sobrina.

María todavía evoca el chirrido de la puerta al abrirse que escuchó del otro lado del teléfono, y suspira.

“La gente no escucha, habla por los oídos. Cada vez más, se escucha sólo para responder. Si escucháramos, muchas otras cosas cambiarían”, dice María.

En un par de horas, las dos mujeres habían construido un lazo que pocas veces se logra. Pasó un año desde aquella conversación, pero nunca se vieron, no se conocen en persona. Y María no comió el matambre a la pizza.

“Qué loco, ¿no?”, dice. “La vida tiene eso”.

Si vos o alguien que conocés necesita ayuda por una crisis emocional o pensamientos suicidas, podés comunicarte las 24 horas con la línea 135 (CABA y Gran Buenos Aires), al (011) 5275-1135 o al 0800-345-1435 desde todo el país. También es importante buscar atención en el centro de salud más cercano.