Consumo e inflación: dos países, el que llena los restaurantes y el que no llega a fin de mes

Alcanza con caminar una tarde de sol por el barrio porteño de Palermo o por la calle Güemes de la ciudad de Resistencia o por la diagonal 74 en La Plata. En la Argentina conviven al menos dos grandes realidades: la de aquellas personas que tienen margen para consumir y colman las mesas de los restaurantes, y la de aquellas familias a las que les cuesta llegar a fin de mes, para las que el lujo es contar con los $95.300 que cuesta una canasta básica. 

La economista Marina Dal Poggetto, directora de EcoGo, respalda y le da estructura a lo que podría ser tan solo una percepción callejera. “La Argentina está totalmente segmentada”, afirma. Por un lado ubica a los trabajadores informales o bajo alguna variante del “gris”, que encabezan el ranking de la pérdida de poder adquisitivo de los últimos años. 

Por el otro, los asalariados del sector formal, que tienen paritarias y que en los últimos meses “vienen acompañando a la inflación” y son, en algunos casos, los que tienen cierta capacidad de ahorro. “Como no hay mecanismos para trasladar el ahorro hacia adelante, para canalizarlo a través de inversiones en el mercado de capitales o en los bancos, se está consumiendo”. En los términos de Dal Poggetto, en la Argentina o bien se sacan los ahorros del sistema o bien se “vive de contado”. 

El fenómeno se confirma en distintos puntos de todo el país. “Acá en la región del NEA los datos muestran que hay fuertes alzas de productos suntuarios y se estancan o incluso caen los básicos o de primera necesidad”, dice Alejandro Pegoraro, director de Politikon Chaco, que ve en las calles de Resistencia “comercios reventados de gente” y un movimiento gastronómico y cultural muy fuerte, impulsado por los “sectores más pudientes”. 

En el otro extremo, el recorte de gastos al que se vieron obligados los sectores de menores ingresos deja rastros en la estadística oficial. De acuerdo con el último panorama elaborado por el Ministerio de Desarrollo Productivo, el consumo de carnes en los supermercados (donde, por otra parte, están vigentes los programas de “Cortes Cuidados”) cayó respecto del nivel pre pandemia y en febrero las ventas fueron 6,7% inferiores a diciembre de 2019.

Para Pegoraro, la dispersión en el consumo se explica no solo por el impacto para nada uniforme de la crisis sanitaria en los distintos sectores de la economía sino por “la baja nominalidad del salario y la inflación creciente”. “Si tomamos como ejemplo a los empleados públicos, las escalas salariales son muy amplias (una persona de determinado sector puede cobrar $60.000 y otro del mismo sector $120.000) y los aumentos salariales otorgados a la fecha impactan mejor en el que tiene salario más alto. Si el aumento dado hasta ahora es del 20%, la persona que cobra $60.000 tendrá un extra de $12.000, pero el de $120.000 sumará casi $25.000. Naturalmente, el de menor salario necesita el excedente para soportar un nivel de vida básico, el otro lo vuelca al consumo directo”, apunta. 

Desde su restaurante palermitano Santa Evita, Gonzalo Alderete Pagés puede dar testimonio de primera mano de esta grieta en el consumo. Cuenta que desde que se comenzaron a aliviar las restricciones sanitarias las ventas subieron mucho y que hoy en gastronomía hay una demanda altísima de empleados. “No se consiguen cocineros; están abriendo muchos restaurantes, la mayoría están llenos. Pero, al mismo tiempo, nosotros le damos de comer a la gente en situación de calle y eso en los últimos meses se duplicó”, dice. “Se nota la brecha cada vez más grande entre los empresarios que facturan mucha plata y los laburantes”.

En la profundización de los extremos hay para Facundo Aragón, socio de CompassLA Business Analytics, un fenómeno de fondo que es el achicamiento progresivo de la clase media argentina, entendida como familias que viven de su trabajo y pueden destinar alguna porción del ingreso a ciertos gustos modestos. 

