Opinión

Locura por Atlético Tucumán

Tucumán —

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Los tucumanos están enfermos de fútbol. Eso dicen los porteños, los cordobeses, los santiagueños, los mendocinos y todos aquellos que miran sorprendidos a Atlético Tucumán en la cima del fútbol argentino. Los hinchas de Boca y de Racing esperan que el equipo que dirige Lucas Pusineri termine sin aire, como infectado por una bacteria, y se desinfle en la recta final de la Liga de Campeones. Sin embargo, esto que les pasa a los hinchas del Decano tucumano es una rara enfermedad. Es como un germen que está en la sangre y empezó a dominar todo el cuerpo. Altera el funcionamiento normal del organismo, por supuesto, y es difícil de extirpar, pero no genera daño ni perturba a las personas. Por el contrario, revela sentimientos de felicidad. Una felicidad que puede ser efímera, porque es fútbol, pero es felicidad al fin. 

No es fácil ser puntero de la Liga Profesional, por encima de River, Boca, Racing, Huracán, Independiente y tantos otros. Los hinchas lo saben. Los jugadores también y el cuerpo técnico hace malabares para mantener la calma, la humildad y el trabajo de grupo en medio de tanta efervescencia que vive casi toda una provincia. A cualquier hincha de Atlético Tucumán le fascina que le hablen de Lali. Pero no de Lali Espósito. En Tucumán hablar de Lali es “La Libertadores”. Así, en mayúsculas. El orgullo de haber jugado dos veces consecutivas aquel torneo continental en 2017 y 2018 no se los quita nadie. Y quieren volver a jugarla. Como diría Osvaldo Soriano, la deseaba tanto que ni siquiera intentaba disimularlo. Hubo una vez, en agosto de 2018, cuando la imagen de un hincha de Atlético recorrió toda América en la pantalla de Fox Sports. Estaba en la tribuna, pegado a la tela de alambre, con un suero de hospital en la mano. Aquella noche, Darío Díaz se escapó del Centro de Salud para ir a la cancha. Y todo porque Atlético se jugaba el pase a octavos de final de Lali frente a los colombianos de Nacional de Medellín. 

Estaba internado a la espera de una cirugía. Faltaban tres horas para el partido. Podría haber visto la transmisión por televisión, pero no quería quedarse tendido en una cama, a tan solo veinte cuadras del estadio. En la previa, por la ventana de la sala del hospital se colaban los cánticos de los hinchas que iban rumbo a la cancha. “Me entró una adrenalina en el cuerpo y empecé a pensar cómo podía escaparme”, dijo aquella vez de su hazaña el fanático Decano que, en aquel tiempo, tenía 30 años. 

Con cintas de papel se envolvió la sonda y el suero pegado al cuerpo como una momia, se puso una campera y caminó hacia la puerta de la guardia con la excusa de ser un acompañante. “Salgo a fumar a la vereda”, le dijo al policía que estaba de portero. En la otra esquina lo esperaba Enzo Díaz, su hermano. Caminaron hasta el estadio con la ansiedad de quien no tiene entrada en la mano, pero con un plan trazado de antemano. En el bolsillo izquierdo del pantalón, su hermano Enzo llevaba el carnet de discapacidad que le daba derecho a ingresar al estadio, según la ley vigente, y con un acompañante. Darío, el paciente del hospital, no se sacó la campera por nada del mundo y seguía con las cintas y el suero adherido a la piel. Nunca lo revisaron en la puerta. Como cómplices de una aventura, los hermanos Díaz subieron los escalones de la tribuna sobre calle Chile. Se ubicaron detrás del arco que hoy defiende el arquero boliviano Carlos Lampe y que en aquel entonces estaba bajo la custodia de Cristian Lucchetti. Con la euforia de los minutos previos al partido, Darío se sacó la campera y cargaba el suero con el brazo en alto como si todo el tiempo estuviese gritando un gol en medio de la tribuna. Un productor de televisión lo vio entre los hinchas y, con olfato periodístico, no dejó pasar la escena. Le pidió que se acercara a la tela de alambre y le puso el micrófono, mientras los jugadores estaban en el vestuario durante el entretiempo. 

