QUÉ VER

Hacks: Mi vida por un buen remate para un chiste

Así es, nomás: aunque hubiera que esperar varios meses por su continuación (en otra época, las novelas eran diarias), y la calidad general tuviera algún que otro altibajo temporada a temporada, cuando llegaron a su final producciones del nivel de Los Soprano, Six Feet Under, Mad Men, Ripper Street y varios etcéteras, se producía un vacío en nuestras vidas de televidentes dependientes, una suerte de síndrome de abstinencia. Encima, en casos como los citados y ahora particularmente con Hacks, los capítulos de cierre estilan poner –con perdón, gente vegana– toda la carne en el asador, reaparecen personajes que extrañábamos volver a ver. Y, desde luego, los protagónicos ofrecen escenas culminantes inolvidables.

Entonces, qué vamos a hacer los/as seguidores/as desde 2021 de Hacks, sin la esperanza de volver a encontrarnos con esa reina de la comedia y el drama llamada Deborah Vance, exaltada por la actuación de Jean Smart, quien enhorabuena– se ganó pilas de premios por esta labor cuando ya había cumplido los 70. Y ¿cómo proseguir sin su contrafigura perfecta, la millenial Ava Daniels, encarnada por Hannah Einbinder, austera para vestirse, de firmes principios, un toque woke pero, en el fondo, tan ambiciosa, con tanto sentido del humor cáustico como la propia Deborah?

Y esta plañidera lista se alarga porque envidiamos durante más de 5 años a Deb por tener ese ama de llaves con poderes, la genial Josefina (Rosa Abdoo); empatizamos con la inefable parejita siempre al borde de la consumación compuesta por Jimmy (Paul W. Downs, asimismo uno de los hacedores de la serie) y la redondita desfachatada Kayla (Megan Stalter), con ese vestuario de me defeco en el buen gusto, que solo ella puede portar con garbo; Nina, la otrora imbancable madre de Ava que, gracias a la excelente Jane Adams, hace su triunfal rentrée en este 2026 transformada; el guapísimo gentilhombre Marcus (Carl Clemens-Hopkins), que dejó de ser el director de operaciones de DV, pero la sigue venerando y hará cualquier cosa por ella; Damien (Mark Indelicato), el fiel asistente personal de la diva y la obsequiosa Kiki (Poppy Liu), su crupier de blackjack; Marty Ghislain (Christopher McDonald), eterno novio flotante de Deborah que cada tanto se casa con alguna chica que se lo ha levantado.

Y, perdón por la largura, pero si han venido mirando las anteriores temporadas lo comprenderán: sería muy injusto no nombrar a otros personajes esmeradamente cincelados y actuados que hacen su primera aparición en esta saison: Kelly Kilpatrick, una estandapera retirada, rival de Deb, a la que saca brillo Cherry Jones, en pareja con una histérica jovenzuela, Monica, en las manos manicuradas de Leslie Bibb. Y autoinvitada, la mismísima Lucia Aniello, integrante con su marido PWD y la amiga de ambos, Jen Statsky, del trío creador de Hacks, que rota para dirigir los caps; Lu hace de Meredith, inversora que intenta venderle un casino al avispado Marcus. Ah, lo último, pero no lo mejor: la presencia monocorde del dramaturgo de Ángeles en América, Tony Kushner -en la onda actual masculina de cabello recién teñido, la barba entrecana-, interpretándose a sí mismo en un vano intento de convertirse en guionista de Deb. También con su nombre propio, solo que con más gracejo, Renée O’Connor, actriz conocida por interpretar el papel de Gabrielle en la serie de culto Xena, la princesa guerrera.

La atracción de las opuestas

Una de veintipico en ascenso, aún en la ruta del aprendizaje, conociendo las entretelas del mundo del espectáculo, sus códigos y sus trampas, el lugar de mujeres autónomas y creativas en ese ámbito. La otra, una auténtica sobreviviente de dicho universo, que ha sido encumbrada y humillada a lo largo de su vida artística y que, en sus setentas, sigue apasionada por hacer esos monólogos humorísticos que dialogan con las risas del publico (y también lo dejan con alguna reflexión en el subtexto); a ella, el escepticismo adquirido como forma de defensa propia la ha llevado a tomar distancia, a apelar a cierto grado de cinismo. Pero por arriba de la alta cotización que ha alcanzado, Deborah aspira a ser amada por sus fans cuando pone el cuerpo –que está envejeciendo– sobre el escenario. A Ava, en cambio, le importa menos ese contacto directo porque en Hacks lo suyo es la escritura, el otro lado del show, ciertamente uno de sus imprescindibles sostenes.

