OPINIÓN
Se me apagó la tele
Dormir implica retirarse del mundo, pero no abandonarlo. La idea freudiana de que hay un repliegue que antecede al sueño podría conducir a pensar que quien duerme ya no está en el mundo. Sin embargo, no hay más que ver cómo duermen los animales para notar cómo están saludablemente relacionados con el entorno.
¡Quién pudiera dormir como un animal! Pocas cosas más gratificantes que ver a un gato o un perro echarse en el suelo y cerrar los ojos, para permanecer en un reposo silencioso. Es cierto que, mientras descansan, también están alertas. Lo advertimos cuando el menor sonido hace que muevan la oreja en una dirección u otra.
Para dormir, es preciso estar en una relación de suma comodidad con el ambiente. Los seres humanos, que también somos animales –nunca está demás aclararlo–, pero atravesados por las consecuencias mortíferas del lenguaje, tenemos toda una serie de rituales para dormir. Lo mismo que para ir al baño. Acaso, ¿no hay personas que no van al baño en cualquier parte, de la misma forma en que hay otras (quizá algunas son las mismas) que duermen solo en su cama?
Algunas personas incluso trasladan sus sábanas y la almohada cuando están de viaje. ¡Quién pudiera dormir como un animal y dejarse descansar en lugares hasta incómodos, tal como pueden serlo un colectivo o la sala de espera de un odontólogo! Curiosamente, esta es una capacidad que tienen los niños, pero que se pierde con los años.
Estamos acostumbrados a reflexionar sobre la temporalidad del dormir. Buscamos el sueño en el interior del fluir de la conciencia. Lo buscamos en los pliegues del cerebro, en algún sentido inconsciente; pero así descuidamos su proyección mundana, lo que implica como vía de estar en íntimo acuerdo con lo que nos rodea.
Pensemos en la situación siguiente: cualquiera de nosotros se sube a una bicicleta, o se dispone a manejar el auto, mientras se dispone a que su cuerpo adquiera ese nuevo espacio. No hace falta hacer cálculos mentales para doblar, porque ahora tenemos un cuerpo extendido que va más allá de la racionalidad.
La locomoción asistida es un ejemplo claro para reconocer el carácter expansivo de la corporalidad. Los bordes de nuestro cuerpo son móviles. El Yo, como decía Freud, es sobre todo una superficie y, como tal, se proyecta y adquiera las tonalidades de aquello que está a su alrededor.
Gracias a este fenómeno proyectivo es que hablamos de un “hogar”, que no es solo nuestra casa. En el hogar están nuestras cosas, que no son solo nuestras pertenencias, sino un reflejo de nuestra vida. El hogar no es solo un refugio –como la cueva animal–, sino una sede de un modo de vida singular.
Por eso algunas personas no pueden dormir fuera de su casa, porque no pueden llevar el hogar a cuestas. Por eso también es que hay quienes no pueden dormir ni en su casa, si esta no está investida libidinalmente de acuerdo con la proyección de la que hablamos. Pensemos en lo que ocurre, por ejemplo, después de una separación.
Asimismo, hay personas que solo pueden dormir con otras personas, apoyándose en el Yo de quien está a su lado. Otras requieren un apoyo animista y, para el caso, como el niño pequeño utiliza un oso, u otro objeto, en el que deposita, la capacidad que está en el camino de desarrollar, del mismo modo, ponen los almohadones de cierta manera o, como alguna vez escuché a alguien que no podía dormir en una cama cuyas sábanas no estuvieran tendidas, precisa que haya un orden exterior en que encontrar el sostén psíquico.
¡Quién pudiera dormir como los animales, por el mero placer del descanso y como una manera de estar presentes en el mundo! Algunas personas solo pueden dormir si, por ejemplo, se anulan psíquicamente. Necesitan llegar al agotamiento –a través de la lectura, o mirando una pantalla, si no es que toman alguna pastilla– para que el cuerpo se apague. Así es que lo dicen: “Se me apagó la tele”.
Habría que pensar si acaso esto es dormir. La consecuencia, a veces, es que despierten en un estado de sobresalto, alertas, o más cansados que antes. Creería que dormir es un tipo de placer psíquico tan importante como comer y la sexualidad.
Si alguna vez alguien dijo que podía aplicarse el aforismo “Dime cómo comes y te diré cómo eres en la cama”, tal se pueda pensar en una variante sobre el dormir; aunque no sería muy original, porque ya Freud dijo una vez que el modo de la satisfacción sexual está en el bebé que dormía después de mamar.
LL/MF