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Una pulsera dice “Papá te amo” y la otra, “Atlanta”. Sebastián Wainraich tiene una en cada muñeca: su hijo lo recibió con esos regalos artesanales cuando volvió de la gira con la que llevó “Frágil”, su unipersonal teatral, a Miami hace algunas semanas. Le gustan las pulseras, dice Wainraich. “Pero más me gusta que mi hijo me haya regalado algo que a él le da lo mismo pero que sabe que a mí me va a gustar mucho”, cuenta, y sonríe con la boca pero sobre todo con los ojos. No logró ni que a Kiara ni a Federico les importara Atlanta, ni ir a la cancha, ni el ritual de comer algo en algún rincón de Villa Crespo justo antes de ver el partido.

No lo logró y, al menos ahora que ya pasó tiempo desde el descubrimiento de que ese terreno -la platea del estadio León Kolbowski pero también el fanatismo- no sería un tiempo compartido, lo cuenta sin pesar. “Si a ellos no les gusta, ¿para qué van a venir? La pasarían mal ellos, se aburrirían, en la platea de Atlanta pega el sol de frente y eso si no tenés ganas de bancártelo es re molesto, la pasaría mal yo, así que está bien así”, le dice a elDiarioAR en un patio de Urbana Play FM, un rato antes de conducir Vuelta y media. Cambio de nombre -y sobre todo de emisora- mediante, encabeza ese ciclo desde 2007 y lo comparte históricamente con Julieta Pink y Pablo Fábregas.

Como en los videojuegos en los que hay que sortear distintos obstáculos y avanzar a desafíos cada vez más grandes, la popularidad que Wainraich ya conocía por su trabajo de décadas en radio, teatro y también televisión pasó de pantalla en 2020 cuando Netflix estrenó “Casi feliz”, la serie que escribió y protagoniza. El 13 de abril de este año se estrenó la segunda temporada: Wainraich encarna a Sebastián, un conductor de radio que desde el nombre de su programa se pregunta por “La vida en la mitad”. Hincha de Atlanta, padre de mellizos, “argento-judío-progre-culposo”, como lo define una de las mujeres con las que se cita durante la serie.

“Casi feliz”, que su guionista escribe en el estudio que dedica especialmente a eso y en el que se sienta cuando las ideas ya se le ordenaron vía los mensajes, mails o audios de WhatsApp que se manda a sí mismo para que no se le escapen, lo hizo llegar a lugares a los que no había llegado.

-Para alguien que ya es muy popular, ¿qué pasa al llegar a la pantalla de Netflix?

-Se habilita algo mucho más masivo, sobre todo en otros países y sobre todo cuando se lanza la primera temporada porque ahí es cuando te descubren. Pasó mucho con los países vecinos, pero lo más raro es cuando aparecen países mucho más lejanos. De repente te escriben de la India para decirte que no se imaginaban que Buenos Aires era así y que la descubrieron por la serie. O alguien de Australia para decirte que no se imaginaban a una persona con estos problemas en Argentina. O varios desde Madrid porque sienten en la serie algo familiar. En ese sentido, creo que la serie es bastante universal, que son problemas y preguntas que se puede hacer un tipo en ese momento de la vida.

-La radio es masiva pero Netflix es todavía más grande.¿Te resultó difícil esa nueva masividad?

-Por redes no, pero en persona algunas veces sí, puede ser agobiante. Me siento un poco forro diciéndolo, pero es la verdad: algunas veces estoy con mi hijo, con mi hija, y la gente te pide fotos, y eso puede ser agobiante. Igual, yo sé lo que es un famoso de verdad porque estuve con famosos de verdad y ves cómo les impacta esa masividad en su vida. Pero a veces esa exposición me agobia un poco cuando estoy con mis hijos. Claro que la popularidad trae muchos beneficios a los conocidos, desde los canjes hasta, por lo menos en mi caso, muestras de cariño muy respetuosas y muy lindas.

