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Radiografía de un semifinalista

Walter

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(Por Walter Vargas) Todo equipo debe de ser analizado en su punto máximo y en su punto mínimo, de lo cual se deduce su porte general y su techo eventual: pues bien, la selección argentina acostumbra, nos acostumbra, a cosechar de inmediato en sus momentos de siembra y a estar a la altura de su sufrimiento en los momentos de marea baja.

A grandes trazos así se le ha ganado también a Ecuador, al conjuro del soporte articulador del mejor futbolista del planeta: con un Messi así de sintonizado, entusiasmado, juramentado e inspirado, todo es posible. Hasta coronar.

Una hipótesis, desde luego, que como toda hipótesis carece de garantías.

No hay garantías de que si con Colombia, por caso, se repitieran los tramos de repliegue (con serias dificultades para defender en el medio campo y en el bloque bajo), se saliera airoso de gratuidad y el partido y la vida prosiguieran como si nada.

Mucho menos habría garantías de éxito con baches y miserias incluidas en una hipotética final con Brasil; esto es, el equipo que dispone del mejor plantel, de los mejores jugadores, de mayor cantidad de variantes, de mayor poder de fuego, amén de un entrenador de lo más competente y de su condición de anfitrión y apadrinado por los árbitros y por el VAR.

Hagamos un ejercicio anticipatorio propio del ajedrez: si Brasil dejara en el camino a Perú y Argentina dejara en el camino a Colombia, acaso estarían más preocupados los brasileños que los argentinos.

No porque Argentina sea superior (ya ha quedado dicho que no), pero sí por el imperativo de un crecimiento real, de su andar hacia una cierta madurez, por un Messi en vena y porque, después de todo, caer en una final contra Brasil en el Maracaná supone un riesgo calculado y una recompensa suprema.

Ahora sí, un puñado de nombres de los que se vuelve menester decir algo:

Emiliano Martínez: el arco de la Selección le va como un guante. Llena con solvencia los 7,32 x 2, 44. Sin embargo: versus Ecuador por vez primera mostró vacilaciones en el juego aéreo.

Cristian Romero: ha sido gigante cuando jugó y es más gigante cuando no juega. De la recuperación de su estado de forma depende, sin exagerar, la mital de la solidez defensiva de la Selección.

Marcos Acuña: un toro bravío que hace de todo un poco y todo bien.

Leandro Paredes: Lionel Scaloni y su club de fans ven en él virtudes insuficientes para ser un 5 de Argentina con todo su lugar. Toques inocuos, lagunas, liviandad.

Guido Rodríguez: la contracara de Paredes. No será el Tolo Gallego ni el Checho Batista pero en el complejo territorio del Centro de la Tierra se mueve como un baqueano que no necesita siquiera la compañía de un perro rastreador.

Rodrigo de Paul: el mejor amigo de todos. Solidario, presto, acompañador y donador de soluciones acá y allá. Insustituible.

Lautaro Martínez: nunca se había ido del todo, pero ojo, que está volviendo,

Ángel Di María: veinte/veinticinco minutos de Angelito cotizan en la Bolsa de Tokio.

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