Tras derrotar a Suiza
De regreso a Atlanta: Argentina se prepara para el duelo con Inglaterra
Después de una hora de partido, Julián Álvarez recibe la pelota volcado a la izquierda de su ataque, afuera del área. Nadie espera demasiado ni de la jugada ni de él: el arco queda lejos y entre Alvarez y el gol, al menos en USA 26, parece haber una perimetral.
Entonces el crack surgido en River hace lo que hizo decenas de veces en Atlético Madrid pero nunca desde que llegó hasta aquí: hamacarse y descerrajar un derechazo inmaculado, eterno. La pelota dibuja una cartografía hermosa, que no hace más que elevar la categoría del momento. Al goce estético del instante se añade el movimiento armonioso y leve de la red, que se infla, como una ampolla de felicidad. Es el segundo gol de Argentina, que de esta manera pasa a ganarle a Suiza en el suplementario de los cuartos de final del Mundial. Explota el Kansas City Stadium, plagado de argentinos y de fans de Messi que deliran con el golazo del delantero. El derechazo exorciza los fantasmas, tanto los del cordobés como los de su equipo que, una vez más –a esta altura, su marca de agua– debió atravesar un purgatorio para alcanzar el cielo de la victoria. Ya está entre los cuatro mejores del torneo.
El campeón volvió a sufrir, volvió a ganar. Esta vez, como reconoció Scaloni en la rueda de prensa, ni siquiera tuvo momentos para rescatar: todo fue bastante vulgar, todo fue bastante lúgubre. Suiza fue un rival de una estatura impensada y de una envergadura física también inesperada, que solo sucumbió al final cuando se vio en inferioridad numérica. Antes de eso le había quitado la pelota a la Argentina, que sin su elemento se vio quizás no desbordada, pero sí fuera de foco, atrapada en un laberinto del que solo salió cuando se vino abajo la pared roja con la roja.
¿Condicionó o tuvo que ver el hecho de que el equipo se pusiera en ventaja muy temprano? Tal vez, pero, en cualquier caso, si hacer un gol es un problema, el problema entonces es anterior, y es de quien lo marca. Como sea, es innegable que el tanto de cabeza anotado por McAllister determinó el desarrollo posterior del duelo. Gracias al pressing, Suiza se adueñó de la pelota y Argentina pasó a depender de los pelotazos a la nada –o a Alvarez, que perdía sistemáticamente con los centrales suizos–, infrecuente incapacidad que terminó de cristalizar la sensación de que el campeón no tenía radiación, de que solo producía antimateria.
Entre el tedio y el desencanto se fue el primer tiempo y la sensación era que lo único bueno había sido el resultado. Argentina había jugado su peor primera parte en lo que iba del Mundial. Era un equipo invertebrado y desconectado, como si todo su flujo de energía se hubiera agotado en los ardientes minutos finales contra Egipto.
Era obvio que debía mejorar, como también era obvio que Scaloni sacudiría las cabezas y los ánimos de sus dirigidos. Los interrogantes se acumulaban, como los deseos insatisfechos: ¿alcanzaría esta vez con la voluntad? ¿Era esperable que Suiza, un equipo de segundo orden europeo, preocupase tanto al campeón del mundo?
Argentina mejoró en el segundo tiempo, pero esa mejora duró solo diez minutos. Pasado ese lapso, Suiza volvió a dominar y el equipo de Scaloni se atrincheró, limitándose a interrumpir el juego del rival. Ausente sin aviso, Messi estaba en modo flâneur, un caballero andante que atravesaba de a pie y sin pelota las llanuras escarpadas de Kansas. Siempre lejos de la amenaza, parecía hacerse las mismas preguntas que nos hacíamos todos: ¿había manera de desentrañar el acertijo helvético?
Difícil, porque lo que desprendía el campo de juego era que el gol de los europeos era una cuestión de tiempo. Y así fue: llegó a través de Ndoyé, luego de una muy buena combinación con Ricardo Rodríguez. La jugada sucedió por la derecha de la defensa argentina, el lado de Molina, uno de los más apuntados hasta aquí. Pero digamos todo: si bien al lateral fue a quien se le escapó el autor del gol, tuvo un mejor rendimiento que en los partidos anteriores. Lo mismo podríamos decir de Dibu Martínez, pero no así de De Paul, Enzo Fernández y McAllister, quienes jugaron bastante por debajo de sus posibilidades.
Pocos minutos después, el destino le hizo un guiño otra vez a la Argentina. En una jugada algo bizarra, Émbolo simuló una falta de Paredes sobre él, que fue sancionada en un principio por el árbitro y rectificada luego por el VAR. Suiza quedaba con diez. Las puertas del alivio parecían abrirse.
La roja fue un hito dentro del partido. Argentina comenzó a jugar en campo contrario por primera vez en toda la noche. Scaloni además hizo cambios: los metió a Thiago Almada y a Nico González, que le dieron dinámica al equipo. Sin ser un torbellino, el campeón aumentó su ritmo de juego.
El partido era una guerra de voluntades. Acantonada, Suiza había montado su infantería en la retaguardia y cada tanto amenazaba con algún chispazo de peligro. Argentina iba, pero su caballería chocaba contra el fuerte de madera sangre. Como siempre hasta aquí, la escasa, escasísima claridad del campeón llegaba a través de Messi, quién si no. Un enganche suyo de izquierda fue seguido por un derechazo que salió muy cerca.
Vacío de ideas, el equipo se repetía, como una letanía algo triste, por momentos desesperante. El partido se iba. Los nervios aumentaban.
El suplementario potenció el melodrama del equipo, que buscaba el gol como quien intenta cazar su ballena blanca. Todo era suyo: Suiza solo defendía, con una concentración que parecía inquebrantable. Hasta que Julián Alvarez tomó la pelota una vez más. Nadie confiaba demasiado en él: el arco, en el partido y el torneo, era un planeta lejano. Obstinado, Julián sacó ese derechazo apasionante que hundió sus raíces en la red y enterró las esperanzas suizas. Tras más de una hora de tensión, Kansas era una fiesta, alegría que el 3 a 1 de Lisandro Martínez –un alivio que ambos delanteros hayan anotado– convirtió en delirio.
A cuarenta años de México 86, Argentina e Inglaterra vuelven a enfrentarse en una ronda decisiva de un Mundial. Por más que Scaloni haya señalado que “es solo un partido”, todos sabemos que el campo simbólico que acaba de abrirse tiene el tamaño de una catedral de ambiciones. La historia en mayúsculas acaba de ser convocada. El mundo entero acudirá a la cita. De regreso a Atlanta, Messi y los suyos todavía tienen cosas qué decir.
PP/MG