EN PRIMERA PERSONA

La vida ahora con la política “Covid cero” de China: códigos verdes, pruebas diarias y ningún sitio adonde ir

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Confinado o preparándote para un confinamiento. Así transcurre la vida en Pekín en estos días. La nueva norma es acumular comida en casa, por si acaso. Quedar con los amigos es complicado porque, cada pocas semanas, alguno de nosotros tiene que estar encerrado en casa durante días. La rutina diaria de solo trabajar, comer y dormir se ha hecho interminablemente aburrida, con una serie de complicadas reglas y nuevas tecnologías que tenemos que manejar.

El código sanitario domina todos los aspectos de nuestras vidas. Los resultados de mi prueba obligatoria de COVID-19 (una cada 48 horas) están conectados a mi abono de transporte, así que no necesito usar el código sanitario para entrar a la estación del metro. Pero cuando llego a la puerta del edificio donde trabajo, tengo que mostrar el resultado escaneado al guardia. El joven de uniforme me hace un leve gesto con la cabeza, no puedo ver su expresión facial debajo de la mascarilla. Unos pocos coches recorren las luminosas calles rodeadas por gingkos, nogales de Japón.

Una ciudad cerrada

Cuando aumentan los contagios, el Gobierno básicamente cierra la ciudad, incluidos los centros comerciales y de ocio, y sugiere a la gente que teletrabaje o que vaya de su casa directamente al trabajo. Con los restaurantes cerrados, los repartidores de comida trabajan incansablemente desde el amanecer hasta la medianoche por toda la ciudad.

En casa o en la oficina, todavía puedo disfrutar fácilmente de un plato caliente de fideos udon con carne y kimchi para almorzar en solo 40 minutos haciendo el pedido en Meituan, una aplicación para comprar productos y servicios de venta al por menor que ahora se usa mucho para el reparto de comida.

Una mañana de noviembre fui a la tintorería que hay a unos 800 metros de mi apartamento y la encontré cerrada, igual que la mayoría de las tiendas del barrio. A lo lejos, hombres, mujeres y ancianos hacían cola para hacerse con verduras, fruta y carne en las pocas tiendas de alimentos que seguían abiertas. Se preparaban para el confinamiento que las autoridades habían anunciado tras cinco días con miles de casos. Nos habían avisado con 12 horas de antelación.

Momentos de esperanza

La vida social revive o muere con cada cambio de política. Yo tuve la suerte de haber asistido a un evento justo antes de una ola de medidas estrictas. Para coger el Didi (el Uber chino), había tenido que escanear mi código sanitario pero los empleados del bar parecían ocupados con otras cosas y ninguno lo comprobó en la puerta.

El evento fue un gran éxito, con la sala llena de público chino y extranjero riendo y aplaudiendo. Fue una oportunidad para olvidar por un momento. A nadie parecía molestarle la frustración generada con los constantes cambios en la política con respecto a la COVID-19 y sus interrupciones de la vida. Pekín seguía teniendo un ambiente literario animado y pujante.

Algunas personas puestas en cuarentena por contacto estrecho han desarrollado estrategias para asistir a otros lugares sin ser rastreadas por las autoridades: muestran al personal de seguridad que vigila las puertas de los locales la captura de pantalla de un test con resultado negativo y su correspondiente código sanitario verde. Como la mayoría de los guardias solo echa un vistazo a los códigos, apenas notan la diferencia. La estrategia funcionó hasta que no tuvimos ningún sitio al que ir.

De vez en cuando, llamo a mi padre que vive en otra provincia. Es una forma de sobrellevar la falta de conexión humana de este período “cero COVID”. Me gustaría visitarle más a menudo, pero los viajes conllevan correr el riesgo de quedarse tirado. Así que lo llamo por teléfono y hablamos de su infancia, de cuando China no estaba asolada por una pandemia, sino por el hambre y la pobreza. Me pregunta si alguna vez he sentido que no tenía suficiente en la vida. Me río y le digo que no, nunca.

Nuestra conversación me reconforta. En estos tiempos extraños he aprendido a notar la más mínima alegría. Hasta el mero hecho de poder hablar de los viejos tiempos es una bendición.

Cuando se termina el día, aprovecho para hacerme el test obligatorio. Al hacerse de noche, me dirijo a la cabina de pruebas de ácido nucleico más cerca de mi casa y hago la cola del test para obtener mi código verde de 48 horas, a veces de 24. Hace falta tener uno para entrar a los lugares públicos, aunque parece inútil cuando hay tan pocos lugares abiertos. Pero se ha convertido en un hábito para muchos de nosotros, que seguimos haciéndonos el test a diario.

Mientras hago cola, pienso que las restricciones no se terminarán de la noche a la mañana. Pero tengo la esperanza de que sobreviviremos a esto, igual que hemos sobrevivido a la pobreza y el hambre, y de que todos tendremos una vida mejor mañana.

Traducción de Francisco de Zárate.

Confinado o preparándote para un confinamiento. Así transcurre la vida en Pekín en estos días. La nueva norma es acumular comida en casa, por si acaso. Quedar con los amigos es complicado porque, cada pocas semanas, alguno de nosotros tiene que estar encerrado en casa durante días. La rutina diaria de solo trabajar, comer y dormir se ha hecho interminablemente aburrida, con una serie de complicadas reglas y nuevas tecnologías que tenemos que manejar.

