Llegaron a Nicaragua para apoyar la revolución sandinista: ¿qué opinan ahora?

José Miguel Carrera, debajo del hombre con fusil junto a miembros del Ejército Popular Sandinista, en 1979

Una semana antes de que los sandinistas tomaran Managua, Patricia Vaca Narvaja daba su primer paso en Nicaragua. Lo hizo de madrugada para evitar ser detenida. Había despegado desde Costa Rica en una avioneta Cessna junto a otros cinco argentinos con los que vivía exiliada en México, lugar al que volvería tres décadas después como embajadora argentina. 

Patricia tenía 24 años, formaba parte de la organización peronista Montoneros y estaba embaraza de tres meses cuando decidió viajar a Diriamba, una ciudad a unos pocos kilómetros de la capital, para asistir sanitariamente a los combatientes del Frente Sandinista de Liberación Nacional (FSLN) con la brigada sanitaria “Adriana Haidar”, médica argentina desaparecida 1977.

La guerrilla de izquierda se hizo con el control del país el 19 de julio de 1979 y puso fin a los más de 40 años de dictadura somocista. “Me tocó vivir el ingreso de las columnas del FSLN a Managua. Pudimos desfilar junto a todos ellos. Fue conmovedor haber podido ser parte de ese proceso”, dice la argentina.

Patricia, como tantos otros miles de jóvenes, era parte de las brigadas internacionalistas que desembarcaron desde distintas partes del mundo para respaldar la única revolución de izquierda victoriosa en América Latina después de la cubana de 1959.

“Llegamos a Nicaragua para acompañar a los protagonistas de esa revolución, para solidarizarnos con ellos, con la esperanza de que esa victoria irradiase en la región y marcase el fin de las dictaduras en América Latina”.

Los “sandalistas”

“¡Hostias! No tengo idea cómo se ordeña una vaca”, fue lo primero que pensó Luis Nieto Pereira después de que un campesino sandinista le pidiera un balde lleno de leche. Esa fue una de las primeras experiencias que este hombre de Galicia, nacido hace 62 años, actual portavoz de Podemos en la ciudad de Madrid, le tocó pasar mientras vivió en una zona rural del sur del Nicaragua en 1983.

Luis, graduado en Magisterio, procedente de una familia obrera europea, era uno de los tantos jóvenes extranjeros, apodados por los nicaragüenses como “sandalistas” –por el uso de sandalias–, que llegaron de Europa para trabajar con el Frente Sandinista.

“Me siento parte de una generación que desde muy joven apostó por la lucha antifranquista. Luego llegó la Transición y no cubrió nuestras expectativas. Algunos se fueron para su casa y otros, como es mi caso, buscamos otro sitio donde encajar”, dice este dirigente, que pasó de la Asamblea Popular Gallega al sandinismo, mientras recuerda los motivos que lo llevaron a tomar la decisión de viajar a Centroamérica sin billete de vuelta. 

La experiencia en Nicaragua le sirvió, entre otras cosas, para terminar con algunos prejuicios. Uno de ellos: la religión. “Yo que en España siempre he sido un ateo redomado, cuando llegué a Nicaragua descubro a los curas en la trinchera, diciendo que si hay un trozo de pan, primero al campesino. Ahí es cuando dije: ¡pero qué pasa aquí!”.

El internacionalismo se volvió en esos tiempos una bandera política para aquellos que consideraban demasiado estrechas las perspectivas locales. Pero además, el caso nicaragüense es el ejemplo exitoso. La revolución que había logrado su objetivo inmediato: terminar con una dictadura.

Luis ejemplifica con un recuerdo de una noche de celebraciones la diversidad de procedencias de los brigadistas. “A ver... los compañeros de Alemania ¡un paso al frente!”, gritó uno de los dirigentes nicaragüenses a la multitud. El grupo de brigadistas alemanes respondió y como recompensa recibió un aplauso. Luego le tocó el turno a los franceses, más tarde a los suecos y también a los españoles: “Los compañeros españoles, ¡un paso al frente!”, se escuchó. Nadie se movió.

