Análisis

Los desastres, también medioambientales, de la guerra

elDiario.es
Protesta de Greenpeace contra la guerra de Ucrania

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Todas las guerras, también las inevitables, son por definición un cúmulo de desastres. Suponen el triunfo de la violencia sobre el diálogo, de la fuerza sobre la razón, del fanatismo y el fundamentalismo sobre la reflexión, y tienen siempre algo de fracaso colectivo que traumatiza incluso a los vencedores. Goya, uno de los primeros pintores de la modernidad lo vio claro, y al tratar la guerra que le tocó vivir, lejos de mostrar la supuesta grandeza de los reyes y los generales que mandaban los ejércitos, prefirió plasmar el sufrimiento y la barbarie generadas por el conflicto en una serie de grabados que aún hoy, doscientos años después de ser pintados, producen escalofríos

Como podemos ver estos días en algunas de las imágenes que nos llegan desde Ucrania, el primer desastre de la guerra es, sin duda, el dolor que genera en los seres humanos afectados. Muertes, pérdida de los seres queridos, desaparición en un segundo de la casa y de las pertenencias de toda una vida, hambre, frío, privaciones, huida y exilio. Pero además de todo eso, las guerras provocan también desastres medioambientales que, aunque pasan muchas veces desapercibidos, son especialmente dañinos porque además de agravar los efectos negativos pueden hipotecar e incluso impedir la reconstrucción posterior.

La magnitud de los daños ambientales que genera una guerra es directamente proporcional a la capacidad de destrucción que tienen los ejércitos en liza. Y en esto, las guerras de los siglos XX y XXI han marcado una clara diferencia con cualquier otro conflicto anterior. La gran Guerra iniciada en 1914 fue la primera que enfrentó a grandes potencias industrializadas, que reorientaron toda su capacidad productiva hacia la destrucción del enemigo. El enfrentamiento fue tan brutal que además de generar más de cuarenta millones de muertos transformó para siempre el paisaje de las zonas del noreste francés donde se enquistaron los frentes, cuyos suelos siguen siendo aún hoy inútiles para la agricultura por su alto grado de contaminación

A partir de ahí, los desastres ambientales de las guerras no han dejado de crecer. La Segunda Guerra mundial, además de doblar el número de muertos de la Primera, incrementó sustancialmente sus efectos ambientales, por ejemplo, con la sobreexplotación de los recursos de muchas zonas ocupadas por el ejército Nazi, o con el hundimiento de miles y miles de toneladas de armamento en el mar del Norte o en el área marítima de Hawái, con efectos nocivos para los ecosistemas marinos que siguen persistiendo hasta ahora. Y eso sin olvidar, claro está, las terribles consecuencias ambientales de las dos bombas atómicas lanzadas sobre Japón, con la devastación total, la contaminación radiactiva y hasta las mutaciones genéticas que generaron. 

Si nos centramos en algunas de las guerras posteriores, se ha calculado, por ejemplo, que, en Vietnam, la utilización de napalm y de agente naranja arrasó 100.000 hectáreas de bosque y 150.000 de manglares, inutilizando además la mitad de la superficie agrícola del país. Más recientemente, parece que los ciclos bélicos sufridos por Afganistán desde la invasión soviética de los años ochenta hasta la reciente retirada de EEUU, han sido responsables de la desaparición de entre el 50 y el 95 por cien, según zonas, de los bosques existentes en el país, con los consiguientes problemas de erosión y de pérdida de recursos para la población.  

Desde finales del siglo XX, y no por casualidad, las guerras más sonadas se vienen librando en zonas que cuentan con grandes yacimientos de petróleo o de gas, o en áreas que son estratégicas para hacer llegar esa energía a los grandes centros consumidores a través de gasoductos o de oleoductos. Y eso ha incrementado los efectos ambientales con el bombardeo o la destrucción de infraestructuras y pozos petrolíferos, y con la generación de mareas negras a gran escala. Algunos cálculos recientes señalan que solo en 1991, la Guerra del Golfo incrementó las emisiones globales de CO2 en más de un 2%. 

Todavía es pronto para saber qué consecuencias ambientales tendrá la guerra de Ucrania. Un efecto indirecto puede ser demoledor: al crecer, el gasto militar llevará a un proceso de rearme a gran escala y reforzará industrias con enorme huella de carbono.

Como es obvio, la producción y el mantenimiento de armas, vehículos, barcos y aviones militares cada vez más potentes y, por supuesto, la enorme escala de las operaciones bélicas, también tienen sus consecuencias ambientales. Aunque la industria del armamento presume de ser puntera tecnológicamente, hoy por hoy la energía fósil sigue siendo la sangre vital de los ejércitos, y eso hace que la huella de carbono del entramado militar sea extremadamente alta. En el caso de EEUU, país del mundo que más recursos destina a defensa, en 2019 un estudio de la Universidad de Boston cuantificó las emisiones imputables al aparato de guerra estadounidense para el periodo comprendido entre 2001 y 2017 en más de 1.200 millones de toneladas equivalentes de CO2. Solo en ese último año la huella de carbono de las actividades militares del Pentágono fue superior a la generada por algunos países industrializados como Suecia o Dinamarca. Aunque no hay datos sobre las huellas de carbono de los ejércitos de China o de Rusia, todo hace pensar que serán también proporcionales a su enorme gasto militar.     

Según esto, aunque todavía es pronto para saber qué consecuencias ambientales tendrá la guerra de Ucrania, se percibe ya un efecto indirecto que puede ser demoledor. El conflicto está resucitando una corriente pro-gasto militar que muy probablemente se traducirá en un proceso de rearme a gran escala y que, en términos ambientales, supondrá el reforzamiento de industrias y actividades con una enorme huella de carbono.

Y si el ruido de los tambores de guerra nos impide oír advertencias como las del IPCC que nos recuerdan la necesidad acuciante de frenar las emisiones para evitar los efectos de un cambio climático que ya está aquí, el necesario proceso de descarbonización se ralentizará aún más. Actuar contra la agresión de Putin es sin duda imprescindible, pero si lo hacemos a base de sostener y ampliar un modelo que se ha mostrado inútil para frenar el deterioro climático y ambiental, estaremos, simplemente, retroalimentando y acelerando a través de los desastres de la guerra el declive de nuestra civilización. 

AGB

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