CINE
El pasado amoroso que vuelve y lleva al colapso, en un gran film francés
Aunque no está reconocida oficialmente entre los trastornos mentales, la limerencia –término acuñado por la psi norteamericana Dorothy Tennov en 1979, y retomado en redes en fechas recientes– es una alteración de carácter romántico sostenida a través del tiempo (meses, años, quizás décadas). Una fijación amorosa que desconoce la distancia, manteniendo vivas las ansias de correspondencia. Bah, un amor enfermo que puede arruinarle la vida personal, social, laboral a quien lo sufre. Experiencia intensa y adictiva que es más frecuente de lo que podrían suponer quienes nunca la vivieron.
En la película Dos pianos, presentada en salas esta semana, Mathías, el joven y guapo protagonista, es un pianista virtuoso que regresa a su ciudad después de 8 años de ausencia. Ya desde el avión que lo trae del Japón evidencia su estado de agitación interior; luego, en el taxi le pide al chofer permiso para fumarse un pucho. Cuando llega a la reunión de etiqueta a la que ha sido convocado por Elena, su vieja maestra, música superstar, se ha olvidado la corbata. M la saluda emocionado, mantiene una breve charla y se marcha; al salir del ascensor, se topa con una rubia que lo mira entre asustada y sorprendida, y se aleja rauda. Mathías cae redondo al piso, desmayado como el personaje de Mathilde (Fanny Ardant) en La mujer de la próxima puerta (François Truffaut, 1981), cuando recibe en un estacionamiento el beso de Bernard (Gérard Depardieu), un examante con el que mantuvo tempestuosa relación que se cortó abruptamente hace 7 años. En el presente de esa cinta, ambos respectivamente casados, sus vidas ordenadas, se reencuentran porque ella se muda casualmente a la localidad donde vive él, se convierte en su vecina.
Mathías, pues, se recupera del desvanecimiento, sale a la calle lluviosa en busca de aire fresco, según alega a los que lo socorren. Pero se va de bar en bar, quiere emborrachar su corazón para apagar un loco amor, que más que amor es un sufrir… Llora su alma en esa noche, noche negra sin estrellas, si las copas traen consuelo, ahí está con su desvelo para ahogarlo de una vez…
Francamente, qué necesidad de apelar a palabrejas tan antojadizas como limerencia, cuando ya Cadícamo lo dijo todo tan perfecto en 1935. Bueno, Mathías se bebe hasta el agua de las canaletas de Lyon. Va a parar detenido a una comisaría, y ya está durmiendo la mona cuando aparece Max, su agente d’altri tempi. O, más bien, su ángel de la guarda; o el padre que perdió de niño. Max llega sin que lo llamen, lo saca de ese sitio, lo convida con un café y en el transcurrir de Dos pianos, lo asiste, lo alienta, lo reprende, lo comprende. Y, por si fuera poco, Max entiende de música. El actor Hippolyte Girardot le da todo el espesor humano que requería ese personaje. Así como otros roles –Anna, madre de Mathías; Claude, la mujer anhelada; Elena, la terrible Elena que supo detectar el talento de Mathías adolescente; Pierre, el marido un poco pánfilo de Claude– mantienen cierta distancia con el/la espectador/a, Max se puede hacer amigo del público casi al instante de aparecer, y aumentar esa simpatía en cada una de sus entradas, hasta cerrar el film con ese final ligeramente auspicioso de este drama con mucha música, de Bach a Gershwin, de Chopin a Albéniz.
Artes sonoras y visuales
Si el cine es, a veces, con suerte, una fusión de varias artes, Dos pianos –amén de la belleza de los ocres de la fotografía de Paul Guilhaume– brinda un lugar de honor para la música llamada clásica o culta, sin desmedro de otras expresiones tildadas de populares como el envolvente tema valseado Parola di vento, de Franco Ghingini, o la canción Do It Again, de Gershwin.
Las obras que Elena ha dispuesto para sus conciertos o las que se ejecutan en una prueba, incluyen la Sonata para violín y piano Nº 2, de Schumann; la Suite Iberia de Albéniz; el Estudio Nº 4, de Chopin. Y la sublime plegaria de Bach que figuraba en una cantata inspirada en un himno religioso del siglo XVI, cuya letra, traduciendo los sentimientos del pianista, dice: “Te lo ruego, Señor Jesucristo,/ escucha mi lamento,/ concédeme tu gracia en este instante./ No dejes que me desespere…”. Este tema, Mathías, desobedeciendo el reglamento del concurso, lo interpreta encogiéndose sobre el teclado, como si estuviera rezando (cabe remarcar que es el propio -excelente- actor, aficionado al piano, quien realmente lo toca). Y, por cierto, muy especialmente, ambos conciertos para dos pianos, el de Max Bruch y el de Bartók, cuyos fragmentos se escuchan en los ensayos: son las obras que Elena había elegido para ejecutar con Mathías en funciones de despedida. Porque ella percibe que su memoria empieza a flaquear, y con su máscara trágica y su porte de reina troyana, decide retirarse a Mallorca, allí donde Chopin, muy enfermo, terminó de escribir sus 24 Preludios.
La literatura, por su parte, es citada en ocasiones entre líneas, o bajo la forma de un cuento. Naturalmente, el director reconoce sus fuentes en los créditos finales: los Cuentos jasídicos, y el ensayo Yo y tú, de Martín Buber; La historia del amor, novela de Nicole Krauss; uno de los cuartetos de Emily Dickinson: “Contigo en el desierto/ Contigo en la sed/ Contigo en el bosque de tamarindos./ El leopardo respira– ¡por fin!”.
La pintura es mencionada por Claude que, en ausencia de Mathías, ha estudiado al notable impresionista italiano Giuseppe Nittis, de muy breve vida en el siglo XIX. Ella hace gala frente a M de un saber que él ignora. Asimismo, C se hace cargo de la galería de su marido Pierre, el hombre prudente y sensato con quien se casó y que se acaba de morir (este cuerpo cae bajo tierra en el cementerio judío, donde C hace un pequeño papelón –si vale la contradicción–). En dicha galería se ven los cuadros que está exponiendo Antwan Horfee.
De golpe y porrazo, la paternidad
En este regreso de Mathías a su Ítaca natal, donde no encuentra a una Penélope fiel rodeada de pretendientes, sí descubre a un hijo de 8 años –que no se llama Telémaco sino Simón–, que engendró la última noche de amor con Claude. En otras palabras, en el amplio parque ve a ese niño que cae de lo alto, otro cuerpo que cae como el suyo a la salida del ascensor… Mathías lo mira
Cuando el chico se levanta, Mathías lo mira y se ve a sí mismo a esa edad, lo que sugiere un giro hacia el género fantástico, otra vuelta de tuerca al siempre inquietante tema del doble. Pero no, la realidad pura y dura puede ir más lejos, ya se sabe, en su imitación del arte.
Oh, sí, la filiación saliendo a la luz, asunto fundamental de folletines y telenovelas, aquí estilizado hasta el punto de que la nueva situación es capaz de inducir a Mathías a hacer un ensayo del ejercicio de la paternidad, que sale bastante bien, aunque el final que decide Arnaud Desplechin llega con una paradoja respecto de ese nuevo amor. Mientras que Claude, alentada por una amiga, decidirá existir en función de ella misma.
Corriendo un albur, Mathías parte con su padre putativo al son de la prometedora Parola di vento. Las rosas muertas de su juventud aún no caen.
MS/MG
Dos pianos puede verse en Cinépolis Recoleta, Atlas Patio Bullrich, Lorca, Cine Arte Cacodelphia, Multiplex Belgrano, Showcase Norte