Ensayo general Opinión

Todas las cosas tiene que ser nuevas

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Hace unos días volví a la sala Leopoldo Lugones, el cine del San Martín, después de ya ni sé cuánto tiempo. En los años de la educación sentimental, la escuela secundaria y los veintipico, se me iba la vida en ese lugar. Era una época en la que no me encontraba con nadie; no iba al estreno de nadie ni a ver la película de nadie. La cultura era un lugar ajeno. Iba, sola o con mis amigas, a ver películas viejas. Casi todas las películas de Godard las debo haber visto ahí. Yo ni siquiera era cinéfila; no había que elegir una especialidad, en esos años. Había que educarse. Queríamos conversar como la gente interesante, citar como la gente interesante, anotar genialidades en cuadernitos como la gente interesante. Me recuerdo comprando las obras completas de Macedonio Fernández y arreglando con mis amigas del ILSE para quedarnos en el cine-debate que organizaba una profesora de Historia después del colegio, porque iban a pasar Velvet Goldmine y no la habíamos visto. Era importante verla; era importante ver, escuchar y leer lo que habían visto, leído y escuchado los artistas que admirábamos. Suponíamos que eso era una preparación para algo, para escribir, para filmar, para producir algo que valiera la pena. Teníamos razón. 

No sé si a los jóvenes que éramos en los tempranos 2000 en la Lugones y en Liberarte, en el Rojas y en Notorious, en la librería Gandhi, en Norte o en De La Mancha, nos reemplazaron otros jóvenes de hoy. Muchos de estos lugares ya no existen; podría haber lugares nuevos, pero parte de la cuestión, creo, es que hoy todos los lugares tienen que ser nuevos, toda la música tiene que ser nueva, todas las cosas tienen que ser nuevas. Hay un fetiche con la nostalgia, eso no deja de ser cierto. Lo que siento que no hay, o que hay cada vez menos, es el deseo hambriento de insertarse en una tradición. Cuando yo era chica por supuesto había novedades, había que escuchar el disco nuevo de El otro yo o ver la última película de Kusturica; pero mi sensación es que, al menos entre la juventud sobre educada de clase media, la conversación no estaba totalmente dominada por la frescura. Quizás es el perfume de fin del mundo, la pandemia, la crisis ambiental y la crisis de la política: todas las juventudes creen haber inventado la juventud, pero tal vez esta encima parece creer ser la última juventud sobre la Tierra, y quién sabe hasta dónde no tengan razón.

Pero hay otra cosa más, nunca sé si es de verdad un clima de época o sencillamente una obsesión mía de hace tiempo, pero es algo que vengo registrando desde hace unos años, en el sentido de notarlo y también de escribirlo, de tomar registro: la guerra contra la solemnidad. El otro día, entrando en la Lugones, pensé en el respeto que en otra época me producía ese lugar: el ascensor antiquísimo que te lleva diez pisos, las puertas que se abren y te depositan en ese salón anodino pero también precioso que antecede a la sala. Pensé en que llegaba temprano, en que me vestía bien para ir al teatro, en el tipo de excursión que implicaba ir a ver a Alfredo Alcón al San Martín. Esta vez llegué a tarde al cine, con la misma ropa con la que venía de trabajar; no conozco a nadie en la boletería pero actúo como si lo hiciera. Sé que me van a dejar entrar. Me pierdo el programa de mano, pero ni siquiera sé si siguen entregando. Algo de esto puede ser personal. Yo era una nena de una familia de profesionales de clase media esforzada con aspiraciones burguesas y ahora básicamente trabajo en el ámbito de la cultura y conozco a todo el mundo; no es un mérito, es lo que es. Hay una especie de cinismo respecto del arte que se adquiere cuando uno lo da por sentado. Sara Ahmed lo llama “cinismo de la clase media” hablando de algo ligeramente distinto, la diferencia entre el respeto inocente de los estudiantes que son primera generación de universitarios y el sarcasmo descreído de quienes siempre supieron que irían a la universidad. Lo converso seguido con una amiga que es artista e hija de artistas y nunca en su vida se calzó las medias con volados para ir al Colón. De hecho casi que no fue al Colón porque su familia no tenía la necesidad de validación que tenía la mía. Hay algo de esto, pero también siento que esa actitud irónica se ha vuelto el default. Esa entrada mística a la Lugones me pareció definitivamente de otra época. Es gracioso porque se supone que tratar a la cultura y sus ceremonias con la solemnidad de lo sagrado es excluyente, se supone que es más inclusivo que la norma sea ir en zapatillas al teatro, y hay algo que no puedo explicar que me hace pensar que es al revés, que es más excluyente esa cosa de tener que tratar a todo como si no fuera especial, como si a esos lugares que antes eran extraordinarios, y que todavía lo son, una fuera todos los días.