-¿De dónde venís?, le preguntó el periodista

-Del hospital, del centro de Salud, sala 15, sector 1, cama 2. Aguante los Deca, mi viejo nomás“, respondió Darío Díaz ante la cámara de Fox Sports. ”Somos los más grandes del norte, papá“ agregó con euforia, mientras mostraba el suero y una gasa pegada a la altura del hombro. 

“Si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”, solía decir Roberto Fontanarrosa cuando le hablaban de la redonda. Sin saberlo, los hermanos Díaz se movieron como personajes de un cuento del recordado autor rosarino. Aquella noche, en el estadio monumental, los Decanos gritaron un gol de Leandro Díaz y otro de Guillermo Acosta. Nadie quería dejar el estadio. La fiesta seguía en Tucumán y repercutía en las pantallas del continente. Todavía con algo de suero sosteniendo en su mano, Darío salió de la cancha y se compró un choripán, que es una tradición afuera de los estadios y muy tentador para comer al paso, después de cada partido. Muchos lo tomaron con humor, pero también hubo quienes criticaron su decisión de escaparse del hospital, siendo que hay otros pacientes que esperan por una cama para internación. 

Guillermo Acosta

“El fútbol tiene algo de túnel a las profundidades –dice el escritor Eduardo Sacheri-. Te conecta con cosas muy hondas del modo de ser de cada persona que de otro modo están camufladas. El fútbol nos saca todas las máscaras: nos exhibe en lo bueno y en lo malo”, afirma el autor de Me van a tener que disculpar, un emotivo cuento sobre Diego Maradona.

El plantel de Pusineri tiene los objetivos muy claros. Eso también se asienta en determinados roles individuales como es el caso del capitán y emblema tucumano Guillermo Acosta. En cada partido, el volante recorre el mediocampo como un guardián del olimpo con escudo en la mano para frenar a los rivales, pero también durante la semana tiene otra responsabilidad y otro sueño por cumplir a los 35 años: estudiar y completar el secundario. Todo comenzó por un pedido de su propio hijo, de catorce años, cuando le preguntó a su padre si había terminado el secundario. “Me insistió y me dijo ‘vamos a hacerlo juntos’. Empezamos y obviamente a él le va bien, me dice ‘dale que yo te ayudo’ y ahí vamos juntos”, detalló. 

Durante la semana, Acosta estudia en el Instituto de Ciencias Empresariales (ICE), una institución que firmó un convenio con Atlético Tucumán. En ese mismo colegio se forman muchos de los juveniles del club. “Hacía varios años que terminé el séptimo grado y no hice nada más –recordó el jugador-. Me costó y me está costando un poquito, pero ya me quedan pocos meses para terminar”, había relatado en una entrevista con Directv Sports Radio. Por una cuestión de calendario, “BB”, como apodaron a Acosta, terminará primero el campeonato y después el secundario. Pero ya dio un gran paso. “Rendir inglés es lo más difícil; es una locura”, agregó con una sonrisa larga como estudiante el día de la primavera. 

Matías Exequiel Orihuela

“No quiero ser una estrella, prefiero ser un ejemplo para los niños; como en su día lo fue Enzo Francescoli para mí”, supo decir Zinedine Zidane. Una vez retirado del fútbol profesional, el francés se puso el traje de Director Técnico. Matías Exequiel Orihuela, integrante del plantel que lidera el campeonato, es cordobés y su carrera comenzó tarde, diría cualquier relator de fútbol. Tarde para la edad en la que hoy en día empiezan los jugadores. Tenía 18 años, cuando vivía en Buenos Aires y trabajaba como recolector de residuos. Todos los días iba en la parte trasera del camión levantando las bolsas con basura hasta completar el turno de ocho horas con lluvia o con sol. 

