Opinión
Crisis de empleo, crisis de poder adquisitivo, crisis de ventas, crisis industrial… ¿y si estamos entrando, otra vez, en una crisis económica?
Hay palabras que en la Argentina parecen prohibidas hasta que ya es demasiado tarde. Crisis es una de ellas. Durante meses —a veces durante años— los síntomas se acumulan sin que nadie quiera pronunciar el diagnóstico completo, crisis económica, porque el que se quema con leche ve la vaca y llora. Se habla de desaceleración, de reacomodamiento, de transición, de ajuste necesario, de sinceramiento. Pero no de crisis económica. Hasta que ya es tarde.
En la economía real, las señales empiezan a repetirse con una familiaridad inquietante: paros por salarios que ya no alcanzan; fábricas que suspenden trabajadores porque no venden; empresas que despiden a la mitad de su personal; bancos que advierten que cada vez más familias dejan de pagar sus créditos, y en consecuencia pierden valor, porque caen sus acciones.
Cada noticia parece contar una historia distinta. Miradas juntas, todas hablan de lo mismo.
La pregunta es insoslayable: ¿son problemas aislados o estamos asistiendo a los primeros capítulos de una nueva crisis económica?
La Argentina conoce bien ese terreno. En las últimas décadas atravesó al menos ocho grandes recesiones, según distintos estudios sobre el ciclo económico: en 1989-1990, 1995, 1998-2002, 2009, 2012, 2014, 2016 y 2018-2020, cortando ahí, sin contar la pandemia. Cada una de esas ocho grandes recesiones de la historia reciente tuvo causas distintas, pero todas dejaron una marca similar: caída del empleo, deterioro salarial y retroceso del consumo.
En el mundo del trabajo las señales vuelven a aparecer con nitidez. Allí es donde las transformaciones macroeconómicas dejan de ser abstracciones y se convierten en experiencias concretas.
En 2010, Amado Boudou, cuando fue ministro de Economía y tenía poco más de 50 años, buenmozo, sonriente, en la cresta de la ola por —como se le atribuye— haber capeado en la Argentina la crisis económica mundial provocada en Europa por el derrumbe de las subprime, y antes de pasar al ostracismo por la causa Ciccone —por la que terminó condenado y preso—, dijo una frase que sonó fuerte: “La economía es como el amor, cuanto más caliente, mejor”.
A lo mejor quien al año siguiente se convertiría en vicepresidente de Cristina Fernández de Kirchner tenía algo de razón. Porque la realidad evidencia que cuando la economía se enfría, lo primero que se enfría es el salario. Y más cuando está en el poder un gobierno como el de La Libertad Avanza, con el economista Javier Milei al frente de la Presidencia de la Nación: al dejar al Estado de brazos cruzados observando cómo el mercado acomoda todo, deja a miles de hogares a la deriva, sin protección, tras los despidos de sus principales sostenes económicos. Despidos que se informan cada día, igual que cierres de empresas.
En los últimos meses esa tendencia también se refleja en el mapa empresarial. La quiebra de Garbarino, durante años uno de los gigantes del comercio de electrodomésticos en el país, se convirtió en uno de los símbolos más visibles de este deterioro. El cierre de la compañía, y centenares de ellas más, desde pequeñas hasta grandes, se enmarca en un escenario de calamidad creciente: plantas paralizadas, suspensiones y despidos, desde el sector textil hasta el metalúrgico y el autopartista. En muchos casos, las empresas explican el ajuste por la misma razón que repiten desde hace meses: la caída de las ventas en el mercado interno.
La lista de conflictos empresariales se extiende por todo el entramado productivo. En el sector del neumático, por ejemplo, el cierre de Fate dejó a cientos de trabajadores frente a un futuro incierto; en la industria metalúrgica, trabajadores advierten que decisiones de compra externa pueden dejar cientos de empleos en el camino; y en distintos rubros manufactureros se multiplican los recortes de personal. Son episodios que parecen inconexos, pero son parte de la misma serie: una estructura industrial que cruje por la caída del consumo, la presión de las importaciones y el enfriamiento de la actividad económica.
Hoy el salario mínimo en la Argentina cubre apenas una fracción del costo de vida. En diciembre de 2025 fue de $334.800, mientras que la canasta básica total para una familia tipo superó $1,3 millones. Es decir que el ingreso mínimo legal cubre apenas una cuarta parte de lo necesario para no ser pobre.