TT

Hace unos días volví a la sala Leopoldo Lugones, el cine del San Martín, después de ya ni sé cuánto tiempo. En los años de la educación sentimental, la escuela secundaria y los veintipico, se me iba la vida en ese lugar. Era una época en la que no me encontraba con nadie; no iba al estreno de nadie ni a ver la película de nadie. La cultura era un lugar ajeno. Iba, sola o con mis amigas, a ver películas viejas. Casi todas las películas de Godard las debo haber visto ahí. Yo ni siquiera era cinéfila; no había que elegir una especialidad, en esos años. Había que educarse. Queríamos conversar como la gente interesante, citar como la gente interesante, anotar genialidades en cuadernitos como la gente interesante. Me recuerdo comprando las obras completas de Macedonio Fernández y arreglando con mis amigas del ILSE para quedarnos en el cine-debate que organizaba una profesora de Historia después del colegio, porque iban a pasar Velvet Goldmine y no la habíamos visto. Era importante verla; era importante ver, escuchar y leer lo que habían visto, leído y escuchado los artistas que admirábamos. Suponíamos que eso era una preparación para algo, para escribir, para filmar, para producir algo que valiera la pena. Teníamos razón. 

No sé si a los jóvenes que éramos en los tempranos 2000 en la Lugones y en Liberarte, en el Rojas y en Notorious, en la librería Gandhi, en Norte o en De La Mancha, nos reemplazaron otros jóvenes de hoy. Muchos de estos lugares ya no existen; podría haber lugares nuevos, pero parte de la cuestión, creo, es que hoy todos los lugares tienen que ser nuevos, toda la música tiene que ser nueva, todas las cosas tienen que ser nuevas. Hay un fetiche con la nostalgia, eso no deja de ser cierto. Lo que siento que no hay, o que hay cada vez menos, es el deseo hambriento de insertarse en una tradición. Cuando yo era chica por supuesto había novedades, había que escuchar el disco nuevo de El otro yo o ver la última película de Kusturica; pero mi sensación es que, al menos entre la juventud sobre educada de clase media, la conversación no estaba totalmente dominada por la frescura. Quizás es el perfume de fin del mundo, la pandemia, la crisis ambiental y la crisis de la política: todas las juventudes creen haber inventado la juventud, pero tal vez esta encima parece creer ser la última juventud sobre la Tierra, y quién sabe hasta dónde no tengan razón.