Un día común de trabajo, su compañero de recorrido en el mismo camión lo invitó a jugar al fútbol para el fin de semana. Aquella vez le vio condiciones y lo incentivó para que probara suerte en un club. Orihuela entró a la página de la AFA y se enteró que había un llamado a prueba para jóvenes futbolistas en el club Deportivo Morón. Fue a probar suerte y estuvo dos meses jugando, pero no había ninguna firma de contrato. Estaba en el aire. Sin embargo, el “Profe” Héctor Lettiere, un personaje histórico del “Gallito de Morón”, a quien apodaban “Huevo” (fallecido en diciembre de 2020), lo hizo quedar en las inferiores. Jugó dos años hasta que Salvador Daniele, el popular “Gato”, lo subió a primera. “Nunca me había probado antes, porque mis amigos me mandaban al arco”, recordó Orihuela riéndose de sí mismo en una entrevista con Sports Center de la cadena ESPN. “Lo hacía más por hobbie, no por algo que me daría de comer en un futuro y cuando entré a trabajar de recolector de residuos me topé con esta persona que me abrió la cabeza”, dijo. 

Renzo Iván Tesuri y Augusto Lotti

“Toqué a Messi para asegurarme de que es un ser humano”, dijo alguna vez Gianluici Buffon, el experimentado arquero del Parma de Italia. Ese fanatismo por el astro argentino también tiene a un referente en Atlético Tucumán. Renzo Iván Tesuri es entrerriano y tenía apenas nueve años cuando Messi debutó en el Barcelona, el 17 de agosto de 2005. En la jerga del fútbol se podría decir que “es un fanático veneno” de Messi. Al quedar embarazada su esposa, Tesuri habló con ella para acordar una sola cosa: el nombre. “Le puse Lionel por el más grande de todos. Ella sabe el fanatismo que yo tengo por Messi y le dije, si llega a ser nena, lo elegís vos”, recordó. Tesuri es un volante que juega por los costados y corre todo el tiempo. En este momento, mientras usted está leyendo es probable que el entrerriano siga corriendo. Uno de los sueños por cumplir para Tesuri es conocer personalmente a Messi. “Muero por verlo jugar y siempre lo digo: verlo jugar, aunque sea un ratito, a mí me hace el hombre más feliz del mundo”, dijo. 

“Lo que te hace crecer es la derrota, el error”, dice Pep Guardiola, el respetado entrenador español. Atlético Tucumán tuvo sus errores en este torneo, como en aquel partido en La Bombonera, el 28 de agosto, donde empezó ganando 1 a 0 con gol de Augusto Lotti, pero no supo mantener el resultado y terminó con las manos vacías. Justamente, este delantero nacido en Salto, a 200 kilómetros del Obelisco, fue quien enmudeció a la Bombonera, siendo que de chico había empezado las inferiores en Boca Juniors, pero le cerraron las puertas. Arrancó en las Infantiles de Boca, pasó varios años en el club, pero cuando tenía edad de competir en la séptima, Coqui Raffo lo dejó libre. “Me dijo que los otros chicos que jugaban en mi puesto tenían más potencial que yo, eso me dolió mucho”, recordó en estos días de algarabía en Tucumán. Al final, de esa categoría, Lotti fue el único delantero que llegó a jugar en Primera División.

Mateo Coronel y Carlos Emilio Lampe

“Cuando tu equipo anota en el último minuto haces los gestos raros de la felicidad anotadora –dice el escritor mexicano Juan Villoro-. Eso dura unos segundos. Misteriosamente, la discusión de esa jugada con los amigos durará toda la vida”, agrega. Algo de eso sucedió en el estadio José Fierro de Atlético Tucumán, en la noche del martes 23 de agosto, cuando Mateo Coronel rompió todos los récords del fútbol argentino. En el último minuto de juego, y en tiempo de descuento, el delantero concentró todas las miradas en su pie derecho al rematar desde 70.2 metros de distancia y esconder la pelota en el ángulo superior derecho del arco rival. Fue el 4 a 0 frente a Barracas, en una noche soñada para los hinchas y para sorpresa del propio goleador. “Una locura, estoy muy contento. No lo puedo creer”, admitió el futbolista al salir del vestuario. Todavía se habla y seguirá hablándose de aquel golazo de Coronel, que lo convirtió en uno de los posibles candidatos al Premio Puskás, que la FIFA otorga al autor del mejor gol del año en todo el mundo. 