El código sanitario domina todos los aspectos de nuestras vidas. Los resultados de mi prueba obligatoria de COVID-19 (una cada 48 horas) están conectados a mi abono de transporte, así que no necesito usar el código sanitario para entrar a la estación del metro. Pero cuando llego a la puerta del edificio donde trabajo, tengo que mostrar el resultado escaneado al guardia. El joven de uniforme me hace un leve gesto con la cabeza, no puedo ver su expresión facial debajo de la mascarilla. Unos pocos coches recorren las luminosas calles rodeadas por gingkos, nogales de Japón.

Una ciudad cerrada

Cuando aumentan los contagios, el Gobierno básicamente cierra la ciudad, incluidos los centros comerciales y de ocio, y sugiere a la gente que teletrabaje o que vaya de su casa directamente al trabajo. Con los restaurantes cerrados, los repartidores de comida trabajan incansablemente desde el amanecer hasta la medianoche por toda la ciudad.

En casa o en la oficina, todavía puedo disfrutar fácilmente de un plato caliente de fideos udon con carne y kimchi para almorzar en solo 40 minutos haciendo el pedido en Meituan, una aplicación para comprar productos y servicios de venta al por menor que ahora se usa mucho para el reparto de comida.

Una mañana de noviembre fui a la tintorería que hay a unos 800 metros de mi apartamento y la encontré cerrada, igual que la mayoría de las tiendas del barrio. A lo lejos, hombres, mujeres y ancianos hacían cola para hacerse con verduras, fruta y carne en las pocas tiendas de alimentos que seguían abiertas. Se preparaban para el confinamiento que las autoridades habían anunciado tras cinco días con miles de casos. Nos habían avisado con 12 horas de antelación.

Momentos de esperanza

La vida social revive o muere con cada cambio de política. Yo tuve la suerte de haber asistido a un evento justo antes de una ola de medidas estrictas. Para coger el Didi (el Uber chino), había tenido que escanear mi código sanitario pero los empleados del bar parecían ocupados con otras cosas y ninguno lo comprobó en la puerta.

El evento fue un gran éxito, con la sala llena de público chino y extranjero riendo y aplaudiendo. Fue una oportunidad para olvidar por un momento. A nadie parecía molestarle la frustración generada con los constantes cambios en la política con respecto a la COVID-19 y sus interrupciones de la vida. Pekín seguía teniendo un ambiente literario animado y pujante.

Algunas personas puestas en cuarentena por contacto estrecho han desarrollado estrategias para asistir a otros lugares sin ser rastreadas por las autoridades: muestran al personal de seguridad que vigila las puertas de los locales la captura de pantalla de un test con resultado negativo y su correspondiente código sanitario verde. Como la mayoría de los guardias solo echa un vistazo a los códigos, apenas notan la diferencia. La estrategia funcionó hasta que no tuvimos ningún sitio al que ir.

De vez en cuando, llamo a mi padre que vive en otra provincia. Es una forma de sobrellevar la falta de conexión humana de este período “cero COVID”. Me gustaría visitarle más a menudo, pero los viajes conllevan correr el riesgo de quedarse tirado. Así que lo llamo por teléfono y hablamos de su infancia, de cuando China no estaba asolada por una pandemia, sino por el hambre y la pobreza. Me pregunta si alguna vez he sentido que no tenía suficiente en la vida. Me río y le digo que no, nunca.

Nuestra conversación me reconforta. En estos tiempos extraños he aprendido a notar la más mínima alegría. Hasta el mero hecho de poder hablar de los viejos tiempos es una bendición.

Cuando se termina el día, aprovecho para hacerme el test obligatorio. Al hacerse de noche, me dirijo a la cabina de pruebas de ácido nucleico más cerca de mi casa y hago la cola del test para obtener mi código verde de 48 horas, a veces de 24. Hace falta tener uno para entrar a los lugares públicos, aunque parece inútil cuando hay tan pocos lugares abiertos. Pero se ha convertido en un hábito para muchos de nosotros, que seguimos haciéndonos el test a diario.

Mientras hago cola, pienso que las restricciones no se terminarán de la noche a la mañana. Pero tengo la esperanza de que sobreviviremos a esto, igual que hemos sobrevivido a la pobreza y el hambre, y de que todos tendremos una vida mejor mañana.

Traducción de Francisco de Zárate.

Confinado o preparándote para un confinamiento. Así transcurre la vida en Pekín en estos días. La nueva norma es acumular comida en casa, por si acaso. Quedar con los amigos es complicado porque, cada pocas semanas, alguno de nosotros tiene que estar encerrado en casa durante días. La rutina diaria de solo trabajar, comer y dormir se ha hecho interminablemente aburrida, con una serie de complicadas reglas y nuevas tecnologías que tenemos que manejar.

El código sanitario domina todos los aspectos de nuestras vidas. Los resultados de mi prueba obligatoria de COVID-19 (una cada 48 horas) están conectados a mi abono de transporte, así que no necesito usar el código sanitario para entrar a la estación del metro. Pero cuando llego a la puerta del edificio donde trabajo, tengo que mostrar el resultado escaneado al guardia. El joven de uniforme me hace un leve gesto con la cabeza, no puedo ver su expresión facial debajo de la mascarilla. Unos pocos coches recorren las luminosas calles rodeadas por gingkos, nogales de Japón.