También eso está en los datos. Según un informe de la Dirección General de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires correspondientes al cuarto trimestre de 2021 la clase media está desde 2017 por debajo del 50% del total de la población porteña; se contrajo 4 puntos porcentuales en 4 años. Entre 2017 y 2021 el segmento de la clase media “frágil” y “en situación vulnerable” registró la tendencia contraria y creció casi 3 puntos (representa el 18,4% del total), del mismo modo que el de “pobres” e “indigentes”, que escaló otros 3 puntos (21,6%).

Hay otro elemento que empuja el consumo de quienes cumplen la hazaña de llegar a fin de mes con algo de ahorro. Sin expectativas de poder volcarlo a un proyecto de mediano plazo como comprar un auto o pagar las cuotas de un crédito para acceder a una vivienda propia, lo “queman”, incluso como una estrategia financiera. En la Argentina opera el extraño concepto de “consumir ahorrando”, que es un oxímoron en los libros de economía: o se consume o se ahorra. 

“En este contexto de inflación acelerándose tenés un boom de gastos que desde el punto de vista económico son ‘consumos’, pero que para la clase media pueden ser, no sé si una forma de ahorro pero sí un consumo no inmediato: ropa, electrodomésticos. Incluso alimentos que se pueden almacenar: café, aceite, vino, shampoo”, clarifica Dal Poggetto. 

Para la economista no hay duda que luego del pozo de la pandemia “las empresas trasladaron a precio todo lo que pudieron”, que hubo una “recomposición de márgenes muy agresiva” vinculada, en parte, con la incertidumbre sobre el costo de reposición de los productos. Del otro lado de la góndola los consumidores, abrumados por la falta de referencias –¿qué es más caro: unas zapatillas o un alquiler?– y urgidos por no conservar dinero que pierda valor paralizado en el bolsillo, convalidan esos precios remarcados. 

Algo de eso se trasluce en la respuesta que empresarios textiles dan cuando se los señala por liderar el porcentaje de inflación interanual, con un alza de 73,4% entre abril de este año y el mismo mes de 2021: “Tan cara no debe estar la ropa, porque los locales la venden”. Una fuente del sector suma un ejemplo: una marca top importó recientemente 100 camperas y las vendió en su local de un shopping porteño a $180.000, casi el doble que la mediana del salario registrado privado. “Volaron” en un par de días. 

Según el consultor Marcelo Solzana, director de Surreal Marketing, también hay muchos gastos de personas que solían comprar en el extranjero pero todavía no reanudaron sus rutinas de viaje o ya no pueden sostener ese nivel de vida y abren, entonces, sus billeteras fronteras adentro. De acuerdo con datos de Travel Services, en abril mejoraron 30% las ventas de vuelos internacionales respecto de enero-marzo, pero la recuperación es lenta y los números se mantienen por debajo de los previos a la eliminación de las cuotas sin interés, en noviembre pasado. 

“Hoy a los shoppings de primera línea como Paseo Alcorta o Patio Bullrich va 60% más de gente que antes de la pandemia o en 2015. Creo que aumentó la cantidad de gente que tiene poder adquisitivo súper alto, pero al mismo tiempo hay mucha gente que trabaja bien y su salario no le alcanza para mantener el nivel de vida que tal vez le impone su propia rutina de trabajo en términos de ropa, salidas, consumos. Hoy pertenecer a cierta parte de la sociedad es extremadamente caro”, dice Solzana, para quien ese “pertenecer” implica percibir un salario de $250.000 en adelante. 

DT

Alcanza con caminar una tarde de sol por el barrio porteño de Palermo o por la calle Güemes de la ciudad de Resistencia o por la diagonal 74 en La Plata. En la Argentina conviven al menos dos grandes realidades: la de aquellas personas que tienen margen para consumir y colman las mesas de los restaurantes, y la de aquellas familias a las que les cuesta llegar a fin de mes, para las que el lujo es contar con los $95.300 que cuesta una canasta básica. 