Pero hay otra cosa más, nunca sé si es de verdad un clima de época o sencillamente una obsesión mía de hace tiempo, pero es algo que vengo registrando desde hace unos años, en el sentido de notarlo y también de escribirlo, de tomar registro: la guerra contra la solemnidad. El otro día, entrando en la Lugones, pensé en el respeto que en otra época me producía ese lugar: el ascensor antiquísimo que te lleva diez pisos, las puertas que se abren y te depositan en ese salón anodino pero también precioso que antecede a la sala. Pensé en que llegaba temprano, en que me vestía bien para ir al teatro, en el tipo de excursión que implicaba ir a ver a Alfredo Alcón al San Martín. Esta vez llegué a tarde al cine, con la misma ropa con la que venía de trabajar; no conozco a nadie en la boletería pero actúo como si lo hiciera. Sé que me van a dejar entrar. Me pierdo el programa de mano, pero ni siquiera sé si siguen entregando. Algo de esto puede ser personal. Yo era una nena de una familia de profesionales de clase media esforzada con aspiraciones burguesas y ahora básicamente trabajo en el ámbito de la cultura y conozco a todo el mundo; no es un mérito, es lo que es. Hay una especie de cinismo respecto del arte que se adquiere cuando uno lo da por sentado. Sara Ahmed lo llama “cinismo de la clase media” hablando de algo ligeramente distinto, la diferencia entre el respeto inocente de los estudiantes que son primera generación de universitarios y el sarcasmo descreído de quienes siempre supieron que irían a la universidad. Lo converso seguido con una amiga que es artista e hija de artistas y nunca en su vida se calzó las medias con volados para ir al Colón. De hecho casi que no fue al Colón porque su familia no tenía la necesidad de validación que tenía la mía. Hay algo de esto, pero también siento que esa actitud irónica se ha vuelto el default. Esa entrada mística a la Lugones me pareció definitivamente de otra época. Es gracioso porque se supone que tratar a la cultura y sus ceremonias con la solemnidad de lo sagrado es excluyente, se supone que es más inclusivo que la norma sea ir en zapatillas al teatro, y hay algo que no puedo explicar que me hace pensar que es al revés, que es más excluyente esa cosa de tener que tratar a todo como si no fuera especial, como si a esos lugares que antes eran extraordinarios, y que todavía lo son, una fuera todos los días.

TT

Hace unos días volví a la sala Leopoldo Lugones, el cine del San Martín, después de ya ni sé cuánto tiempo. En los años de la educación sentimental, la escuela secundaria y los veintipico, se me iba la vida en ese lugar. Era una época en la que no me encontraba con nadie; no iba al estreno de nadie ni a ver la película de nadie. La cultura era un lugar ajeno. Iba, sola o con mis amigas, a ver películas viejas. Casi todas las películas de Godard las debo haber visto ahí. Yo ni siquiera era cinéfila; no había que elegir una especialidad, en esos años. Había que educarse. Queríamos conversar como la gente interesante, citar como la gente interesante, anotar genialidades en cuadernitos como la gente interesante. Me recuerdo comprando las obras completas de Macedonio Fernández y arreglando con mis amigas del ILSE para quedarnos en el cine-debate que organizaba una profesora de Historia después del colegio, porque iban a pasar Velvet Goldmine y no la habíamos visto. Era importante verla; era importante ver, escuchar y leer lo que habían visto, leído y escuchado los artistas que admirábamos. Suponíamos que eso era una preparación para algo, para escribir, para filmar, para producir algo que valiera la pena. Teníamos razón. 

No sé si a los jóvenes que éramos en los tempranos 2000 en la Lugones y en Liberarte, en el Rojas y en Notorious, en la librería Gandhi, en Norte o en De La Mancha, nos reemplazaron otros jóvenes de hoy. Muchos de estos lugares ya no existen; podría haber lugares nuevos, pero parte de la cuestión, creo, es que hoy todos los lugares tienen que ser nuevos, toda la música tiene que ser nueva, todas las cosas tienen que ser nuevas. Hay un fetiche con la nostalgia, eso no deja de ser cierto. Lo que siento que no hay, o que hay cada vez menos, es el deseo hambriento de insertarse en una tradición. Cuando yo era chica por supuesto había novedades, había que escuchar el disco nuevo de El otro yo o ver la última película de Kusturica; pero mi sensación es que, al menos entre la juventud sobre educada de clase media, la conversación no estaba totalmente dominada por la frescura. Quizás es el perfume de fin del mundo, la pandemia, la crisis ambiental y la crisis de la política: todas las juventudes creen haber inventado la juventud, pero tal vez esta encima parece creer ser la última juventud sobre la Tierra, y quién sabe hasta dónde no tengan razón.