Sobre este blog

A veces es más interesante lo que sucede en la previa de una entrevista que la entrevista que se publica. A veces, también, las bambalinas de un reportaje merecen “una nota aparte”. ¿Cómo se preparó Esmeralda Mitre para recibir a elDiarioAR? ¿Qué era eso que tenía sobre su escritorio el empresario Claudio Belocopitt? ¿Y el momento exacto en el que Alberto Samid se enfureció delante del grabador encendido? Hay datos de archivo, referencias, climas, declaraciones o rodeos del personaje que no llegan a un texto. Y no hay entrevistado sin entrevistador así que este boletín también indaga en los fracasos y los aciertos a la hora de entrevistar, de la escucha y lo imprevisible. Gracias por venir será una ventana para que corra aire y también para conocernos.

Autora: Victoria De Masi

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Los finales

Los finales.

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Sentados cada uno en su reposera, los pescadores observan las cañas que han clavado en la arena. Es octubre, un día tibio en la Costa Atlántica, y somos pocos en la playa. Me inquietan los pescadores. Me inquietan porque invierten un tiempo considerable en observación y espera. Bajo el mismo sol, nosotros nos contorsionamos para que el bronceado nos quede más o menos parejo, acomodamos el libro de una u otra forma, siempre incómoda. Ellos no. Se someten, dóciles, al acto de la contemplación. 

De repente una caña se dobla y la tanza se tensa y el reel se relaja y quién sabe qué cosa habrá sido engañada por el anzuelo en los fondos de ese monstruo bravo y ciego, nuestro mar argentino. Ahora los pescadores se eyectan de las reposeras. Todo es acción: uno sostiene la caña por el mango y le imprime fuerza con el cuerpo todo. Otro toma la caña entre el encastre y la puntera, e intenta levantarla. El tercero, con el agua a la altura de los muslos, agita los brazos y desde aquí no lo escucho pero el gesto indica un “¡dale, dale, dale, metele!” en continuado. Quién alienta es tan necesario como quien sostiene la caña por el mango y el que lo ayuda. 

Cede el carrete en un latigazo, sobreviene la euforia, los gritos. Somos pocos en la playa, ya se dijo, pero todos nos contagiamos el entusiasmo de los pescadores, porque nos baña la misma luz pero es el primer acontecimiento de la mañana que nos encuentra¿Y si es un Gran Pez? Nadie sabe si ese animal es vigoroso pero pequeño o increíblemente enorme. Igual, mejor, si en el misterio está el artificio. Más, un poco más, un poquito más de fuerza. Ahora todos alentamos. Y entonces asoma un pescado menudo. A nosotros nos invade un arrullo, el sonido de la decepción. Pero a ellos no les importa: sólo hay alegría ante la aparición. Salto, arenga, foto grupal con el pescado boqueando. Y final del juego. 

Como los pescadores, alguien, en este momento, en algún lugar del mundo, está siendo feliz. 

Fin de fiesta

El lunes fui a la entrega de diplomas de TEA, la escuela de periodismo de la que yo también egresé, en 2006. Quince años después de haber cerrado mi ciclo de estudiante terciaria, Lucía Saludas, una alumna, me eligió para esperarla en el escenario junto a los periodistas Diego Rojas y Juan Carrá con un papel que simboliza la autorización para ser periodista en el mundo de los periodistas. Para mí fue un honor.

Pero más allá de la invitación, que fue personal, asistí al acto de egreso de una camada de colegas que hizo sus prácticas en plena pandemia. Casi la mitad de la cursada, en promedio, fue virtual. Esos chicos y chicas tuvieron que afianzar lazos y adquirir conocimientos pantalla mediante. Y ahí estaban, con sus mejores ropas, felices, asistiendo a un final que abre un principio. Me dediqué a admirarlos.

Lucía y un compañero leyeron un texto que habían escrito para su colación. “La pandemia en vez de separarnos de los estudios nos hizo conectar aún más, desde un mundo de aprendizaje que nos era desconocido: el mundo virtual. Pero no se imaginan lo mucho más llevadero que fue poder transitar el encierro, las pérdidas y todo lo que traía aparejado, el hecho de saber que de alguna manera nosotros seguíamos ahí, estábamos conectados, y nuestras ganas de seguir, de aprender, de crecer y de no abandonar no habían sido perjudicadas por el virus y por la cuarentena”, dijeron.

Esta veintena de periodistas de estreno saldrán a pelear un puesto de trabajo en un mercado exigente y que paga mal. El remate del texto leído ante profesores, familiares y amigos fue a dúo. “Somos periodistas”, exclamaron con una seguridad radical Lucía y su compañero. Me conmovió ese último golpe. “Yo soy” en “este colectivo”. El desenlace fue una declaración de identidad, un manifiesto. Solo puedo desearles un buen destino en este oficio.

