Cuerpos desaparecidos y entierros masivos: cuál es el balance real de muertos en las protestas en Irán

Tess McClure / Deepa Parent

0

El teléfono del doctor Ahmadi (nombre ficticio) comenzó a sonar el jueves 8 de enero en una ciudad mediana de Irán. Otros médicos de urgencias que lo conocían le expresaron su preocupación.

La población llevaba toda la semana saliendo a la calle y se había encontrado con la policía armada con porras y pistolas de perdigones. La mayoría de los heridos presentaban lesiones que no deberían haber sido demasiado graves con el tratamiento correcto. Sin embargo, el personal de urgencias creía que muchos jóvenes heridos no habían ido a los hospitales por el terror de que, al ingresar, los identificasen y detuviesen.

Sin llamar la atención, Ahmadi [que prefiere permanecer en el anonimato por temor a represalias, pero cuya identidad, credenciales y presencia en Irán durante los disturbios han sido comprobadas por The Guardian] y su mujer comenzaron a atender a los pacientes en un lugar fuera del sistema hospitalario gubernamental iraní. Alertados por una red local de comunicación clandestina, los jóvenes heridos acudieron en masa. En su mayoría, presentaban heridas superficiales, como laceraciones que requerían puntos de sutura y antibióticos. A medida que avanzaba la tarde del jueves, cada vez llegaban más.

Al día siguiente, todo cambió bruscamente. Los manifestantes seguían llegando, pero sus heridas se debían a disparos a quemarropa y puñaladas graves; en su mayoría en el pecho, los ojos y los genitales. Muchas resultaron mortales.

Una red

Ahmadi se sorprendió por el número de muertos; más de 40 solo en su pequeña ciudad. Con el bloqueo de Internet, nadie podía saber la magnitud de la situación a nivel nacional. Para averiguarlo, Ahmadi creó una red de más de 80 profesionales médicos en 12 de las 31 provincias de Irán para compartir observaciones y datos, y así obtener una imagen más clara de la violencia.

Sus conclusiones, compartidas con The Guardian y contrastadas con los datos de los depósitos de cadáveres y cementerios de todo el país, revelan la enorme magnitud de la violencia infligida a los iraníes durante la represión del Estado. Ahmadi y otros médicos de la red se muestran reticentes a dar una cifra de víctimas, pero coinciden en que “todas las cifras de muertos citadas públicamente son muy inferiores a las reales”.

Han asesinado a personas en masa. Nadie puede hacerse una idea... Solo veía sangre, sangre y más sangre

Comparando el número de muertos que ellos mismos vieron con las cifras de referencia de los hospitales, estiman que podría superar los 30.000, muy por encima de las cifras oficiales. Esto se basa en la conclusión de que “las muertes registradas oficialmente relacionadas con la represión probablemente representan menos del 10% del número real de víctimas mortales”.

Las estimaciones sobre el número de muertos varían considerablemente. Dificulta todavía más el recuento el bloqueo de Internet. El Gobierno iraní ha reconocido más de 3.000 muertos, y la organización estadounidense HRANA (Human Rights Activists News Agency), cuyas cifras han sido fiables en anteriores oleadas de represión, afirma que ha verificado más de 6.000 muertes y está investigando otras 17.000, lo que arrojaría un posible total de 22.000. Otras estimaciones de médicos basados fuera de Irán alcanzan o superan los 33.000 fallecidos.

“Una brutalidad sin límites”

Los testimonios de las morgues, los cementerios y los hospitales de todo el país revelan los esfuerzos conjuntos de las autoridades por ocultar el saldo real de víctimas: cadáveres trasladados en furgonetas de helados y camiones de transporte de carne; pilas de muertos enterrados apresuradamente; y cientos de cadáveres que parecen haber desaparecido de la red de instalaciones forenses de Irán.

El lenguaje que utiliza Ahmadi es mesurado y preciso, pero se le saltan las lágrimas al describir la violencia que documentaron los médicos. “Desde el punto de vista médico, las lesiones que observamos demuestran una brutalidad sin límites, tanto en escala como en método”, afirma. Otro médico, afincado en Teherán, declara a The Guardian: “Estoy al borde del colapso psicológico. Han asesinado a personas en masa. Nadie puede imaginárselo... Solo veía sangre, sangre y más sangre”.

A lo largo y ancho de Irán, en las morgues y cementerios, los cadáveres se amontonaban, desbordando muchos hospitales y unidades forenses, que se vieron obligados a rechazar camiones llenos de cuerpos. Los trabajadores de los cementerios y de medicina forense describen el caos en sus informes y señalan que las autoridades los han presionado para que se lleven a cabo entierros masivos rápidos con el fin de ocultar el número de muertos.