“En el puesto de los bobos, yo soy el más vivo”, dijo alguna vez, Hugo Orlando “El Loco” Gatti. La gigante campaña de Atlético tiene como uno de sus pilares a la seguridad que garantizan las manos de Carlos Emilio Lampe. Apenas llegó a Tucumán, el arquero boliviano conquistó a los hinchas por sus atajadas. Desde la partida de Cristian Lucchetti, los fanáticos se sentían huérfanos bajo los tres palos. Sin embargo, el arribo de Lampe abrió esperanzas y desde el primer partido no defraudó. En Tucumán, en agosto, para el Día del Niño, la camiseta de Lampe agotó todas las ventas. El propio arquero dijo que no podía salir a las calles en Tucumán. “Es impresionante cómo la gente te frena y te pide una foto o una firma –recordó-. Fui a la escuela con mi hija y era una locura. El fanatismo de la gente es increíble”, relató. 

Un héroe no necesita una capa, solo necesita un par de guantes, dijo alguna vez alguien y los arqueros guardaron la frase para siempre en la memoria. La primera vez que Carlos Lampe se ausentó de Tucumán pidió permiso para viajar a Buenos Aires, donde iba a presenciar el nacimiento de su hija. Los hinchas tragaron saliva, pero aceptaron la decisión. En la noche del 27 de junio, el arco quedó en manos de Tomás Ignacio Marchiori, un mendocino nacido en Godoy Cruz hace 27 años. Fue un empate 1 a 1, pero el arquero hizo cumplió un buen papel. La segunda vez que Lampe se ausentó de Tucumán fue para viajar a Francia, donde jugó para la Selección de Bolivia en un amistoso frente a Senegal. Con resignación, los hinchas aceptaron esa decisión y otra vez fue el turno del arquero mendocino. 

Ahora, Racing de Avellaneda está agazapado y al acecho de los tucumanos. Boca Juniors le muerde los talones para intentar frenarlo en esa carrera por el título. El fútbol argentino entra en etapa de definiciones. A 20 días del final es un momento clave, sin lugar para los débiles. Enfermos unos, ansiosos, otros, y exasperados el resto. Así se vive el fútbol argentino por estos días. Entrar en la historia o quedarse en la puerta. Dar el zarpazo o morir en el intento. Tomar impulso o quedarse sin aire. Todo eso está en juego, mientras los hinchas en La Bombonera, en el Cilindro de Avellaneda o en el estadio José Fierro de Tucumán no ocultan los nervios para contener la angustia en cada partido. Lo viven con esa intensidad, como supo decir el novelista y filósofo francés, Albert Camus: no hay lugar en el mundo donde un hombre pueda sentirse más contento que en un estadio de fútbol.

CC

Los tucumanos están enfermos de fútbol. Eso dicen los porteños, los cordobeses, los santiagueños, los mendocinos y todos aquellos que miran sorprendidos a Atlético Tucumán en la cima del fútbol argentino. Los hinchas de Boca y de Racing esperan que el equipo que dirige Lucas Pusineri termine sin aire, como infectado por una bacteria, y se desinfle en la recta final de la Liga de Campeones. Sin embargo, esto que les pasa a los hinchas del Decano tucumano es una rara enfermedad. Es como un germen que está en la sangre y empezó a dominar todo el cuerpo. Altera el funcionamiento normal del organismo, por supuesto, y es difícil de extirpar, pero no genera daño ni perturba a las personas. Por el contrario, revela sentimientos de felicidad. Una felicidad que puede ser efímera, porque es fútbol, pero es felicidad al fin. 