No era que faltaran españoles sino que ninguno se reconocía de esa manera. Hizo falta que comenzaran a nombrar una a una las comunidades de Euskadi, Cataluña, Andalucía para que dieran un paso adelante. “Nadie entendía nada. Entonces ahí hubo que explicarles un poco qué es lo que pasaba en España”, recuerda Luis. 

De Chile a Nicargua

Dos semanas antes del último golpe de Estado en Chile que puso fin a la presidencia de Salvador Allende, en agosto de 1973, José Miguel Carrera llegó a La Habana con una beca del Gobierno cubano para estudiar medicina. El fin del Gobierno de la Unidad Popular lo sorprendió en la isla. La muerte de Allende, además de provocar una hecatombe política en el Partido Comunista, alteró la vida de José Miguel.

Fue en abril de 1975, en un aniversario de la batalla en playa Girón, cuando Fidel Castro les propuso a los estudiantes chilenos que dejaran la medicina para empezar a recibir entrenamiento militar. “Muchos de nosotros dejamos de estudiar y pasamos a ser soldados de la Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba”, dice el chileno.

Miguel militaba en la Juventud Comunista de Chile, donde la idea del internacionalismo siempre estuvo presente. La decisión le pareció acertada, de esa manera podría volver a Chile y recuperar el país de las manos de Augusto Pinochet. “Yo me sentía feliz de prepararme para ir a luchar a Chile contra la dictadura. Ese era nuestro sueño: volver a Chile”.

Pero ya como subteniente de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Cuba, la historia fue otra. En mayo de 1979, José Miguel conoció a Fidel Castro. Fue en una escuela militar, cerca de La Habana, donde el líder cubano garabateó en una pizarra la estrategia militar para entrar por el sur a Nicaragua frente a un reducido grupo de chilenos, entre los cuales se encontraba él.

“Nosotros en ese tiempo no teníamos ni idea de lo que era Nicaragua. Yo sabía muy poco. Alguna vez había oído hablar de Sandino pero no teníamos mucha idea. Al otro día empezamos a formar grupos para ir ahí. Fidel Castro nos dijo que nuestra tarea era contribuir a que triunfara esa revolución”, cuenta José Miguel. 

Ya en Nicaragua, en la frontera con Costa Rica, José Miguel se sumó a la guerrilla. “En nuestro caso, a diferencia de otros internacionalistas, nosotros éramos militares de carrera y por eso los sandinistas nos tenían mucho respeto y nos consultaban”. 

En sus días en el país tuvo una tarea fundamental: entrenar a los jóvenes que venían de otros países que no tenían ninguna experiencia militar y que terminaban heridos o muertos rápidamente por la falta de preparación. La tarea de José Miguel fue, en ese momento, crear una escuela militar para la guerrilla. Y a eso se dedicó mientras estuvo en Nicaragua.

Adiós muchachos

“Aprendimos que se puede luchar con éxito”, dice José Miguel. Para cientos de los jóvenes de izquierda de aquella de época, Nicaragua funcionó como sedativo de las derrotas pasadas y una forma de reparar la ilusión rota. 

“Habíamos idealizado que con la Transición haríamos un cambio de país y de repente nos dimos cuenta que no iba a ser así. En lugar de irme, pensé en dónde podía haber otro sitio donde canalizar la lucha por la igualdad y el cambio de modelo. En aquel momento, ese lugar era Nicaragua”, dice Luis.

Si bien los internacionalistas que llegaron ahí lo hicieron impulsados por intereses de lo más diversos, el compromiso político de cada una de estas personas empezaba en su país. Ese era un elemento en común.

“Estas brigadas fueron una manera de hacer frente a todas las dictaduras que se desplegaban en la región, queríamos ser solidarios para poder después replicar el fin de las dictaduras en el continente como una gesta de hermandad revolucionaria”, dice Patricia. 

