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España

Relatos de una Ceuta solidaria ante la hostilidad creciente: “Tengo el corazón roto”

Said Mohamed, encargado del cementerio musulmán de Ceuta.

Soraya Aybar Laafou

Ceuta —

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Ahmed Efen-Dal camina despacio por el barrio ceutí de El Príncipe. No le queda una calle por recorrer, un vecino con el que hablar ni una persona migrante a la que escuchar. El barrio es su hogar. A escasos kilómetros, alrededor de Karima Mustafá se concentran un grupo de mujeres, adolescentes y niñas. No hay ninguna que no la mire atentamente, que no escuche cada palabra que pronuncia entre el devenir de los furgones de la ONG Luna Blanca y la construcción de las nuevas carpas que aliviarán el congestionado asentamiento informal para mujeres en el área de Sidi Embarek.

Said Mohamed vive cerca de la playa de Benítez, pero trabaja cada día en el cementerio musulmán de Ceuta. En esas colinas, que recorre todos los días, la muerte de alrededor de 90 personas tocó las puertas del recinto religioso. Al mismo tiempo, Souad recorre las calles de Ceuta y, mientras conduce, no puede dejar de suspirar. “Tengo el corazón roto”, expresa. Souad, Ahmed, Mohamed y Karima cargan a sus espaldas, desde el 30 de julio, el peso de una crisis humanitaria sin precedentes en un clima en el que aumentó la hostilidad a las personas dedicadas a ayudar a las personas migrantes.

Said Mohamed, encargado del cementerio musulmán

Said lleva 26 años trabajando en el cementerio musulmán de Ceuta y asegura que nunca había vivido una situación similar. “Todos los meses enterramos a personas que intentan cruzar a nado desde Marruecos. Cuando el número de muertes empezó a incrementarse entendimos que estábamos ante una situación excepcional”, cuenta desde el cementerio con vistas al mar que mató a más de 140 personas, según los datos de las organizaciones en el terreno. La situación obligó a Said y a su equipo a acelerar una ampliación que ya estaba prevista. “Al final nos tuvimos que meter en una obra de emergencia porque ya sabíamos lo que nos esperaba”, cuenta.

Uno de los momentos más duros llegó el 21 de agosto. Enterraron 18 cuerpos en el mismo día. Los cadáveres fueron llegando “de cuatro en cuatro” y el trabajo se prolongó desde la cinco de la tarde hasta la medianoche. Todo, insiste, con un objetivo: garantizar a cada fallecido “una sepultura digna”.

Para Said, lo que más pesa ahora es la dimensión humana. “Son vidas humanas y son jóvenes que se van perdiendo por el camino”, lamenta. Para él, la crisis marcó un antes y un después en la ciudad. “Para la gente de Ceuta, el verano terminó el 30 de julio. Yo vivo en la playa. Mis hijos no quieren bajar, no quieren salir de casa”, reconoce.

Karima Mustafá, coordinadora de la carpa de mujeres y menores

Karima Mustafá, coordinadora de la carpa de mujeres y menores en Sidi Embarek.

Karima tiene los ojos puestos en cada rincón de la carpa que todavía, dos meses después, recibe a más de 300 mujeres. “Vení acá”, grita a una de ellas. “Hija, cuidado, que viene el coche”, dice a otra. “Ey, ¿comiste?”, pregunta a una tercera. En una Ceuta asfixiada por la incertidumbre, la ausencia de respuestas convierte a Karima en una referente al que todas miran con respeto. En búsqueda del afecto ausente. “Aquí estamos, otro día más”, suspira al inicio de esta entrevista.

Esta madre de familia numerosa coordina desde finales de julio una carpa parecida a la de Ahmed en El Príncipe. “Vi a los niños y a las niñas crecer. Muchas parecen mayores, aunque no lo sean aún. No les sienta bien estar aquí”, cuenta. “Todos los días aparecen menores y mujeres que me piden entrar en el campamento”, explica. En la reja que separa la calle de la carpa blanca, un mensaje escrito a mano sobre un cartón anticipa su respuesta. “No hay sitio”, escribe y repite Karima una y otra vez. “Muchas me cuentan que están durmiendo en las calles, que tienen miedo, frío. Pero ¿qué más puedo hacer yo? ¿Qué más nos falta por hacer? Estamos desbordados”, insiste.