No es fácil ser puntero de la Liga Profesional, por encima de River, Boca, Racing, Huracán, Independiente y tantos otros. Los hinchas lo saben. Los jugadores también y el cuerpo técnico hace malabares para mantener la calma, la humildad y el trabajo de grupo en medio de tanta efervescencia que vive casi toda una provincia. A cualquier hincha de Atlético Tucumán le fascina que le hablen de Lali. Pero no de Lali Espósito. En Tucumán hablar de Lali es “La Libertadores”. Así, en mayúsculas. El orgullo de haber jugado dos veces consecutivas aquel torneo continental en 2017 y 2018 no se los quita nadie. Y quieren volver a jugarla. Como diría Osvaldo Soriano, la deseaba tanto que ni siquiera intentaba disimularlo. Hubo una vez, en agosto de 2018, cuando la imagen de un hincha de Atlético recorrió toda América en la pantalla de Fox Sports. Estaba en la tribuna, pegado a la tela de alambre, con un suero de hospital en la mano. Aquella noche, Darío Díaz se escapó del Centro de Salud para ir a la cancha. Y todo porque Atlético se jugaba el pase a octavos de final de Lali frente a los colombianos de Nacional de Medellín. 

Estaba internado a la espera de una cirugía. Faltaban tres horas para el partido. Podría haber visto la transmisión por televisión, pero no quería quedarse tendido en una cama, a tan solo veinte cuadras del estadio. En la previa, por la ventana de la sala del hospital se colaban los cánticos de los hinchas que iban rumbo a la cancha. “Me entró una adrenalina en el cuerpo y empecé a pensar cómo podía escaparme”, dijo aquella vez de su hazaña el fanático Decano que, en aquel tiempo, tenía 30 años. 

Con cintas de papel se envolvió la sonda y el suero pegado al cuerpo como una momia, se puso una campera y caminó hacia la puerta de la guardia con la excusa de ser un acompañante. “Salgo a fumar a la vereda”, le dijo al policía que estaba de portero. En la otra esquina lo esperaba Enzo Díaz, su hermano. Caminaron hasta el estadio con la ansiedad de quien no tiene entrada en la mano, pero con un plan trazado de antemano. En el bolsillo izquierdo del pantalón, su hermano Enzo llevaba el carnet de discapacidad que le daba derecho a ingresar al estadio, según la ley vigente, y con un acompañante. Darío, el paciente del hospital, no se sacó la campera por nada del mundo y seguía con las cintas y el suero adherido a la piel. Nunca lo revisaron en la puerta. Como cómplices de una aventura, los hermanos Díaz subieron los escalones de la tribuna sobre calle Chile. Se ubicaron detrás del arco que hoy defiende el arquero boliviano Carlos Lampe y que en aquel entonces estaba bajo la custodia de Cristian Lucchetti. Con la euforia de los minutos previos al partido, Darío se sacó la campera y cargaba el suero con el brazo en alto como si todo el tiempo estuviese gritando un gol en medio de la tribuna. Un productor de televisión lo vio entre los hinchas y, con olfato periodístico, no dejó pasar la escena. Le pidió que se acercara a la tela de alambre y le puso el micrófono, mientras los jugadores estaban en el vestuario durante el entretiempo. 

-¿De dónde venís?, le preguntó el periodista

-Del hospital, del centro de Salud, sala 15, sector 1, cama 2. Aguante los Deca, mi viejo nomás“, respondió Darío Díaz ante la cámara de Fox Sports. ”Somos los más grandes del norte, papá“ agregó con euforia, mientras mostraba el suero y una gasa pegada a la altura del hombro. 

“Si no se entiende que esto es una pasión, y las pasiones son bastantes inexplicables, no se entiende nada de lo que pasa en el fútbol”, solía decir Roberto Fontanarrosa cuando le hablaban de la redonda. Sin saberlo, los hermanos Díaz se movieron como personajes de un cuento del recordado autor rosarino. Aquella noche, en el estadio monumental, los Decanos gritaron un gol de Leandro Díaz y otro de Guillermo Acosta. Nadie quería dejar el estadio. La fiesta seguía en Tucumán y repercutía en las pantallas del continente. Todavía con algo de suero sosteniendo en su mano, Darío salió de la cancha y se compró un choripán, que es una tradición afuera de los estadios y muy tentador para comer al paso, después de cada partido. Muchos lo tomaron con humor, pero también hubo quienes criticaron su decisión de escaparse del hospital, siendo que hay otros pacientes que esperan por una cama para internación. 