La economista Marina Dal Poggetto, directora de EcoGo, respalda y le da estructura a lo que podría ser tan solo una percepción callejera. “La Argentina está totalmente segmentada”, afirma. Por un lado ubica a los trabajadores informales o bajo alguna variante del “gris”, que encabezan el ranking de la pérdida de poder adquisitivo de los últimos años. 

Por el otro, los asalariados del sector formal, que tienen paritarias y que en los últimos meses “vienen acompañando a la inflación” y son, en algunos casos, los que tienen cierta capacidad de ahorro. “Como no hay mecanismos para trasladar el ahorro hacia adelante, para canalizarlo a través de inversiones en el mercado de capitales o en los bancos, se está consumiendo”. En los términos de Dal Poggetto, en la Argentina o bien se sacan los ahorros del sistema o bien se “vive de contado”. 

El fenómeno se confirma en distintos puntos de todo el país. “Acá en la región del NEA los datos muestran que hay fuertes alzas de productos suntuarios y se estancan o incluso caen los básicos o de primera necesidad”, dice Alejandro Pegoraro, director de Politikon Chaco, que ve en las calles de Resistencia “comercios reventados de gente” y un movimiento gastronómico y cultural muy fuerte, impulsado por los “sectores más pudientes”. 

En el otro extremo, el recorte de gastos al que se vieron obligados los sectores de menores ingresos deja rastros en la estadística oficial. De acuerdo con el último panorama elaborado por el Ministerio de Desarrollo Productivo, el consumo de carnes en los supermercados (donde, por otra parte, están vigentes los programas de “Cortes Cuidados”) cayó respecto del nivel pre pandemia y en febrero las ventas fueron 6,7% inferiores a diciembre de 2019.

Para Pegoraro, la dispersión en el consumo se explica no solo por el impacto para nada uniforme de la crisis sanitaria en los distintos sectores de la economía sino por “la baja nominalidad del salario y la inflación creciente”. “Si tomamos como ejemplo a los empleados públicos, las escalas salariales son muy amplias (una persona de determinado sector puede cobrar $60.000 y otro del mismo sector $120.000) y los aumentos salariales otorgados a la fecha impactan mejor en el que tiene salario más alto. Si el aumento dado hasta ahora es del 20%, la persona que cobra $60.000 tendrá un extra de $12.000, pero el de $120.000 sumará casi $25.000. Naturalmente, el de menor salario necesita el excedente para soportar un nivel de vida básico, el otro lo vuelca al consumo directo”, apunta. 

Desde su restaurante palermitano Santa Evita, Gonzalo Alderete Pagés puede dar testimonio de primera mano de esta grieta en el consumo. Cuenta que desde que se comenzaron a aliviar las restricciones sanitarias las ventas subieron mucho y que hoy en gastronomía hay una demanda altísima de empleados. “No se consiguen cocineros; están abriendo muchos restaurantes, la mayoría están llenos. Pero, al mismo tiempo, nosotros le damos de comer a la gente en situación de calle y eso en los últimos meses se duplicó”, dice. “Se nota la brecha cada vez más grande entre los empresarios que facturan mucha plata y los laburantes”.

En la profundización de los extremos hay para Facundo Aragón, socio de CompassLA Business Analytics, un fenómeno de fondo que es el achicamiento progresivo de la clase media argentina, entendida como familias que viven de su trabajo y pueden destinar alguna porción del ingreso a ciertos gustos modestos. 

También eso está en los datos. Según un informe de la Dirección General de Estadística y Censos de la Ciudad de Buenos Aires correspondientes al cuarto trimestre de 2021 la clase media está desde 2017 por debajo del 50% del total de la población porteña; se contrajo 4 puntos porcentuales en 4 años. Entre 2017 y 2021 el segmento de la clase media “frágil” y “en situación vulnerable” registró la tendencia contraria y creció casi 3 puntos (representa el 18,4% del total), del mismo modo que el de “pobres” e “indigentes”, que escaló otros 3 puntos (21,6%).

