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SOY GORDA (ESEGÉ)

El rostro de la tristeza

Renata Prati

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¿Quién no ha tenido pena?

Un hecho feroz que impacta en el presente actualiza un trauma del pasado en lo más profundo de nosotros. O un acontecimiento del mundo hostil que nos rodea (el infierno que nos gobierna) desata de modo inexplicable una tristeza nueva. Nos sentimos rotos, nos enojamos contra esa bestia explotada de poder, protestamos o masticamos la bronca, la garganta se anuda, la angustia conspira contra nosotros, nos acongojamos enjugando lágrimas interminables y nos hundimos en un océano de pérdida y desesperanza.

Sobre la derrota de la alegría y sobre cómo nos contamos el dolor escribe Renata Prati en el libro Esta es tu pena. Qué nos diría la depresión si nos animáramos a escucharla (Siglo XXI editores). La temática se aborda en el contexto del desaliento brutal del dolor país y la depresión política que surge cuando las formas conocidas de actuar ya no sirven para cambiar el afuera y nuestro sentir.

Doctora en filosofía y especialista en traducción literaria, Prati codirige el grupo de discusión “Sentimientos trastornados”, radicado en la UNSAM. El año pasado publicó el volumen Poetas del dolor, sobre las escritoras Emily Dickinson, Virginia Woolf, Silvia Plath y Linda Pastan, que habitaron sus cuevas escriturales para salir del barullo de su soledad, leer sus emociones siempre únicas e intentar salvarse.

Antropóloga de las aflicciones, geógrafa de territorios íntimos, exploradora de la densidad, la autora abre sus reflexiones, haciendo un recorrido histórico sobre esa atmósfera incisiva e insidiosa. Para eso, va construyendo nuevas ideas sobre uno de los sentimientos menos exhibidos en un presente que insiste en la negación, el éxito social, la eficacia y la exigencia permanente de bienestar. 

La depresión duele y la rechazamos. No nos gusta mostrar nuestra falta de deseo, nos avergüenza el bajón, tenemos temor a ser rechazados. Nos despreciamos y nos encerramos.  O nos empujamos (y nos empujan) hacia el diagnóstico y la medicación rápida.

El neoliberalismo nos culpa por lo que llama fracaso instalando una “ideología intrapunitiva”, que alimenta una industria del lucro de los cuidados. Pero el malestar contemporáneo habla. Y es como una caja negra que reaviva interrogantes. Lo dice con claridad Ursula K.Le Guin, cuando escribe: “Descubrir qué preguntas no pueden responderse y no responderlas: esta habilidad es la más necesaria en tiempos tensos y oscuros.”

En todo caso, podemos darle paso a la demora, dejar que florezcan esas sensaciones que vienen desde el fondo para poder leerlas y descifrar la oscuridad sin tratar de borrarla de un plumazo. “Necesitás tu nombre, tu collar con chapita, el derecho a ladrar a los extraños”, anota Denise Levertov.

Justamente, el doctor Samuel Johnson, editor de las obras de William Shakespeare, fue el primero en referirse a la depresión como un perro negro. La expresión luego fue tomada por Sir Walter Scott en La balada del último juglar, un poema narrativo de seis cantos. Nietzche designó perro al dolor Winston Churchill, aquejado de depresión en su vejez, hizo lo mismo. Perro negro es una novela de Miguel Ángel Oeste, basada en la tristeza del músico Nick Drake, de quien el martes pasado se cumplieron 51 años de la muerte por sobredosis, con sólo 26 años. La canción "Black Dog" es un tema de Led Zeppelin y la Organización Mundial de la Salud registró 12 millones de vistas digitales al señalar: “Tuve un perro negro, se llamaba depresión”.

El perro negro es un espectro de la noche, un augurio de muerte en las leyendas escocesas. Es más grande que uno doméstico, tiene ojos brillantes y su aparición se asocia con tormentas eléctricas, cruces de caminos y antiguas vías de ferrocarril. En la costa de Norfolk se lo considera anfibio, sale del mar por la noche y viaja por sitios solitarios.

La falta de ánimo “encierra una pista”, señala Prat. “La depresión tiene mucho para enseñarnos sobre la especificidad del dolor del presente”, sobre su encarnación sentimental en el cuerpo.

Un dolor devaluado, El cerebro roto, Anatomía de la depresión, Leer la oscuridad son los títulos de algunos de los capítulos. El prólogo respira aquellos versos de Olga Orozco, que dicen: llevala a la altura de los ojos, observala a trasluz, repará en su fondo de leyenda, sostenela, soplá su frágil superficie, mirala en su singularidad, abrazala fuerte, hundila cual puñal hasta el fondo del corazón. Evoca este fragmento Laura Fernández Cordero, doctora en Ciencias Sociales por la UBA.

No es inocente ni arbitrario que la pena también sea una motivación por la negativa -vale la pena- o un castigo ante una transgresión a las normas

“Tendríamos que apuntarle directo al corazón: robarle la vara al imperio, expropiarle al capital el principio de valuación de nuestros dolores, de nuestros cuerpos, de nuestras vidas...¿Cuánto menos nos dolería la depresión si pudiéramos juntar, en ese foro público tan mal llamado fuero interno, un poquito más de emnpatía con nosotres mismes?”, se pregunta Prati.

La depresión puede abrir el debate sobre una palabra que dice de forma apagada lo que ocurre no sólo con los individuos sino en el entre de lo común, en tanto es hija de este tiempo.

Con una perspectiva flexible, la escritora de Esta es tu pena sale de la idea rígida de que las emociones simplemente son algo dado y fijo y que sólo está en manos de cada uno transitarla o salir de ella.

Sin eludir las marcas biológicas de las que están hechos nuestros dolores, articula la agencia personal con la mirada pública. E incluye las condiciones de opresión en que vivimos, que sirve a intereses económicos y políticos.

El volumen propone pensar que tal vez el dolor no es el enemigo y que es necesario indagar en el entramado de intereses que lo producen y que el diagnóstico ayuda a olvidar, cambiando así la mirada epistémica dominante.

“La sensación de indefensión y el futuro clausurado es, sin duda, un mecanismo extraordinario para sofocar de antemano toda resistencia, y la depresión contemporánea es una forma extrema de esta indefensión”, dice. Como dispositivo de opresión, funciona motorizada por el saber psiquiátrico hegemónico y por la industria farmacéutica.

Prati nos recuerda que la tristeza puede ser una herramienta de transformación, como propuso en los años setenta el Colectivo Socialista de Pacientes: hacer de la enfermedad un arma para ir hacia otra orilla, entendiendo que es “la única forma de vida posible bajo el capitalismo”.

Es imposible una sociedad en la que el dolor esté ausente. Tal vez se trate de “diversificar los sentidos, los lenguajes del cuerpo y el espíritu, que la biología nos sostenga la espalda”, que la cultura nos acaricie, repartiendo el peso de lo negativo, leyendo la depresión como parte vital y no como defecto o falla.Con modestia, Prati abre un requicio en un mundo casi irrespirable.

Escribí esta columna escuchando el tema "O meu guri", de Chico Buarque, que me recomendó mi amigo Ángel, con la interpretación magistral de la madrina del samba, Beth Carvalho. Me espera ahora "Tristeza nao tem fin", el himno brasileño de la melancolía.

LH/MF

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