Eso explica también el incesante crecimiento del pluriempleo. Cada vez más trabajadores necesitan sumar un segundo —y a veces un tercer— ingreso para sostener la economía familiar. En los últimos años la proporción de personas con más de un empleo pasó del 8,5% al 11,9%, un aumento cercano al 40%, impulsado por la pérdida de poder adquisitivo.
Detrás de esa estadística hay jornadas que se estiran hasta la madrugada, padres y madres que encadenan trabajos formales con changas, aplicaciones de delivery y de traslados, como Uber, Cabify y Didi, y demás “kioscos” para poder llegar a fin de mes. El pluriempleo no es una buena señal por dos razones: la primera es que en cualquier economía que funcione bien lo normal sería que una persona tuviera un solo trabajo remunerado para llegar a fin de mes, no dos, ni tres ni cinco, y lo segundo es que tener más de un trabajo le agrega estrés, agotamiento y menos tiempo al trabajador y a la trabajadora, y por ende a la vida familiar de esas personas.
El pluriempleo no es una buena señal por dos razones: la primera es que en cualquier economía que funcione bien lo normal sería que una persona tuviera un solo trabajo remunerado para llegar a fin de mes, no dos, ni tres ni cinco, y lo segundo es que tener más de un trabajo le agrega estrés, agotamiento y menos tiempo al trabajador y a la trabajadora, y por ende a la vida familiar de esas personas.
Incluso en el empleo formal, los ingresos crecieron por debajo de los precios durante 2025. La inflación anual cerró en 31,5%, pero el aumento de salarios no logró acompañar ese ritmo. El resultado fue una nueva caída del poder adquisitivo.
Así aparece un fenómeno que hasta hace pocos años parecía excepcional y hoy se volvió estructural: la pobreza dentro del empleo. Tener trabajo ya no garantiza escapar de la pobreza.
Las tensiones salariales empiezan a reflejarse también en los conflictos laborales. Los trabajadores ferroviarios, por ejemplo, denunciaron que perdieron un 56% de su salario real desde diciembre de 2023, lo que derivó en un paro nacional del sector.
En el transporte automotor, los choferes de la línea 60 denunciaron una pérdida aún mayor del poder adquisitivo. En distintas ramas industriales, las paritarias quedan rezagadas frente al costo de vida.
Cuando el salario se debilita, el consumo lo sigue inevitablemente.
Desde hace meses las empresas vienen describiendo el mismo problema: las ventas se desploman. Y de ese diagnóstico ya se desprenden consecuencias concretas: suspensiones, despidos y, en algunos casos, cierres.
Textilana, histórica fabricante de la marca Mauro Sergio, suspendió a 175 trabajadores por acumulación de stock.
La empresa Kopelco, conocida por producir los preservativos Tulipán, despidió a 220 empleados en sus plantas de San Martín y San Luis.
En ambos casos, la explicación empresarial fue la misma: la demanda cayó.
La industria es particularmente sensible a ese proceso. Cuando el consumo se enfría, la producción se reduce. Cuando la producción se reduce, el empleo industrial suele ser el primero en resentirse.
Y cuando los salarios ya no alcanzan y el consumo se retrae, la tensión termina filtrándose también en otro frente de la economía doméstica: las deudas.
Los balances de los principales bancos privados del país revelaron un aumento de la morosidad en los créditos de consumo, el nivel más alto en casi dos décadas.
Detrás de ese número hay miles de historias similares: familias que se endeudan para sostener gastos corrientes y que luego descubren que el ingreso ya no alcanza para pagar las cuotas.
Salarios débiles, consumo debilitado, empresas que ajustan producción, hogares endeudados.
En economía, esa cadena de eventos rara vez aparece por casualidad.
Ahora bien, ¿alcanza todo esto para hablar de recesión?
La respuesta técnica es más cauta. En la literatura económica suele utilizarse una regla práctica: un país entra en recesión cuando su producto interno bruto cae durante dos trimestres consecutivos.
Sin embargo, la definición académica más utilizada es algo más amplia.
El National Bureau of Economic Research (NBER), el organismo estadounidense que estudia los ciclos económicos, define una recesión como una caída significativa de la actividad económica extendida en toda la economía y que dura más de unos pocos meses.
Pero no se trata solo del producto. También cuentan el empleo, los ingresos, el consumo y la producción industrial.
