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Superdios. La construcción de Maradona como santo laico

Superdios. La construcción de Maradona como santo laico

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Capítulo 0

No se nace (ni se muere) santo: se construye

¿Qué importancia tendría un Dios que no conociera la cólera, la venganza, la envidia, la burla, la astucia y la violencia? ¿Un Dios al que tal vez no le resultaran conocidos los seductores ardores de la victoria y la destrucción?  Un Dios semejante sería incomprensible: ¿para qué tener un Dios así? 

Fredrich Nietzsche, El Anticristo 

Santos y santas populares son los dioses y diosas enmascaradas de nuestro olimpo monoteísta. Podemos creer o no, pero no podemos negar su existencia. Son creaciones colectivas y en sus liturgias sincréticas, detrás de las cruces y a la luz de las velas, se camuflan y palpitan rituales ancestrales y originarios. El proceso de santificación popular sigue ciertas normas similares a las del catolicismo: el milagro, la muerte joven o violenta, una vida ejemplar, ya sea en la pureza cuando se trata de mujeres santas como en la exacerbación de las contradicciones, “el lado oscuro”, imperfecto, para sus pares varones. Desde que interceden ante Dios, es necesario ver su cercanía y su humanidad, ver sus caras como en un espejo, identificarse con ellas y con ellos. ¿Desenmascararles? En muchos casos, se trata de santos y santas justicieras, que ponen en cuestión a la cultura dominante y a las instituciones (política, jurídica, médica) y, sobre todo, a la Iglesia católica. En Argentina, como en Italia (pero también en Latinoamérica toda), verdaderas fábricas de santidad, desde que se pone en juego la creatividad, las excepciones a las normas, que no abundan, importan. Por eso, es posible Santa Maradona.

Pero además, bendito sea, Maradona reina. Porque la palabra Olimpo remite al deporte (los Juegos Olímpicos nacieron en la Grecia Antigua, en la ciudad de Olimpia, y se jugaban en honor al Dios máximo, Zeus), aunque el fútbol no haya brillado en esas competencias. Con más razón.

¿Quiénes son nuestros nuevos dioses y diosas? Otra manera de preguntarlo: ¿Qué tienen en común un futbolista, un mal llamado “pibe chorro” y una cantante de cumbia, para haber ascendido al santoral popular argentino en las últimas décadas del siglo XX?

La figura más cercana en el tiempo es Víctor “El Frente” Vital, asesinado por la policía el 6 de febrero de 1999 a los diecisiete años en la villa San Francisco, en la zona norte del Gran Buenos Aires, donde vivía. Un chico ladrón devenido milagrero, su muerte violenta en la adolescencia fue condición de santidad, y fue antecedida en tres años por la de Gilda, la cantante de cumbia muerta a los treinta y seis años en un accidente, cuando el micro que la llevaba volcó en la ruta 12 el 7 de septiembre de 1996. Y aunque tanto El Frente como Gilda murieron casi al morder el nuevo milenio, y su canonización se produjo de manera inmediata, la santificación de Maradona les antecede al menos en diez años. El pibe que no pudo salir de la villa y la maestra jardinera de clase media del barrio porteño de Villa Devoto (el mismo que eligió Diego cuando comenzó su ascenso social) que decidió dar un volantazo para abrazar la cultura popular, son “de nicho”, locales, mientras que Maradona es global, y en eso es comparable con otra mujer: Lady Di. La princesa del país enemigo. Un país protestante, como Inglaterra, que no santifica, al menos no con la intensidad y el sentido con que lo hace el catolicismo.

Es necesario aclarar que santos y santas populares son construcciones. Y si en un país como Argentina, en el siglo XIX y hasta la última década del XX, se trató de figuras de cocción lenta, los procesos se aceleraron con los avances tecnológicos y sobre todo, con el poder y el alcance creciente de los medios de comunicación y las redes sociales, verdaderos constructores de santidad.

Maradona no nació (ni murió) santo: fue construido en vida. En eso radica la similitud con el resto del santoral popular, pero también la diferencia: Maradona es un santo canonizado antes de morir.

Periodistas, camarógrafos, fotógrafos, relatores, comentaristas y conductores de programas deportivos serán los principales forjadores de la santificación en vida de Maradona. Pero también: documentalistas, directores de cine, guionistas, publicistas, muralistas, músicos (en particular rockeros), políticos, hinchadas, el Napoli y “el pueblo (global) entero”. Incluso algunos académicos. Y hasta sus detractores: sus adversarios dentro y fuera del mundo del deporte. Desde el vasco Andoni Goikoetxea, el de la patada que le rompió el tobillo para siempre, hasta Los Pumas en aquel ninguneo final, el de la camiseta negra del 10. Los All Blacks. Él mismo. Todos lo harán o, mejor dicho: lo hicieron. Más aún: todes lo hicimos a Santa Maradona (y el femenino sonoro de Mano Negra que remite a Madonna Santa, la Virgen María, es otro dato a leer).