Hay otro elemento que empuja el consumo de quienes cumplen la hazaña de llegar a fin de mes con algo de ahorro. Sin expectativas de poder volcarlo a un proyecto de mediano plazo como comprar un auto o pagar las cuotas de un crédito para acceder a una vivienda propia, lo “queman”, incluso como una estrategia financiera. En la Argentina opera el extraño concepto de “consumir ahorrando”, que es un oxímoron en los libros de economía: o se consume o se ahorra. 

“En este contexto de inflación acelerándose tenés un boom de gastos que desde el punto de vista económico son ‘consumos’, pero que para la clase media pueden ser, no sé si una forma de ahorro pero sí un consumo no inmediato: ropa, electrodomésticos. Incluso alimentos que se pueden almacenar: café, aceite, vino, shampoo”, clarifica Dal Poggetto. 

Para la economista no hay duda que luego del pozo de la pandemia “las empresas trasladaron a precio todo lo que pudieron”, que hubo una “recomposición de márgenes muy agresiva” vinculada, en parte, con la incertidumbre sobre el costo de reposición de los productos. Del otro lado de la góndola los consumidores, abrumados por la falta de referencias –¿qué es más caro: unas zapatillas o un alquiler?– y urgidos por no conservar dinero que pierda valor paralizado en el bolsillo, convalidan esos precios remarcados. 

Algo de eso se trasluce en la respuesta que empresarios textiles dan cuando se los señala por liderar el porcentaje de inflación interanual, con un alza de 73,4% entre abril de este año y el mismo mes de 2021: “Tan cara no debe estar la ropa, porque los locales la venden”. Una fuente del sector suma un ejemplo: una marca top importó recientemente 100 camperas y las vendió en su local de un shopping porteño a $180.000, casi el doble que la mediana del salario registrado privado. “Volaron” en un par de días. 

Según el consultor Marcelo Solzana, director de Surreal Marketing, también hay muchos gastos de personas que solían comprar en el extranjero pero todavía no reanudaron sus rutinas de viaje o ya no pueden sostener ese nivel de vida y abren, entonces, sus billeteras fronteras adentro. De acuerdo con datos de Travel Services, en abril mejoraron 30% las ventas de vuelos internacionales respecto de enero-marzo, pero la recuperación es lenta y los números se mantienen por debajo de los previos a la eliminación de las cuotas sin interés, en noviembre pasado. 

“Hoy a los shoppings de primera línea como Paseo Alcorta o Patio Bullrich va 60% más de gente que antes de la pandemia o en 2015. Creo que aumentó la cantidad de gente que tiene poder adquisitivo súper alto, pero al mismo tiempo hay mucha gente que trabaja bien y su salario no le alcanza para mantener el nivel de vida que tal vez le impone su propia rutina de trabajo en términos de ropa, salidas, consumos. Hoy pertenecer a cierta parte de la sociedad es extremadamente caro”, dice Solzana, para quien ese “pertenecer” implica percibir un salario de $250.000 en adelante. 

DT

Alcanza con caminar una tarde de sol por el barrio porteño de Palermo o por la calle Güemes de la ciudad de Resistencia o por la diagonal 74 en La Plata. En la Argentina conviven al menos dos grandes realidades: la de aquellas personas que tienen margen para consumir y colman las mesas de los restaurantes, y la de aquellas familias a las que les cuesta llegar a fin de mes, para las que el lujo es contar con los $95.300 que cuesta una canasta básica. 

La economista Marina Dal Poggetto, directora de EcoGo, respalda y le da estructura a lo que podría ser tan solo una percepción callejera. “La Argentina está totalmente segmentada”, afirma. Por un lado ubica a los trabajadores informales o bajo alguna variante del “gris”, que encabezan el ranking de la pérdida de poder adquisitivo de los últimos años.