Lucía asiste a los talleres de periodismo que ofrezco cada tanto. Esta vez, ella me participó a mí de su final, del cierre de su ciclo, y yo sólo siento gratitud. Como cuando Anabella Arrascaeta me escribió para contarme que publicó ese texto en primera persona que había trabajado en el taller. Ani hizo el taller mientras cursaba el último mes de embarazo: wow. Como cuando Diana Rojas me cuenta que le han pedido otra nota para publicar en un medio de alcance nacional. Como cuando Celeste del Bianco me envía su libro, un trabajo extenuante, el primero tan largo que encuentra su forma física en el papel. Como cada vez que recibo un mail firmado por alguno de los periodistas que pasaron por mi taller: sonrío cuando en vez de dudas, problemas y desesperaciones encuentro links a sus notas o videos o cortes de audio. Son cierres, son buenos cierres: no importa -nunca- el tamaño del pescado.

Un final, sí: ¿pero qué es “un final”?

Suele hablarse de los principios de los textos, de las introducciones. La meta -el ideal- es lograr un puñado de líneas que “atrapen al lector”. Es decir, tomarlo del cuello con la presión justa para que crea que si se despega del papel o la pantalla dejará de respirar. Sí, es exagerado. Pero bueno, esa es la intención. 

Además de los pescadores y los periodistas recién egresados, y entre temas y personas, me inquietan los finales de las cosas. Los remates de las notas, por ejemplo. Porque los remates de las notas merecen el mismo esfuerzo, la misma cuota de creatividad y energía que los principios. Muy simple: si el lector me acompañó hasta el final, si me dedicó quince minutos, media hora o un día de su vida para leer estos caracteres que me costaron más, o menos, tengo que despedirlo a la altura del tiempo invertido. A los pies del lector escribo.

En La trastienda de la escritura, un libro hermoso y necesario de Liliana Heker, hay un capítulo dedicado a los remates de los cuentos llamado El tiro del final. Heker -novelista, cuentista, ensayista- saca de la discusión literaria el hecho de que todo cuento tiene un final. Pero se pregunta qué se entiende por “final”. La teoría indica que hay finales cerrados y finales abiertos. En el primer caso asesinan al protagonista, en el segundo la pistola nunca se dispara. Sin embargo, para Heker, todo final es un final cerrado“Una frase o un párrafo donde se produce una revelación por la que, de algún modo, se puede vislumbrar la trascendencia de la historia”.

Una palabra clave: trascendencia. Aquí podría cometer el error más frecuente (una actitud de haragán, dado que no produce pensamiento, no abre nuevas dimensiones) que es tomar la definición del diccionario. Pero voy a tomarme esa licencia porque suele ser la única solución a cualquier problema. Como en las series, cuando incrustan el personaje del periodista porque hay que destrabar la trama y para eso los periodistas servimos. Para la RAE“trascendencia” es 1. f. Penetración, perspicacia. 2. f. Resultado, consecuencia de índole grave o muy importante. 3. f. Fil. Aquello que está más allá de los límites naturales. Nada ahí indica un sentido para “cierre”. Va en contra: trascendencia es continuidad, algo termina porque abre otra cosa. Eso es genial. Es aliviador.

¿Cuándo se termina una jornada de pesca? Cuando se planea la que sigue, quizás. ¿Cuándo se “es” periodista? Todo el tiempo y nunca. ¿Cómo se remata una nota? No hay fórmulas, pero arriesgo: cuando la intención de quien escribe está puesta en lograr un golpe de efecto que alargue la vida de la historia más allá del punto final. Es una operación cercana al enigma que se manifiesta en actividades cotidianas. A veces, mientras lavo los platos, me asalta la memoria una frase que leí o una escena, o tal personaje o la deriva de una noticia. Un texto trasciende cuando se vuelve inolvidable.

Los finales son apenas saltos en la línea de vida de un cuento, de las personas. Un final está bien resuelto cuando funciona como garantía de permanencia. Un buen final hace que el acontecimiento se vuelva anécdota, un recuerdo. Que los pescadores sean anécdota, que los diplomas sean anécdota. Que sea una anécdota esta entrega, la anteúltima del año, de #GraciasPorVenir.

VDM

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A veces es más interesante lo que sucede en la previa de una entrevista que la entrevista que se publica. A veces, también, las bambalinas de un reportaje merecen “una nota aparte”. ¿Cómo se preparó Esmeralda Mitre para recibir a elDiarioAR? ¿Qué era eso que tenía sobre su escritorio el empresario Claudio Belocopitt? ¿Y el momento exacto en el que Alberto Samid se enfureció delante del grabador encendido? Hay datos de archivo, referencias, climas, declaraciones o rodeos del personaje que no llegan a un texto. Y no hay entrevistado sin entrevistador así que este boletín también indaga en los fracasos y los aciertos a la hora de entrevistar, de la escucha y lo imprevisible. Gracias por venir será una ventana para que corra aire y también para conocernos.

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