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Todo lo que se escribió y publicó en vida del futbolista –incluidos los artículos académicos, las notas periodísticas, los posteos en redes y los guiones de documentales y de publicidades– dieron por sentado el proceso de divinización sin cuestionarlo. Pero cuando se leen las metáforas, metonimias, hipérboles y otras figuras retóricas tomadas de la narrativa y de la poesía para referirse a la vida y obra del 10, está claro que provienen del campo semántico de la religión antes que de la antropología que define mitos, de la sociología que lee culturas o de las sagas que relatan la trayectoria del héroe. En cuanto a eso, hasta se podría aventurar que los periodistas inauguraron un nuevo género de no ficción maradoniana. Si la crónica y el periodismo narrativo nacidos con Operación masacre de Rodolfo Walsh, publicado en 1956, son un 50% periodismo y un 50% literatura, en este nuevo género, religión muerde un poco de cada: 33, 33, 33. Decimal periódico. No ficción que además generó en Diego la exigencia de estar siempre a la altura de esas palabras que lo endiosan y elevó la vara a unas cumbres imposibles. Si quedara alguna duda, bastará con leer un párrafo nietzscheano del libro póstumo del escritor uruguayo Eduardo Galeano, Cerrado por fútbol (Buenos Aires, Siglo XXI, 2017): “Diego Armando Maradona fue adorado no solo por sus prodigiosos malabarismos sino también porque era un dios sucio, pecador, el más humano de los dioses. Cualquiera podía reconocer en él una síntesis ambulante de las debilidades humanas, o al menos masculinas: mujeriego, tragón, borrachín, tramposo, mentiroso, fanfarrón, irresponsable. Pero los dioses no se jubilan, por muy humanos que sean. Él nunca pudo regresar a la anónima multitud de donde venía. La fama, que lo había salvado de la miseria, lo hizo prisionero”. Un campo semántico donde instaló su relato un periodista radial y relator deportivo (también uruguayo) devenido trovador inmediato, tan veloz como el protagonista de su canto: Víctor Hugo Morales y su “barrilete cósmico” del 22 de junio de 1986, cuando Maradona hizo su primer milagro en el Mundial de México. En realidad, fue un dos por uno. También por eso el resultado es simbólico: Argentina 2, Inglaterra 1.

(Dicho sea de paso, el santoral católico exige dos milagros para una canonización. Diego los hizo en un santiamén).

Todo, en Maradona, deviene símbolo. De lo contrario, no hubiera debutado en el Estadio Islas Malvinas, que hoy lleva su nombre.

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La pelota fue su halo simbólico: pasó del pie a la mano para coronarlo en la cara del Imperio, y del pecho a los hombros, para depositarse en la cabeza en los jueguitos previos a los partidos para el público que va a verlo jugar. Esa pelota que controla y maneja como ninguno, siempre, aun en sus peores momentos. Su dispositivo. Y en eso, en el manejo experto de los dispositivos –sus pies, sus piernas, su zurda inmortal, su cabeza, sus ojos– pero también en sus oscuridades, de las que en algún momento supo hacer del defecto virtud, Maradona fue Batman, el superhéroe sin superpoderes.

Pero sobre todo fue Superman (lo vimos volar) y, como Superman, extraterrestre. Su hermano Hugo, el “Turco” Maradona, se lo dijo al periodista Eduardo Carpio: “Mi hermano es un marciano”, prefigurando su condición de hombre fuera de este mundo. Fue en 1979, en la calle Lascano 2257 de La Paternal, cuando la familia ya se había mudado de barrio, el año en que Maradona ganó la copa del Mundial Juvenil. Como Superman, Diego tuvo su kryptonita: la cocaína. La droga que lo acompañó, para siempre, en su ascenso y su caída. Como lo acompañó un entorno variable de personas siempre sospechosas de llevarlo por mal camino, de no poder o no querer rescatarlo y recatarlo, hasta el final. Un aspecto, el del entorno de secuaces (o el cerco maligno que aísla y envilece), que comparte con Cristo, Perón y el Gauchito Gil. Y que pone lo malo afuera porque en el héroe, en el ídolo y en el santo popular, casi todo se perdona. Nunca, la traición (a la confianza que el pueblo deposita en él: la realización de todos los sueños). El mismo Maradona tuvo sus Judas sucesivos. Él mismo recalcó su lugar de traicionado.

Pero cuando su cuerpo ya no pudo correr más detrás de la pelota, cuando ya no pudo mirarla ni bizco, cuando la Wilson de su naufragio lo abandonó en la otra orilla donde “Dios oculta su rostro”, cuando el peso de la corona se hizo carne y Diego pasó de pluma a pesado... entonces no pudo más. Todas esas palabras, que le exigían ser un Dios en el que tal vez no hubiera querido convertirse, se transformaron en una carga. Y empezó a balbucear.

Que Maradona fue santificado en vida lo dijo Víctor Hugo Morales en uno de los tantos documentales que se produjeron y emitieron a la velocidad del rayo, una vez muerto. La voz en off del relator cierra con estas palabras: “Un verdadero Dios no es tal si no comienza a hacer milagros, y aunque no multiplicó panes ni peces, los suyos tuvieron sustento en la pasión pagana. Por eso con su muerte, el mito comenzó a tomar forma cuando se hizo presente su figura de maneras tan mágicas como impactantes. Algunos necesitan ver para creer. Nosotros elegimos creer. Sus mejores goles ya fueron relatados, pero no todas sus historias. Se fue el genio del fútbol mundial y nos quedamos ateos de un Dios pagano lleno de fieles que lo necesitan para creer en sueños imposibles. Con el puño apretado, le pedimos al 10 y le agradecemos por estas lágrimas. Gracias por tu camino memorable, por dejar en tu camino tanto amor por la celeste y blanca. Gracias, Diego. Hasta siempre”.

Ateos de un Dios. La pregunta late: ¿qué religión funda el 10?

GS

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