CRÍTICA
El otro siempre es un fantasma
Conocí a Lila Bendersky el primer año de la pandemia, en un taller literario que hacíamos los miércoles por zoom. En esa época, Lila traía textos sobre una amiga que había muerto cuando ella iba a la escuela. Eran textos tristes y pop, con referencias al universo cultural de la adolescencia en los 2000, Britney Spears y las Spice Girls, textos de formación y aprendizaje, de coming-of-age. Yo no lo sabía, pero ahora pienso que en ese momento Lila estaba ya empezando a rodear la pregunta que atraviesa Un cactus en el medio, le empezaba a dar vueltas a la pregunta inefable de la muerte de una chica de su edad con cierto temor y con algo de atracción, sin acercarse completamente. Un cactus en el medio empieza con un epígrafe de Rachel Cusk que alude a la “cualidad perruna” de indagar y cavar hasta llegar a la verdad: podría asegurar que, en esos momentos iniciales de escritura, Lila estaba como los perros que dan vueltas, olfatean, se aproximan a un objeto que encuentran en la tierra, buscando seguridad y preparando el terreno para empezar a cavar.
Un cactus en el medio reconstruye un acontecimiento que, según sospecha la narradora, está en el origen de su propia existencia y de su familia tal como ella la conoce: la muerte temprana de Florencia, su hermana de siete años, a quien nunca llegó a conocer. Se trata de un acontecimiento en un sentido fuerte: uno que dislocó, que trastocó y subvirtió la vida de sus protagonistas, y cuyos efectos reverberan en el seno de la familia. La narradora cuenta con escasos elementos: sabe que Florencia murió de meningitis en medio de unas vacaciones en Punta del Este. Sabe que diez meses después nació ella, destinada a llevar alegría al hogar. Sabe que el acontecimiento es un secreto, una suerte de misterio familiar, que tendrá que descubrir como una investigadora o una detective.
El libro puede inscribirse en el gran universo de la autoficción, la no ficción o, como la propia autora lo define, la crónica. Pero, como bien sabemos, por más verdadero que se pretenda el texto, su verdad solo emerge a partir de una sofisticada y laboriosa construcción formal que opera como una mediación entre la vida y el texto. Efectivamente, el libro es el resultado de un proceso de elaboración en todos los sentidos del término: elaboración como hechura, como labor, como trabajo, elaboración sobre sí misma, sobre su propia experiencia, sobre el duelo y sobre la escritura misma.
La narradora se sirve de una gran cantidad de procedimientos para darle forma a su artefacto literario: lo hace con la presentación de los personajes, al inicio, a modo de didascalias; lo hace usando las fotografías y los documentos familiares como fuente de investigación; lo hace con las entrevistas y las búsquedas que la guían en su pesquisa. Hay un sintagma que oficia de umbral, que abre ese espacio de exploración en el que la narradora se interna y delimita el universo de la experiencia y de la escritura: “Esto es lo que pude reconstruir”.
A partir de ahí, la narradora se vuelve una investigadora que pregunta, indaga, reconstruye la experiencia singular de una familia y la tamiza mediante la escritura. Alguien podría pensar que para que la experiencia de la vida acceda a un estatuto literario hay que ficcionalizar o poetizar, pero Lila Bendersky hace exactamente lo contrario: como una periodista, quiere saber, entender y registrarlo todo, quiere datos, información, no pretende disfrazar, disimular ni ornamentar los hechos. Y al mismo tiempo avanza sabiendo que lo que está buscando está mediado por la memoria, por los relatos, las versiones y las reelaboraciones de las distintas voces invocadas. Y, más importante todavía, avanza sabiendo que toda identidad está atravesada por las ficciones que nos cuentan y nos contamos. Como dice Siri Hudsvedt, “después de todo, ninguno de nosotros podrá desatar jamás el nudo de las ficciones que conforman ese algo inestable que denominamos el Yo”.
La indagación de Lila Bendersky comienza exactamente en ese algo inestable que denominamos el yo: es una pregunta por su identidad, por las condiciones de su llegada al mundo.
El libro se pregunta, también, por la familia, ese constructo que informa la propia identidad y la amenaza al mismo tiempo. “Soy la hija que vino después de una tragedia. De un caos impronunciable. (…) ¿Qué hacemos los hijos con el dolor de nuestros padres? ¿Cómo se sostiene el dolor de una familia?” o “¿cómo se mantiene a toda la familia unida?” son algunos de los interrogantes que se hace la narradora en distintos momentos de la novela.
La narradora sitúa el punto de nacimiento de la familia en el vuelo que los padres se toman al volver a Punta del Este después de enterrar a su hija: Fueron a buscar lo que quedaba de la familia. Este es un libro sobre los padres, sobre los hermanos, sobre la tía Gloria, sobre los abuelos, sobre ese gran artefacto tremendamente literario que son las familias, con sus excentricidades, sus culpas y sus reproches cruzados, con sus mitos, sus singularidades y sus arbitrariedades: el orden de los cajones, los secretos guardados en un placard, los álbumes de fotos.
Es la historia de su familia pero también de las familias: los Bendersky y los Kohen, Rita y Charly, Adela y César, sus hijos, las rondas en la playa, las visitas, la ayuda mutua, los almuerzos compartidos, las pijamadas de los chicos, las redes de solidaridad son elementos centrales en la narración del acontecimiento que se busca iluminar –la muerte de Florencia– pero también en la historia de la familia, que es una familia ampliada y amplia.
Y, por último, el relato es también un retrato de época: una historia de amor en plena dictadura, el departamento de la calle Arenales, un Torino gris, el departamento de la calle Quintana y el Falcon, un recital de Paul Williams, la Buenos Aires del retorno democrático, Punta del Este en los 80, los churros Manolo, el club Hacoaj.
El trabajo de elaboración de Lila Bendersky se plasma sobre todo en el modo en que los personajes, y en particular la narradora, crece, se forma, aprende algo sustantivo. Todos vemos que en la novela tanto los personajes como el relato mismo cambian, se transforman, mutan: entre el principio y el final del libro, nadie es igual, nada queda idéntico. Hay, como suele decirse, un arco narrativo que la lleva desde la curiosidad inicial hasta la revelación final: en medio de la tragedia hubo un impulso vital, hubo deseo de vida, y ese deseo de vida explica y le da sentido a la pregunta sobre su identidad.
En su entrevista con el rabino Reubén Nisenbom, tal vez uno de los pasajes más conmovedores del libro, el rabino dice que “en la escritura uno no escribe solamente sobre el otro, que siempre es un fantasma, sino también sobre uno mismo”.
En un sentido muy profundo, el libro de Lila nos confronta con esa pregunta: ¿qué es escribir sobre uno mismo? Dice Lorrie Moore que “lo que hacen los escritores es una labor concienzuda: tenaz y especializada. Eso en cuanto a lo que podemos saber. También es algo misterioso. Y el misterio involucrado en el acto de crear una narración está adherido a los misterios de la vida misma y a su creación”.
Creo que solo es posible escribir sobre uno mismo dejándose atravesar por esos fantasmas, por todo ese misterio, por esos relatos y esos mitos de origen –que, como dice la narradora, operan como “un mantra, una promesa y una condena”–. Lila Bendersky escribe sobre ella misma y sobre su familia, pero lo hace rodeando el yo, guiada por el trabajo del lenguaje. Como el perro del epígrafe, en Un cactus en el medio Bendersky rodea, olfatea, escruta, interpreta, pregunta y repregunta para volver a narrar, para volver a nombrar a su hermana y así inscribirse, ella misma, en esta historia y en ese nombre, que es heredado pero también es propio.
SM/MG