En una morgue, el personal afirma que tuvo que lidiar con varios camiones cargados de cadáveres, que superaban con creces la capacidad de refrigeración y almacenamiento de las instalaciones. Cuando el personal protestó porque no podían procesar ese volumen de cadáveres, se enviaron a otro lugar dos camiones cargados con muertos, pero cuando los trabajadores de la morgue intentaron localizar dónde habían ido, descubrieron que ninguna de las grandes instalaciones forenses de la región los había recibido. Los médicos “expresaron su sospecha de que esto estaba relacionado con el dafn-e dast-e jam'i [entierro masivo]”.

La red de Ahmadi ha logrado contactar con al menos otros siete compañeros de centros forenses de cuatro grandes provincias que relatan experiencias similares. Un vídeo verificado de la morgue de Kahrizak, en Teherán, muestra escenas parecidas, entre ellas lo que parecen ser cientos de cadáveres tendidos en la calle frente al centro.

The Guardian también ha hablado con tres testigos que han descrito en relatos separados, pero coincidentes, una campaña de entierros masivos y la acumulación de cientos de cuerpos en un gran cementerio (Behesht-e Sakineh) de la ciudad de Karaj, a 50 kilómetros al oeste de Teherán.

En un testimonio escrito enviado a The Guardian, Reza (nombre ficticio), afirma haber estado en Behesht-e Sakineh, y describe la situación que vio: “El 10 y el 11 de enero trajeron cientos de cadáveres que, según dijeron, no habían sido reclamados ni identificados”. Muchos de los muertos, afirma, fueron transportados en pequeñas camionetas que suelen utilizarse para frutas y verduras, y no todos iban en bolsas para cadáveres.

“Estos vehículos hacen decenas de viajes de ida y vuelta desde los almacenes... He visto cadáveres en estas camionetas tan apretados que se necesitaba hacer fuerza para separarlos. La sangre aún estaba fresca y se secó cuando los amontonaron en pilas”, dice.

Su descripción coincide con la de Ahmadi y su red, quienes afirman haber observado en varias ciudades un patrón de “camiones frigoríficos que normalmente se utilizan para transportar helados o carne” que “se desplazaban en convoyes hacia instalaciones de medicina forense y accesos traseros de hospitales”.

Un testigo en Behesht-e Sakineh, al que se le permitió acceder al lugar para buscar el cuerpo de un amigo, afirma que él mismo rebuscó entre cientos de cadáveres “amontonados” y que el personal del cementerio le dijo que “en los últimos dos días habían recibido miles de cadáveres”.

Los empleados le dijeron que “la orden era enterrar estos cadáveres en fosas comunes”, pero muchos se negaron, por miedo a las represalias de las familias. Un miembro del personal le dijo, según cuenta: “Me da miedo hacerlo, porque la gente... acabará viniendo a buscar a sus familiares desaparecidos y me matarán y enterrarán como responsable de estas fosas comunes”.

Cadáveres intubados o con el catéter sin retirar

Los relatos de Behesht-e Sakineh son solo un ejemplo de lo que parece ser un patrón en todo el país, ya que el personal médico forense en otras ciudades describe escenas similares.

Los médicos y el personal de los depósitos de cadáveres hacen hincapié en que el tipo de lesiones observadas en los pacientes y cadáveres indican una matanza deliberada y sistemática de manifestantes, y no disparos aleatorios y caóticos.

En algunos casos, los asesinatos presentan las características propias de ejecuciones. Los profesionales sanitarios de los institutos forenses de dos ciudades iraníes diferentes dicen haber recibido cadáveres con heridas de bala en la cabeza a quemarropa a los que habían trasladado desde los depósitos de los hospitales sin que se les hubiesen retirado catéteres, sondas nasogástricas o tubos endotraqueales.

“Esto es muy sospechoso”, dice Ahmadi. “Por regla general, los instrumentos médicos se retiran tras la muerte. Su presencia sugiere que estas personas fallecieron mientras aún recibían atención médica”, plantea.

Estos relatos coinciden con las fotografías que ha comprobado la organización iraní Factnameh, que muestran a pacientes muertos en bolsas para cadáveres con batas de hospital, con catéteres todavía puestos y lo que parecen ser heridas de bala en la frente. The Guardian no ha verificado de forma independiente las fotografías. Un médico iraní residente en Reino Unido que ha analizado las fotografías señala que “desde un punto de vista médico, parece que los cadáveres que se ven con catéteres y dispositivos médicos conectados recibieron disparos directos en la cabeza mientras estaban recibiendo asistencia médica”.

A pesar de que el personal sanitario intenta compartir sus testimonios y datos, muchos temen que nunca se conozca el número real de muertos, sino que quede oculto por un esfuerzo nacional orquestado por las autoridades.

“Este esfuerzo consiste en disuadir a los heridos de ir al hospital, sacar los cuerpos de los procesos forenses normales, trasladar un montón de cadáveres fuera de las instalaciones registradas y limitar la capacidad del personal sanitario para registrar las causas de muerte”, afirman los médicos en sus observaciones.

En conjunto, dice Ahmadi, “forma parte de un sistema diseñado no solo para reprimir las protestas, sino también para borrar la memoria”.

*Se han cambiado los nombres para proteger la identidad de los testigos.

Traducción de Emma Reverter