Desde ese punto de vista, el diagnóstico es más ambiguo.
La Argentina todavía no atraviesa una recesión en sentido estricto. Pero varios indicadores empiezan a mostrar señales de enfriamiento.
La serie del Estimador Mensual de Actividad Económica (EMAE) ayuda a entender este momento. Tras la profunda contracción registrada entre finales de 2023 y comienzos de 2024 —una de las consecuencias inmediatas del fuerte ajuste macroeconómico— la economía experimentó un rebote durante parte de 2024.
Ese repunte permitió hablar durante algunos meses de “milagro económico” o de recuperación acelerada.
Pero las economías no viven de milagros, sino de ingresos, consumo y producción.
Durante 2025 la actividad empezó a perder impulso. En varios meses se observaron estancamientos o leves retrocesos. No fue una caída abrupta, pero sí una desaceleración persistente.
Ese comportamiento agregado, además, oculta fuertes desigualdades sectoriales. La industria manufacturera y la construcción —dos de los grandes motores históricos del empleo formal en la Argentina— fueron también dos de los sectores más golpeados del ciclo reciente. La industria cayó 9,4% en 2024 y apenas logró crecer 1,6% en 2025, mientras que la construcción se desplomó 27,4% en 2024 y rebotó 6,3% en 2025, una recuperación todavía insuficiente para compensar el derrumbe previo.
Al mismo tiempo, buena parte del crecimiento reciente se concentra en sectores que generan poco empleo directo o tienen menor efecto multiplicador sobre el resto de la economía. Esa asimetría ayuda a explicar una paradoja cada vez más visible: algunos indicadores macroeconómicos mejoran, pero el mercado laboral y el consumo siguen debilitados.
En términos de ciclo económico, es el tipo de comportamiento que suele observarse en las fases previas a una recesión.
Mientras tanto, el modelo económico oficial insiste en una idea simple: el mercado se encargará de acomodar las variables. El Estado, en esa lógica, debe retirarse y dejar que los precios y los incentivos hagan su trabajo.
El problema es que los mercados no acomodan personas. Acomodan números.
Cuando las empresas reducen costos para sobrevivir a una caída de ventas, lo que desaparece no es una variable abstracta: es el ingreso de un trabajador. Y detrás de cada trabajador hay un hogar.
Miles de hogares.
En las planillas de Excel se llaman “ajustes”. En la vida cotidiana se llaman despidos.
Los mercados no acomodan personas. Acomodan números. Cuando las empresas reducen costos para sobrevivir a una caída de ventas, lo que desaparece no es una variable abstracta: es el ingreso de un trabajador. Y detrás de cada trabajador hay un hogar. Miles de hogares. En las planillas de Excel se llaman “ajustes”. En la vida cotidiana se llaman despidos.
Quizás cada una de estas crisis pueda explicarse por separado. La crisis salarial, por la inflación pasada. La crisis del consumo, por la pérdida de ingresos. La crisis del crédito, por el endeudamiento familiar. La crisis industrial, por la caída de ventas y por otro factor que golpea a la producción local: el aumento de las importaciones y el debate sobre el tipo de cambio.
Cada vez resulta más barato traer productos del exterior que fabricarlos en el país. Incluso algunos economistas —a los que el Presidente suele descalificar públicamente como “econochantas”— sostienen que el peso volvió a apreciarse en términos reales, lo que abarata las compras externas. Los econochantas hablan de atraso cambiario. A Milei eso le pone los pelos de punta. En ese contexto, las importaciones de bienes comenzaron a crecer con fuerza en distintos sectores manufactureros, mientras plantas locales reducen producción o directamente suspenden personal.
Cuando todas estas crisis aparecen al mismo tiempo, cuando el salario pierde poder de compra, cuando el consumo se enfría, cuando la industria recorta producción y cuando las familias empiezan a dejar de pagar sus deudas, el fenómeno deja de ser sectorial.
Tal vez la pregunta no sea si hay crisis en tal o cual empresa o en tal o cual sector, como el textil, que trabaja al 40% de su capacidad instalada, o como la industria toda, donde se registran 160 despidos por día desde que llegó al poder el tándem Javier Milei-Luis Caputo y su modelo libertario. La pregunta es si todos estos síntomas —vistos en conjunto— no están describiendo algo más amplio. Una palabra que en la Argentina siempre llega tarde, pero igual termina apareciendo: crisis. O crisis económica, con todas las letras.