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En llamas: Un (enardecido) argumento a favor del Green New Deal

En Llamas, de Naomi Klein

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EL TIEMPO CLIMÁTICO VERSUS EL AHORA CONSTANTE

La crisis climática nos estalló en las manos en un momento de la historia en que las circunstancias políticas y sociales eran excepcionalmente hostiles ante un problema de esta naturaleza y magnitud; dicho momento fue el último coletazo de la década de 1980, un tiempo de bonanza: el momento del despegue de la cruzada para extender el capitalismo desregulado por todo el mundo.

ABRIL DE 2014

Esta historia trata de momentos inoportunos.

Una de las maneras más perturbadoras en que la extinción propulsada por el cambio climático ya se está haciendo visible surge mediante algo que los ecologistas llaman «discordancia» o «destiempo». Se trata del proceso que provoca que el calentamiento lleve a los animales a perder la sincronía con una fuente de alimento esencial, especialmente en las épocas de apareamiento, cuando la imposibilidad de encontrar suficiente alimento puede comportar rápidas mermas en la población.

Los patrones migratorios de muchas especies de aves, por ejemplo, han evolucionado durante milenios para que los huevos eclosionen precisamente cuando las fuentes de alimento, como las orugas, son más abundantes, lo que proporciona a los progenitores una gran cantidad de alimento para sus crías. Pero dado que ahora la primavera suele adelantarse, las orugas también nacen antes, lo que significa que, en algunas regiones, son menos abundantes cuando nacen los polluelos, lo que a su vez comporta todo un abanico de posibles impactos a largo plazo en su supervivencia.

Asimismo, en la Groenlandia occidental, cuando los caribús llegan a los lugares de parto, se encuentran en asincronismo con las plantas alimenticias con las que han contado durante miles de años y que ahora crecen antes gracias a las subidas de las temperaturas. 

Esto provoca que las hembras de caribú dispongan de menos energía para la lactancia y la reproducción, una discordancia que se ha relacionado con las repentinas bajadas en las tasas de nacimientos y supervivencia de las crías.

Los científicos están estudiando los casos de destiempos relacionados con el clima en decenas de especies, desde las golondrinas árticas hasta los papamoscas cerrojillo. Pero se están dejando una especie importante: nosotros. Los homo sapiens. Nosotros también estamos sufriendo un caso de destiempo climático grave, por mucho que su naturaleza sea más cultural-histórica que biológica.

Nuestro problema es que la crisis climática nos estalló en las manos en un momento de la historia en que las circunstancias políticas y sociales eran excepcionalmente hostiles ante un problema de esta naturaleza y magnitud; dicho momento fue el último coletazo de la década de 1980, un tiempo de bonanza: el momento del despegue de la cruzada para extender el capitalismo desregulado por todo el mundo. El cambio climático es un problema colectivo que exige una acción colectiva a una escala que la humanidad jamás ha logrado acometer, un problema que entró a formar parte de la conciencia colectiva mientras se libraba una guerra ideológica contra el propio concepto de la esfera colectiva. 

Este destiempo terriblemente desafortunado ha limitado nuestra capacidad de reaccionar con eficacia ante esta crisis de muchas maneras. Ha conducido a que el poder corporativo estuviera en auge en el preciso momento en que necesitábamos ejercer unos controles nunca vistos sobre el comportamiento corporativo para proteger la vida en la Tierra; ha conducido a que el término regulación se convirtiera en una palabra sucia justo cuando más falta nos hacía disponer de ese poder; ha conducido a que seamos gobernados por una clase política que solo sabe desmantelar y cerrar el grifo a las instituciones públicas cuando más deben ser fortificadas y repensadas; y ha conducido también a que nos hayan endilgado un sistema de acuerdos de «libre mercado» que deja con las manos atadas a los legisladores justo cuando necesitan máxima flexibilidad para ejecutar una transición energética masiva.

Luchar contra estas limitaciones estructurales que afectan a la economía que ha de venir y articular una visión cautivadora sobre el estilo de vida en un mundo poscarbono es la tarea más importante de cualquier movimiento climático serio. Pero no es la única.

También debemos enfrentarnos al hecho de que la discordancia entre el cambio climático y la dominación del mercado haya creado unas limitaciones dentro de nuestro fuero interno que hacen que nos cueste fijarnos en la crisis humanitaria más urgente de todas sin que sea con miradas furtivas y aterrorizadas. Tanto el mercado como el triunfalismo tecnológico han alterado nuestras vidas cotidianas de tal manera que nos han arrebatado muchas de las herramientas de observación que necesitamos para convencernos de que el cambio climático es, en efecto, una emergencia; por no hablar de la seguridad necesaria para creer que otro estilo de vida es posible.