Fue en 2017 o 2018. Alejandro De Grazia, uno de los productores de Casi feliz, les acercó la idea de hacer una serie a él y al director, Hernán Gerschuny. Con el nombre de la serie ya puesto, Wainraich se puso a escribir los capítulos: son 18 episodios en dos temporadas, con un final abierto que esta nota no va a spoilear pero que deja todo listo para que haya una tercera. Todavía no se sabe si va a rodarse o no, pero el guionista y protagonista ya la escribe.

-El Sebastián de la serie se te parece en mucho. ¿Con qué tuvo que ver esa decisión?

-Creo que tiene que ver con que las series que tanto me gustan, las que me parecen grandes series en este género que yo iba a hacer, tampoco separan tanto a la persona que protagoniza del personaje que encarna. Pienso en Seinfeld, en Louie, en las de Ricky Gervais. Y en otras que surgieron paralelamente al rodaje de la serie, como Crashing o Fleabag. De ahí diría que viene el gusto por pensar una historia de ese tipo.

-¿Y por qué ponerse a hacer una serie? ¿Era el formato al que había que ir?

-Todavía estoy buscando esa respuesta. Pero sin dudas hay algo vinculado al deseo genuino, porque me gusta hacer todo esto y creo que el deseo es la fuerza más poderosa, casi como una necesidad de ponerse a hacer algo. Y desde la parte más racional te diría que es parte de mi trabajo. Por último, hay un ego que participa en el proceso de ponerse a hacer algo nuevo. Para ponerse a escribir y actuar una serie que se verá en Netflix, que es la plataforma más grande del mundo, el ego tiene que estar presente. Creo que es una mezcla de todo eso, pero lo más importante fue el deseo. A mí me apasiona hacer esto.

Lo de “Casi feliz”, dice Wainraich en relación al nombre pero también al contenido de la serie, tiene que ver con un protagonista cuyo tiro al arco pega en el palo y se va afuera o, aún más incierto, pega en el palo y camina por la línea de gol, haciendo equilibrio entre el dolor y la gloria. Tiene que ver, explica también, con que “ser feliz todo el tiempo es inaguantable, nadie puede aguantar la felicidad constante, aunque no sepamos bien de qué se trata la felicidad”. El Sebastián de Wainraich está justo en “La vida en la mitad”.

No sabe del todo qué vinculo tiene con su ex esposa, que lo adora pero no lo desea, no sabe qué responder a los planteos feministas, sociales y existenciales de su hija, no sabe cómo compartir tiempo con su hijo, no sabe -porque nadie sabe- cómo se duela a un padre o a una madre, no sabe con quién quiere acostarse ni por qué su hermano se anima a todo lo que él piensa un millón o tal vez dos millones de veces. No sabe cómo se lidia con todo eso junto.

-¿Qué revisión o introspección surge en la mitad de la vida?

-Esa revisión es la crisis que atraviesa el personaje, y las decisiones que toma alrededor de eso son la base de la serie.

Yo me hago preguntas respecto de mi vida todo el tiempo. Primero, creo que tengo una sensación como de incredulidad respecto de lo rápido que pasa el tiempo. Antes no me resultaba tan rápido. Yo cumplo 48 en mayo, para redondear: se vienen los 50. No soy un genio poniéndome a pensar en eso. Creo que es un quiebre al que se le presta mucha atención y pienso que el tiempo entre los 50 y los 60 es una década fundamental, con un cambio muy importante. Pienso en esa gran hoja en blanco y en qué va a pasar ahí. No soy un adolescente ni un joven. Soy un adulto joven, ponele. Casi toda la gente te dice “yo tengo 80 pero no me siento de 80”, o “yo tengo 50 pero no me siento de 50”. Lo que parece es que no sabemos bien cómo deberíamos sentirnos en cada momento y que lo que nos pasa es que a los 30 nos imaginábamos a alguien de 80 hecho mierda, y después resulta que no te sentís así y por eso pensás que no estás como deberías estar a los 80. No sé cómo hay que sentirse a los 47. A veces siento un cansancio que antes tal vez no tenía, pero tengo un trabajo bastante lúdico y eso tiene algo de joven. Si me dan a elegir yo prefiero ser grande antes que ser chico, porque de grande trabajo de lo que me gusta, pero nunca sé cómo hay que sentirse según la edad que tenemos.