En la vida real, Hannah Einbinder ya ha conquistado territorio con su stand-up Everything Must Go haciendo giras y apareciendo por HBO, con apoyo del rating y críticas favorables. Por su lado, Jean Smart, si bien apreciada como actriz, quedó mayormente relegada a papeles secundarios en cine y televisión, ya como intérprete de reparto, ya como invitada. De todos modos, en teatro se destacó como la Marlene Dietrich de la obra Piaf, luego llevada a la TV. Y más recientemente, en 2025, en pleno suceso de Hacks, se animó a hacer el unipersonal Call Me Izzy, de inspiración feminista, nada menos que en Studio 54, obteniendo excelentes reseñas y tres nominaciones a premios. Con mucha anterioridad, en 1985, Smart empezó a lucirse en un rol coprotagónico en la serie Design Women, luego fue Laurie en Watchman (2019), y a continuación, tuvo un papel estable en The District (2000/2004). Pero el gran protagonismo, los galardones al por mayor y el estrellato le llegaron a partir de su creación de Deborah Vance, a una edad en que las actrices empiezan a despedirse.

Después de haberlas admirado en 5 temporadas, resulta imposible imaginar a dos intérpretes más apropiadas para encabezar Hacks, por HBO Max, una producción que se permitió poner como eje argumental el devenir de una amistad entre dos mujeres, con una diferencia en la edad de más de 40 años. Una amistad sin flechazo inicial en primera instancia, porque la joven le es impuesta a la mayor contra su voluntad, para que le aporte novedades a sus guiones de stand-up en la sala teatral de un casino de Las Vegas. Allí, Deborah Vance es una leyenda viva que está luchando por mantener ese sitial, mientras que Ava Daniels intenta avanzar como escritora para la escena y la tele.

La relación personal va pegada a un debate entre ambas, que termina siendo fructífero, sobre la renovación de los textos que actuará la diva resistente al descenso. Esas relaciones complejas, más la participación enriquecedora de numerosos personajes de segundo plano, van configurando un relato en el que -amén de las infaltables réplicas de un humor a veces renegrido e incorrecto- van tocando problemas tan humanos como las limitaciones físicas de la edad cuando la cabeza está todavía en plena forma, el hacerle frente a las traiciones y las desilusiones. Paralelamente, se plantean cuestiones que siguen siendo polémicas, como la eutanasia o los daños colaterales de la Inteligencia Artificial.

Empero, en casi todo momento queda claro que la comedia puede hacer milagros, incluso ante una probable tragedia. Después de haber sido declarada muerta por error, Deborah se trepa a un tablado y proclama: “Volví de entre los muertos” (aplausos). “Cuando eso lo hace un hombre, es el Hijo de Dios. Cuando lo hace una mujer, es retenida en el aeropuerto” (más aplausos). Y continúa más adelante, remarcando sutilmente el apoyo que siempre ha encontrado en los gays (a quienes ha defendido muy tempranamente en tiempos más difíciles): “Me confundieron con un cadáver porque me maquilló un heterosexual”.

¿Alguien querría, sin espoileo, una muestra más del humor que cultiva DV también en su vida privada? Cuando en medio de una boda suntuosa irrumpe el FBI para detener a la novia, acusada de estafa, murmura nuestra comediante: “Y yo que pensé que la culparían por su vestido”.

Hack se abre y se cierra con sendos viajes: el segundo lo llevan a cabo las dos amigas y socias a París, donde la mayor cambia de abrigo de diseño como de calzón, y la menor sigue con su ropa neutra, informal, un cachito masculina. Ambas gozando al mordisquear por la calle una baguette (“Te lo dije, el único pan de verdad”, según D) y de una increíble visita a una zona del Louvre sin público (se supone que la diva la alquiló con ese fin) donde la gran comediante que vive en su mansión de Las Vegas, entre una Torre Eiffel falsa, el neón y la vulgaridad del nuevorriquismo, evidencia una vez más sus conocimientos en materia de pintura. No la de la que emplea para su cara, claro… Un final abierto, donde no faltan un cacerolazo de los admiradores tirando a frikis, una secuencia de alto suspenso y, cómo no, la sal y la pimienta de la comedia que todo lo desdramatiza.

MS/MG