Covid-19 en China

La variante ómicron llega a China y volvieron los encierros de personas en sus lugares de trabajo

Un voluntario ayuda a un residente a registrarse para la prueba de ácido nucleico, en Changchun, capital de la provincia nororiental china de Jilin, el 21 de marzo de 2022.

La primera señal fueron los fideos instantáneos. El lunes 14 de marzo, pocas horas antes de que el gobierno de Shanghái decretara nuevas medidas por la pandemia, las góndolas de los supermercados aparecieron diezmadas. Esta vez, había fruta, suficiente papel higiénico, barbijos y alcohol en gel, pero los tazones de sopa al estilo Maruchan, con sabor a tomate y carne, de pollo y hongos o con pimienta de Sichuan habían desaparecido de la ciudad. Formaban parte del kit de supervivencia básico para el encierro de los próximos días, a tal punto que se difundió un meme: “¿Hay otra cosa para comer que no sean fideos?”.

China experimenta la subida de casos más drástica desde que empezó la pandemia en enero del 2020. Grandes metrópolis, como Shenzhen, Shanghái y la provincia de Jilin en el noroeste del país, anunciaron restricciones que van desde bloqueos totales, testeos masivos, hasta cuarentenas segmentadas por barrios y distritos. Según los cifras oficiales, los casos se elevaron a más de dos mil positivos por día. También el 19 de marzo, las autoridades reconocieron la primera muerte por Covid-19 en más de un año.

Si fuera en otro región del mundo, digamos Occidente, estos números no despertarían miedo ni al más cauto. Pero, en un país que ha mantenido una política de tolerancia cero, ha reducido sus conexiones internacionales al mínimo y ha hecho de estas decisiones un motivo de orgullo nacional, estas cifras disparan las alarmas. Como dice Zhang Hao, un traductor que trabaja en Shanghái “más que al virus, le tengo miedo a las medidas”.

A principios de marzo, cuando los casos empezaron a crecer después del Año Nuevo Chino, el aire se sentía tenso en la ciudad. Los profesores universitarios, maestros de secundaria y empleados cargaban sus colchonetas inflables y bolsas de dormir a sus lugares de trabajo. Los más precavidos hicieron una valija con lo indispensable por si sus oficinas quedaban bajo lockdown. Así dictan los reglamentos, en el caso de encontrarse un contacto estrecho, todos deben quedarse en el sitio por 48 horas para ser testeados dos veces.

Las imágenes poblaron las redes: camas en estacionamientos de autos, predios deportivos con un sinfín de mantas en el piso, locales de ropa con sus compradores durmiendo en una escena que parece sacada de la película La terminal. “Prefiero no frecuentar espacios públicos y compro todo por internet”, dice Lisa Wen, que trabaja como profesora de mandarín. “No quiero que me dejen encerrada”, comenta.

Ese fue el caso de Wenxue que pidió discreción con su nombre. Después de dar clases en una universidad shanghainesa, recibió el aviso de que los portones del campus se cerraban con profesores, alumnos y personal adentro. Al principio, le dijeron que sería una cuestión de días, pero terminó cumpliendo dos semanas de aislamiento en una de las aulas. Al parecer, el conductor del bus universitario estaba enfermo. “Nunca pasé tanto tiempo sin ver a mi hijo”, dice Wenxue, madre de un nene de dos años.

Hasta el jueves 17 de marzo, los protocolos ordenaban que los contagiados debían ser hospitalizados, con síntomas o sin ellos. Luego de recibir el tratamiento, debían testear negativo más de dos veces, para ser llevados a una habitación de hotel por los próximos catorce días. En la mejor de las situaciones, un enfermo puede pasar, en promedio, un mes sin ver la luz del exterior. En otros, casi dos meses como fue el caso de un argentino que resultó positivo después de aterrizar en Shanghái. En total, vivió un encierro de 55 días entre unidades de testeo, hospital y hotel de cuarentena.

Las nuevas normativas establecen que los asintomáticos ya no deben ser hospitalizados (en parte, para relajar el sistema médico ante la subida de casos). Aún así, los portadores silenciosos y sus allegados deben realizar cuarentenas centralizadas. Incluso, los segundos contactos, es decir una persona que vio a otra, que estuvo cerca de otro contagiado, deben permanecer aislados.

“En esta situación, prefiero no salir de casa”, dice Zhang. Su actitud es la misma de muchos residentes en Shanghái, donde a pesar de no haberse declarado el cierre, grandes porciones de la ciudad parecen deshabitadas.

En los barrios de las afueras, los altos parlantes anuncian que los vecinos deben quedarse en sus casas hasta haber sido testeados. La escena se repite en cada complejo de viviendas: toldos azules estacionados en las puertas de salida, con un batallón de enfermeros vestidos con trajes y máscaras transparentes como astronautas en azul y blanco. Un video difundido por WeChat (la red de mensajería china) muestra a los enfermeros practicando la “danza del conejo”. Bailan una coreografía antes de empezar la jornada laboral para levantar la moral del equipo.

Es que la palabra y la idea de “salud” se multiplica a lo largo de la ciudad. En las plazas, entre los pasacalles, en las entradas de las oficinas se pueden leer eslóganes que piden “cooperar con la salud del barrio”, celebran “una ciudad saludable con un pueblo saludable” o insisten en “construir una civilización saludable”. En China la reacción al coronavirus se interpreta como una razón de Estado.

Cuando el gobierno anunció la reapertura de Wuhan (donde empezó la pandemia), en abril del 2020, la respuesta al virus implicó un resurgimiento del nacionalismo. Los bajos índices de contagios y la vida cotidiana con clases presenciales, museos y teatros abiertos fue interpretada como un diferenciador social. Los medios oficiales subrayaron la diferencia con la respuesta de Occidente: nosotros o ellos, junto a las imágenes del colapso sanitario en Europa y Estados Unidos. “Te gusta vivir en China, ¿no?”, dice un conductor de Didi (la versión china de Uber), mientras se acomoda el barbijo. “China es el país más seguro”, remata. 

En las últimas semanas, esta respuesta se encontró ante uno de sus desafíos más grandes por la baja circulación previa, la velocidad de transmisión de la variante ómicron y el cansancio que genera más de dos años de pandemia y, claro, mantener las medidas para contenerla.

SM

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