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“Romería”: conmovedora autoficción bajo la mirada poética y política de Carla Simón

“Creo que hago cine para poder inventarte e inventarme”, le confía por escrito, de puño y letra, Carla Simón a su mamá, que murió de sida en 1992. Lo hace en el cortometraje –de 26 minutos– Carta a mi madre para mi hijo (2022), tocante evocación de aquella joven cuando estaba embarazada y se fotografió desnuda en poses que la directora, esperando su primer hijo, imita sonriente. Aquellas viejas fotos preservadas forman parte del escaso archivo que CS ha logrado reunir, que incluye vinilos, casetes, un reloj pulsera, papeles escritos que incorpora fugazmente a este film apropiadamente filmado en super 8.

En el transcurrir de Carta…, con una estética que se podría encuadrar en el impresionismo –pinceladas rápidas, escenas apenas sugeridas, vibraciones emocionales–, Simón aclara que le quiere dejar a su hijo Manel, cuyo nacimiento se registrará al cierre, una suerte de comprobante de la existencia de esa abuela que no conocerá físicamente. Y se anima, mediante esta reunión simbólica que liga a tres generaciones, a soñar un encuentro con su madre ya madura con los rasgos actuales de la hermosa Ángela Molina (cosiendo, ofreciéndole un té). Después del parto, el bebito estará en los brazos de su mamá Carla que toma un abrigo de su propia madre y lo acerca al niño en un maravilloso abrazo de tres.

Como casi siempre en la artista que es Carla Simón, hay espacio en esta cinta para canciones y bailes tradicionales, amén del lírico tema del talentoso dúo gitano Lole y Manuel –iniciadores en los 70s de nuevo flamenco– Mariposa blanca, que alude a la fragilidad de la belleza y al dolor de la pérdida. Tampoco faltan el mar, las embarcaciones que hacen a la historia de vida y al rastreo que la cineasta lleva a través de su filmografía que, apartada de todo egocentrismo, se abre a temas sociales, políticos con espíritu solidario y humanista.

CS estudió en la Universidad Autónoma de Barcelona completó su formación en la London Film School, donde dirigió algunos cortometrajes experimentales. En 2016, arrancó en España con sus cortos y largos referidos a la búsqueda expandida de sus orígenes: en 2016, hace Llacunas plasmando cartas de su madre y los sitios donde las escribió. Las lagunas del título catalán serán las que Carla ha ido tratando de llenar en su obra posterior. Su primer largo, Verano 93 (2017), recibido con entusiasmo por la mayoría de la crítica, está dedicado a conjeturar sobre la muerte de su madre siguiendo los pasos de una niña huérfana que es adoptada por sus tíos y no encuentra respuestas, busca a su mamá de noche y, a su modo, va elaborando su duelo hasta por fin lograr soltar el llanto. En 2022, presenta Alcarraz, sentido homenaje hacia su abuelo materno recientemente fallecido. Simón valoriza su legado recreando la última cosecha artesanal de duraznos en familia, una tradición a punto de desaparecer que observa la joven Mariona, mientras que las canciones de antaño persisten y no falta el recuerdo de los muertos en la Guerra Civil.

 Queda, pues, hecha la presentación de la valiosa hacedora de Romería, cuyos antecedentes pueden contribuir a apreciar y comprender mejor las complejidades de este estreno que fuera seleccionado el año pasado para la exigente muestra competitiva de Cannes. Acaso el punto final a sus indagaciones identitarias ya que para 2026 anuncia como nuevo proyecto la realización de Flamenco, una mirada contemporánea sobre este género musical y bailable como expresión cultural viva, a menudo en tensión entre tradición y cambio. La idea de la cineasta y guionista es centrarse en el poder físico y emocional del cuerpo en movimiento y de los ritmos que lo acompañan.

La última peregrinación

¿La biología es destino?, ¿Hasta dónde te condicionan los genes?, ¿Tener la misma sangre me hace pertenecer a determinada familia?, ¿Qué clase de persona sería si me hubiese criado con la familia de mi padre? Preguntas que se hace Marina, la chica de 18 que, con el fin de acceder a una beca para estudiar cine, necesita que se corrijan los documentos donde no figura su padre biológico, nacido y criado en Galicia. Mientras que su madre era catalana y, como quedó dicho más arriba, ambos murieron muy jóvenes.

