El arte como interrupción: Constanza Schwartz y la instalación que habita un edificio corporativo
Hay un momento preciso en que todo cambia. Es cuando uno cruza el umbral del atrio, levanta la vista y se detiene. La grilla estructural vidriada que sostiene el edificio empieza a revelar otra cosa: triángulos que la luz del sol va desplazando a lo largo del día, reflejos que migran por las paredes, sombras que se alargan y se contraen como si el espacio mismo tuviera un pulso. Eso es Eco al Infinito, la más reciente instalación site-specific de la artista, cineasta y diseñadora de espectáculos Constanza Schwartz.
Cuando el arte contemporáneo debate con creciente urgencia su lugar en la esfera pública -quién lo financia, dónde se emplaza, a quién interpela- Eco al Infinito aparece como una respuesta oblicua pero poderosa. No está en un museo. No está en una galería. Está en el hall del edificio Lumina San Isidro, proyecto del Estudio Mario Roberto Álvarez, entre escaleras mecánicas y trabajadores que van y vienen con café en mano. Y precisamente ahí reside su potencia. “La idea del eco visual apareció casi como una intuición”, cuenta la artista. “Me interesaba pensar el espacio no como algo estático, sino como algo que se expande con la mirada. La repetición funciona como un lenguaje. Se busca deconstruir y luchar contra la concepción humana del tiempo mediante la repetición y superposición visual para así contribuir a la percepción del indomable ritmo de la fugacidad. Pulsos y destellos arrítmicos, fragmentos instantáneos. Distorsionar la idea de instante y jugar con la percepción sobre lo permanente”.
Lo que vino después fue un proceso largo de investigación, ensayo y escucha del espacio. La obra se fue gestando a partir del estudio de formas básicas que todos reconocemos aunque no sepamos bien por qué. Aquellas figuras que Jung llamaría arquetipos, presentes tanto en el inconsciente colectivo como en el arte de todas las culturas y todos los tiempos. “Empecé a trabajar con un alfabeto de formas, casi como si fueran unidades mínimas de sentido, y a partir de ahí la obra creció por repetición, variación y escala”, explica Schwartz. “Es un proceso orgánico, donde lo conceptual y lo visual se van retroalimentando todo el tiempo.”
Esa retroalimentación no es casual: Schwartz tiene formación en dirección cinematográfica y dirección de arte, y es además una estudiosa apasionada de la arquitectura. Su práctica artística no reconoce fronteras disciplinares porque, para ella, esas fronteras son justamente lo que hay que poner en cuestión. “Creo fervientemente en la dilución de las líneas divisorias entre lo artístico y lo cotidiano, lo real y lo virtual, lo público y lo privado, la imagen y el símbolo”, afirma. “Y cómo esa dilución permite generar paralelismos y establecer miradas introspectivas sobre los vínculos que involucran la memoria colectiva de un patrimonio intangible e inmaterial.”
Si hay una forma que organiza y vertebra toda la obra, es el triángulo. No es una elección arbitraria ni meramente estética. El triángulo tiene, para Schwartz, una carga simbólica que atraviesa culturas y siglos, desde las pirámides egipcias hasta la geometría griega, pasando por la tradición alquímica y la arquitectura sagrada. “Las formas primarias tienen algo muy directo: no necesitan explicación. Son reconocibles a nivel casi corporal”. En Eco al Infinito, el triángulo no aparece como motivo decorativo sino como estructura generativa: es el punto de partida desde el cual la obra se despliega en el espacio, se multiplica, se fragmenta y se recompone.
El texto curatorial, escrito en colaboración con Graciela Peyrú, lo articula con precisión poética: la obra nos conduce hacia un alfabeto de formas abiertas y fundamentales con las que hemos construido el mundo. Formas que son, al mismo tiempo, íntimas y universales, antiguas y urgentemente contemporáneas. Intervenir un atrio corporativo de dimensiones monumentales es, en sí mismo, un problema artístico y filosófico. ¿Cómo evitar que el arte quede aplastado por la arquitectura? ¿Cómo evitar, al mismo tiempo, que compita con ella de manera torpe? ¿Qué significa hacer arte site-specific en un espacio que no fue concebido para el arte sino para la productividad?
La instalación acompaña el movimiento de cada persona que trabita el edificio. Aparece cuando uno sube por las escaleras mecánicas desde los estacionamientos -ese espacio liminal entre el afuera y el adentro- y se hace presente en cada ingreso y egreso a las oficinas, suspendida o a través de reflejos en cada piso. No hay un único punto de vista privilegiado. La obra se activa con el desplazamiento. “Me interesa pensar cómo se construye una experiencia en el tiempo, cómo cambia según el punto de vista, la estación del año tiñendo la obra y el espacio, cómo el cuerpo se mueve dentro de la obra y, muy importante en esta obra: el paso del sol durante el día, develando reflejos en las paredes vidriadas, sombras, todos los elementos transformados como si fuera un gran montaje cinematográfico sobre cuerpos entre escenográficos y escultóricos”, describe Schwartz. Y esta dimensión temporal de la obra —el hecho de que cambie con la hora del día, con la estación del año, con el ángulo desde el que se la mira— es también una declaración conceptual. La obra no es fija. No es un objeto. Es un proceso. Y eso la emparenta con el cine, con la escenografía, con la arquitectura efímera, con todas esas prácticas que existen en el tiempo tanto como en el espacio.
“Creo que hoy el arte puede funcionar como una invitación a una pausa necesaria. Detener el tiempo a través de gestos, esperar a momentos lumínicos naturales dados por el sol, sombras, reflejos”, dice Schwartz. “Vivimos en una lógica muy acelerada, y el arte nos permite crear y abrir espacios donde esa lógica puede suspenderse por un momento”. Ese momento de extrañamiento -esa pequeña fisura- es exactamente lo que el arte puede ofrecer que ninguna otra cosa puede. Un instante en que la mirada se detiene y el mundo se vuelve, por un segundo, extraño y nuevo. No es la utopía grandiosa de la revolución o la refundación. Es algo más pequeño, más cotidiano, y quizás por eso más posible: la utopía de mirar diferente. De entrenar al ojo para detenerse. De encontrar, en un atrio de oficinas, un instante de suspensión donde el tiempo funciona de otra manera.
0