SOY GORDA (ESEGÉ)

Todos estos años de gente

0

Tristeza. Porque empezó el otoño, las hojas caen secas, amarronadas y se desparraman por el piso. Tristeza, porque en unos días se cumple medio siglo del inicio de la última dictadura. Porque me sorprendo al comprobar que hay millones de compatriotas indiferentes al dolor ajeno. Porque el hambre azota. Por los que creen que “estamos mal, pero vamos bien” y no terminamos de encontrar que comprendan que no es así. Porque hay amigos y conocidos que se enferman más que nunca. Tristeza.  

Juliana Crain ve una película que le permite imaginar una realidad distinta a la que está viviendo, luego del triunfo de los nazis y los japoneses durante la Segunda Guerra Mundial: es el Eje el que perdió y ya no flamea la bandera con la esvástica sobre los edificios icónicos de Nueva York.

Como en la novela homónima de Philip K. Dick, la protagonista de la serie El hombre en el castillo (se puede ver por Netflix) imagina un mundo mejor luego de ver una película, que amplía las posibilidades de lograr un mundo más feliz que la sociedad compleja e híper represiva en la que vive. Esa visión expandida entre muchos (miles, millones) podría ser el motor de un cambio. 

No estoy segura de que el imaginario colectivo haya sido la única causa del fin de la dictadura que oscureció al país entre 1976 y 1983. Entonces, con los primeros fríos, sabía qué significaba. Mis padres, militantes, me lo habían enseñado. Conocí temprano el terror porque amigos de la familia habían tenido que exiliarse en México y España por las amenazas de la triple A. La infancia transcurría con miedo entre nombres cambiados, cajas con periódicos, libros y discos enterrados.

A veces dudo de que ese período se haya cerrado más por el impulso de las fuerzas democráticas que por el deterioro propio de las fuerzas armadas. Nunca un cambio social tiene una etiología única y las cosas suelen ser contradictorias y responden a una trama en espiral, no a una relación de causa y efecto. Muchos de los que entonces apostaban por las mieles de la plata dulce, aplauden la eficacia de la motosierra. Pero hay quienes entonces y ahora han hablado de las flores.

Cincuenta años del golpe del 24 de marzo y yo, que era una nena entonces, no puedo dejar de asociar esa época con el presente. Aunque sé que nada se repite igual y todo cambia, los tiempos de la Historia son mucho más elásticos que los que deseamos para nuestras pequeñas existencias y la afectación de la gente por el hambre, la censura y la represión no tiene retorno. Son heridas profundas muy difíciles de sanar.

En estos días, casi toda la dirigencia de las organizaciones políticas invierte su energía en imaginar cargos en futuros espacios de poder, más que en delinear programas de acción para sancionar a los responsables y revertir el cada vez más miserable estado de las cosas.

Sin embargo, ocurren hechos que nos devuelven la esperanza. Y más allá de quienes están a la cabeza de los partidos, sigo creyendo en la política. Miles de mujeres de todo el país bordan los nombres de los treinta mil desaparecidos y convierten una tarea doméstica en un recordatorio colectivo. El Volun organiza ollas populares en Plaza Flores, como otros tantos agrupamientos de jóvenes que intentan paliar la expulsión del sistema que ejerce el gobierno. Desde el llano, el movimiento no se aquieta.

Con sólo 15 años, tres meses y medio después del golpe, Magdalena Gallardo, Malena, se transformó en la desaparecida más joven de la dictadura, entre los 108 estudiantes que fueron asesinados o desaparecidos. Teníamos 12, 13 años, cuando en el invierno de 1974 compartimos un campamento en San Luis, organizado por el centro de estudiantes del Colegio Nacional de Buenos Aires. Su belleza brillaba en los fogones nocturnos, era la delegada de primer año y la referente de la juventud guevarista. Había nacido en Luis Beltrán, donde hace poco un grupo de estudiantes filmó el documental Malena: la última pared. Allí vivía en una casa del campamento de Agua y Energía. Con su familia, a los 10 años se mudó a Buenos Aires. Desapareció el 8 de julio de 1976 en el barrio de Caballito. Tal vez hoy sería profesora de historia, actriz o abogada. 

Beatriz Aguilera, Bety, la hermana mayor de mi amiga Marisa, pasó la infancia de Rufino, Santa Fe, jugando en la casita de alambre que les hizo el papá al lado del gallinero. Bety Aguilera, la preciosa chica de pelo lacio, aprendió de su abuela Catalina a tejer con cinco agujas, estudiaba francés e inventaba coreografías con sus amigas mientras veía por la tele los programas Alta Tensión y Música en libertad. Poco después, Bety empezó a escuchar en el Wincofon los discos de Sui Generis y Alfredo Zitarrosa. Y en los ratos libres que le dejaban la militancia y sus estudios de Medicina en Rosario, seguía bailando. Quería ser psiquiatra y acaso ahora estaría en el CONICET investigando los beneficios de un medicamento para la depresión. Pero fue asesinada el 17 de febrero de 1977, en el Pasaje Marchena, a pocas cuadras de la facultad. Supe de ella muchos años después, porque Marisa -compañera de Periodismo en El Grafo- no lo contó hasta muy entrada la democracia.

¿Cómo hubieran sido sus vidas si Malena y Bety estuvieran? ¿Cómo serían nuestras vidas si los desaparecidos y asesinados anduvieran por aquí?

LH/MF