Unos minutos después, Saida, una mujer de 21 años, toca tímidamente la espalda de Karima, que se gira rápidamente y le presta atención. Es uno de esos casos que mencionaba hace escasos momentos. “Lo siento, querida. No puedo darte una solución”, explica. “Mirá, mirá, mirá cuántas hay”, insiste señalando el interior de la carpa. Dentro hay colchones, una torre de mantas a modo de cama, palés, alfombras, ropa y más ropa, mujeres en silencio, otras que ríen, niñas que pintan y que duermen. Saida mira triste desde el exterior.

Ahmed Efen-Dal, presidente de la asociación vecinal

Ahmed Efen-Dal, presidente de la asociación vecinal de El Príncipe

Ahmed describe los últimos dos meses como “una montaña rusa de emociones y sensaciones”. Aunque celebra que algunas mujeres y niñas hayan conseguido finalmente acceder a centros de acogida, denuncia que “las instituciones tardaron muchísimo en reaccionar y queda mucho trabajo por hacer”. Una de sus mayores preocupaciones son los menores: “Los niños y las niñas que están ahora mismo en los centros y en las calles tendrían que estar escolarizados y no lo están. Es muy grave”, cuenta.

Durante las primeras semanas que siguieron al 30 de julio, fueron los propios vecinos y voluntarios quienes asumieron buena parte de la asistencia, incluido Ahmed, que se implicó en la organización del asentamiento informal en el polideportivo de El Príncipe. Entre todos buscaron colchones, instalaron lonas y atendieron a mujeres y menores. Sin embargo, asegura que, cuando las instituciones comenzaron a tomar el control, algunos sintieron que se les apartaba. “Nos sentimos utilizados”, afirma. Ahmed recuerda especialmente una intervención policial en la que, según cuenta, los voluntarios fueron tratados “como si fueran criminales” después de llevar un mes ayudando.

Dos meses después, Ahmed también habla del racismo. Un racismo que, según él, se hizo más visible, pero que ya existía en Ceuta. Frente a la idea de una convivencia plenamente integrada entre las distintas comunidades y religiones de la ciudad, es crítico. “Hablan de las cuatro culturas, pero eso es mentira. Convivimos, sí, pero en gran medida estamos separados, distanciados”, cuenta. Sobre el futuro, Ahmed advierte que si no se ofrecen soluciones eficaces, “va a haber más enfrentamientos, más tensiones”.

Sued, vecina

Sued, vecina de Ceuta.

Sued apenas descuelga el teléfono durante una tarde de domingo. “Si, hijo, decime, ¿qué necesitás?”, pregunta desde el otro lado de la línea. “Voy”, replica al rato. Con el auto, acelera por la ciudad mientras continúa el bombardeo de mensajes de WhatsApp y llamadas. Hamza es uno de los jóvenes, en este caso menor, que está detrás de esa línea. “Es un chico tan carismático”, cuenta. Al recogerlo, Hamza cae rendido en el asiento trasero del coche. “Está destrozado, normal”, reflexiona.

Sued es de Ceuta y desde el 30 de julio trabajó como voluntaria desde muchos de los prismas de esta crisis humanitaria. “Al principio preparábamos comida, luego repartía ropa, sobre todo para los más pequeños. También hablo con muchos de ellos diariamente”, relata. “Son personas, humanos, con corazón, con sentimientos. Parece mentira que estemos ignorando un hecho tan básico”, insiste.

Su hijo pequeño es una esponja. Durante otro recorrido en coche, el niño pregunta: “Mamá, ¿qué va a pasar con estos pobres chicos?”, en referencia a los menores migrantes que caminan alrededor de la zona. “No sé, hijo, no lo sé”, contesta con vergüenza. “¿Y les podemos ayudar?”, vuelve a preguntar. Esta vez, Sued asiente. El ‘sí’ de la solidaridad interminable en este rincón de la ciudad autónoma. El ‘sí’ de la humanidad, la misma que Sued ansía. “No son animales, son personas. Que a nadie se le olvide”, pide.

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