Pero para algunos, como en el caso de Luis, en esa época ya había indicios de que la historia podía no acabar bien. “En Nicaragua, pasé de la teoría a la práctica. Y ahí empiezas a ver cosas que no te gustan, elementos autoritarios. Pero en ese momento dices 'estamos en la revolución, todos nos equivocamos'. Luego, con los años, te das cuenta que estas cosas se debieron de tratar en su momento y no dejar que llegaran a donde están llegando”.

Entre los elementos que Luis miraba con desconfianza estaba la diferencia marcada entre la dirigencia y las bases. “Comandantes que decían 'estamos en guerra', pero luego uno los veía que en ciertos momentos no eran todos iguales, ni tenían acceso a las mismas cosas. Existía una idolatría del campesinado a sus dirigentes que llevaba a que nadie se atreviese a hacer ninguna crítica”.

Patricia detectó, en medio de los festejos del triunfo, que lo complicado recién estaba empezando. “¿Y ahora cómo sigue? Esa fue la pregunta que nos hicimos muchos de nosotros en ese momento. Lo habían conseguido, pero empezaba la parte más difícil: cómo gestionar esa revolución”.

El presente de Nicaragua

“La revolución no está hecha para estas venganzas”, dice Luis que escuchó decir a un dirigente sandinista cuando durante el primer Gobierno de Daniel Ortega, en la década de los 80, impidió que un grupo de campesinos fusilara a otro porque se habían pasado al bando contrario.

“Eso era la revolución. Pero lo que vemos ahora es que esos dirigentes revolucionarios están acusando a otros compañeros de traidores y creando brigadas parapoliciales para matarlos, no lo puedo creer”, dice Luis. 

Las lecturas sobre lo que está pasando en Nicaragua difieren según las historias. Luis lo vive como un drama. “Cuando estábamos en la revolución, nunca creímos que tal persona, con nombre y apellido, pudiera llegar a hacer lo que están haciendo”.

Para Luis algunas cosas tienen su raíz en el pasado, como cuando en 1991 el Frente Sandinista pierde las elecciones. “En ese momento empieza a tomar forma una elite sandinista que se fue apartando de la revolución. Ya vivía en una casa diferente y tenía un coche diferente; las condiciones materiales te van moldeando. Una elite sandinista con una verborrea de la revolución que no coincide con la práctica”, dice el ahora portavoz de Podemos.

“El autoritarismo ya existía. Algunas violaciones a los derechos humanos, también. Existía algún grado de separación entre la élite sandinista y la gente. Pero todo eso lo ocultamos porque estábamos haciendo la revolución. No entendimos que hacer la revolución también implicaba un cambio de valores, un hombre nuevo. Ahí se fue formando una élite sandinista que se fue apartando de la gente”, dice.

En la vereda opuesta esta la lectura de José Miguel. El chileno, adoptado por Cuba a mediados de los setenta, regresó a Nicaragua para las elecciones de 2016 y no tiene críticas al actual Gobierno. Los últimos movimientos de Daniel Ortega los asocia a una variable externa: Estados Unidos. “A Estados Unidos no le gusta Nicaragua, que ha mostrado dignidad. Históricamente han intentando aplastar a ese país”, dice.

Para Patricia, la situación es más vidriosa. “Es una pena que todos estos valores e ideales que vimos ahí no tengan un buen desarrollo en este momento. Pero las decisiones las tienen que tomar los nicaragüenses. La resolución del conflicto debe ser mediante el diálogo y el voto”.

A la pregunta sobre las faltas de garantías, competitividad y transparencia que las elecciones generales de próximo domingo 7 de noviembre presentan para la oposición, Patricia responde: “Los pueblos siempre encuentran la forma de expresarse, sea con el voto en blanco o la decisión de no participar de una elección”.

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