Marina (otro alter ego de Carla, aunque con matices que la diferencian) emprende ese viaje hacia Vigo, donde viven sus abuelos paternos a los que no conoce, aparte de cantidad de tíos y tías, primas y primos… La joven quiere conseguir a toda costa figurar en un certificado como hija de Alfonso Piñeiro. Una identidad que le ha sido negada por sus abuelos paternos ricos y conservadores que prefirieron, a la hora de dejar registro de la muerte de su hijo, negar que la causa había sido el sida y no reconocer que había tenido una hija fuera de la institución matrimonial.

Si bien el encuentro primeramente con tíos y primos es cordial, cada tanto hay algo que desafina, fechas y lugares relativos al padre de Marina que no coinciden con los datos que ella conocía. Paralelamente, la chica lee en un cuaderno que lleva en su mochila el diario de su madre, con fechas entre 1983 y 1985. En verdad, como ha explicado la directora, esos textos son parte de cartas que Neus, la mamá, le mando a sus amigas y que Carla fue recolectando en su incesante pesquisa.

En Romería, la protagonista porta con frecuencia su cámara digital (este viaje sucede en 2006). Los hermanos de Alfonso remarcan el gran parecido de Marina con su madre (otra licencia por pura conveniencia narrativa, cuando lo cierto es que CS se asemeja a su papá). A la futura cineasta lo que más le importa es figurar en el certificado de defunción de su progenitor, cosa que logrará a fuerza de obstinación, dignidad y una serenidad que sí, recuerdan el estilo de Carla Simón en videos de entrevistas periodísticas.

El familión Piñeiro está sujeto al autoritarismo del abuelo, un patriarca en toda la regla que no se banca que la “nueva” nieta le reclame con firmeza algo que le corresponde, y que hace resurgir un pasado que lo avergüenza y que ha negado: la conducta de la oveja negra, un joven que se integró a la movida posfranquismo, que entró en el consumo de heroína, se infectó de sida, enfermedad tan estigmatizada en aquel entonces.

El tono espontáneo, naturalista del relato se desvía audazmente, antes de que Marina alcance su objetivo, hacia una zona onírica con algún toque lyncheano donde Llucía García, la actriz que encarna con tanta propiedad a Marina, se vuelve su madre Neus en los ’80, jugando escenas eróticas con Alfonso (con los rasgos de Nuno, uno de los primos mayores que atrae e Marina), practicando el consumo mediante agujas; Carla Simón se atreve a llegar a la instancia en que quizás fue concebida sin planificarlo. Un zarpe de la directora en su autoficción, en pos de que su personaje roce alguna verdad histórica… Pero nada comparable a la tremenda tirantez de la escena en que, ante escribano en una fría y convencional oficina, la joven logra doblegar a sus abuelos y echar definitivamente luz sobre su origen, sobre el penoso final de su padre.

CS encontró casi por azar a la protagonista perfecta: Llucía García, una adolescente sin experiencia como actriz, lozana y desenvuelta, sonriente y reservada. Asimismo, acertó con Mitch, musico de rock, para el rol de Nuno (y el de Alfonso, durante el ensueño). Para su magistral realización, la directora contó con colaboradores de primera (la foto es de la brillante Helène Louvart, que ha trabajado con Agnès Varda, Claire Denis…), los rasguidos musicales que reflejan el pensamiento de Marina los compuso Ernest Pipó.

 La cámara, siempre certera, se desliza con increíble soltura en las escenas familiares de conjunto, sin descuidar a ningún personaje en primeros, segundos, terceros planos. Y antes del punto final, resaltar otra decisión muy atinada: entre otros canciones y danzas del folklore gallego, la inclusión del tema Bailaré sobre tu tumba, de la banda de punk rock Siniestro Total, fundada en 1981, que es bailado durante el desvarío alucinatorio en una coreografía que culmina con varios figurantes cubiertos con una tela blanca. Fantasmas de un pasado que Carla Simón supo rescatar con enfoque indulgente y reivindicatorio, a la par que completaba la conquista de su propia identidad.

MS/MG