Guillermo Acosta

“El fútbol tiene algo de túnel a las profundidades –dice el escritor Eduardo Sacheri-. Te conecta con cosas muy hondas del modo de ser de cada persona que de otro modo están camufladas. El fútbol nos saca todas las máscaras: nos exhibe en lo bueno y en lo malo”, afirma el autor de Me van a tener que disculpar, un emotivo cuento sobre Diego Maradona.

El plantel de Pusineri tiene los objetivos muy claros. Eso también se asienta en determinados roles individuales como es el caso del capitán y emblema tucumano Guillermo Acosta. En cada partido, el volante recorre el mediocampo como un guardián del olimpo con escudo en la mano para frenar a los rivales, pero también durante la semana tiene otra responsabilidad y otro sueño por cumplir a los 35 años: estudiar y completar el secundario. Todo comenzó por un pedido de su propio hijo, de catorce años, cuando le preguntó a su padre si había terminado el secundario. “Me insistió y me dijo ‘vamos a hacerlo juntos’. Empezamos y obviamente a él le va bien, me dice ‘dale que yo te ayudo’ y ahí vamos juntos”, detalló. 

Durante la semana, Acosta estudia en el Instituto de Ciencias Empresariales (ICE), una institución que firmó un convenio con Atlético Tucumán. En ese mismo colegio se forman muchos de los juveniles del club. “Hacía varios años que terminé el séptimo grado y no hice nada más –recordó el jugador-. Me costó y me está costando un poquito, pero ya me quedan pocos meses para terminar”, había relatado en una entrevista con Directv Sports Radio. Por una cuestión de calendario, “BB”, como apodaron a Acosta, terminará primero el campeonato y después el secundario. Pero ya dio un gran paso. “Rendir inglés es lo más difícil; es una locura”, agregó con una sonrisa larga como estudiante el día de la primavera. 

Matías Exequiel Orihuela

“No quiero ser una estrella, prefiero ser un ejemplo para los niños; como en su día lo fue Enzo Francescoli para mí”, supo decir Zinedine Zidane. Una vez retirado del fútbol profesional, el francés se puso el traje de Director Técnico. Matías Exequiel Orihuela, integrante del plantel que lidera el campeonato, es cordobés y su carrera comenzó tarde, diría cualquier relator de fútbol. Tarde para la edad en la que hoy en día empiezan los jugadores. Tenía 18 años, cuando vivía en Buenos Aires y trabajaba como recolector de residuos. Todos los días iba en la parte trasera del camión levantando las bolsas con basura hasta completar el turno de ocho horas con lluvia o con sol. 

Un día común de trabajo, su compañero de recorrido en el mismo camión lo invitó a jugar al fútbol para el fin de semana. Aquella vez le vio condiciones y lo incentivó para que probara suerte en un club. Orihuela entró a la página de la AFA y se enteró que había un llamado a prueba para jóvenes futbolistas en el club Deportivo Morón. Fue a probar suerte y estuvo dos meses jugando, pero no había ninguna firma de contrato. Estaba en el aire. Sin embargo, el “Profe” Héctor Lettiere, un personaje histórico del “Gallito de Morón”, a quien apodaban “Huevo” (fallecido en diciembre de 2020), lo hizo quedar en las inferiores. Jugó dos años hasta que Salvador Daniele, el popular “Gato”, lo subió a primera. “Nunca me había probado antes, porque mis amigos me mandaban al arco”, recordó Orihuela riéndose de sí mismo en una entrevista con Sports Center de la cadena ESPN. “Lo hacía más por hobbie, no por algo que me daría de comer en un futuro y cuando entré a trabajar de recolector de residuos me topé con esta persona que me abrió la cabeza”, dijo. 