Y a quién sorprende que justo cuando más necesitábamos unirnos, la esfera pública se desintegrara; que justo cuando más necesitábamos rebajar nuestro consumo, el consumismo tomara las riendas de prácticamente todos los aspectos de nuestra vida; que justo cuando más necesitábamos bajar el ritmo y abrir los ojos, acelerásemos; y que justo cuando más necesitábamos unos horizontes temporales más amplios, solo fuéramos capaces de ver el futuro inmediato, atrapados en el presente eterno del siempre actualizado contenido de las redes sociales.

Esta es nuestra discordancia climática, una discordancia que no afecta únicamente a nuestra especie, sino que tiene el potencial de influir también en todas las demás especies del planeta.

La buena noticia es que, a diferencia de los renos y los pájaros, los humanos hemos sido bendecidos con una capacidad de razonamiento avanzado y, por lo tanto, tenemos la capacidad de adaptarnos de una forma más deliberada, es decir, de cambiar los viejos patrones de comportamiento con una agilidad sorprendente. 

Si las ideas que gobiernan nuestra cultura están impidiendo nuestra propia salvación, en nuestra mano está cambiarlas. Pero antes de que eso pueda ocurrir, debemos entender la naturaleza de nuestra discordancia climática personal.

Solo nos conocemos como consumidores

El cambio climático exige que consumamos menos, pero no nos conocemos como otra cosa que como consumidores. El cambio climático no es un problema que pueda solucionarse únicamente cambiando lo que compramos: un híbrido en lugar de un todoterreno o compensaciones de carbono cuando nos subimos a un avión. En lo más fundamental, esta crisis ha surgido del consumo excesivo de las personas comparativamente ricas, lo que significa que los consumidores más ávidos del mundo son los que van a tener que consumir menos para que los demás tengan lo justo para poder vivir.

El problema no es «la naturaleza humana», como se nos dice tan a menudo. No nacimos necesitando comprar tantas cosas y, en el pasado reciente, hemos sido igual de felices (en muchos casos, incluso más) consumiendo significativamente menos. El problema está en el desproporcionado papel que el consumo ha llegado a tener en nuestros tiempos.

El capitalismo tardío nos enseña a construirnos mediante nuestras elecciones de consumo: comprar es nuestra forma de configurar nuestra identidad, de formar comunidades y expresarnos.

Por eso, decirle a la gente que no puede comprar tanto como quiera porque los sistemas de soporte del planeta están sobrecargados puede entenderse como una especie de ataque, casi como si se les dijera que no pueden ser ellos mismos. Y posiblemente esa sea la razón por la cual, de las «tres erres» originales del ecologismo (reducir, reutilizar y reciclar), solo la tercera ha tenido cierto nivel de acogida, ya que nos permite seguir comprando lo que queramos siempre que coloquemos los desperdicios en el contenedor correspondiente.* De las otras dos, que exigen una reducción en el consumo, podríamos decir que murieron antes de nacer.

El cambio climático es lento; nosotros somos rápidos 

Cuando atraviesas un paisaje rural en un tren de alta velocidad, parece como si todo lo que estás viendo estuviera quieto: las personas, los tractores, los coches de las carreteras secundarias. Naturalmente, no es así; se están moviendo, pero lo hacen a una velocidad tan lenta en comparación con la del tren, que parece que estén inmóviles.

Lo mismo ocurre con el cambio climático. Nuestra cultura, propulsada por combustibles fósiles, es ese tren, que avanza a toda velocidad hacia el próximo informe trimestral, el próximo ciclo electoral, la próxima dosis de diversión o de validación personal que obtenemos de nuestros smartphones o tabletas. El clima cambiante es como el paisaje que vemos por la ventana: desde nuestro rapidísimo punto de vista, puede parecer inmóvil, pero se está moviendo, y su lento progreso se hace patente en el deshielo de los glaciares, en las subidas en los niveles de las aguas y en los aumentos progresivos de las temperaturas. Si seguimos ignorándolo, es de esperar que el cambio climático termine acelerándose lo suficiente como para atraer nuestra fragmentada atención: los países insulares que desaparecen del mapa y las megatormentas que anegan ciudades enteras tienden a tener ese efecto. Pero, para entonces, puede que sea demasiado tarde como para que nuestras acciones tengan repercusión alguna, porque la era de los momentos críticos probablemente ya habrá empezado.

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