-Decís que tenés un trabajo bastante lúdico. El programa lleva quince años. ¿Cómo “renovás los votos” con la radio para seguir contento?

-En principio, no hay algo racional. Sí hay un oficio para hacer el trabajo. Yo soy productor de radio también, entonces al aire estoy pensando todo el tiempo, qué hago, para dónde voy, qué secciones podemos tener. Pero sobre todo hay algo natural, químico, que le agradezco a no sé quién, que está vivo. El programa está vivo y eso hace una gran diferencia al aire y me hace sentir muy bien.

-La mesa principal de Vuelta y media fue la única que se “mudó” completa desde Metro a Urbana Play FM. ¿A qué atribuís eso?

-En esta “trieja” que tenemos con Julieta y con Pablo yo consulté con ellos el cambio. Si ellos me decían que no, yo creo que no venía. Yo quería venir, en un momento dudé, pero ellos insistieron, los vi seguros y ahí me sentí seguro. Lo hablé con el equipo también, y cuando vi que estábamos todos, dije “vamos”. Nos llevamos bien y todavía nos divertimos. Fuera del aire hay cariño, hay amor.

Al aire, Vuelta y media apela a un recurso al que sus oyentes ya están acostumbrados porque es parte del código del programa. “Perdón, estoy aprendiendo”, es la frase que usan los integrantes del programa cuando dicen algo que se supone que no está en sintonía con una época de corrección política, deconstrucción y, en el extremo, cancelación. Una vez por semana, Wainraich, Fábregas, Pink y Guido Corallo -productor del programa- encarnan el elenco de “Fútbol o muerte”, una ficción en la que se pondera desde ir al cruce del rival con la pierna durísima hasta “entregarle la mujer a un amigo” ante la derrota del equipo propio. Es como subirse a la máquina del tiempo y bajarse en un televisor sintonizado en “Tribuna caliente”.

-En un contexto en el que parece que hay que tener extremo cuidado con lo que se dice, el programa tiene desde una sección hasta una oración siempre disponible para desprenderse y hasta burlarse del clima de época.

-A mí me encanta que tengamos recursos al aire para reírnos. Que Pablo me diga que soy fanático de Galtieri, que yo le responda “pero tu viejo tenía un Falcon en el 76”. Ya es un código del programa y nos queremos tanto entre nosotros y con Julieta que ya nos podemos decir cualquier cosa. El oyente de radio suele ser fiel y leal, y me parece que se suma al código que inventamos en el programa. Ya sabe lo que puede escuchar porque nos conoce. “Fútbol o muerte”, además de que me encanta hacerlo y de que nos divertimos muchísimo, es una especie de descanso, sí. Decimos barbaridades totales, cada vez se pone peor, y lo disfrutamos. El otro día, el Chacal (N. de la R.: Matías Lértora, que hace crítica de cine y series en Vuelta y media) hablaba de un actor que está cancelado por pegarle a la mujer, y enseguida se habló de la autora de Harry Potter, J.K. Rowling, que también está cancelada por supuestos tuits transfóbicos. ¿Le damos la misma pena a un tipo que le pegó a la mujer que a una mujer que tuiteó? Para arrancar, eso ya me hace muchísimo ruido. ¿Cuál es el criterio de la cancelación? ¿Quién lo define? ¿Quién tiene la autoridad para determinar que es lo mismo un violento que una tuitera? Siempre trato de escapar de lo moral, de lo ideológico, y que el humor sea una cuestión artística. Por mí hacé un chiste con lo que se te cante, si me hace reír, lo celebro. Es una paja analizar todo.

JR

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