Renzo Iván Tesuri y Augusto Lotti

“Toqué a Messi para asegurarme de que es un ser humano”, dijo alguna vez Gianluici Buffon, el experimentado arquero del Parma de Italia. Ese fanatismo por el astro argentino también tiene a un referente en Atlético Tucumán. Renzo Iván Tesuri es entrerriano y tenía apenas nueve años cuando Messi debutó en el Barcelona, el 17 de agosto de 2005. En la jerga del fútbol se podría decir que “es un fanático veneno” de Messi. Al quedar embarazada su esposa, Tesuri habló con ella para acordar una sola cosa: el nombre. “Le puse Lionel por el más grande de todos. Ella sabe el fanatismo que yo tengo por Messi y le dije, si llega a ser nena, lo elegís vos”, recordó. Tesuri es un volante que juega por los costados y corre todo el tiempo. En este momento, mientras usted está leyendo es probable que el entrerriano siga corriendo. Uno de los sueños por cumplir para Tesuri es conocer personalmente a Messi. “Muero por verlo jugar y siempre lo digo: verlo jugar, aunque sea un ratito, a mí me hace el hombre más feliz del mundo”, dijo. 

“Lo que te hace crecer es la derrota, el error”, dice Pep Guardiola, el respetado entrenador español. Atlético Tucumán tuvo sus errores en este torneo, como en aquel partido en La Bombonera, el 28 de agosto, donde empezó ganando 1 a 0 con gol de Augusto Lotti, pero no supo mantener el resultado y terminó con las manos vacías. Justamente, este delantero nacido en Salto, a 200 kilómetros del Obelisco, fue quien enmudeció a la Bombonera, siendo que de chico había empezado las inferiores en Boca Juniors, pero le cerraron las puertas. Arrancó en las Infantiles de Boca, pasó varios años en el club, pero cuando tenía edad de competir en la séptima, Coqui Raffo lo dejó libre. “Me dijo que los otros chicos que jugaban en mi puesto tenían más potencial que yo, eso me dolió mucho”, recordó en estos días de algarabía en Tucumán. Al final, de esa categoría, Lotti fue el único delantero que llegó a jugar en Primera División.

Mateo Coronel y Carlos Emilio Lampe

“Cuando tu equipo anota en el último minuto haces los gestos raros de la felicidad anotadora –dice el escritor mexicano Juan Villoro-. Eso dura unos segundos. Misteriosamente, la discusión de esa jugada con los amigos durará toda la vida”, agrega. Algo de eso sucedió en el estadio José Fierro de Atlético Tucumán, en la noche del martes 23 de agosto, cuando Mateo Coronel rompió todos los récords del fútbol argentino. En el último minuto de juego, y en tiempo de descuento, el delantero concentró todas las miradas en su pie derecho al rematar desde 70.2 metros de distancia y esconder la pelota en el ángulo superior derecho del arco rival. Fue el 4 a 0 frente a Barracas, en una noche soñada para los hinchas y para sorpresa del propio goleador. “Una locura, estoy muy contento. No lo puedo creer”, admitió el futbolista al salir del vestuario. Todavía se habla y seguirá hablándose de aquel golazo de Coronel, que lo convirtió en uno de los posibles candidatos al Premio Puskás, que la FIFA otorga al autor del mejor gol del año en todo el mundo. 

“En el puesto de los bobos, yo soy el más vivo”, dijo alguna vez, Hugo Orlando “El Loco” Gatti. La gigante campaña de Atlético tiene como uno de sus pilares a la seguridad que garantizan las manos de Carlos Emilio Lampe. Apenas llegó a Tucumán, el arquero boliviano conquistó a los hinchas por sus atajadas. Desde la partida de Cristian Lucchetti, los fanáticos se sentían huérfanos bajo los tres palos. Sin embargo, el arribo de Lampe abrió esperanzas y desde el primer partido no defraudó. En Tucumán, en agosto, para el Día del Niño, la camiseta de Lampe agotó todas las ventas. El propio arquero dijo que no podía salir a las calles en Tucumán. “Es impresionante cómo la gente te frena y te pide una foto o una firma –recordó-. Fui a la escuela con mi hija y era una locura. El fanatismo de la gente es increíble”, relató. 

