Y DESPUES ES AHORA Narraciones

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Esta semana mi hermana habría cumplido 46 años. Para el día de su cumpleaños elijo poner sobre mi escritorio una foto de ella a los ¿9, 10? 11 a los sumo. Es una foto en la quinta familiar en Escobar. Es verano. Ella está en malla, solo la parte de abajo, es decir, si hubiese sido una bikini, habría sido solo la parte de abajo de la bikini, pero esto no era una bikini porque las niñas alemanas sólo usaban la parte de abajo, al igual que los niños, dado que no hay nada que proteger ni tapar, y sin embargo, lo raro que nos miraban en la playa cuando nos paseábamos sin ese corpiño, que nos acomodara en un género.

Así que ahí está con su sunguita roja con un motivo de hojas blancas, unas sandalias de plástico claritas y agarrada a un aro de madera que colgaban los adultos de una viga entre dos pinos, para que nos colgáramos de él. Era una de esas anillas de gimnasta pero en vez de haber dos había una y a veces éramos diez niñxs colgadxs de ella. La gracia era tomar carrera con el aro en la mano, impulsarse del suelo con los pies y volar un poco, volver a la carrerita y volar un poco, y así. Mi hermana sonríe y tiene cara de sol, de haberse mojado con el regador o con algo, de párpado pesado y ojos un poco rojos, de haber estado al sol. En el primer plano de la foto se ve el cuerpo entero de espaldas de Bulgo, el perro más listo de la pandilla de perros multiformes del barrio que nos visitaban los días que pasábamos en la quinta. Bulgo era claramente el más ágil y listo. De pelo blanco con manchas marrones y pintitas y cuerpo musculoso. No era de una raza pero las que se cruzaron para darlo lo hicieron de buena madera. En la foto su cola está fuera de foco porque probablemente la estuviera agitando de alegría entre el fotógrafo y mi hermana.

Estuve a punto de publicar la foto en fb con algún texto pero pasó el día y no lo hice. Mi mamá me pidió, sí, que mandara la foto al grupo familiar extendido, de primos y esposas de primos e hijes de primos también. En alguno de los mensajes de esa mañana comentando la fecha mi mamá escribe ‘46 pirulos’, y me quedo de una pieza de admiración, o conmoción o no sé qué, de que decida usar esa palabra cómica para algo en principio triste. ¿O es que no estoy viendo el panorama entero y ya no es triste y sólo vital y entonces pirulo le va bien porque la rueda sigue girando y algunos seguimos acá y algunxs siempre seguirán acá? Vete a saber. 46 pirulos, tomá pa vó.

Ayer paso mi mirada por la biblioteca nueva de mi escritorio nuevo. Un albumcito en tonos naranja-rosa-salmón me mira. Es el único albumcito de este tipo que rescaté entero de la trituradora cuando desmontamos la casa de mi mamá. No pude decidirme por algunas de esas fotos, el álbum entero en su secuencia es un pequeño viaje emocional, así que me lo quedé. Es de unas vacaciones en la sierra cordobesa en julio del ‘83. Lo sé con precisión porque lo dice la impresión de las fotos del lado de atrás. En realidad, dice AGO 83, pero imagino que son nuestras vacaciones de invierno y que las llevaron a revelar al regreso, en agosto pues. Las vacaciones escolares siempre fueron en julio. En esas fotos entonces tengo 4 años, mi hermana 7, mi hermanito 2. Mi mamá, la friolera de 32 años con tres wawas dándole vueltas por ahí. Las primeras tres fotos del álbum son el mismo plano pero con variación de una a la otra: el movimiento lo da mi hermana que en la primera está sentada en una reposera junto a mi mamá que teje. En la segunda se va caminando, se ve su espalda, lleva un jean roto con un pitucón negro sobre cada pompis, mi mamá la sigue con la mirada sin haber dejado su tejido. En la tercera mi mamá está igual que en la primera, sólo que mi hermana ya no está. Me parece elocuente esta secuencia, particularmente esta semana. Todas las fotos del álbum comparten esos tonos ocres, un poco porque es invierno en la sierra y muchos más colores que esos no se ven, otro poco por el envejecimiento de esos productos químicos en ese papel, o vaya uno a saber, es como un technicolor opacado. 

En la foto uno, en la que mi hermana está sentada en una reposera de tela azul oscuro junto a mi mamá que teje en una reposera igual, uno de los detalles que convoca es una venda blanca sobre la frente de mi hermana. En las otras dos, ya no se ve esa venda: en una está de espaldas y en la otra ya no está. Miro el resto del álbum y mi hermana lleva esa venda que le tapia la frente casi todas las vacaciones. No tengo que ir a buscar ese recuerdo, sé exactamente qué le pasó. Técnicamente la que rompió esa frente, fui yo.

Veo la escena desde mi punto de vista, como una cámara subjetiva. Me estoy hamacando de pie, en unas hamacas de tablón de madera, como eran casi todas las hamacas en alguna época. Me hamaco muy fuerte, esa es mi sensación. También es mi sensación ahí en Córdoba pero también en Escobar, de que los adultos siempre estaban en algún otro lado, no cerca, gestionando algo o simplemente sentados a mesas, bebiendo, comiendo y hablando, todas cosas aburridas e inmóviles, y nosotros coexistíamos en un universo paralelo en el que todo podía suceder, a salvo de sus miradas. En ese mundo alterno, veo a mi hermanito que no camina hace tanto, acercarse con su paso titubeante, hacia mi hamaca a toda velocidad. Entiendo inmediatamente que no tengo modo de hacer frenar esa hamaca a tiempo, me paralizo, voy a toda velocidad, mi hermano se acerca, no sé si le gritamos, adultos no hay, y ahí aparece mi hermana no sé de dónde la niña heroína y con sus siete años se arroja arriba de su hermanito, le salva la cabeza y pone la suya en su lugar. La madera de mi hamaca le da de lleno en la frente y se la abre, mi hermano, ileso, culpable yo. La llevan al pueblo, la cosen o pegan, no lo sé, nadie me inculpa, nadie me señala, ni siquiera mi hermana pero lo más parecido a una victimaria en esa historia soy claramente yo. Quedo confundida por un tiempo. ¿Podría haberlo evitado, lo hice a propósito, quería lastimar a mi hermano menor, a mi hermana mayor? Lo dicho, nadie me reta, parecen haber leído la situación de la hamaca en movimiento, pensándolo ahora desde la adulta, asumo que estarían con culpa ellxs mismos por no haber estado ahí, mirando a un nene de dos caminar solo hacia una hamaca. Mi culpa y mi confusión se mantienen, aún así.

Mi hermana se abrió la piel muchas veces en su corta vida, mi madre solía decir “sie hat Pech”, tiene malasuerte, Pech. No creo que haya sido mala suerte, acaso era otra cosa, una pulsión, algo desequilibrado, desbordado, que en su corta vida no se llegó a encauzar, no sé si ahora a sus 46 años habría alcanzado un equilibrio que la mantuviera alejada de hamacas voladoras, puertas, lanchas, vidrios y como contrafáctico, tampoco tiene mucho interés. Su breve vida fue intensa y desbordada y salvaje y tanática, y en ese caos también tenía esos momentos brillantes de generosidad como arrojarse arriba de su hermanito y ofrecer su cabeza en su lugar, un tánatos y un eros que la acompañaron siempre, estallada de rotura y placer, estallada sin más, de risa catártica y sin ley.

RP