Un héroe no necesita una capa, solo necesita un par de guantes, dijo alguna vez alguien y los arqueros guardaron la frase para siempre en la memoria. La primera vez que Carlos Lampe se ausentó de Tucumán pidió permiso para viajar a Buenos Aires, donde iba a presenciar el nacimiento de su hija. Los hinchas tragaron saliva, pero aceptaron la decisión. En la noche del 27 de junio, el arco quedó en manos de Tomás Ignacio Marchiori, un mendocino nacido en Godoy Cruz hace 27 años. Fue un empate 1 a 1, pero el arquero hizo cumplió un buen papel. La segunda vez que Lampe se ausentó de Tucumán fue para viajar a Francia, donde jugó para la Selección de Bolivia en un amistoso frente a Senegal. Con resignación, los hinchas aceptaron esa decisión y otra vez fue el turno del arquero mendocino. 

Ahora, Racing de Avellaneda está agazapado y al acecho de los tucumanos. Boca Juniors le muerde los talones para intentar frenarlo en esa carrera por el título. El fútbol argentino entra en etapa de definiciones. A 20 días del final es un momento clave, sin lugar para los débiles. Enfermos unos, ansiosos, otros, y exasperados el resto. Así se vive el fútbol argentino por estos días. Entrar en la historia o quedarse en la puerta. Dar el zarpazo o morir en el intento. Tomar impulso o quedarse sin aire. Todo eso está en juego, mientras los hinchas en La Bombonera, en el Cilindro de Avellaneda o en el estadio José Fierro de Tucumán no ocultan los nervios para contener la angustia en cada partido. Lo viven con esa intensidad, como supo decir el novelista y filósofo francés, Albert Camus: no hay lugar en el mundo donde un hombre pueda sentirse más contento que en un estadio de fútbol.

CC

Los tucumanos están enfermos de fútbol. Eso dicen los porteños, los cordobeses, los santiagueños, los mendocinos y todos aquellos que miran sorprendidos a Atlético Tucumán en la cima del fútbol argentino. Los hinchas de Boca y de Racing esperan que el equipo que dirige Lucas Pusineri termine sin aire, como infectado por una bacteria, y se desinfle en la recta final de la Liga de Campeones. Sin embargo, esto que les pasa a los hinchas del Decano tucumano es una rara enfermedad. Es como un germen que está en la sangre y empezó a dominar todo el cuerpo. Altera el funcionamiento normal del organismo, por supuesto, y es difícil de extirpar, pero no genera daño ni perturba a las personas. Por el contrario, revela sentimientos de felicidad. Una felicidad que puede ser efímera, porque es fútbol, pero es felicidad al fin. 

No es fácil ser puntero de la Liga Profesional, por encima de River, Boca, Racing, Huracán, Independiente y tantos otros. Los hinchas lo saben. Los jugadores también y el cuerpo técnico hace malabares para mantener la calma, la humildad y el trabajo de grupo en medio de tanta efervescencia que vive casi toda una provincia. A cualquier hincha de Atlético Tucumán le fascina que le hablen de Lali. Pero no de Lali Espósito. En Tucumán hablar de Lali es “La Libertadores”. Así, en mayúsculas. El orgullo de haber jugado dos veces consecutivas aquel torneo continental en 2017 y 2018 no se los quita nadie. Y quieren volver a jugarla. Como diría Osvaldo Soriano, la deseaba tanto que ni siquiera intentaba disimularlo. Hubo una vez, en agosto de 2018, cuando la imagen de un hincha de Atlético recorrió toda América en la pantalla de Fox Sports. Estaba en la tribuna, pegado a la tela de alambre, con un suero de hospital en la mano. Aquella noche, Darío Díaz se escapó del Centro de Salud para ir a la cancha. Y todo porque Atlético se jugaba el pase a octavos de final de Lali frente a los colombianos de Nacional de Medellín.